Jormungand. La serpiente del mundo

Jormungand
Jormungand

Era 1991. Estaba escribiendo una novela. Había escrito otras (unas cuantas, de hecho), pero todas habían terminado en un cajón y ni siquiera me había arriesgado a enviarlas a ningún editor para ver si las podía publicar. No me parecía que ninguna de ellas estuviera a la altura.

Presentía que ahora sería distinto.

La novela iba a ser una epopeya planetaria. Y, en cierto modo, lo fue. Iba a ser, también, mi primera novela con protagonista femenino. Y lo acabó siendo… más o menos. Iba a ser la novela definitiva de la ciencia ficción española, el libro con el que iba a demostrar a propios y extraños que estaba allí para quedarme. Bueno, no fue lo primero ni de lejos, no hace falta que lo diga; en cuanto a lo segundo, se le adelantó por un año otra novela llamada La sonrisa del gato.

Todo empezó con la historia de una mujer cuya nave espacial quedaba varada en el planeta Okeechobee; un lugar atrasado, ferozmente tribalizado y muy aislado del resto de la Galaxia. Mi protagonista femenina, mientras buscaba desesperadamente los medios para salir de allí y volver a su planeta, iría recorriendo Okeechobee, conociendo a las distintas tribus y, poco a poco, dejándose ganar por aquella extraña forma de vida. En cierto momento descubriría que todo el ecuador del planeta estaba circundado por un enorme cañón (una especie de Valle Marineris a lo bestia) por el que circulaba un inacabable río de viento.

Ése fue, de hecho, el primer título que tuvo la novela, antes de acabar llamándose Jormungand. Un Jormungand que no era aún, ni de lejos, lo que acabó siendo. Aquellos que ya la hayáis leído en su día notaréis que la sinopsis que acabo de detallar se aparta en unos cuantos detalles de la historia finalmente publicada.

Y es que aquel primer Río de Viento murió sin llegar a puerto. En cierto momento la historia se desinfló, perdió fuerza y garra y no fue capaz de llegar a ninguna parte. O, dicho de un modo más sencillo, dejó de interesarme, no me apetecía seguir contándola.

Por allí se quedó, en mi viejo disco duro de 20 Megas (eran los gloriosos tiempos del MS-DOS, en los que 20 Megas de disco duro daban para todo y aún sobraba espacio) mientras me dedicaba a otras cosas que… sí, lo habéis adivinado, tampoco llegaron a buen puerto. Un día, me descubrí pensando de nuevo en el Río de Viento: el planeta seguía interesándome, tanto la idea de que estuviera poblado por tribus de aspecto primitivo como el cañón ecuatorial. Pero estaba claro que necesitaba otra historia, porque la había intentado contar no parecía lo bastante buena.

Así, poco a poco, fue naciendo Jormungand. Enseguida tuve claro que el planeta anteriormente conocido como Okeechobee (y ahora rebautizado como Tierra de Nadie) era un planeta prisión que había permanecido totalmente aislado del resto de la galaxia durante casi mil años. Y no tardé en decidir que, una vez terminado ese aislamiento, el gobierno de Drímar enviaría una expedición diplomática (y algo más) para restablecer el contacto. Página a página fui creando el pasado de Tierra de Nadie, la historia de los Jefes, la de las ratas inteligentes y, por supuesto, la de Iskenderum. También, página a página los miembros de la expedición fueron adquiriendo rostro y se fueron relacionando unos con otros: Katia (quizá el único personaje que sobrevivió, aunque no sin cambios, de aquel primer Río de Viento), Isak, Marcia, Pfernan y Cástor… y los multis, los alienígenas multiformes que convivían con la humanidad y que habían venido de la Nube de Magallanes.  Y, cómo no, los habitantes actuales del planeta: Viento de Estrellas, Piloto, el Buhonero… Y Bailarín Lujurioso, no olvidemos a Bailarín Lujurioso, el delfín telépata que, lo reconozco, acabó en la novela por influencia de la obra de Aguilera y Redal. Tal cual.

Los multis fueron mi primer intento logrado (y, en realidad, casi el único) de crear una especie extraterreste inteligente. Katia fue, seguramente, mi primer personaje femenino con una cierta profundidad. En cuanto al resto, en mayor o menor grado, creo que me las apañé para hacerlos creíbles y proporcionarles unas motivaciones plausibles y una forma de pensar coherente con sus personalidades.

La trama avanzaba en dos frentes, narrando el presente de la acción y el pasado del planeta en capítulos alternos. Cada capítulo iba encabezado por una falsa cita de un falso libro llamado Curiosidades de la ciencia obra de un no menos falso Isaac R. Martinson. Aún hoy no recuerdo por qué, pero en cierto momento decidí que aquella estructura no era la adecuada, que el ritmo narrativo no funcionaba si contaba la historia de esa manera.

Así que eliminé las citas de Martinson. Sobrevivieron un par de ellas, que me pareció que venían a cuento y aportaban información relevante, pero ahora dentro del cuerpo de la historia.

Y decidí que, en lugar de alternar simplemente un capítulo con otro, los iría presentando por bloques. Así, la novela acaba arrancando con los dos capítulos dedicados a Iskenderum, de los que se pasa a otros dos capítulos donde se narra cómo se forma la expedición a Tierra de Nadie, quién la compone y cómo llegan al planeta. En dos nuevos capítulos asistimos a la historia de los  Jefes de las Tribus de Tierra de Nadie y luego, en tres más, vemos lo que hacen los miembros de la expedición en su exploración del planeta. Un nuevo capítulo narra la historia de Explorador para, finalmente, llegar en los dos capítulos finales a la conclusión de la historia y la aparición del personaje que le da título a la novela… y que ha estado narrándola.

Tardé algo más de año y medio en escribirla, cosa que para mí es insólita. Claro que hay que contar el paréntesis de nueve meses de la Mili, durante el cual apenas escribí nada. Y es, quizá, la novela a la que, una vez terminada la primera versión, más vueltas le ha dado, especialmente en lo que se refiere a su estructura narrativa y su montaje cronológico.

Iba a ser, estaba convencido, mi primera novela publicada, después de haber tirado a la papelera casi una docena de ellas en los últimos quince años. Tenía claro adónde enviarla: Ediciones B, cuya colección Nova, dirigida por Miquel Barceló, había empezado a publicar españoles… no muchos, todo hay que decirlo. Sólo un libro al año, de hecho, pero era claramente el sitio al que aspirar.

Miquel recibió la novela a finales de 1993: aprovechando que había quedado finalista del Premio UPC, fui a Barcelona a la ceremonia de entrega y le di entonces el manuscrito. Y sus primeras impresiones eran buenas. Así que confiaba en que, tal vez en 1995, Jormungand aparecería en Nova. Era una espera larga, pero estaba seguro de que iba a merecer la pena.

Y sí, es cierto que publiqué mi primera novela en 1995. Pero no fue Jormungand, sino La sonrisa del gato. Y no fue con Ediciones B, sino con Miraguano.

¿Qué pasó?

Una vez la novela estuvo en manos de Miquel podríamos decir que me olvidé de ella. No del todo, pero digamos que tenía claro que había hecho todo lo que podía y que ahora se trataba, simplemente, de esperar. Así que me dediqué a otras cosas. Algún relato corto… y una nueva novela de ciencia ficción que tuve terminada para finales de 1994. No podía enviársela a Miquel, evidentemente, no hasta que no decidiera qué hacer con Jormungand. Así que la envié a la otra editorial que publicaba autores españoles: Miraguano.

Respondieron enseguida y positivamente. Firmamos el contrato, la maquinaria editorial se puso en marcha la novela estuvo lista para ser presentada en Cádiz, durante la HispaCon en otoño de 1995.

Mientras tanto, Jormungand

Tierra de Nadie: Jormungand
Tierra de Nadie: Jormungand, en su primera edición en Nova

Acabó siendo publicada y, en efecto, lo fue en Nova, pero en 1996. ¿Por qué ese año y no el anterior? Hubo varios motivos y sospecho que uno de ellos tuvo mucho que ver con las dudas de Miquel sobre publicar una novela de un autor que, hasta aquel momento, era conocido sólo por los fans más recalcitrantes y cuya obra se limitaba a algo más de una veintena de relatos en distintos fanzines de escasa circulación. Así que supongo que la publicación de La sonrisa del gato por parte de Miraguano fue el empujón final que Miquel necesitaba. O quizá no, y simplemente fue una cuestión de logística: al fin y al cabo,  Miquel sólo tenía espacio para un libro español al año en su colección.

Se publicó, decía, pero no simplemente como Jormungand, sino como Tierra de Nadie: Jormungand. Miquel pensaba que darle como título una palabra extranjera desconocida y de pronunciación incierta desorientaría al lector. Sugirió que la titulase Tierra de Nadie, usando el nombre el planeta donde transcurría la acción. Acabamos llegando a un término medio que reflejaba, digamos, las preferencias de cada uno de los dos.

Empecé diciendo que iba a ser la novela definitiva de la ciencia ficción española, el libro con el que iba a demostrar a propios y extraños que estaba allí para quedarme. Está claro que no fue lo primero.  Era, sin duda, mi novela más ambiciosa hasta aquel momento y fue bien acogida por los lectores del género, pero es evidente que distaba mucho de ser la novela definitiva de nada. Y, para cuando se publicó, ya no hacía falta demostrar que estaba allí para quedarme: La sonrisa del gato lo había demostrado un año antes.

Ahora, dieciséis años después de su publicación original, la recupero en formato ebook con Sportula, mi editorial. Releerla y revisarla para esta edición ha sido un proceso lleno de sensaciones agridulces. La novela aún me gusta y aún me funciona y me parece válida. Pero ya no soy el chaval de veintiséis años que la inició ni el tipo de treinta y uno que la vio publicada. Me reconozco aún en muchas de las ideas y en parte del estilo y la forma narrar. En otros momentos me ha resultado difícil contener los deseos de corregirme a mí mismo, de demostrarle a mi yo más joven que las cosas no se hacen como él las hizo, sino como yo las hago ahora. No lo he hecho, no he querido traicionar a esa encarnación más joven (y quizá más hambrienta y ambiciosa) de mí mismo y, más allá de revisiones menores para limar errores o pequeñas incoherencias, he dejado la novela tal cual: es la que empecé a escribir hace más de veinte años, no la que habría escrito ahora, para bien o para mal.

Jormungand fue la primera novela en la que conseguí crear unos personajes creíbles, una trama elaborada y una peripecia compleja. Podríamos decir que, tras el largo proceso de aprendizaje que habían supuesto todas las novelas anteriores (ahora perdidas) Jormungand fue, en cierto modo, el inicio de mi madurez como autor de ciencia ficción, aunque no el final del aprendizaje (éste no sé termina nunca). Por lógica, tendría que haber sido mi primera novela publicada, pero los azares editoriales hicieron que fuera la tercera (La sabiduría de los muertos se publicó el mismo año, unos meses antes). En cualquier caso, ahí la tenéis de nuevo, casi veintiún años después de que empezara a escribirla (hay qué ver cómo pasa el tiempo) e, igual que entonces, ansiosa por encontrar su público. Espero que la disfrutéis.

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