Lo que pudo haber sido mi primer libro

Burjassot, 1994. Mi segunda HispaCon (convención española de ciencia ficción y fantasía). La primera (la primera a la que fui, se entiende) había sido organizada un año antes en Gijón, la ciudad en la que vivo. De hecho, eso fue providencial, en más de un sentido. No me había planteado ir a las dos primeras (Barcelona y Cádiz) a causa del gasto que representaba desplazarme a las ciudades donde se celebraban y alojarme en ellas unos días. Pero dado que la tercera me la organizaban al lado de casa…

Y, una vez que fui a una, fue más fácil acudir a la siguiente. El gasto seguía siendo el mismo, cierto, pero psicológicamente el efecto era muy distinto. Así que organizándome un poco y no gastando  mucho, podía apañármelas.

Burjassot, 1994, decía. Veintinueve años y algo más de una docena de cuentos y varios artículos repartidos por los fanzines de la época. Si la memoria no me traiciona, casi todos las revistas amateurs que había en aquella HispaCon (Elfstone, BEM, Kenbeo Kenmaro, Parsifal, Tránsito, El fantasma) incluían material mío. Y las pocas que aún no lo habían hecho, no tardarían en hacerlo. Era, de lejos, el tipo con más cosas publicadas en aquella HispaCon. Lo que, por cierto, dio origen a una cierta anécdota que quizá cuente en otra ocasión.

Hasta ahora, cuentos y artículos (y algún poema que otro) era cuanto había podido publicar. Tenía la esperanza de que, en unos meses, una novela corta titulada «Los celos de Dios» y que había sido finalista del Premio UPC de Novela Corta de Ciencia Ficción apareciera publicada en los Quaderns de la UPCF que editaba Miquel Barceló (y así fue, aunque aquellos «unos meses» acabaron convirtiéndose en tres años). Y, mientras tanto, intentaba colocar material en algún otro sitio. Especialmente material más largo que un simple relato.

Todos mis intentos de acercarme a una editorial con una novela habían estado hasta entonces condenados al fracaso. La mayoría ni siquiera habían respondido y unas pocas se habían tomado la molestia de poner su negativa por escrito y enviármela. La excepción era Miquel Barceló quien, de nuevo, tenía en sus manos una novela titulada Jormungand para su posible inclusión en Nova Ciencia Ficción, la colección que dirigía para Ediciones B. Pero eso era un disparo a la oscuridad, sin ninguna garantía. Nova publicaba un único libro de autor español al año y, aunque Miquel encontrarse interesante lo que yo le enviaba, podía pasar mucho tiempo antes de que la novela estuviera lista para salir.

Podía, simplemente, armarme de paciencia y esperar a ver cómo se desarrollaban las cosas. Pero eso, paciencia, era algo que no me sobraba en aquella época. Estaba hambriento por publicar, y sacar relatos cortos en fanzines no era suficiente.

Y allí llegó Santiago Gª Soláns, editor del fanzine Elfstone y que tenía la idea de lanzar al mercado una colección de novelas cortas. Aquélla era una buena época para esa longitud narrativa: el Premio UPC había provocado una auténtica eclosión de novelas cortas y, dado que no todas podían ser premiadas, muchos escritores se encontraron con narraciones de mediana extensión a las que querían dar salida. Era cuestión de tiempo que un editor, ya fuera amateur o profesional, surgiera para aprovechar ese relativo filón.

Ya lo había hecho uno, en realidad. Juanjo Aroz presentó en aquella HispaCon sus Cuadernos espiral donde publicaba algunas de esas novelas cortas. Eran, como su propio nombre indica, novelas impresas en A4, fotocopiadas y encuadernadas en espiral, sin más zarandajas. La verdad es que su aspecto, digámoslo claro, parecía demasiado cutre incluso para los estándares de calidad de la época. Sin embargo, Aroz no cejó en el empeño y no tardó en dar el paso obvio y publicar verdaderos libros: de formato pequeño y no demasiadas páginas, al principio, la extensión de novela corta parecía idónea para su colección. La llamó Espiral, en recuerdo de aquellos primeros cuadernos, y hoy por hoy es, seguramente, la más longeva colección no profesional de libros de ciencia ficción en español.

Juanjo Aroz ha sido siempre un tipo muy prudente; basta mirar la evolución de Espiral para darnos cuenta. Su evolución, su evidente crecimiento en calidad de acabado y en ambición editorial ha sido algo paulatino, tranquilo, sin ninguna prisa y con los pies bien asentados en cada etapa del camino antes de arriesgarse a dar el siguiente paso.

Pero no es de Espiral de lo quiero hablar aquí hoy (aunque lo haré, tarde o temprano, al fin y al cabo acabé publicando allí mi novela corta El alfabeto del carpintero), así que recapitulemos, dejemos de divagar y vayamos a lo que íbamos.

¿Que era…?

Ah, sí.

Santi Soláns quería sacar una colección de libros. De pequeño formato y mediana extensión. O sea, novelas cortas. Me había pedido material (al fin y al cabo, era un asiduo colaborador de su fanzine, Elfstone, y a Santi parecía gustarle bastante lo que hacía) y le mandé no una, sino dos novelas cortas, para que tuviera dónde elegir.

No estoy seguro de una de ellas: pudo haber sido «Bailando en la oscuridad» o «Un agujero por donde se cuela la lluvia» pero ahora mismo, aunque mi vida dependiera de ello, no soy capaz de decir cuál de las dos fue. Ni siquiera estoy seguro al cien por cien de que fuera una de ellas, aunque por las fechas del asunto sí que me parece bastante probable.

La otra la recuerdo perfectamente. Se llamaba «Las brujas y el sobrino del cazador» y tenía una curiosa historia detrás.

Había escrito una primera versión a los diecinueve o veinte años. Buena parte de la historia partía de un sueño que había tenido y del que, a la mañana siguiente, conservaba aún algún retazo en la cabeza. Intenté armar un armazón narrativo alrededor de esas secuencias aisladas y el resultado fue un cuento largo al que llamé, a falta de un título mejor, «Las brujas y el sobrino del cazador».

Era un cuento puramente fantástico, con algunos elementos oscuros y una historia de amor que no terminaba bien. No era gran cosa, pero había algo en la historia que me gustaba.

La que entonces era mi pareja, Camino, tuvo un día la curiosa idea de regalarme ese cuento por mi cumpleaños. ¿Cómo? Compró un libro en blanco, me pidió una copia del cuento (bueno, me pidió todos mis cuentos para no darme una pista de lo que pretendía) y allí lo manuscribió, currándose unas letras capitulares historiadas, varias ilustraciones y, en general, consiguiendo un resultado realmente atractivo. Seamos sinceros: el trabajo que Camino hizo con el cuento era bastante mejor que el cuento en sí.

Ese libro aún existe. Está en mi biblioteca junto a mi primer intento de escribir, a los doce años, una novela de ciencia ficción. Aunque esto último es otra historia y ya veremos si es contada… bueno, sí, seguro que sí.

Años más tarde volví sobre el relato. Lo amplié, lo inserté en mi escenario de Drímar y, en general, intenté ser más ambicioso con él de lo que lo había sido en el pasado. Lo conseguí… a medias. Creo que los dos primeros tercios de esa nueva versión de «Las brujas y el sobrino del cazador» eran bastante decentes: bien tramados, bien narrados y bien concebidos. Por desgracia el último tercio era un «acabemos esto lo más rápido posible, que ya no se nos ocurre gran cosa que contar» que, obvio es decirlo, estropeaba bastante el efecto de lo anterior.

Pese a eso, la novela corta debió parecerle a Santi lo bastante interesante para abrir con ella su futura colección de libros.

Las brujas y el sobrino del cazador
Las brujas y el sobrino del cazador

Algo que me contó, precisamente, en aquella HispaCon. Me explicó también el diseño que había pensado para la colección e incluso es posible que me hablase del título que había decidido darle: Tormenta de Palabras.

Así que la cosecha de aquella HispaCon no podía ser mejor, en lo estrictamente literario: nuevos fanzines que me pedían material, por un lado, y una novela corta que saldría al mercado en pocos meses y con la iba a inaugurar una nueva colección, por el otro.

Así, Las brujas y el sobrino del cazador (y paso ahora a la cursiva, porque ya no hablo de la novela corta, sino del libro así titulado) iba a ser mi primer trabajo de cierta enjundia en ser publicado. Mi primer libro.

No era un trabajo del que me sintiera satisfecho al cien por cien, es cierto. Ya he hablado de su endeble final. Pero me parecía lo bastante bueno para ser una carta de presentación más que adecuada. El primer paso importante de autor de relatos cortos a novelista.

Y en otro universo (no sé, tal vez en esa Tierra-2 donde Superman se casaba y envejecía y Batman moría y le pasaba el manto a Robin) seguro que fue así. Allí, sin duda, Las brujas el sobrino del cazador fue el primer libro publicado de Rodolfo Martínez.

Aquí, en Tierra-1 (o dondequiera que estemos), las cosas no sucedieron así. Pese a las mejores intenciones de Santi, la salida del libro se retrasó más de lo que ambos queríamos y, para cuando vio la luz, yo ya había publicado La sonrisa del gato con Miraguano. Como primera narración larga mía que alguien leyese, Las brujas y el sobrino del cazador podía haber sido una buena carta de presentación; abordar su lectura tras La sonrisa del gato era, en cierto modo, anticlimático. Ésta última era, me temo, mucho mejor novela.

Así que lo que tendría que haber sido mi primer libro fue el segundo y tuvo la mala suerte de pasar casi del todo desapercibido. No sería la primera vez que los azares editoriales tuvieran esa consecuencia con parte de mi obra, pero creo que Las brujas y el sobrino del cazador es el caso más notorio. Muy poca gente sabe de su existencia e incluso entre mis más recalcitrantes fans pocos conocen esa novelita o la han leído.

Confieso que no es que se pierdan mucho. Es, como dije, una historia prometedora, que empieza bien, avanza a buen ritmo y, por desgracia, se despeña hacia el final. Y, por otro lado, lo mejor de ella sobrevivió al paso del tiempo.

Hablo de un cierto personaje secundario, por aquel entonces llamado Jason Corrigan que, años después y tras un cambio de nombre y de circunstancias, acabó como el doctor Jasón Zanzaborna en Fieramente humano.

Y es que, si algo me han enseñado treinta y cuatro años escribiendo, es que nada se pierde del todo nunca. Que incluso en las cosas que uno escribió y que no llegaron a buen puerto, hay siempre algo aprovechable que, tarde o temprano, acaba encontrando su lugar.

Entretanto, esta ha sido la historia de Las brujas y el sobrino del cazador, el que pudo haber sido mi primer libro publicado.

Y lo fue, estoy seguro, en Tierra-2.

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