La perspicacia del bocazas

1995 fue un año importante para mí, por muchos motivos. Tanto en aspectos puramente personales como en otros más públicos. Ese año, por poner un solo ejemplo, vio la luz mi primera novela, La sonrisa del gato.

Lo cierto es que tengo una cierta superstición personal con los años acabados en cinco (que, en virtud de mi fecha de nacimiento, coinciden con el cumplimiento de una década completa de vida, para mí). Y es que, normalmente, es en un año acabado en cinco cuando mi vida experimenta un cambio importante, a veces radical, tanto lo privado como en lo público. En 1975, con diez años, dejé el pueblo en el que había nacido y me fui a vivir a Gijón. En 1995 publiqué mi primera novela. En 2005 gané el Premio Minotauro. Curiosamente, no recuerdo nada relevante de 1985, pero seguro que algo pasó. ¿Qué pasará en 2015, suponiendo que la civilización, tal como la conocemos, siga existiendo?

Es una superstición tonta, como todas las supersticiones. Y un tipo tan profundamente racionalista como soy debería no considerar esas cosas ni por un momento. Y no lo hago, en realidad: racionalmente soy consciente de que cumplir 10, 20, 30 ó 40 años no tiene nada de especial. Tenemos un sistema de numeración basado en diez dígitos pero, si las cosas fueran de otro modo podríamos tenerlo basado en seis, en ocho, en treinta y dos, en… yo qué sé. Que un año acabe en cinco no tiene ningún sentido especial. Lo sé, todo eso lo sé. Sé que no hay nada especial en los años acabados en cinco y el hecho de que parezcan ocurrirme cosas especialmente relevantes en esos años se debe, o bien al puro azar o bien a una memoria que, de forma inconsciente, selecciona y magnifica determinados recuerdos en detrimento de otros.

Pero, a veces, no puedo evitar sentir (saber y sentir son cosas muy distintas, sobre todo en una especie que no es del todo racional, como la nuestra) que sí que hay algo. Soy consciente de que, en la mayoría de los casos, lo real es lo que sé y no lo que siento, pero…

En cualquier caso, y retomando el hilo, aquel año de 1995 me pasaron unas cuantas cosas. Publiqué mi primera novela, decía. Y fui, por primera vez, candidato a los premios Ignotus, los galardones que la Asociación Española de Ciencia Ficción Fantasía y Terror (AEFCFT) concede al material de género fantástico publicado el año anterior.

Era candidato en más de una categoría. En la de Mejor Obra Poética con un par de poemas y en la de Mejor Relato con un cuento titulado «Castillos en el aire», parte de mi serie Horizonte de sucesos. Lo de la obra poética parecía estar chupado: era el único candidato y por partida doble. Lo de mejor cuento era una cuestión peliaguda: competíamos cinco candidatos en esa categoría y cualquiera podía llevárselo. Dependía de los votantes, que eran los socios de la AEFCFT (en aquel entonces, aún la AEFCF) y los asistentes a la HispaCon, la Convención Española de Fantasía y Ciencia Ficción que, aquel año de 1995, se celebraba en Cádiz y en el transcurso de la cual se leía el resultado de los premios y se entregaba el diploma o estatuilla conmemorativa a los ganadores, si estaban presentes.

Yo lo estaba. Era la tercera vez que acudía a una HispaCon. Y, como en las anteriores, me lo pasé bien, estupendamente. Un poco nervioso, quizá, cuando pensaba en el tema de los Ignotus. No le daba mucha importancia al de poesía (además, joder, era imposible no llevármelo) pero quería el de relato. Vale, era una tontería, no tenía demasiada importancia, no me iba a elevar a ningún panteón de gloria coronada ni me iba a hacer mundialmente famoso. Pero, carajo, era el premio que daban los aficionados españoles a la ciencia ficción, el premio que daba mi gente. Y lo quería.

Así que, como digo, cuando me paraba a pensar en ello, me ponía un poco nervioso.

Durante una HispaCon hablas de miles de cosas con centenares de personas. En cierto momento, estaba charlando con Pedro Jorge Romero, en aquel entonces administrador de los Premios Ignotus, sobre las Convenciones Mundiales de Ciencia Ficción, donde se entregaban los Premios Hugo. Y recordé una anécdota que contaba Asimov donde, sin pretenderlo, acabó entregándose un Hugo a sí mismo. Nos reímos con la historia y no volvimos a pensar en ello. Al menos, yo no lo hice…

Llegó la cena oficial (aunque, ahora que lo pienso, puede que fuera una comida, no estoy seguro) acabada la cual, se iba a proceder a la entrega de premios. Pedro se me acercó y me dijo que la persona que le iba a ayudar con aquello no había podido venir y que si no me importaba sustituirle.

Me encogí de hombros y dije «vale» mientras por dentro se me llevaban los demonios. Si me pedía que ayudase a entregar los premios, sólo podía significar que yo no me iba a llevar ninguno.

Veis por dónde va la cosa, ¿verdad? Pues yo no lo vi. Para nada.

De hecho, me pregunté cómo era posible que no me llevase ni siquiera el de poesía.

En todo caso, hice de tripas corazón y acompañé a Pedro mientras él leía los candidatos y me iba pasando una placa con los ganadores, que yo debía anunciar públicamente.

Llegamos a los candidatos a Mejor Obra Poética y Pedro dice, simplemente, que se declara desierto. Sí, por aquel entonces «desierto» era una opción votable en los Ignotus y si obtenía más votos que las otras opciones, así se quedaba la cosa. Así que imaginaos: yo allí delante de todo el mundo, siendo el único candidato (y por partida doble) en la categoría y con «desierto» ganándola. Habría preferido estar en cualquier otro lugar.

Aguante con la poca dignidad que me quedaba las bromas y los choteos correspondientes y pasamos a la siguiente categoría. En aquellos momentos mi único deseo era que aquello se acabase lo más pronto posible.

Llegamos al mejor relato. Pedro me pasa el diploma acreditativo. Lee los candidatos. Y yo digo:

—Y el ganador es…

Hasta ese momento no había mirado el diploma. Ni me había molestado en hacerlo. Para qué. Mientras hablaba, mis ojos cayeron sobre él y leyeron lo que había escrito.

No. Mentira. Imposible. Ni de coña.

Alcé la vista. Todos me miraban expectantes.

Miré la placa de nuevo.

Qué demonios, adelante.

Dije:

—…Rodolfo Martínez por «Castillos en el aire».

Y allí estaba yo, entregándome un Premio Ignotus a mí mismo mientras toda la sala estallaba en carcajadas.

3 comentarios

  1. Además, si mi recuerdo no está mezclando hispacones, fue en esa cena cuando sirvieron un buen montón de gambas. Tú entregándote un premio y yo comiendo gambas como un loco (o cabrales en alguna otra). La vida está hecha de momentos así :-)

  2. No, no mezclas HispaCones. En efecto, fue la de las gambas. Las recuerdo perfectamente entrando en tu boca a velocidades de vértigo. Sí, hay cosas que mi memoria quisiera borrar… pero nada.

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