Los superhéroes y yo

Desde el momento mismo en que aprendí a leer, me convertí en un lector voraz. Y, por supuesto, una de las primeras cosas que devoré fueron los tebeos, comics, historietas o como las queráis llamar (siempre y cuando no las llaméis «novelas gráficas», por supuesto). Al principio, Mortadelo, Pulgarcito, TDT, TBO… Luego descubrí, más o menos a la vez El guerrero del antifaz (que no me entusiasmó gran cosa) y El capitán Trueno (del que fui fan desde la primera viñeta). Y otras cosas como El Jabato, El Cachorro, Dani Futuro. Y tebeos europeos como Tintín (del que abominé al primer vistazo), Astérix (amor a primera vista) o Lucky Luke (que tenía su gracia). Y, unos cuantos años más tarde, pero eso ya es otra historia —que además he contado por aquí—, los fumetti eróticos de Leone Frollo, especialmente su Blancanieves.

Un día, cayó en mis manos mi primer tebeo de superhéroes. No recuerdo cuál era, pero casi toda seguridad era un Superman de los que Novaro (editorial mejicana) distribuía en España. A través de Superman descubrí otros superhéroes, como Batman, Linterna Verde, Aquaman o Flash.

Después llegó Marvel. Y el universo, de repente, se hizo enorme, gigantesco, abigarrado y mayor que la vida misma.

Quien publicaba Marvel en España era una editorial que se llamaba Vértice que, curiosamente, también publicaba libros de ciencia ficción (de hecho, algunas de las primeras novelas que leí de Asimov o de Philip K. Dick fue en su colección Galaxia). Y los publicaba de un modo extraño, en un formato mucho menor que el original, a blanco y negro y remontando las viñetas (y, a menudo, redibujando partes de ellas). También se adelantó, supongo que sin saberlo, a la moda snob y agilipollada de llamar al tebeo «novela gráfica», pues en la portada de todos sus números, en un recuadro bien visible, uno podía ver «relatos gráficos para adultos».

Soy, desde mi más tierna infancia, lector de comics. Y, aunque he leído un poco de todo (bueno, de casi todo, confieso que el manga sigue siendo mi gran asignatura pendiente en ese terreno), son los superhéroes los que, desde el principio, se ganaron un hueco especial en mi corazón. Sobre todo, en aquella lejana época, Marvel (aunque, curiosamente, mi personaje favorito era Superman), aunque con los años mis querencias han ido derivando más hacia DC.

Pero, en todo caso, ésa sería otra historia.

Demos un salto de unos pocos años, concretamente allá por mis doce. He decidido ponerme a escribir una novela de ciencia ficción. Lo que sale de mis manos (usando como herramientas un boligráfo «bic cristal» —nunca fui muy fan del «bic naranja» y su punta fina— y una libreta de anillas en A5 con papel cuadriculado) es, en realidad, poco más que un cuento largo. Unas cuarenta o cincuenta páginas. Pero tiene la estructura y la intención de una novela. Podríamos decir que se trataba de una «novela deshidratada», del embrión de una novela, podríamos decir.

La mayoría de las primeras cosas que escribo son de ese estilo. Yo las llamaba novelas, aunque en extensión estaban muy lejos de serlo. Recuerdo que conseguí llevar a buen puerto (en el sentido de que logré terminarlas y dejar cerrada la historia) las dos o tres primeras. Y luego me pasé algún tiempo iniciando cosas, escribiendo unas cuantas páginas y dejándolas al cabo de un rato para pasar a algo nuevo con lo que, otra vez, hacía lo mismo.

Creo que me tiré así un año o dos y confieso que llegó un momento en que empezó a resultar frustrante. Coño, quería acabar algo que empezase, para variar.

Lo conseguí creo que a los quince años con una novela que se llamó Alfa, el emisario de las estrellas y que, oh sorpresa, era una historia de superhéroes.

Recuerdo, más o menos, el argumento. Un adolescente se iba de excursión al campo, entraba en una cueva y allí descubría un artefacto extraño que le hablaba y le investía en el papel (y le daba los correspondientes superpoderes) de Alfa, emisario de una avanzada civilización galáctica para impartir justicia y todas esas cosas. El adolescente corría varias aventuras, se enfrentaba a algunos villanos de poca monta, se iba a otro sistema solar donde estaba punto de morir, regresaba a la Tierra justo a tiempo para detener la amenaza de un robot gigante y, finalmente, se iba con su novia al cine. O algo muy parecido, en todo caso.

Además de ser la primera novela que terminaba en varios años fue también la primera que pude considerar, por extensión, una verdadera novela. No muy larga. Calculo que sobrepasaría por poco las cien páginas, pero al menos —con todo aquel trajín de empezar a escribir, emborronar varias páginas y luego dejarlo para pasar a otra cosa— había aprendido a tomarme las cosas con cierta calma, dedicarle un tiempo a la ambientación y la caracterización y, en general, hacer que lo que escribía fuera algo más que un mero esqueleto narrativo.

Curiosamente, nunca mecanografié Alfa, el emisario de las estrellas, que era lo que solía hacer por aquella época: un primer borrador a mano, sobre una libreta, para luego pasarlo a máquina —mi vieja Olivetti, que quién sabe por dónde andará a estas alturas— y, mientras lo hacía, aprovechar para cambiar, alterar y revisar algunas cosas del manuscrito. Alfa, el emisario de las estrellas, se quedó para siempre en la libreta de anillas donde estaba escrita, y nunca fue más allá.

¿Por qué? No lo sé, realmente. Creo que me di con satisfecho con haber conseguido terminar algo. Aquello fue suficiente. Y, una vez conseguido, una vez me demostré a mí mismo que era capaz de terminar lo que empezaba, fue como si me olvidase del asunto, como si la novela no hubiera sido el verdadero objetivo sino simplemente un medio para alcanzar un fin.

Es posible (no podría asegurarlo) que el manuscrito exista aún, en su libreta de anillas original. Confieso que no tengo el menor deseo de dar con él ni, mucho menos, de volver a leerlo.

Un par de años más tarde estaba yo en Estados Unidos, en uno de esos programas de intercambio de estudiantes. Antes de ir a mi destino definitivo (una pequeña población de Texas llamada —si no recuerdo mal— Katy y que parecía sacada de una película de Spielberg) pasamos un par de días en Nueva York.

Nueva York, nada menos. Donde vivía y trabaja Peter Parker, el asombroso Spiderman. Donde estaba el edificio Baxter, sede de los Cuatro Fantásticos. Y la mansión Stark, en la que se reunían los Poderosos Vengadores. Y la Cocina del Infierno, en cuyas calles el abogado Matt Murdock se enfrentaba al crimen como el enmascarado Daredevil. Y… ¿lo vais pillando?

Así que me puse a escribir una nueva novela. De superhéroes. Y, encima, qué narices, iba a poder ambientarla bien, con conocimiento de causa. ¿Acaso no veía asomar más allá de la ventana de mi hotel la aguja del Chrysler Building? ¿No había paseado por Times Square y me había acercado a Central Park y subido a una de las Torres Gemelas?

Bueno, vale, sí. Relájate y tómalo con calma, campeón.

Escribí una docena de páginas o poco más (recuerdo el arranque: un tipo se despertada en una habitación mugrienta de Nueva York sin tener ni la menor idea de lo que había hecho la noche anterior, qué original) y enseguida descubrí que no tenía ni la menor idea de por dónde tirar o qué hacer con aquello.

Algunos meses más tarde, ya de vuelta en España, quise escribir la historia de una adolescente en sus últimos años de instituto que, de pronto, descubría que podía volar. Quería escribir un retrato de la adolescencia, usar el tema de los superpoderes para explorar las consecuencias de la fama y, en general, hacer lo que podríamos definir como una «novela gafapasta de superhéroes». Sólo que no tenía ni idea de cómo hacer eso. Creo que por suerte. Nunca llegué a escribir esa novela.

Aunque sí lo hice, en cierto modo.

Demos un nuevo salto.

Han pasado unos cuantos años desde mis dieciocho. Estamos, de hecho, en 1998. He empezado a escribir una novela a la que voy a llamar Este relámpago, esta locura y en la que uno de los personajes es un joven diseñado genéticamente por una secta religiosa para que tenga habilidades sobrehumanas. De hecho, sus poderes no se diferencian mucho de los que uno suele asociar con Superman.

Fue una novela que encaré con ambición. Había varias subtramas (una de ellas, ciberpunk; otra contaba la historia de amor entre un maduro sacerdote y una adolescente) aparte de la central, que giraba alrededor del superhombre y de su negativa a convertirse en una especie de mesías superheroico que debía tomar sobre sus hombros la responsabilidad  del destino humano.

Por desgracia, los resultados no acompañaron a las intenciones. En cierto momento perdí el rumbo, las tramas que tenía en mente se simplificaron demasiado al pasar al papel y, de hecho, la novela menguó en tamaño y acabó convertida en una novela corta de poco más de setenta páginas.

Premio UPC 1998, que contiene «Este relámpago, esta locura»
Premio UPC 1998, que contiene «Este relámpago, esta locura»

Aunque lejos de mis intenciones iniciales, el resultado me pareció lo bastante satisfactorio para mandarlo al Premio UPC de aquel año. Y el jurado la encontró lo bastante decente para concederle el segundo premio. Salió publicada al año siguiente por ediciones B (en el volumen que, anualmente, recogía los ganadores del UPC) y fue elegida como Mejor Novela Corta por los votantes de los Ignotus en la HispaCon (convención española de ciencia ficción y fantasía) del año 2000.

No estuvo mal. Aunque, en mi fuero interno, seguía sin sentirme satisfecho del todo con los resultados.

Y, por supuesto, no fue ésa la última vez que introduje el tema superheroico en mis novelas.

Como ya he contado en otra parte, en Sherlock Holmes y las huellas del poeta, mi segunda novela holmesiana, acabó teniendo un papel secundario pero importante un joven periodista de gafas de pasta y habilidades sobrehumanas que respondía al nombre de Kent.

De hecho, en la siguiente novela del ciclo, Sherlock Holmes y la boca del infierno, la figura de Kent pasaría a primer plano y se convertiría en protagonista absoluto de la segunda parte del libro, donde traté de explorar su personalidad y sus motivaciones. Confieso que esa parte (titulada «La batalla interminable», una de las frasecitas promocionales que solían presentar al Hombre de Acero en serial radiofónico y, más tarde, en su serie de animación) aún sigue estando entre mis páginas favoritas, de todo cuanto he escrito.

Sherlock Holmes y el heredero de Nadie
Sherlock Holmes y el heredero de Nadie

Finalmente, en Sherlock Holmes y el heredero de Nadie,  Kent tendría un pequeño papel en la trama. Y no sólo él. En esta novela haría su aparición BW Kane, un justiciero enmascarado que aterrorizaba el corazón de los criminales bajo el nombre de guerra de «Alcaudón». Era, evidentemente, la otra cara de la moneda de Kent. De hecho, el propio Kane es consciente de ello cuando, en cierto momento de la novela dice que Kent es:

—El hombre más extraordinario del mundo, créame. Es luz donde yo soy oscuridad y esperanza donde yo no veo más que tinieblas. Es mi contrario en casi todo y, desde que ha desaparecido, el mundo es un lugar mucho más pequeño, ruin y oscuro.

Me lo pasé muy bien jugando con esos dos arquetipos superheroicos, y mostrando el modo en que contrastaban y, de un modo extraño, se complementaban.

De hecho, cuando terminé la novela, habían quedado sentadas las bases para una posible historia de superhéroes que tuviera como pivotes a Kent y Kane. Una especie de historia de «La liga de la justicia», por así decir.

¿La escribiré algún día?

Quién sabe. Sospecho que sí.

Un comentario

  1. ¿Y por qué no un cruce entre la Liga de los Hombres Extraordinarios y la Liga de la Justicia? Una novela en la que aparezca un equipo de superhéroes en el que estuvieran Sherlock Holmes, Superman y Batman es el nirvana de todo buen ‘friki’ que se precie XD. Yo la compraba fijo.

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