La accidentada historia de la serpiente de Midgard

La cosa empezó, creo recordar, a mediados de 1991. Llevaba escribiendo (fundamentalmente ciencia ficción) desde que tenía unos doce años, allá por 1978. Y, aproximadamente desde mediados de los ochenta, me escribía (hiciera falta o no, y muchos pensarán que no hacía falta) una novela al año, aproximadamente.

Y, en todo aquel tiempo, no había conseguido publicar ninguna. Sí que había conseguido colocar varios relatos en los fanzines de ciencia ficción que había en España. Desde 1989 mi firma aparecía con cierta frecuencia en las publicaciones amateurs de la época.

Y, mientras tanto, seguía escribiendo novelas. Y seguía sin conseguir publicarlas.

Algunas se habían perdido… más o menos. Existía una copia impresa de la mayor parte del material anterior a 1989, pero el original digital no había sobrevivido al cambio de mi Amstrad CPC6128 a mi IBM PS/2. Volví a teclear (y, de paso, a revisar e intentar mejorar) la mayoría de los relatos cortos. Pero las novelas allí se quedaron, en su versión impresa.

Y, de todas formas, seamos sinceros, cuando me ponía a releer aquel material antiguo me parecía torpe, pesado y sin la calidad suficiente para intentar su publicación. Con ideas y momentos aprovechables por aquí y por allá, cierto, pero convertir aquel material fallido en buenas novelas me exigía demasiado trabajo. Un trabajo que prefería emplear en crear nuevas novelas.

En su momento, mandé un buen puñado de esos trabajos primerizos a distintas editoriales. Y me daba igual que fueran editoriales especializadas en publicar ciencia ficción o no. Si tenía la dirección a mano (cosa que solía estar en la página de créditos de cualquier libro), imprimía la novela, la encuadernaba en espiral o gusanillo y les mandaba una copia.

¿Los resultados?

En la mayoría de los casos, un clamoroso silencio. En unos pocos, una carta informándome de que lo que les había enviado no encajaba en sus planes de publicación.

No era la época más propicia para que un escritor español de ciencia ficción encontrara dónde publicar una novela, es cierto. Y, por otro lado, yo no era precisamente el mejor escritor que jamás han visto las letras patrias. Tampoco lo soy ahora, pero me gusta pensar que algo he mejorado desde entonces.

A finales de los ochenta algunas cosas empezaron a cambiar. Por ejemplo, la editorial Ultramar (una de las pocas que, merced a los buenos oficios de Domingo Santos, publicaba autores españoles con regularidad) convocó un premio de novela.

Les envié lo más reciente que tenía: El alfabeto del carpintero. Supe, algún tiempo después, que mi novela estaba entre los finalistas. También supe que, de haberse fallado el premio, este habría caído casi con total seguridad en El escondite, la primera versión de lo que luego fue El refugio, de Aguilera y Redal. Aunque ganar el premio tampoco era importante (bueno, carajo, claro que lo era, pero no era lo único). Si estaba entre los finalistas, quizá a la editorial le interesase publicar mi novela, después de todo, ganara o no.

Pero…

Pero el Premio Ultramar nunca se llegó a fallar. La editorial desapareció antes. No porque no funcionases bien (que creo que sí lo hacía), sino porque el Grupo Salvat, su propietario, atravesaba problemas. No recuerdo todos los detalles pero, en cualquier caso, aquello supuso el fin de Ultramar, de su colección de ciencia ficción y de su premio de novela.

¿Me desanimé?

Claro.

Pero, a aquellas alturas de mi vida, el desánimo no era un factor en la ecuación. Escribía porque no podía evitarlo; y quería publicar porque me parecía que escribir para el cajón, por más entretenido que resultara, era estéril, improductivo y estúpido.

Así que seguí intentándolo.

Tenía una idea de partida. Un planeta bastante extraño, a lo largo de cuyo ecuador había una enorme fisura, un cañón, que se utilizaba como principal arteria de comunicaciones del lugar: una especie de río de viento, por así decir. El planeta estaba fuertemente tribalizado, y las sociedades que lo habitaban mostraban una extraña mezcla de primitivismo y tecnología ultraavanzada. Para animar el relato y que me sirviera como columna vertebral de la historia, hice que una nave exterior tuviera que hacer un aterrizaje de emergencia en el lugar y que su principal tripulante recorriera el planeta e hiciera, en cierto modo, de guía al lector de lo que se encontraba ahí.

Un esquema no muy original, desde luego. De hecho, un esquema muy utilizado por autores como Jack Vance, lo cual no deja de ser curioso porque, pese a la admiración que despierta entre muchos aficionados a la ciencia ficción, Vance nunca ha sido, ni de lejos, uno de mis autores favoritos. En cualquier caso, una trama bastante simple y sencilla pero que me permitía hacer avanzar la historia (el viaje físico servía como motor del «viaje narrativo», por así decir) y que, bien llevada, podía construir una novela interesante.

Escribí, creo recordar, unas cuarenta o cincuenta páginas de aquello. Y luego lo dejé. Básicamente no sabía por dónde tirar, cómo seguir, de qué manera animar aquello para que fuera interesante y la historia se encaminase hacia algún sitio.

Así que tenía un puñado de páginas entre las manos con las que no sabía muy bien qué hacer.

Hice lo que suelo hacer en esos casos. Dejarlas a un lado, permitirlas reposar en mi disco duro (sí, aquel glorioso disco duro de veinte megas que nunca conseguí llenar, no como ahora, cuando un tera empieza a quedárseme pequeño, o tempora o mores, que decía el otro) y ver si más adelante se podía sacar algo de de ello.

Escribí alguna otra cosa. Un par de cuentos, seguramente. E inicié alguna otra novela, pero tampoco llegaban a buen puerto.

Y un día, volví sobre la idea original… sólo que ya no era la idea original.

El planeta tribal se había convertido en un planeta prisión que había estado aislado del resto de la Galaxia durante casi mil años. Una especia alienígena había hecho su aparición. Y las personas que iban al planeta no eran náufragos, sino una expedición del gobierno galáctico que, llegado el caso, podía tener la capacidad de decidir si borrar o no aquel planeta del mapa.

Ya tenía la historia y tenía el conflicto narrativo que me permitía hacerla avanzar. Y, poco a poco, empecé a tener los personajes.

Empecé a escribir aquello durante el verano de 1991. Y, cuando lo hice, aún no tenía título, aunque no tardé en dar con uno. Teníamos un río de viento que circundaba todo el ecuador del planeta, lo cual traía ciertas reminiscencias mitológicas. ¿Ouróboros, la serpiente que rodea el mundo con la cola en la boca? Bueno, sí, siendo sinceros, habría sido la elección más lógica, pero lo que había en mi mente era otra cosa.

Lo que había en mi mente era la serpiente de Midgard, Jormungand, hija de Loki y destinada, durante el Ragnarok, a pelear con Thor, el dios del trueno, en la batalla definitiva de ambos. Y no, lo confieso, no soy ningún experto en mitología escandinava: mi conocimiento de ella no pasa de superficial, los cuatro tópicos que más o menos todo el mundo conoce. Pero por aquella época tuve acceso al magnífico trabajo que Walter Simonson estaba haciendo la serie de comics de Thor, devolviéndole al personaje sus raíces mitológicas y explorando, con gran acierto y mucho humor, esa rara combinación de dios asgardiano y de superhéroe disfrazado que era el personaje. En uno sus números narraba, con un aliento épico considerable, precisamente el enfrentamiento entre el dios del trueno y la serpiente de Midgard.

Así que eso iba a ser. La novela iba a titularse Jormungand.

Bien, tenía un título, el esqueleto básico de un argumento y los principales personajes. Enseguida tuve claro también el final, y el giro argumental que iba a conducir a éste.

Esos elementos eran (y son) más que suficientes para que me pusiera a escribirla. Había, como siempre, muchas cosas de la novela que no tenía claras, muchos acontecimientos que aún no sabía cómo se producirían o, tan siquiera, si se iban a producir. Como he dicho muchas veces, soy más un escritor de brújula que de mapa: necesito tener claro de dónde parto y hacia dónde pretendo llegar, y una idea general de la dirección hacia la que voy. El resto, lo voy descubriendo por el camino, a medida que mis dedos sobre el teclado van dando forma a la historia. Es como me gusta trabajar y lo que hace, para mí, condenadamente divertido el acto de escribir: en cierto modo voy descubriendo la historia casi a la vez que la escribo, y eso tiene como consecuencia que el proceso físico de sentarme frente al ordenador y ponerme a teclear, en lugar de ser una ordalía insufrible como es para otros escritores, se convierta en un puro placer.

En febrero de 1992 me incorporé a filas. Fui uno de los pocos de mi generación que hizo el servicio militar obligatorio (al que no le quedaban muchos años por delante), ya que la mayoría preferían objetar y realizar la prestación social sustitutoria.

¿Por qué no lo hice? Bueno, hubo varios motivos, pero uno de ellos era la curiosidad. Al fin y al cabo, en una época donde la moda era ser virulentamente antimilitarista, casi nadie sabía cómo era el ejército por dentro. Probemos, me dije, conozcámoslo de primera mano. Como he dicho, hubo motivos de índole más práctica para hacer la mili, y seguramente fueron esos los más determinantes, pero la curiosidad estaba ahí.

En cualquier caso, durante los nueve meses que pasé vistiendo uniforme (y descubriendo que lo peor del ejército no era el rollo militar sino la puñetera burocracia) apenas escribí nada. La excepción fue el ciclo de relatos que compondrían mi serie Horizonte de sucesos. Salvo los dos primeros, el resto fueron escritos durante mi paso por la gloriosa infantería aerotransportada del ejército español.

Pero de Jormungand, ni una línea. De vez en cuando abría el archivo, le echaba un vistazo, quizá corregía alguna cosilla aquí y allá, pero la historia no avanzó ni una micra.

La debí de retomar allá por setiembre de 1992 y a finales de aquel año la había terminado. O, al menos, había terminado un primer borrador.

Que, en realidad, no era tan distinto de la versión definitiva.

No toqué mucho de lo que había escrito (más allá de corregir alguna cosa, hacer pequeños retoques aquí y allá). Pero en cierto momento decidí que no me convencía la estructura de la novela. Originalmente, la historia iba avanzando en capítulos alternos, narrando por un lado lo que pasaba en el presente narrativo y, por el otro, lo que había ocurrido durante los mil años que el planeta había estado aislado. Digamos, de paso, que mientras la escribía había ido aprovechando parte del material de aquel primer inicio fallido. Bastantes de esas páginas, con pequeños retoques para adaptarlos a la nueva historia, pasaron a la nueva versión.

Decidí cambiar la forma en que el presente y los flashbacks se alternaban, ir agrupándolos en bloques narrativos más homogéneos en lugar de limitarme a saltar hacia adelante y hacia atrás cada dos capítulos. Con eso, la forma definitiva (más allá de algún mínimo retoque ocasional) de Jormungand quedó fijada.

¿Y ahora qué?

Bueno, en febrero de 1993 había escrito una novela corta titulada «Los celos de Dios» con la idea de presentarla al Premio UPC de Novela Corta de ciencia ficción de aquel año, cosa que hice.

No gané, pero fui uno de los finalistas y decidí ir a Barcelona y estar presente en la entrega del premio. Ésta se complementó con varias actividades, que incluían una conferencia de Pedro Jorge Romero sobre su Magazine Compiler, una herramienta informática que había desarrollado (en C++, si no recuerdo mal) para la creación de revistas electrónicas, y una mesa redonda sobre ciencia ficción española en la que participé. No recuerdo los detalles, pero supongo que Miquel Barceló (organizador del premio y director de la colección Nova Ciencia Ficción de Ediciones B) aprovechó que estaba allí para embarcarme en el asunto.

En el transcurso de esa mesa, de algún modo, una copia de Jormungand acabó en manos de Miquel. Yo le había pasado la novela a José Luis González, uno de los editores de la revista BEM, y éste había decidido imprimirla y llevársela con él a Barcelona. En cierto momento de la mesa redonda (quizá cuando Miquel dijo algo —seguramente por pura cortesía— sobre que estaría encantado de considerar algo mío para Nova) José Luis sacó el tocho encuadernado en espiral y lo dejó caer junto a Miquel.

Éste hizo de tripas corazón y se quedó con la novela.

Entretanto, me dijo que sí que le interesaría publicar «Los celos de Dios». Había iniciado, con el patrocinio de la UPC, una colección de novelas cortas llamada Quaderns de la UPCF donde intentaba dar salida algunas de las novelas no premiadas en el certamen pero que le parecían lo bastante interesantes para ser publicadas. Accedí encantado, entusiasmado con la idea de que al año siguiente tendría una novela corta en el mercado. Dado que lo único que había conseguido publicar hasta aquel momento eran relatos cortos, aquello suponía un paso importante para mí. Sin embargo, diversos problemas hicieron que no se pudiera publicar hasta 1997.

Entretanto, Miquel me dijo algunos meses después que Jormungand le gustaba y que le parecía una buena candidata para su publicación en Nova. Tenía ciertas reservas respecto al título, demasiado críptico, le parecía, para la mayoría de los lectores. Me propuso varias alternativas, pero no me convencían; quería mantener la palabra «Jormungand». Dado que el planeta donde se desarrollaba la mayor parte de la acción se llamaba Tierra de Nadie le sugería a Miquel la titulásemos Tierra de Nadie: Jormungand y a él no le pareció mala idea.

Sabía que mi novela no saldría en 1994. Para ese año ya estaba programada El refugio, de Aguilera y Redal, y Nova sólo publicaba un español al año. Vale, me dije, será en 1995, entonces.

Pero no. En 1995 Miquel decidió publicar El círculo de Jericó, de César Mallorquí. Me dijo que seguía teniendo mi novela en cartera, sin embargo, para un momento posterior. La idea no me volvió loco pero me resigné.

Había seguido escribiendo a lo largo de aquel tiempo, por supuesto. Entre otras cosas, una novela llamada La sonrisa del gato que Miraguano acabó publicando en 1995. Además, a finales de aquel año gané el Premio Asturias de Novela con La sabiduría de los muertos, mi primer trabajo holmesiano, que se publicó en la primavera de 1996. Así que, pese a no haber logrado mi objetivo con Nova, 1995 no fue precisamente un mal año.

Y, de hecho, es posible que el hecho de tener ya una novela en el mercado y otra en prensa influyera sobre la decisión de Miquel de, finalmente, publicar Tierra de Nadie: Jormungand en 1996. Ya no era un autor del todo desconocido y La sonrisa del gato había tenido una acogida bastante favorable entre los lectores, así que publicarme en Nova era un riesgo mucho menor que un año atrás.

Tierra de Nadie: Jormungand
Tierra de Nadie: Jormungand

Ignoro, en realidad, si eso influyó en el ánimo de Miquel o, simplemente, le pareció el momento adecuado para mi novela. Como sea, acabó apareciendo en 1996, con una estupenda portada de TRAZO (Paco Roca y Juan Miguel Aguilera) y una frase promocional en la portada que me resultó un poco paradójica, además de un tanto ruborizante por lo hiperbólica; pero bueno, para eso son las frasecitas promocionales. Decía algo así como «un creador de mundos y culturas con la capacidad de Jack Vance y el dominio y la facilidad narrativa de Isaac Asimov». Aparte de la ya mencionada y evidente hipérbole me resultó extraño que me comparasen con Vance, un autor que, como ya he dicho, nunca ha estado entre mis favoritos. Sin embargo, como ya he comentado unas cuantas líneas más arriba, no deja de ser cierto que la novela (por escenario y peripecia) tenía algunos puntos en común con el tipo de cosas que solía hacer Vance, así que no era tan descabellado mencionarlo, después de todo.

Asimov, por otro lado, era unos de mis fetiches literarios prácticamente desde mi infancia. Así que ver su nombre haciéndome publicidad, como si dijéramos, en la cubierta de una de mis novelas… bueno, halagaba el fan que llevaba dentro y que aún sigo llevando, para qué negarlo.

Así pues, cinco años después de haber tenido una idea sobre un planeta rodeado por un río de viento, allí estaba la novela que había surgido de esa idea, ocupando orgullosa su puesto en las librerías.

Y lo curioso es que todo surgió de una imagen visual proporcionada por una película (por lo demás bastante olvidable y cutre) llamada Slipstream, en España titulada La furia del viento. Cuando, de vez en cuando, me preguntan de dónde saco mis ideas, no puedo por menos que recordar eso. Y la respuesta sólo puede ser «de cualquier sitio, en realidad, de los lugares donde menos espero encontrarlas y a donde ni siquiera voy a buscarlas».

3 comentarios

  1. Por curiosidad: cuando escribes una novela (o relatos), a donde los sueles enviar? Pasan todos por fase de concurso o conoces editoriales que aceptarian leer el manuscrito…?

  2. Bueno, depende.

    A veces mando (más bien mandaba, hace tiempo que no lo hago) cosas a concursos, pero también mandaba material directamente a las editoriales o las revistas o fanzines que hubiera disponibles. Depende, evidentemente, de la cantidad de material que tengas disponible (no es conveniente mandar el mismo relato o novela a más de un concurso, puede crearte problemas).

    En cuanto al conocimiento de editoriales… bueno, siempre partí de la base de que, si publicaban ciencia ficción o fantasía, podían tener interés en lo que yo les mandara. Así que, o bien les envío directamente la novela acompañada de una carta de presentación o si ya conozco el editor (o conozco a alguien que lo conozca y que me pueda presentar, digamos) me ponía previamente en contacto con él a ver si le puede interesar mi novela.

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