¿Estamos solos en el universo?

Nueva Dimensión 119
Nueva Dimensión 119

Esa pregunta encontró respuesta para mí a principios de 1980.

Hasta ese momento, no lo tenía claro, pero si me lo hubiesen preguntado, habría dicho que sí, que estábamos solos. Concretamente, que Javier Cuevas y yo estábamos solos, éramos los únicos aficionados a la ciencia ficción y la fantasía que había en el mundo. Bueno, venga, no exageremos. Dejémoslo en España.

Sabía que no podía ser así. Por ingenuo que fuera, era imposible que una editorial sobreviviera vendiendo sólo los ejemplares que podíamos adquirir Javier y yo. Así que, obviamente, alguien más leía a Asimov, a Clarke, a Dick o a Heinlein. Y seguro que hasta había gente que leía al tipo aquel polaco tan raro (no, no hablo de Sapkowski, obvio es decirlo) cuyos libros a veces veía en los estantes pero que nunca me decidía a pillar. De hecho, sabía que algunos compañeros de clase leían ocasionalmente ciencia ficción y les gustaba.

Pero no era lo mismo. Eran lectores generalistas que lo mismo se leían un policiaco que un histórico, una novela realista decimonónica, el best-seller de moda o una de ciencia ficción. No sentían verdadera predilección por un género concreto. No eran fans.

No eran, por usar una palabra que yo entonces desconocía, friquis.

La lógica me decía que no, que no podíamos estar solos. Vale que tanto Javier como yo éramos… iba a decir excéntricos, pero ninguno de los dos tenía suficiente dinero para ser calificado así. Así que éramos simplemente raros. Capaces, más o menos, de mezclarnos con la gente… ¿normal? y socializar con ellos e incluso, en ocasiones, de camuflarnos y mezclarnos en la multitud y parecer uno más. Pero no, aquéllos no eran los nuestros. Estábamos entre filisteos. En algún lugar tenían que existir más fieles de la fe secreta (bueno, no tan secreta, porque lo cierto es que nunca hicimos ningún esfuerzo en ocultarla) que compartíamos.

Y un día, alguien vino con la respuesta bajo el brazo. Un compañero de clase me trajo dos extraños libros… que no eran dos libros, sino dos números de una revista. Con un formato raro de narices (casi cuadrada, un poco más ancha que alta), se llamaba Nueva Dimensión y en aquellos dos números, si no recuerdo mal, estaban las dos primeras antologías que Isaac Asimov había recopilado de los ganadores de los Premios Hugo.

No eran, según supe después, verdaderos números de la revista, sino dos de los especiales que Dronte Argentina había sacado, algo que al parecer podían hacer en virtud de su contrato con la revista «de verdad».

Pero eso no importaba.

Existía una revista de ciencia ficción española. Como aquéllas de las que hablaba Asimov en los comentarios de sus cuentos: Astounding, Galaxy, F&SF

Y si existía, estaba en los quioscos o las librerías. Y, por tanto, podía hacerme con ella.

Así que me acerqué al lugar donde solía comprar los libros. Una librería llamada Paradiso que, en aquellos tiempos, era lo más parecido al cielo que podía encontrar un solitario aficionado a la ciencia ficción en Gijón. Tenían un estante completo de CF. Y otro de fantasía. Y otro de cómic. Y otro más de novela policiaca. Y la gente que trabajaba allí conocía lo que vendía, te orientaban, podían informarte. Era, de lejos, lo más parecido que podías encontrar en 1980 en una ciudad de provincias española a una librería especializada.

Y sí, allí estaba, un ejemplar del número 119 de Nueva Dimensión. No era como los que me había dejado mi compañero de clase: el formato ya era más estándar, más parecido a un libro normal, aunque seguía manteniendo el mismo diseño de portada. Y unos minutos más tarde, con él bajo el brazo, me dirigí a casa. Abrí sus páginas y empecé a leer.

¿Y qué era aquello?

¿Solos? ¿Qué coño íbamos a estar solos? Si uno leía las páginas de Nueva Dimensión se quedaba con la sensación de que la península hervía de grupos de aficionados, cada uno de ellos embarcados en multitud de actividades. Y, encima, había una cosa llamada HispaCones donde se reunían todos una vez al año. La última había sido en Madrid, en 1979, y aquel número hablaba de ella y publicaba algunos de los relatos que se habían premiado en su transcurso.

¡Relatos de ciencia ficción de autores españoles!

Así que no era yo solo el que se tiraba tardes y tardes escribiendo ciencia ficción. Y, encima, había tipos que conseguían publicarla. Me llamó especialmente la atención un cuento de un tal Rafael Marín titulado «Habrá un día en que todos…». Aquel tipo tenía garra, sabía contar las cosas, habría que seguirle en el futuro. No contento con eso publicaban un fragmento de una novela de un tal Ignacio Romeo en una sección llamada «Lo que preparan nuestros autores». Y relatos de Joan D. Vinge y Leigh Bracket. Y un artículo de un tal Javier Redal sobre la ciencia ficción y la genética, y otro sobre comics de ciencia ficción (SF, como la llamaban entonces, usando las siglas anglosajonas) dedicado a Buck Rogers.

Y algo más. Una sección llamada «Se dice» donde se informaba de los libros que salían a la calle. De las revistas que había. Y de una cosa llamada fanzines que, básicamente, eran revistas hechas por aficionados donde se publicaban relatos y artículos de otros aficionados.

Y una sección de correo, donde los lectores opinaban sobre números anteriores de la revista y daban su divina opinión sobre lo que habían leído.

¿Solos?

Ni de coña. Qué narices íbamos a estar solos. El universo estaba lleno de aficionados a la ciencia ficción. Javier y yo teníamos la mala suerte de vivir en la periferia de la Galaxia, y nos parecía un lugar desolado y sin habitantes. Pero allá, a lo lejos, en el luminoso centro, había una civilización activa y abigarrada con la que acabábamos de establecer nuestro primer contacto.

Las últimas páginas de la revista incluían un boletín de suscripción. Ni siquiera me lo pensé. Lo rellené, lo puse un sobre y lo mandé por correo. Y a partir de ese momento, durante unos tres años, recibí puntualmente mi ración de ciencia ficción. Al principio cada mes, luego cada dos meses, cuando la revista se hizo bimestral.

Y, poco a poco, fui descubriendo el ancho mundo que había más allá de mi solitaria posición de aficionado casi solitario a la ciencia ficción.

A través de Nueva Dimensión descubrí a George R. R. Martin («Los reyes de la arena») y a John Varley («La persistencia de la visión») y a Orson Scott Card («La casa del canto») y me enteré de la enloquecida forma de pensar de Dick en el número especial dedicado a él, y descubrí la obra de autores españoles como Rafael Marín («Nunca digas buenas noches a un extraño»), el propio Domingo Santos, director de la revista («En la ciudad»), Ángel Torres Quesada (Dios de Dhrule y Dios de Kherle), Juan Miguel Aguilera y Javier Redal («Sangrando correctamente»). Y oí hablar de un fanzine llamado Space Opera que editaba Miguel Ángel Martínez y otro llamado Máser que publicaba Juan José Parera (él no lo sabía, pero unos nueve años más tarde se convertiría en mi primer editor). Y un día, sorpresa, me llegó un ejemplar de uno llamado Kandama que editaba un tal Miquel Barceló y que Nueva Dimensión regaló a todos sus suscriptores. Y un montón de ellos más.

Términos como fandom, WordlCon, SF (aunque yo siempre preferí llamarla CF) empezaron a ser familiares.

Estaba lejos, cierto. Pero ya no estaba solo. Y no lo estuve nunca más.

5 comentarios

  1. Es de suponer que todos tenemos historias mas o menos parecidas. Yo había leído el pequeño ensayo de Plans “La literatura de ciencia ficción” en 1975 y venía leyendo las antologias de Bruguera con los prólogos de Carlo Frabetti. Un día le escribí a Fabretti a la editorial y ¡me respondió!

    Me envió varias fotocopias de articulos suyos sobre SF en Sábado Gráfico, etc. y me aconsejaba leer la revista Nueva Dimensión (de la que hablaba también Plans).

    Ni corto ni perezoso escribí a ND para suscribirme, sin haberla visto nunca, y poco después me llegó el primer número, el ND 85:

    http://www.tercerafundacion.net/biblioteca/ver/libro/5931

    Yo vivía en un pueblo donde no había librerías y lo poco que llegaba era al quiosco o a una papelería que vendía algunos libros…

    Y fuí suscriptor de ND hasta casi el final…

  2. y otro llamado Máser que publicaba Juan José Parera (él no lo sabía, pero unos nueve años más tarde se convertiría en mi primer editor).

    Y ahí fue donde leí por primera vez algo tuyo: un ensayo sobre los fallos científicos de 2001, odisea en el espacio, en una de las tertulias de la Asociación Antares, que básicamente consistía en cinco jovenzuelos muy friquis (Julián Díez, Susana Vallejo, Héctor Ramos, José María Faraldo, Adalberto de Osma y yo) y los restos de esa edad dorada que había sido Nueva Dimensión (Agustín Jaureguízar, Ignacio Romeo, Carlos Saiz Cidoncha, Paco Arellano y Frank G. Rubio).

    Joder, de todo esto hace un cuarto de siglo. Qué viejunos estamos.

  3. Sí, me acuerdo de aquel artículo, cómo no. Iba bien de sobradete, si la memoria no me falla.

    Y sí, cómo pasa el tiempo, aunque confieso que, aparte de los kilos de más y el pelo de menos, no me siento muy distinto.

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