Hoy mismo se pone a la venta La canción de Bêlit, mi novela sobre Conan, el personaje creado por Robert E. Howard. De hecho, la novela es una especie de extraña colaboración póstuma entre Howard y yo mismo. Póstuma por parte del autor tejano, se entiende. Pues no me he limitado a narrar el periodo que el bárbaro y la pirata pasaron juntos, sino que decidí incluir como parte de la novela el relato original de Howard «La reina de la Costa Negra» donde se narra cómo Conan conoció a Bêlit y cómo la relación entre ambos llegó a su final. Así, las 476 páginas de La canción de Bêlit (que, junto con los apéndices, componen un libro de 528 páginas) arrancan con el primer capítulo de «La reina de la Costa Negra» y finalizan con los cuatro capítulos restantes de ese relato. En medio de ellos, mi aportación. Podemos decir que la novela final es mía en un 80% y de Howard en un 20%.

Por supuesto, el personaje de Conan, su entorno y su peripecia son del autor tejano. En esta novela he intentado explorarlo (siempre desde el respeto y la admiración) y, si acaso, añadir algunas pinceladas al paisaje, explorar en mayor detalle elementos que Howard dejó en el aire y, por supuesto, dar mi propia versión y visión de sus creaciones. En cierta medida es un trabajo de fan, lo cual no es extraño, ya que el motor de la mayor parte de mi obra es es un amor incondicional por la novela popular de aventuras y misterio (y la de fantasía y la de capa y espada y la de ciencia ficción y la de…). La diferencia en este caso es que uso un personaje y un entorno concreto creados por otro autor. Algo que ya hice en su momento con Sherlock Holmes, como algunos recordarán. Pero eso ya es otra historia.

Siempre que termino una novela, una vez realizadas todas las revisiones y correcciones, me gusta releerla en busca de referentes, influencias y posibles homenajes. Podría parecer una tarea superflua, ya que, como autor, debería ser consciente de mis referencias e influencias y podría pensarse que cualquier homenaje que aparezca en mi obra a la de otros autores es deliberado y meditado.

Lo cierto es que no es así. Cuando releo lo que he escrito a menudo descubro cosas de las que no era consciente mientras estaba escribiendo. De hecho, no sería la primera vez que un lector  me descubre en mi propia obra elementos de los que yo no era consciente pero que, a la luz de su comentario, comprendo que en efecto ahí estaban.

Obviamente, la influencia principal en La canción de Bêlit es la de Robert E. Howard, no en vano es una novela de Conan. Y en todo momento he intentado que mi novela fuera compatible (en peripecia, en tono narrativo, en intención literaria) con la obra del autor tejano. Al mismo tiempo, es una novela de Rodolfo Martínez y, por supuesto, el lector puede esperar que en ella aparezcan elementos característicamente míos. Mi Conan no es exactamente el Conan de Howard y en esta novela lo veremos diciendo y haciendo cosas que a Howard nunca nunca se le pasaron por la cabeza que Conan hiciera o dijera. Al mismo tiempo, creo que mi Conan sí que es compatible con el de Howard, que exploro elementos del personaje y de su entorno que su creador dejó en las sombras, pero que en ningún momento contradicen lo que contó acerca de él.

Creo que también la influencia de Roy Thomas está presente en estas páginas. Al fin y al cabo, mi primer acercamiento a Conan tuvo lugar de la mano de su adaptación al cómic y siempre he considerado el trabajo de Thomas modélico en ese aspecto. Es curioso, porque durante toda la novela hay un esfuerzo consciente y deliberado por no contar lo mismo que Roy Thomas (al fin y al cabo él cubrió en sus comics el mismo hueco temporal que yo) pero al mismo tiempo hay pequeñas referencias aquí y allá que remiten a su trabajo. Ha sido un equilibrio difícil de conseguir.

Pero también hay otros autores. Autores que, además, nunca escribieron sobre Conan y, en algunos casos, son anteriores a la obra de Howard. Quién sabe, quizá incluso alguno de ellos fue en su momento una de las influencias del joven autor de espadas y brujería.

Está Dumas, por supuesto. Al fin y al cabo, para mí Los tres mosqueteros es la obra por la que cualquier novela de aventuras y espadachines debe medirse, el estándar al que las demás aspiran a alcanzar. La sombra de Dumas en La canción de Bêlit es tenue y a veces difícil de distinguir, pero está ahí en la forma de describir ciertos enfrentamientos y duelos o en la ironía con la que se contemplan determinadas situaciones.

En ciertos momentos de La canción de Bêlit no puedo evitar ver ciertos ecos de Tolkien. No en el tono de la historia, el tipo de personajes o la intención moral de los mismos, evidentemente. Pero quizá sí en mi intento de darle al escenario un pasado con una textura más elaborada o en algunos momentos muy concretos y precisos en los que se reflexiona sobre ciertas cosas. No es extraño: El señor de los anillos ha sido una de mis lecturas de cabecera desde los dieciséis años y, aunque el acercamiento de Tolkien a la fantasía épica no puede ser más distinto al de Howard, de algún modo en este trabajo howardiano se han colado ciertos elementos tolkienianos. Son tan sutiles que quizá sea el único en verlos, pero ahí están.

Pero la referencia que más me ha sorprendido y que he ido viendo cada vez más clara en la última relectura de la novela no tiene nada que ver ni con las espadas y brujería ni con la fantasía, ya sea épica o no. Sino, como en el caso de Dumas,  con la novela de aventuras y de capa y espada.

Porque en estas páginas que he escrito está enormemente presente el espíritu de Emilio Salgari. Y lo está tanto que podríamos decir que, tras Howard, es Salgari la principal influencia que hay en La canción de Bêlit. Un Salgari muy concreto, además, el de El corsario negro, quizá la novela del autor italiano que más veces he leído y que más me impactó de joven. Nunca logré entrar por el ciclo de Sandokán, pero las desventuras de Emilio de Bocanera, señor de Ventimiglia, metido a corsario para vengar la muerte de sus hermanos, me fascinaron desde el principio. Su fúnebre apariencia, su caballerosidad en todo momento, lo trágico de su historia de amor (¿qué puede haber peor que enamorarte de la hija de tu peor enemigo justo después de haber jurado que exterminarás su estirpe de la faz de la tierra?), lo logrado de la mayoría de los personajes secundarios (ah, esos Carmaux y Van Stiller), la ambientación tropical, la peripecia que no da un momento de respiro… Todos esos elementos hicieron que El corsario negro se convirtiera en una de mis novelas favoritas ya en la infancia.

Y sí, su sombra está aquí, en La canción de Bêlit. En pequeños detalles, en ciertas pinceladas, en determinados elementos de construcción de personajes y entornos. Mi novela, además de ser hija mía, es sin duda hija de Robert E. Howard, pero no lo es menos de Emilio Salgari, quien durante toda su concepción fue una influencia oculta de la que jamás fui consciente. Solo ahora, al releerla, lo encuentro entre mis páginas y, con una media sonrisa, me digo que por qué no, que ya era hora de que le pagara la deuda que le debía y que una novela de piratas y aventuras marítimas no es un mal sitio donde hacerlo, aunque sea en la Era Hibórea en lugar de en el Caribe.

Estoy seguro de que hay muchas más influencias y referencias en La canción de Bêlit. De hecho, casi espero con impaciencia el momento en que algún lector me haga ver alguna de la que ahora no soy consciente. Como todas mis novelas, es una obra mestiza en la que conviven varios géneros distintos. Y, como todas ellas, ha sido escrita desde lo más hondo de mis tripas, poniendo toda la carne en el asador y divirtiéndome como un niño en cada parte del proceso.

Ahí la tenéis. Espero que os guste.

Deja un comentario