Nunca tiro nada

Hace poco, rebuscando por mis viejos papeles en busca de otra cosa (que, por supuesto, no encontré) me di de narices con la copia impresa de una vieja novela escrita a finales mediados de los años ochenta y que nunca conseguí publicar.

Bueno, en realidad encontré la segunda parte de las tres en las que estaba dividida la novela. No tengo ni idea de qué habrá pasado con la primera y la tercera.

La cosa en cuestión se llamaba El centro de la galaxia y era, más o menos, un space opera, una aventura espacial. Mientras releía aquello (y me decía a mí mismo una y otra vez «pero, por Dios, qué malo es esto, mira esos diálogos, qué patéticos») recordé que, en realidad, aquella novela era una reelaboración de otra que había empezado a los diecisiete años y que nunca llegué a terminar llamada La tercera galaxia.

Ambas versiones se iniciaban con una guerra a escala galáctica entre dos facciones: Amre y Sáver. Y si alguien quiere saber de dónde saqué los nombres, que piense en la Guerra Fría y en sus dos principales contendientes. Una tercera facción, hasta entonces en la sombra, irrumpía en mitad de la contienda y era la que terminaba ganando. Hasta ahí, por lo que recuerdo, lo que llegué a escribir de la versión original, La tercera galaxia.

El centro de la galaxia contaba, en su primera parte, más o menos eso mismo. La segunda era la historia de un grupo de exiliados que habían logrado huir antes de que la facción en la sombra se hiciera con el control total en la galaxia. La tercera y última parte narraba cómo ese grupo de exiliados regresaban y liberaban a los pueblos galácticos del yugo bajo el que estaban.

La parte que conservo, como he dicho, estaba escrita con torpeza, llena de personajes tópicos y estereotipados, diálogos de película barata de los años setenta y, en general, con una peripecia no demasiado original. Lo que recuerdo de las partes que se han perdido no es mucho mejor.

Así que, si lo pienso, bien, mejor que se hayan perdido, qué narices.

Sólo que, ¿lo han hecho?

Aquellos que hayan leído el ciclo de Drímar o parte de él, saben que a partir de determinado momento la galaxia se divide en dos facciones: La Confederación de Drímar y el Mandato Sáver.

Y aquellos que hayan leído «Los celos de Dios» o La sonrisa del gato, recordarán la existencia de una nueva facción, que aguarda entre las sombras el momento adecuado para hacerse con el poder y eliminar a las dos facciones existentes, cuando la Dispersión acabe provocando un estado de caos y, seguramente, de guerra en la galaxia.

Y, cuando alguien le eche los ojos encima a Bifrost (último libro del  ciclo de Drímar y que saldrá, si todo va bien, para 2013), descubrirá que, con el tiempo, un grupo volverá a la galaxia dispuesto a destronar a la criatura que se ha hecho con el poder en ella.

Es decir toda una subtrama importante para los acontecimientos del trasfondo en la última parte de mi ciclo de Drímar tiene su origen en algo que escribí por primera vez con diecisiete años. El material original no era publicable, desde luego. Ni tampoco el que escribí años más tarde partiendo de él. Pero de algún modo, no fue un trabajo estéril. Sus semillas germinaron en mi mente, se ramificaron, se mezclaron con otras ideas y acabaron dando un fruto que mereció la pena.

Nada de lo que escribes es inútil, no por completo. Por malo que sea, por carente de valor que parezca, todo acaba teniendo su utilidad, de un modo u otro.

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