Fundación

En 1941, el joven Isaac Asimov va a ver a John Campbell, director de la revista Astounding. Es algo que hace con cierta frecuencia y, de hecho, para entonces sus encuentros periódicos se han convertido casi en un ritual. En el viaje en tren se da cuenta de que no tiene ninguna idea que ofrecerle, así que empieza a darle vueltas a la posibilidad de escribir una especie de «historia futura» (ya lo ha intentado anteriormente con otros cuentos, como en «Fraile negro de la llama», un relato que hasta entonces no ha podido publicar y del que se siente cada vez menos satisfecho) y juega con la idea de un Imperio Galáctico en decadencia, un hombre que es capaz de prever su caída y el modo en que creará un mecanismo para paliar sus efectos.

Cuando llega al despacho de Campbell lo que tiene no es el punto de partida de un relato, sino de toda una serie y el director de Astounding se muestra entusiasmado con la idea y no tarda en aceptar el cuento que Asimov escribe poco después.

Lo que Campbell publica en mayo del año siguiente es, en esencia, lo que hoy conocemos como la segunda parte de Fundación (la titulada «Los enciclopedistas») aunque no es del todo el mismo cuento que acabaría pasando al libro. La diferencia fundamental está en la secuencia inicial del relato publicado en la revista, donde vemos a Hari Seldon y a sus colaboradores preparar el futuro que se avecina para su Fundación.

Esta escena será eliminada cuando los relatos se recopilen en un libro y en su lugar se añadirá una nueva, escrita ex profeso para la ocasión y en la que, bajo el título de «Los psicohistoriadores», asistimos a los últimos días de Hari Seldon y a las últimas fases de su proyecto para manipular los próximos mil años de historia.

El resto de las diferencias entre ambas versiones son mínimas: básicamente, Asimov se limitó a eliminar unos cuantos toques pulp en el estilo del relato original al revisarlo para incluirlo en el libro.

Aunque no estamos todavía ante los mejores relatos de la Fundación (al fin y al cabo, la serie está empezando), sí que nos encontramos ante un buen cuento, con abundantes dosis de intriga política, y varios personajes (especialmente Salvor Hardin) que se quedan con facilidad en la memoria del lector. Además, Asimov tiene el descaro de hacer terminar el cuento en un cliffhanger que no resolverá hasta la siguiente historia. De hecho, él mismo reconocería años más tarde que cuando dejó a sus personajes colgados al borde del abismo, por así decir, aún no sabía cómo resolvería la situación.

Pero lo hizo, concretamente en el relato «Brida y silla de montar» («Los alcaldes», en la versión en libro) que aparecería en junio de 1942 en Astounding. Allí continúa la trama de «Fundación», haciendo avanzar la historia cuarenta años y mostrándonos cómo poco a poco ese pequeño y aparentemente indefenso planeta va convirtiéndose en la influencia dominante de una periferia galáctica a la que el Imperio ha dejado de lado. Salvor Hardin (ahora como maduro alcalde de Términus) es, de nuevo, un estupendo personaje; un manipulador nato, en realidad, que domina la situación en todo momento y mantiene engañados, no sólo a sus adversarios, sino incluso a sus colaboradores más cercanos. Frente a sus enemigos, partidarios de la acción directa, y tan sutiles como un elefante en una cristalería, Hardin siempre prefiere esperar, negociar, ganar tiempo y resolver la situación aplicando la fuerza mínima necesaria en el instante adecuado.

Quizá si hay que reprocharle algo al relato, es que el principal antagonista es un villano demasiado de opereta; el autor carga en exceso los dados en su contra y lo hace parecer tan estúpido que, por simple comparación, encontramos a Hardin más brillante de lo que es en realidad.

Es un defecto que Asimov irá puliendo con el tiempo pero que en los primeros relatos de la Fundación es algo casi permanente: sin ir más lejos en «La cuña» («Los comerciantes», en la versión en libro), donde de nuevo el antagonista es, poco más o menos, un político corrupto y avaricioso que se cree más listo de lo que es. Poco a poco, sin embargo, a medida que sus narraciones van ganando en madurez y en complejidad, iremos descubriendo un autor en el que los «villanos» tienen motivaciones tan creíbles y lógicas como los «héroes», hasta el punto de que el mismo concepto de héroe y villano termina careciendo de sentido. Seguiremos teniendo un protagonista y un antagonista, pero ambos tendrán sus razones para hacer lo que hacen, y no siempre las razones del protagonista serán mejores que las de su enemigo.

Estos primeros relatos de la Fundación tienen una buena acogida entre el público de la época, además de que no tardan en despertar cierta expectación por ver hacia dónde va a tirar la serie. Y es que, al contrario que los cuentos de robots, donde cada historia es independiente, más allá del escenario y ciertas premisas comunes, el ciclo de la Fundación sí que comparte un esqueleto argumental que lo va vertebrando; por más que ese esqueleto argumental vaya siendo, en buena medida, improvisado sobre la marcha. Podríamos decir que el final de cada historia marca el principio de la siguiente, le da el pie, en cierta manera. En cualquier caso, hay una trama que va avanzando de historia en historia, mientras que sus cuentos de robots componen un ciclo mucho más abierto en el que puede haber personajes recurrentes, pero poco más.

Así, tanteando, sin tener del todo claro hacia dónde va, Asimov está probando dos fórmulas distintas y viendo cómo los lectores responden a ellas. La menos arriesgada es la de los cuentos de robots: al no existir demasiada relación argumental entre ellos, no necesitan de un conocimiento previo por parte de los lectores, con lo que se pueden ir captando adeptos sobre la marcha. El ciclo de la Fundación, por el contrario, tiene dos riesgos evidentes: si no funciona comercialmente, el autor puede quedarse a dos velas sin posibilidad de cerrar el arco; y, por otro lado, es más difícil atraer lectores sobre la marcha, pues se incorporarán a una historia que ya estaba empezada cuando ellos llegaron. Tiene la contrapartida evidente de que, si funciona, enganchará a los lectores con más fuerza que la otra serie, más abierta.

En agosto de 1944 aparece «Lo grande y lo pequeño« («Los príncipes comerciantes» en la edición en libro) donde se narra con bastante buen tino una nueva historia de intriga política —con toques de relato de misterio incluidos y hasta diría que cierta influencia de las historias de Perry Mason en la secuencia del juicio al protagonista— en la que se aprovecha para hacer evolucionar el escenario y, poco a poco, ir haciéndolo mayor y más complejo. Por su extensión es casi una novela corta y a lo largo de ella vamos viendo cómo a Asimov empiezan a quedársele pequeños los relatos y, casi sin darse cuenta, está buscando distancias más largas en las que probarse. De hecho, es el relato más complejo de los que hasta ahora ha escrito (en estructura, en ambiciones y también en el desarrollo del escenario) y uno tiene la impresión de que está, casi, ante el embrión de lo que habría podido ser su primera novela.

«La cuña» («Los comerciantes» en Fundación) se publica en octubre de ese año y es todo lo contrario: una viñeta breve que en realidad aporta más bien poco al conjunto. Lo que nos cuenta el relato tiene cierta gracia e ingenio y nos da una pequeña pincelada de la evolución de la Fundación y el modo en que va extendiendo sus garras hacia sus vecinos, pero poco más.

Curiosamente, cuando Asimov publique Fundación invertirá el orden de los relatos y «La cuña» aparecerá antes que «Lo grande y lo pequeño». Una decisión bastante acertada, a mi entender. De este modo, en el cuerpo del libro, «La cuña» funciona como un pequeño paréntesis y la historia más grande y más satisfactoria queda como cierre de Fundación.

Como se ve (y se verá mejor en los siguientes años), Asimov parece haberse centrado en las dos series que tiene en marcha y con las que, sin duda, está consiguiendo mejor respuesta entre los lectores de ciencia ficción. Para 1944, tanto sus relatos de robots como su ciclo de la Fundación se han asentado sin problemas en el mercado y el público ya cuenta con ellos como parte imprescindible de sus lecturas.

 

Fundación e Imperio

En 1945 aparece «La mano muerta» («El general», cuando sea recopilada en Fundación e Imperio), una novela corta donde enfrenta a la ya pujante Fundación con los restos en decadencia del Imperio Galáctico. Aunque el relato es irregular (hay ciertos altibajos en el ritmo) funciona gracias sobre todo a la interacción entre los distintos personajes: descritos, es cierto, de un modo superficial, sin embargo lo son lo suficiente para que el lector empatice enseguida con ellos y siga sus peripecias interesado por lo que está pasando. Es quizá la primera vez que Asimov se toma la molestia de mostrar que tanto protagonistas como antagonistas tienen buenos motivos para hacer lo que hacen y, de hecho, mientras leemos la historia tenemos nuestras dudas acerca de en qué lado ponernos.

Por diseño, podríamos decir, las simpatías del lector van hacia la Fundación y los personajes que la representan. Sin embargo, es imposible no ponernos del lado de Bel Riose y casi lamentar que no consiga su objetivo a causa de los celos de su emperador. Como apasionado de la historia, no es la primera vez que Asimov toma el pasado como modelo para su narraciones acerca del futuro (en «Fraile negro de la llama», por ejemplo, usa la situación en Palestina bajo el dominio romano en el siglo I), pero creo que sí es en «La mano muerta» donde esto se hace explícito: la situación descrita tiene mucho que ver con el Bizancio del emperador Justiniano y sin duda Bel Riose está basado, en nombre y en peripecia vital, en Belisario.

El cuento es también destacable por el modo en que Asimov frustra deliberadamente las expectativas del lector: durante buena parte de la historia tiene a los dos protagonistas corriendo de acá para allá, saltando de un lado a otro de la galaxia buscando de forma desesperada un modo de anular a Bel Riose… y cuando el relato acaba descubrimos que nada de lo que han hecho ha servido para nada, que en realidad Bel Riose ha caído porque así lo había predicho la psicohistoria y la situación social en el Imperio no permitía que las cosas fueran de otro modo. El grado de frustración que alcanzan los personajes en ese momento es considerable y, en cierta forma, también lo es el del lector: todo lo ocurrido hasta el momento había preparado las cosas para un momento crucial y, en realidad, ese momento crucial ha venido pasando todo el rato entre bastidores.

Sin embargo, el autor no ha hecho trampa: desde el mismo título («La mano muerta») y hasta diríamos que desde los primeros capítulos, se nos advierte de forma clara que Riose será detenido por las fuerzas inevitables de la historia, no por nada que ningún individuo aislado pueda hacer. Así que, en realidad, sabemos cómo deben pasar las cosas. Sin embargo, Asimov se las apaña para que lo olvidemos y nos tiene pegados a la silla siguiendo las peripecias de los protagonistas sin permitirnos pensar en lo que, en el fondo, sabemos: que nada de lo que hacen es necesario ni servirá para nada. No está mal para alguien que a menudo ha sido acusado de ser un narrador ramplón y simplote.

1945 no puede terminar mejor, con la publicación de la novela «El Mulo» en Astounding en dos partes (en los números de noviembre y diciembre). Si hasta entonces las historias de la Fundación repetían más o menos el mismo esquema (la Fundación se ve abocada a una crisis que ya ha sido prevista por la psicohistoria de Hari Seldon, al igual que su resolución, y a raíz de ella va avanzando un poco más hacia su posición hegemónica en la galaxia) aquí se dinamitan las reglas del juego y la Fundación se ve enfrentada a un oponente al que no puede derrotar.

Las matemáticas de Seldon tratan a los seres humanos como un ente colectivo, donde las entidades individuales son simples partes de una tendencia estadística y, por tanto, los actos de un único ser carecen de trascendencia (véase precisamente lo que ocurre en «La mano muerta»/«El general»). Pero el Mulo escapa a las predicciones de la psicohistoria al ser un émpata que puede manipular las emociones de los demás y acaba derrotando a la Fundación, desbaratando las predicciones psicohistóricas y, posiblemente, dejando tocado de muerte el ambicioso plan de Hari Seldon. Y ya que éste estableció dos Fundaciones «en extremos opuestos de la galaxia» el Mulo decide, mientras estabiliza su imperio recién creado, lanzarse a la conquista de la Segunda Fundación, siempre a un paso por detrás de los protagonistas de la historia, que huyen una y otra vez con el desastre permanentemente pisándoles los talones, y tratan de encontrar a la Segunda Fundación para advertirla del Mulo.

Con esta narración Asimov da el primer paso real del relato a la novela y, probablemente, lo hace sin ser consciente del todo de que lo está haciendo. Sus cuentos de la Fundación han ido haciéndose progresivamente más complejos y más largos, de modo que no hay un verdadero salto: simplemente, el autor lleva a su extremo lógico una tendencia que había iniciado un par de años antes.

Como digo, no creo que fuera algo buscado de un modo deliberado. Simplemente, a medida que va definiendo más el escenario y ahondando en todo lo que puede ofrecerle, se encuentra con que necesita más espacio para narrar. Cuando escribe «El Mulo» ha pasado del cuento a la novela casi sin darse cuenta.

Y, aunque nunca ha sido publicada de forma independiente (serializada primero en Astounding, incorporada después a Fundación e Imperio, de la que forma los dos tercios finales, y recogida en una antología asimoviana publicada por Octopus Books en 1981, no tiene más ediciones) es una estupenda primera novela.

Los personajes están bien tratados. Por un lado, los protagonistas: la pareja formada por Bayta y Toran Darel —basados, por cierto, en el propio Asimov y su primera mujer, Gertrude— en la que ella es claramente la personalidad dominante; o el bufón Magnífico. Pero también los secundarios, como el capitán Han Pritcher, o el científico Ebling Miss. Y lo está especialmente el personaje que da título a la historia y al que solo se ve de forma explícita en las últimas páginas; con sólo un par de frases (y la necesaria recapitulación y reinterpretación, a causa de ellas, de todo lo que hemos leído) queda magníficamente retratado y se convierte en uno de los grandes personajes de la narrativa asimoviana.

El Mulo es, sin duda, un ser contradictorio, patético y, al mismo tiempo, dotado de un aura casi trágica. Es el motor de toda la historia sin estar presente en ella y es el responsable de que el resto de los personajes se muevan hacia donde lo hacen y por los motivos por los que lo hacen.

Toda la novela es una huida hacia adelante (con el desastre pisándoles siempre los talones a los personajes, como he dicho) y es también la resolución de un misterio y, al mismo tiempo, una interesante reflexión sobre la manipulación social y emocional. Es buena como ciencia ficción pero no lo es menos como relato policiaco, como historia de misterio.

Y, como en las buenas historias policiacas, una vez que el misterio se resuelve y queda claro lo que ha ocurrido, el placer está ahora en la relectura: en volver sobre el relato sabiendo lo que realmente pasa y disfrutar del modo en que el autor va poniendo sus piezas sobre el tablero y las hace moverse con maestría hacia un desenlace que parece inevitable.

Y todo ello sin hacer trampa.

Porque en «El Mulo», Asimov nos muestra, quizá de forma clara por primera vez, una de sus principales características como escritor, como futuro novelista: su manejo ejemplar de la trama y la estructura, su dosificación casi perfecta del suspense y, sobre todo, lo lógicas e inevitables de sus conclusiones. Asimov es un obseso de la honradez con sus lectores. Como lector él mismo de novela policiaca (y fan absoluto de la novela-problema inglesa) para él una exigencia irrenunciable es que el misterio debe tener una solución lógica y coherente y las semillas de la misma tienen que irse plantando a lo largo de la historia. El lector debe tener la oportunidad de descubrir por sí mismo el misterio y el autor no puede hacer trampa y escamotearle las cosas. Podrá despistar, podrá intentar volver la atención hacia otro lado, puede distorsionar la verdad, pero no debe mentir nunca.

Y en ese aspecto, «El Mulo» es ejemplar.

 

Segunda Fundación

En enero de 1948 aparece  «Y ahora lo ves…» en Astounding. Es un nuevo relato de la Fundación y, para entonces, Asimov reconoce que ya está un poco cansado de la serie. Al contrario que con los cuentos de robots, que le permiten mayor libertad, a medida que las historias de la Fundación van avanzando, el sendero narrativo por el que puede transitar se vuelve más estrecho. Cada historia debe ser coherente con las anteriores y además debe poner en antecedentes de la situación pasada a los nuevos lectores que se incorporen a la serie sobre la marcha. Cada decisión que toma en un relato afecta a los siguientes, dejándole con menos sitio por donde maniobrar.

Así que ha decidido darle carpetazo al asunto. Éste será el último relato de la Fundación y como tal se lo presenta a Campbell. Sin embargo, la visión del director de Astounding es muy distinta y termina convenciéndolo para que no cierre aún la historia y deje abierta la posibilidad de nuevos relatos.

Así que Asimov cambia el final de «Y ahora lo ves…» (en el que había escrito originalmente se revelaba, entre otras cosas, el paradero de la esquiva Segunda Fundación) permitiendo de ese modo que la serie pueda continuar en el futuro.

«Ahora lo ves…» vuelve a ser un relato de misterio, de intriga. Dos personajes, a las órdenes del Mulo, se lanzan a descubrir el paradero de la misteriosa Segunda Fundación mientras el propio Mulo (y alguien más) los observa de cerca. Estamos ante un cuento en el que apenas hay peripecia y ésta es poco más que una excusa para la confrontación dialéctica entre los distintos personajes. De hecho, es un cuento que funciona fundamentalmente gracias a éstos, al modo en que se enfrentan y a la forma en que sus diferencias van asomando, definiéndolos a ellos mismos y a su oponente. Y es través de esa confrontación como se van desvelando las distintas capas del misterio y, justo cuando creemos que el último velo se ha alzado, encontramos uno más que parece el definitivo (como si estuviéramos ante una especie de matriosca narrativa) pero tampoco lo es.

De hecho, el giro de tuerca final queda pospuesto hasta el siguiente cuento, merced a la petición de Campbell de que no finalice la serie, con lo que el lector termina de leer este relato con una sensación de perplejidad y no tarda en embarcarle la impaciencia por saber cómo terminará la cosa.

Tendría que esperar casi dos años para descubrirlo, concretamente a noviembre y diciembre de 1949 cuando Astounding publica «…Y ahora no lo ves», que será durante mucho tiempo la última historia de la Fundación. Para Asimov es, sin duda, el final del ciclo de relatos y manifiesta varias veces a lo largo de los años que no tiene la menor intención de volver sobre ese escenario. Se resistirá durante algo más de treinta años a regresar a la Fundación y, cuando lo haga, será con consecuencias bastante curiosas. Pero eso ya se escapa del ámbito de este artículo.

Entretanto, ¿qué nos ofrece este último relato?

Por un lado, uno de los personajes más odiosos de Asimov, esa Arkady Darell, que es el pivote alrededor del que gira la historia y que podría figurar con todo merecimiento en los primeros puestos de una lista que recogiera a esa caterva de niños repelentes e insufribles que pueblan de vez en cuando cierto cine de aventuras.

Por suerte, la historia se salva por otros motivos. De un modo parecido a como lo hiciera en «El Mulo», la peripecia de Arkady huyendo de la supuesta y temible Segunda Fundación es en realidad una cortina de humo destinada a que no nos demos cuenta de todo lo que está pasando entre bastidores. Y lo que está pasando es un juego de espejos, engaños y recontraengaños que figura entre los mejores momentos de Asimov como autor de narrativa de misterio.

A partir del capítulo titulado «Yo sé…», donde cada personaje intenta dar su solución al misterio, situación que continúa en «La solución satisfactoria» y culmina con «La solución verdadera», la historia no concede descanso al lector. Si ya comentamos que «Ahora lo ves…» tenía su aquel de matriosca literaria, aquí Asimov lleva esa tendencia a límites insospechados.

Cada solución propuesta al misterio que vertebra el relato («¿Dónde está la Segunda Fundación y quiénes la componen?») es totalmente coherente con los datos que tiene el lector y la habilidad de Asimov está en el modo en que va subiendo la temperatura emocional mientras dosifica y plantea esas soluciones, logrando que cada una nos parezca un poco más «correcta» y auténtica que la anterior y, de paso, metiéndonos en una especie de carrusel en el que casi esperamos impacientes la siguiente explicación, la próxima vuelta. Cuando se llega a la penúltima resolución del misterio, el lector casi la toma como buena inmediatamente, pues sin duda es la que mejor explica todo lo que ha pasado…

Hasta que llegamos al último capítulo («La solución verdadera», como dijimos) donde se nos da un último giro de tuerca y la verdad queda al fin revelada (y explicada a la perfección) con un par de palabras finales.

Asimov parece aquí un prestidigitador, ocultando el misterio justo delante de nuestras narices, desvelándolo sucesivamente (convenciéndonos por el camino de que es esa solución la auténtica… hasta que leemos la siguiente) y el descorriendo el velo final y mostrándonos la verdad en el último momento. Al terminar, uno casi siente la tentación de aplaudir o de gritar «¡Bravo!» y, desde luego, para entonces, el lector se ha rendido a los trucos del mago.

Trucos que, sin embargo, no implican trampa alguna. Asimov no se saca de la manga nada que no hubiera estado ahí previamente. El lector mismo puede dar con la verdadera solución del misterio si es lo bastante listo, porque el autor ha jugado todo el rato según las normas, y si la mayoría no lo hace es sólo por la maestría con la que consigue centrar nuestra atención en otro lado durante todo el proceso.

Los que acusan a Asimov de ser un escritor ramplón, de recursos escasos y carente de sutileza deberían repasar el final de este relato para darse cuenta de algo tan obvio como el hecho de que un mal escritor sería incapaz de hacer todos esos pases de manos delante de nuestros ojos del modo en que lo hace.

Quizá es cierto que los recursos narrativos de Asimov son pocos… sin duda su versatilidad como escritor es escasa y no cabe duda de que las técnicas literarias que usa son pocas y casi siempre las mismas. Pero no es menos cierto que esas técnicas, cuando quiere, sabe usarlas de un modo magistral.

 

La edición en libro

Como ya comentamos en la entrada dedicada a Yo, robot, los distintos relatos de la Fundación serían publicado en libro por primera vez en los años 50 de manos de Gnome Press. En 1951 aparece Fundación, el primero de los tres volúmenes que compondrán la saga. El segundo y el tercero aparecerán, puntualmente, en 1952 y 1953.

La idea de dividir toda la saga en tres volúmenes es del editor y, aunque comercialmente parece un buen asunto (el concepto de trilogía tiene un cierto atractivo en la mente del lector) no estoy muy seguro de que sea correcta estructuralmente.

Fundación e Imperio parece un artefacto ensamblado con dos elementos bastante disímiles. Y más teniendo en cuenta que la primera historia que lo compone guarda una relación bastante cercana con la última de Fundación y la siguiente está más relacionada aún con la primera de Segunda Fundación. Eso, unido a la escasa conexión temática que hay entre las dos me lleva a pensar que quizá la forma más adecuada de agrupar estar historias —aparte de la evidente de un único tomo— habría sido en dos volúmenes (Fundación y Segunda Fundación, por ejemplo) cuyo resultado final, creo, sería más satisfactorio en el plano literario.

Los cambios que Asimov realiza para su edición en libro no son muy numerosos. El más significativo está en el primer volumen, Fundación, y consiste en el añadido de un nuevo relato, «Los Psicohistoriadores», donde se narra el modo en que Hari Seldon manipula a los políticos del imperio para obtener lo que quiere: el exilio para los que trabajan en su proyecto a un remoto planeta de la Galaxia, lo que los dejará en la situación adecuada para, por medio de sucesivas «crisis de crecimiento», ir ocupando una posición de dominio en la periferia galáctica. De este modo, y a medida que el imperio se va desmoronando, la Fundación extiende poco a poco sus tentáculos por los sistemas estelares vecinos y se convierte en una fuerza a respetar en una Galaxia que se está deshaciendo en luchas intestinas.

El otro cambio importante es la eliminación de la secuencia inicial en «Los Alcaldes» (el primer cuento que Asimov escribió sobre la Fundación y que, de hecho, llevaba ese título) donde se veía, de un modo mucho más rápido y genérico, lo que en «Los Psicohistoriadores» es narrado con mucho mayor detalle.

Éste no es un relato especialmente memorable, pero digamos que cumple su función primaria: presentarnos el escenario y dar los primeros pasos para establecer la situación de la que todo parte. Como cuento aislado no tiene mucho sentido, al contrario que los cuentos originales, que debían funcionar como una unidad narrativa por más que compartiesen un entorno y una trama global común. Pero como introducción a la serie funciona sin problemas.

Resulta interesante ver cómo ha evolucionado la forma de narrar de Asimov en los años transcurridos entre los primeros cuentos de la Fundación y la publicación del libro. Al fin y al cabo, «Los Psicohistoriadores» es un relato reciente, mientras que el resto de los que componen el volumen son bastante anteriores, en algunos casos, casi diez años.

Desde luego, el estilo de Asimov se ha ido depurando en ese tiempo, hasta el punto de que «Los Psicohistoriadores» está narrado de un modo mucho más directo, eficaz y, al mismo tiempo, es capaz de presentar las situaciones de un modo bastante más realista y creíble que el resto de los cuentos del volumen. Es evidente que toda la hojarasca pulp y los amaneramientos característicos de lo peor del género en la época en la que empezaba a publicar ya han desaparecido de su estilo y prácticamente ya ha desarrollado el que usará sin apenas cambios durante el resto de su carrera como escritor: sencillez en la expresión y fluidez en el ritmo, con una predilección evidente por el diálogo como herramienta narrativa (de hecho, hay una secuencia en el relato, la del juicio, resuelta totalmente a través del diálogo) y una rendición total a las necesidades de la trama, al fluir de los acontecimientos, de modo que nada los interrumpa. Si el ritmo narrativo lo permite, puede haber lugar para la introspección y la reflexión, pero en general no será así y los personajes asimovianos se irán definiendo sobre la marcha, a través de sus acciones y sus palabras.

Aún no vemos asomar otra de las características principales de Asimov como escritor, su predilección por los flashbacks para evitar la morosidad en el ritmo, lo que tiene sentido, ya que hablamos de un relato corto, al fin y al cabo.

En Fundación e Imperio se añade un prólogo que resume el libro anterior pero, aparte de eso, el libro se limita a presentar juntos dos relatos: «El general» (originalmente aparecido como «La mano muerta») y «El Mulo».

Otro tanto podemos decir de Segunda Fundación, que se abre con un prólogo muy similar al del volumen anterior (la diferencia es que resume también los acontecimiento de éste) y donde encontramos dos novelas cortas, que son las que cierran el ciclo.

Aunque sin duda no lo cierran por completo. En realidad, Asimov se ha quedado a poco más de un tercio de todo lo que quería narrar. Si su plan original era contar los mil años de interregno entre la caída del primer Imperio Galáctico y el establecimiento del segundo, en la Trilogía de las Fundaciones apenas recorre los trescientos primeros años de ese periodo.

Y parecía que ahí se iba a quedar el asunto. Cuando remata la serie con «…Y ahora no lo ves» (titulado «La búsqueda de la Fundación» en Segunda Fundación) Asimov está harto de su creación, como ya hemos explicado anteriormente. No tiene fuerzas para seguir adelante y está cansado de las limitaciones que le impone la continuidad de la serie. A esto contribuyó, sin duda, la publicación aislada de los relatos en revista, pues el autor se veía obligado, al principio de cada historia, a hacer un resumen de los acontecimientos hasta el momento, una suerte de «en el episodio anterior de Fundación…». Hacer eso de un modo que no convirtiera esa parte de la historia en algo pesado y plomizo que se cargase su ritmo cada vez le resultaba más difícil (cada vez tenía más que resumir) y le planteaba bastantes problemas.

No fue el único motivo, por supuesto. La conclusión de cada relato le cerraba puertas argumentales, de modo que su libertad narrativa cada vez era menor. Cuando empieza a escribir la serie parte casi de una página en blanco y poco más que una idea prometedora (un imperio galáctico que se derrumba y un hombre capaz de predecir y paliar esa caída), pero a medida que pasa el tiempo las posibilidades argumentales se van estrechando y cada vez queda menos sitio por el que seguir adelante y conseguir algo novedoso sin dejar de ser consistente con todo lo anterior.

Como ya he comentado, durante muchos años, la respuesta de Asimov a cualquier pregunta de aficionados o editores relativa a una continuación de la Trilogía fue siempre negativa. No, la Fundación había terminado y ahí se iba a quedar.

Eso no es del todo cierto. A mediados de los setenta Asimov llegó a iniciar una continuación de su saga. Bajo el título de «Lightning Rod» (Pararrayos) eran poco más de catorce páginas que no tardó en dejar de lado. Y que sin embargo, usaría como punto de partida cuando, a principios de los ochenta, y convencido por una serie de circunstancias que ahora no vienen al caso, se sentó a escribir lo que sería Los límites de la Fundación.

«El cuarto libro de la Trilogía de las Fundaciones», como estuvo a punto de anunciar la publicidad editorial.

Como el mismo Asimov reconoció, habría sido un buen chiste.


¿Quieres saber más? Lo encontrarás en La ciencia ficción de Isaac Asimov


 

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