La sabiduría de los muertos: ocultismo y detectives

 

La sabiduría de los muertos
La sabiduría de los muertos
(Los archivos perdidos de Sherlock Holmes /1)

Londres, 1895.

Y Gijón, 1993.

Estoy escribiendo una novela de Sherlock Holmes. ¿Por qué? Básicamente porque me apetece, porque me lo pide el cuerpo, porque me gusta la idea y porque, nos pongamos como nos pongamos, soy básicamente un fan del personaje deseoso de contar nuevas historias del detective y jugar con él y con su entorno. Así pues, estoy escribiendo lo que es, básicamente, fan fiction. Y lo hago, además, sospechando que la cosa no llegara a buen puerto. Al fin y al cabo, ya lo he intentado otras veces y los resultados nunca han sido satisfactorios del todo y, a menudo, ni siquiera he llegado a terminar.

La primera vez que intenté escribir un relato holmesiano fue en mi adolescencia. Un ciclo de relatos, en realidad, protagonizados por un descendiente del detective que, por algún motivo que ya no recuerdo, vivía en la España del siglo XXI y terminaba enfrentándose a su particular Moriarty, cuya guarida estaba, así, tal cual, en el Valle de los Caídos. De hecho, si no recuerdo mal, el primer caso que investigaba este descendiente de Sherlock Holmes tenía que ver con un asesinato en el famoso monumento franquista que se resolvía llegando a la conclusión de que las cuatro estatuas que jalonan la enorme cruz eran en realidad robots gigantes al servicio del villano. Mi Holmes lo deducía porque se daba cuenta que a una de las estatuas le faltaba el habitual nido de golondrinas en una oreja.

Sí, así, tal cual lo habéis oído.

Esos relatos se han perdido. Diría que por suerte.

También se perdió la primera versión de «La aventura del asesino fingido», donde intentaba usar directamente al detective original y trataba de hacerlo, además, en su ambientación original: el Londres decimonónico. Recuerdo que esa versión estaba narrada como si yo hubiera recibido el relato por correo y estuviera comentándolo. En parte por seguir a Borges y su afición por resumir libros inexistente, y en parte, supongo, porque no confiaba en ambientar la historia del modo adecuado. Creo recordar que hacia el final del relato había un par de intentos, seguramente más bien patéticos, de juego metaliterario.

Escribí una nueva versión del mismo relato unos años después y ahora traté de usar la voz del doctor Watson. Creo que lo terminé, aunque no estoy seguro y, en todo caso, no lo encontré muy satisfactorio. También se ha perdido.

Luego, inicié lo que creía que era una novela corta en la que Holmes se unía con Van Helsing para luchar juntos contra un Drácula renacido que pretendía vampirizar a la familia real británica. Estaba narrado a medias por Watson y a medias por el doctor Seward. Y, aún hoy, estoy bastante satisfecho de los dos tercios iniciales de la historia. Por desgracia, el tercio final pecaba de precipitado y rutinario y la conclusión de la historia era más bien previsible. Se quedó en cuento largo, más que en novela corta y, por primera vez, no desapareció en las brumas del tiempo. Se llamaba «Desde la tierra más allá del bosque» (o sea, Transilvania) y acabó siendo publicado un par de veces.

Pero, lo dicho, no estaba del todo contento con los resultados. Y suponía que este nuevo intento de escribir una historia holmesiana tampoco llegaría a buen puerto. Sin embargo, pese a todo, me apetecía: tenía ganas de narrar una historia usando la voz del doctor Watson y, además, me apetecía centrarme en lo que Holmes había hecho en el tiempo (de 1891 a 1894) en que el mundo había creído que estaba muerto.

¿Y qué había hecho en aquellos años? Entre otras cosas, viajó por el Tibet durante un par de años y, en Lhassa, pasó algunos días con el Gran Lama. Desde allí fue a Persia, «se asomó» a la Meca y  realizó una visita «breve pero llena de interés» al Califa de Jartoum.  ¿Qué hacía Holmes, un racionalista escéptico, visitando lugares de interés religioso?, me pregunté.

Hmmm.

Se me ocurrió enfrentarlo a una trama de ocultismo que, además, tendría como detonante el que alguien estaba usando la personalidad de Sigerson, el ficticio explorador noruego que Holmes había usado como falsa identidad en ese periodo, conocido como «el gran hiato». Ocultismo, me dije, pero ¿cómo? Recordé un libro que había leído hace años donde se jugaba con la idea de que el Necronomicon (el grimorio inventado por H. P. Lovecraft y atribuido a Abdul Alharzred) era real y, de hecho, John Dee (astrólogo de Isabel I de Inglaterra) había tenido un ejemplar del mismo. Supongamos, por tanto, que ese ejemplar está ahora en manos de la secta hermética Golden Dawn y partamos de la base de que alguien lo sabe y pretende robarlo, involucrando de paso a Sherlock Holmes en el asunto.

Empecé a escribir con esas premisas. El «alguien» que quería robar el Necronomicon no tardó en convertirse en Winfield Scott Lovecraft, el padre del famoso escritor, con lo cual entroncaba así mi historia ficticia con la real y explicaba cómo H. P. L. había sabido de la existencia del infame libro. De paso se me ocurrió engarzar tres de los casos no resueltos de Holmes más famosos: el de Isadora Persano, célebre periodista y espadachín que fue encontrado loco sujetando una caja de cerillas en la que había un gusano desconocido para la ciencia; el de James Philimore, que volvió un día a su casa a por un paraguas y no volvió a ser visto jamás; y el del balandro Alicia, que desapareció en un banco de niebla en una mañana de primavera. Watson menciona esos tres casos en el párrafo inicial de «El problema del puente de Thor» y la idea de insertarlos en mi trama detectivesca no tardó en hacérseme irresistible.

Empecé a escribir, decía.

Y descubrí que no podía parar.

Una semana de actividad febril más tarde tenía entre manos una novela de poco más de 120 páginas, narrada con la voz del doctor Watson y donde el detective se enfrentaba a un caso de ocultismo cuyas raíces estaban en lo que Holmes había estado investigando durante «el gran hiato».

Al contrario que con intentos anteriores, los resultados en esta ocasión me satisficieron plenamente. La novela, me decía, funcionaba, tenía buen ritmo, la voz de Watson estaba conseguida y el caso investigado tenía interés por sí mismo. La conclusión, por otro lado, podía chocarles a algunos lectores, pero me parecía que estaba a la altura del resto.

Empecé a dejar la novela a algunos amigos. Y todos coincidieron en su valoración de que aquella novelita era, sin duda, el texto más ameno y entretenido que había escrito nunca.

Empecé a moverla por aquí y por allá. Fundamentalmente por algunos concursos literarios. A finales de 1995 supe que había ganado uno de ellos: el Premio Asturias de Novela, convocado por la Fundación Dolores Medio. Hacía unos meses que había publicado mi primera novela, La sonrisa del gato, y la concesión del premio a La sabiduría de los muertos era la culminación perfecta para un año donde, por fin, parecía estar despegando como autor.

La novela se publicó al año siguiente, en una edición de tirada muy limitada y distribución casi inexistente. Luego, varios años después, fue reeditada por Luis G. Prado en Bibliópolis (y, posteriormente, en Alamut) lo cual me llevó (unos diez años después de haberla escrito) a jugar con la idea de una continuación…

Tres, en realidad. Tres novelas holmesianas más que llevaron al personaje por nuevos derroteros y ampliaron el escenario de un modo que, aunque visto en restrospectiva me parece natural, casi inevitable, en aquel momento me sorprendió tanto como a algunos lectores.

Pero eso es, naturalmente, otra historia para otro momento.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.