De Macondo a Bespin

A los quince años, aproximadamente, me puse a escribir una trilogía de fantasía heroica. Tenía que ser una trilogía, por supuesto; al fin y al cabo, era el mantra de la época.

Un enemigo que volvía, un grupo de personajes cuyos destinos se unían durante un viaje, un campeón elegido para representar a los hombres en un desafío del que todo dependía, viajes, amenazas, traiciones, peleas, amores contrariados, varias tramas paralelas…

Y, por supuesto, un mapa detallado. Y una cronología del universo en el que se desarrollaba todo. Y, como no podía ser menos, un idioma inventado. Y un alfabeto.

En otras palabras, intentaba ser Tolkien.

Obvio es decir que no lo conseguí.

La empresa, sin embargo, me mantuvo ocupado durante algo más de tres años, al acabar los cuales había terminado el primer volumen de la trilogía y parecía ir avanzando a buen ritmo por el segundo.

Era el momento adecuado para dejarlo. Cosa que hice un día, tras darme cuenta de que no iba a llegar a nada que mereciese la pena. No me arrepiento de haber dedicado mis esfuerzos literarios de esos tres años (no en exclusiva, pero sí en su mayor parte) a esa tarea. Aprendí bastante el proceso y no todo fue trabajo que acabase en la papelera. Ciertas situaciones, ciertos elementos de ambiente y geografía, acabaron sobreviviendo y pasaron (muy deformados) a mi obra posterior.

Y hubo algo que, en principio, era puramente anecdótico y que acabó teniendo más importancia de la que yo preveía:

En cierto momento de la novela (que se llamaba, por cierto, El hombre y la diosa), el protagonista se veía apartado del resto del grupo y entraba de noche en una villa costera donde tenía una curiosa conversación con su creador, con el tipo que estaba escribiendo la novela en la que él era un personaje.

Original de narices, ¿eh? Bueno, era joven, acababa de leer Niebla de Unamuno y el pasaje donde el personaje central de la «nivola» iba a ver a su autor para pedirle que, por favor, no le «suicidase» me había marcado bastante.

En cualquier caso, cuando hubo que darle un nombre a ese pueblo de pescadores de aspecto fantasmal y ambiente onírico, decidí llamarlo Drímar. Básicamente tomé el término «dream», castellanicé su grafía y le añadí una terminación.

Drímar.

Me gustaba cómo sonaba. Y estaba seguro de que, tarde o temprano, lo usaría de nuevo.

De hecho, no tardé en hacerlo.

Con dieciocho años, acababa de descubrir Cien años de soledad. Caí sobre la novela de un modo un modo… voraz. El libro me duró menos que un suspiro y cada página que leía me tenía atrapado, hechizado, fascinado.

No tardé en hacerme con otras novelas de García Márquez. Y menos aún en darme cuenta de que muchas de ellas estaban ambientadas en una ciudad colombiana ficticia llamada Macondo. Faulkner tenía su Yoknapatawpha; Benet, su Región; Clarín, su Vetusta… Y García Márquez, su Macondo.

Y yo, me dije, no iba a ser menos.

Así que volví sobre Drímar, y decidí usarlo.

Decidí también que Drímar iba a ser una mezcla de Candás (mi pueblo de nacimiento) y Gijón (mi lugar de residencia desde hacía ocho años). Iba a ser un escenario en el que la realidad, lo onírico, los miedos y las fantasías, lo que pudo haber sido y lo que fue de verdad iban a convivir sin solución de continuidad. Iba a ser, pensaba con mis dieciocho años a cuestas, mi monumento a la nostalgia.

Me embarqué en la concepción de algo que llamé Cuatro noches en Drímar y donde narraba (y, de paso fantaseaba con ello, con todo lo que no había pasado pero pudo haberlo hecho) el periodo que iba de mis quince años a los dieciocho.

Eran cuatro capítulos. Cada uno abarcaba un año de mi vida (la real y la fantaseada), ocupaba unas cincuenta páginas y era una sola frase en la que, sin solución de continuidad, convivían distintos momentos temporales,  diferentes puntos de vista narrativos y la secuencia de los acontecimientos era un carrusel un tanto enloquecido.

Si alguien piensa que hacía poco que había leído El otoño del patriarca de García Márquez, no va muy desencaminado, en efecto.

El resultado fue, digámoslo claro, pura basura autocomplaciente. No en sus intenciones, quizá, pero me temo que sí en sus resultados. No tenía ni la experiencia vital suficiente ni la madurez literaria necesaria para que hubiera sido otra cosa.

Pese a todo, intenté continuarlo, convencido de que aún podía sacar algo bueno de todo aquello. Escribí un relato llamado «Quinta noche en Drímar» donde, un año más tarde, a los diecinueve, intentaba de nuevo codificar literariamente algunos acontecimientos de mi vida. De nuevo el resultado fue… el esperable. Creo que llegué a empezar una «sexta noche», pero sospechó que no llegué a terminarla; y, de hacerlo, fue la última, eso seguro.

Mi intento de crear mi Macondo particular, mi territorio literario personal, no parecía estar yendo muy bien.

Luego, un día, me puse a escribir algo que podríamos definir como un western postapocalíptico: una sociedad en ruinas, un pistolero de mirada fría, un pasado en el que prefería no pensar que le salía al paso, un tiroteo…

Y, por algún motivo que hoy ya no recuerdo, decidí que aquello también se ambientaría en Drímar, pero ya no en el pasado, sino en el futuro. En un futuro donde la sociedad, tal como la conocíamos, había desaparecido, y la pura supervivencia era el único factor relevante. Un escenario fronterizo. También, un escenario de ciencia ficción.

Que, al fin y al cabo, era lo que llevaba escribiendo desde los doce años. Así que, después de haberla abandonado, primero por la fantasía de corte tolkieniano y luego por un patético intento de hacer realismo mágico, volvía a mis raíces. De vuelta en casa, ¿qué hay para cenar?

Pues, como casi siempre, lo que había era un batiburrillo extraño que tenía mucho de western, de relato fronterizo; y era también ciencia ficción en su variante postapocalíptica; y no dejaba de ser una rememoración de un pasado que era como un fantasma molesto que no terminaba de irse jamás. Era, en realidad, una extraña macedonia en la que intentaba meter todo lo que me gustaba y me apetecía contar. Y trataba de hacerlo a la vez y sin preocuparme demasiado por cómo iba a encajar todas las piezas.

Y, de algún modo u otro, lo hacían. Encajaban. Mejor en algunos casos que en otros, pero la mezcla funcionaba.

Y siguió haciéndolo a medida que le fui añadiendo más ingredientes.

Escribí varios relatos ambientados en esa Drímar, en lo que podríamos llamar la segunda etapa. Y también una novela, Después del pasado, que estuvo a punto de ser publicada en Máser, el fanzine que hacía Juan José Parera, una historia que tal vez cuente otro día.

Y, poco a poco, Drímar fue creciendo. No hubo una tercera etapa, en el sentido de que no hubo un momento en que tuviera la sensación de que estaba ante una nueva fase del escenario. Simplemente, a medida que nuevas historias se me iban ocurriendo, Drímar se adaptaba a ellas, cambiaba para acomodarlas, crecía para hacerles espacio.

En un principio había sido un territorio de pura nostalgia. Una especie de pasado inventado.

Luego, fue un futuro cercano. Un futuro sombrío, en el que la civilización estaba en ruinas.

Y, poco a poco, ese futuro se fue ampliando. La civilización fue reconstruida. El hombre dejó su planeta de origen, se expandió por el sistema solar, aprendió a viajar más rápido que la luz y, por fin, colonizó la Galaxia.

Fue un proceso que duró varios años. Y no fue diseñado de un modo consciente ni premeditado.

Cada vez que se me ocurría una nueva historia que narrar, la primera pregunta que me hacía era: ¿tiene cabida en Drímar, puede desarrollarse allí?

A veces la respuesta era un claro «no». Otras, un «sí» muy evidente. Pero en la mayoría de los casos se trataba de un «tal vez».

Tal vez, si extiendo la cronología unos cuantos años y hago que pase esto, lo otro y lo de más allá. Porque para entonces, sí que tenía una cronología de los acontecimientos principales… de algo me había servido el trabajo de El hombre y la diosa, al fin y al cabo.

Tal vez, si retrocedo a este momento del escenario y lo amplio con este acontecimiento y el de más allá.

Tal vez, si aprovecho que aún no he publicado nada de todo esto y hago que esto no haya pasado y en su lugar haya sucedido esto otro.

Prácticamente todos estos «tal vez» se transformaron en «sí».

Y, con cada nueva pieza, Drímar fue creciendo. Y creciendo. Y creciendo.

Un puñado de historias se desarrollaba en la época posterior al colapso de la civilización, el periodo al que llamé «El Interregno».

Algunas, especialmente las de mi detective privado Roy Córdal, en el periodo posterior a la reconstrucción.

Y buena parte de ellas, las más largas, complejas y ambiciosas, aquellas con las que di el paso de autor primerizo a novelista publicado, durante la colonización de la Galaxia por parte de la humanidad.

De éstas, una de las últimas fue La sonrisa del gato, mi primera novela publicada, que se desarrollaba en una estación espacial en forma de peonza que (tardé en darme cuenta, os lo aseguro, no fui consciente de ello mientras escribía la novela) estaba inspirada en Bespin, la ciudad en las nubes que aparece en El imperio contraataca.

Drímar es, posiblemente, el escenario al que más tiempo le he dedicado como escritor. Su primera aparición, casi anecdótica, en aquella novela de fantasía, fue allá por 1981 y la última aportación al universo (Bifrost, que tarde o temprano aparecerá de la mano de Sportula) fue escrita en 2001. Veinte años, por tanto. Veinte años durante los cuales, partiendo de un entorno intimista y onírico, acabó convirtiéndose en un ciclo narrativo que abarcaba varios miles de años y buena parte del espacio conocido.

Una buena porción del material que escribí ambientado en Drímar se quedó por el camino. Parte de él, antes de morir, dejó semillas que acabaron germinando. Fue un proceso largo, a veces complicado y casi siempre gratificante, de aprendizaje. Con Drímar perdí los «dientes de leche» como escritor y desarrollé y di forma definitiva a mis obsesiones, mis manías y mis hábitos a la hora de encarar la narrativa.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.