Perder lectores. ¿Por qué?

Allá por 1993 escribí un capricho holmesiano al que llamé La sabiduría de los muertos. ¿Mi intención al escribirlo? Pasármelo bien creando una historia de uno de mis personajes favoritos, sin más pretensiones y sin más trascendencia. Pura fan fiction, en realidad, sin tapujos ni cortapisas. De hecho, cuando lo escribí, ni siquiera estaba muy seguro de poder publicarlo. Por no saber, ni siquiera sabía si los derechos de autor de Arthur Conan Doyle habían prescrito o no.

Así que fue, como he dicho, un capricho puramente personal. Una cosa hecha para mi propia diversión y placer y, quizá, la de media docena de amigos.

Para mi sorpresa aquella novelita (escrita en una rapto de creatividad febril que me duró una semana y me dejó agotado y satisfecho… y no haremos ninguna jocosa derivación sexual con lo que acabo de decir) gustaba, y mucho, a quien quiera que se la pasase para que la leyera.

José Luis Rendueles, en concreto, insistió en que debía intentar publicarla. De todo lo que había leído escrito por mí hasta la fecha, decía, aquello era de lejos lo más ameno, con mejor ritmo y más «pasapáginas». Era una apuesta segura.

Así que me tomé la molestia de enterarme si podía publicar aquello o no. Una vez aclarado que sí la pregunta era «¿dónde?». No tenía la menor idea de qué tipo de editor podía estar interesado en aquello.

La sabiduría de los muertos
La sabiduría de los muertos

Por abreviar, acabé mandándola a un par de premios. En el primero quedó finalista… sólo para que aquel año lo declarasen desierto. En el segundo tuvo mejor suerte y me alcé con el Premio Asturias de Novela de 1995, convocado y patrocinado por la Fundación Dolores Medio. La novela se publicó al año siguiente y se presentó en Oviedo el 23 de abril, día del libro. Tuvo una tirada escasa y una pobre distribución, así que nunca fue muy conocida.

Demos un salto de unos años. Luis G. Prado quiere reeditar mi novela en su colección Bibliópolis Fantástica. Estupendo, me digo. Y, como ya he contado en otra parte, aprovecho para pegarle un pulido, añadirle algún detalle e intentar conseguir la edición definitiva de mis trabajos holmesianos…

Sólo para descubrir que, de pronto, y unos meses más tarde, estoy escribiendo una continuación.

Con lo cual, y después de tanto divagar, llegamos al meollo del asunto.

En esta segunda novela, Sherlock Holmes se enfrenta a una trama ocultista que tiene como escenario la Guerra Civil Española. A lo largo de la historia van apareciendo distintos personajes de la época, algunos reales (como Robert Capa, el fotógrafo) y otros ficticios (como Rick Blaine, el protagonista de Casablanca).

En cierto momento Holmes cruza sus pasos con un joven reportero de aspecto ingenuo y gafas de pasta que dice llamarse Kent. Mi idea, cuando me puse a escribir esa escena, era que Kent hiciera una aparición fugaz y un rápido mutis por el foro para no volver a aparecer.

Sin embargo, unos minutos más tarde, me estaba preguntando «¿y por qué no…?».

Había un motivo importante para no seguir adelante con aquello. Estaba seguro de que convertir a Kent en un personaje importante de la novela me iba a restar lectores. La sabiduría de los muertos, como he dicho, había gustado mucho, tanto a los fans del Holmes original como a los que no lo eran. Esta segunda novela, sin embargo, se apartaba de la línea habitual del material holmesiano: no se desarrollaba en siglo XIX, no estaba narrada por Watson, no era un relato policiaco… Eso ya podía restarme lectores, al menos entre los holmesianos más puristas. Pero convertir a Kent en un personaje importante, mezclar a Holmes (cuyas características básicas —por más que muchas de ellas se las debamos al cine o a las ilustraciones antes que a su creador— estaban muy claras en el imaginario colectivo) con alguien del entorno del cómic de superhéroes iba a hacer que muchos lectores, horrorizados ante la extraña mezcla, se echasen para atrás.

Sherlock Holmes y las huellas del poeta
Sherlock Holmes y las huellas del poeta

Así que, me decía, mejor no. Sigue con tus planes originales; haz que la aparición de Kent no vaya más allá de un cameo y no te metas en líos.

Sin embargo…

Lo cierto es que el personaje encajaba en la época. Al fin y al cabo, el número uno de la revista Action Comics, que da inicio oficialmente a la edad de oro del cómic de superhéroes, tenía fecha de portada de julio de 1938.

Y el personaje, a su manera, encajaba en la historia, que en buena medida tenía abundantes reminiscencias pulp. Y los comics de superhéroes, no lo olvidemos eran, en su entorno, un ejemplo de narrativa pulp. El cómic de prestigio de la época se hacía en las tiras diarias y en las páginas dominicales de los periódicos. El comic-book era un producto de segunda: barato, popular y de consumo rápido.

Y en cuanto a carácter  (optimista, ingenuo, a veces un tanto confuso sobre su origen y su papel en el mundo) Kent  representaba un contrapunto interesante con Sherlock Holmes más viejo (algo cínico, un tanto de vuelta de todo) que yo estaba presentando en la novela.

Permanecí indeciso varios minutos. Comercialmente, cada vez estaba más seguro, hacer de Kent un personaje importante era un error. Literariamente, sin embargo, me parecía que venía a cuento y que aportaba algo interesante e importante a la historia.

Los que hayan leído Sherlock Holmes y las huellas del poeta ya saben cuál de las dos opciones ganó.

¿Me equivoqué?

Tal vez, en cierto sentido. Quizá la novela, que no funcionó mal comercialmente, habría tenido una carrera más exitosa si hubiera relegado a Kent al fondo del escenario, si lo hubiera convertido en una simple pieza sin importancia del mobiliario.

Pero, pese a eso, sigo pensando que tomé la decisión correcta. Que el personaje encajaba en la historia, que su participación tenía sentido y que la novela, con él, era mucho mejor de lo que lo habría sido sin su presencia.

Y, para bien o para mal, así es como han sido las cosas. En mi versión de Sherlock Holmes, un joven e ingenuo periodista  natural de Kansas, con  portentosas habilidades, juega un papel importante.

Y qué narices, me alegro de que así sea.

2 comentarios

  1. Los ultimos tres posts que has escrito, con aroma un tanto autobiografico, son francamente entretenidos. Espero que sigas…

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