El verdadero origen de Yáxtor Brandan

El adepto de la Reina
El adepto de la Reina (Sportula, 2009)

Siempre he dicho (y así lo pensaba) que Yáxtor Brandan, el personaje central del ciclo que se inicia con El adepto de la Reina, partía de James Bond, el implacable agente 007 al servicio de Su Majestad. Y no es que sea realmente falso: en mi mente consciente, el capitán de fragata Bond era el modelo original, el cliché al que me apetecía darle las vueltas y con el que quería jugar. No era el único modelo, por supuesto: el Jack Bauer que Kiefer Sutherland interpreta en la serie 24 también estaba presente en mi cabeza cuando creé al adepto empírico. Y, por supuesto, como la mayoría de mis personajes, Yáxtor heredó partes de mi personalidad. ¿Cuáles? Seguramente las menos agradables, probablemente el niño malcriado acostumbrado a salirse con la suya que llevo dentro y que le guarda rencor al mundo entero cada vez que no consigue lo que quiere. Me apresuro a añadir que ésa (por suerte para mí y para los que me rodean) no es la parte dominante de mi personalidad… normalmente.

Sin embargo, enterrado en mi subconsciente, había un modelo más cercano, un personaje cuya frialdad e implacabilidad habían servido, sin la menor duda, de punto de arranque para Yáxtor. Simplemente, lo había olvidado hasta hacía unas semanas.

Hace poco tuve oportunidad de ver de nuevo Reilly, as de espías, la serie de la Thames Television donde se narra la vida de Sidney Reilly, el primer super espía británico (aunque era ruso),  que desarrolló toda su actividad en las primeras décadas del siglo XX. Reilly fue un personaje fascinante y, seguramente, es el responsable en buena medida de haber creado el espionaje moderno, tal como lo conocemos. De hecho, cuando Fleming crea a su 007 tiene muy presente la figura de Sidney Reilly. Lo que sabemos de él no es muy fiable: la parte rusa de sus actividades al servicio de la Corona está bien documentada, pero lo que sabemos de sus primeros tiempos lo sabemos porque él mismo lo contó y no tenemos otras fuentes con las que contrastar sus afirmaciones. ¿Relamente ayudó a los japoneses en la guerra con Rusia en 1904? Sí, estaba en Manchuria por aquella época, es cierto, pero poco más sabemos. ¿De verdad llamó la atención de los británicos sobre la importancia estratégica del petróleo del Golfo Pérsico, fue realmente responsable de que el prospector d’Arcy llegara a un acuerdo con los ingleses en lugar de con los Rothschilds? Él afirma que sí, pero nada hay que lo corrobore. Es evidente que buena parte de la leyenda de Reilly fue construida por el propio Reilly, lo que hace de él un personaje aún más fascinante.

Reilly, Ace of Spies
Reilly, Ace of Spies (Thames, 1983)

En la serie, Reilly es impecablemente interpretado por Sam Neill quien, especialmente en los primeros capítulos, construye un individuo frío, carente de escrúpulos, totalmente centrado en su misión y al que no le tiembla la mano a la hora de usar a esta persona o aquélla con tal de conseguir su propósito. Y, si en el proceso, quedan arruinadas vidas o reputaciones, ése no es su problema y no le dedica ni un pensamiento a esa cuestión.

La serie es de 1983 y la pasaron en su día por nuestra televisión española. Y la vi y la disfruté. Pero la tenía sumamente olvidada: recordaba vagamente que me habían gustado mucho los capítulos centrados en la revolución rusa, pero poco más. Y lo cierto es que, hasta hace poco, no me atreví a verla de nuevo, temeroso de que la nostalgia me hubiera tendido una trampa y la serie no fuera tan buena como recordaba.

Por suerte eso no fue así: volví a disfrutar de la serie, tanto de la peripecia como del ambiente como del personaje. Y, en efecto, los capítulos que se centran en el intento de golpe de estado a Lenin (patrocinado por los británicos y dirigido por Reilly) son lo mejor de la serie.

Y, mientras la veía, comprendí que aquel Reilly de los primeros episodios que es cualquier cosa menos un caballero, tal como lo describen en algún momento sus superiores, era Yáxtor. O, más exactamente, el modelo del que Yáxtor había partido en primer lugar.

Es algo que me pasa con cierta frecuencia: recuerdos y referencias enterradas en la parte más profunda de mi mente que acaban pasando a lo que escribo y de los que no soy consciente hasta después de haberlo puesto en la página. Al fin y al cabo, los escritores usamos el pasado como materia prima… incluso cuando no recordamos ese pasado.

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