El lector impaciente

La chica mecánica, de Paolo Bacigalupi
La chica mecánica, de Paolo Bacigalupi

Yo mismo, sin ir más lejos.

Me temo que sí, que soy ese tipo de lector; o, para ser exactos, me he ido convirtiendo en ese tipo de lector a medida que pasaban los años. Necesito que el autor me pille enseguida, me atrape en las primeras frases y me lo ponga fácil. Podríamos decir que quiero que me seduzca, que se lo monte de tal modo que el acto de pasar la página y leer las siguientes línea de su libro me resulte inevitable. Que me camele.

Y debe hacerlo rápido. Debe presentar acontecimientos que me resulten interesantes, aunque no comprenda muy bien lo que está pasando. Y debe presentarlos de un modo… sí, seductor. Su estilo, su forma de narrar, su manera de contar las cosas tiene que atraparme; no sólo no debe suponer un obstáculo porque no basta con que el camino esté libre, no; debe también empujarme hacia adelante. Es decir, no basta con que su forma de narra no me desanime, tiene que animarme.

No todos los autores lo hacen así, por supuesto. Algunos prefieren ponérselo difícil al lector, exigirle un esfuerzo, ponerle obstáculos, obligarlo a trabajar mientras, implícitamente, le aseguran que todo eso merecerá la pena y el placer que se obtendrá al final será mayor que el esfuerzo empleado. O, simplemente, no intentan camelarlo, no hacen un esfuerzo especial por seducirlo: confían en que el propio lector vaya haciendo ese trabajo a medida que pasa las páginas.

¿Es mejor un tipo de escrito que el otro? No, no lo creo.

Pero…

El primer tipo de escritor lo tiene fácil conmigo. Será poco probable que lo abandone antes de llegar al final. Quizá entonces, tras las horas empleadas llegue a la conclusión de que no mereció la pena. Pero mientras tanto ha conseguido mantenerme interesado.

En cambio, el segundo lo tiene difícil, muy difícil. No imposible, es cierto. Pero, casi.

No tengo paciencia, ya lo he dicho. Y, con los años, me temo que ésta va disminuyendo. Novelas que leí en su momento (y de las que guardo un buen recuerdo) intento tomarlas ahora y se me caen de las manos a las pocas páginas. El autor tarda demasiado en entrar en danza, echa demasiado tiempo en cosas accesorias, se pierde en recreaciones que no me importan ni interesan. Si es un buen autor, nada de eso será superfluo y se revelará como importante a medida que avance la novela. Y, si aguanto lo suficiente, entonces todo eso habrá compensado y cerraré el libro con la sensación de que todo ha merecido la pena. El problema es que eso de «si aguanto lo suficiente» cada vez resulta más difícil.

A menudo, y especialmente con obras a las que me enfrento por primera vez y por tanto carezco de la certeza de la recompensa posterior, no tengo paciencia para esperar tanto. Concedo una docena de páginas, veinte tal vez. Si acabadas éstas tengo la sensación de que no me interesa gran cosa lo que me están contando, lo dejo. Soy consciente de que con ese proceder me estoy perdiendo cosas que me merecen la pena. Sin duda. Pero es mi carácter, es el tipo de lector que soy y no tengo ningunas ganas de cambiarlo. Sedúceme rápido y engánchame a fondo, o perderás tu oportunidad; quizá seas maravilloso, pero si no me muestras lo maravilloso que eres a los cinco minutos de conocerte, me temo temo que empezaré a hacerle caso a tu amigo que, seguro, es más superficial que tú, pero cuenta las cosas con gracia y tiene un repertorio de chistes interminable.

¿A qué viene esto? Bueno, hace unos días empecé a leer lo que ha sido la sensación de la ciencia ficción americana del año anterior: La chica mecánica, de Paolo Bacigalupi. Y me está costando seguir adelante. La culpa es mía, sin duda, pero la forma en que el autor despliega el escenario ante mis ojos no consigue engancharme; su forma de narrar no es difícil ni compleja ni deliberadamente oscura, pero tampoco me resulta interesante. Tarda demasiado en disponer sus fichas en el tablero y, mientras lo hace, no está consiguiendo seducirme, fascinarme o atraparme.

Y no, no diré que es una mala novela, o que su lectura resulta ardua. Para nada. Simplemente, la forma de narrar de Bacigalupi y su modo de desplegar el escenario no me blindan contra la distracción. Así de sencillo. Y voy pasando página tras página, consciente de la calidad de lo que leo pero, al mismo tiempo, demasiado consciente de todo lo que hay a mi alrededor.

¿Dejaré la novela? Quizá no. Aunque impaciente, también soy terco, así que es posible que apriete los dientes y siga leyendo. Y quizá, en unas cuantas páginas más, algo haga clic y consiga entrar en la novela. Pero también es posible que no.

No es culpa de nadie. Desde luego, no es culpa de la novela que, por lo poco que llevo leído, me parece buena. Pero tampoco es culpa mía. Soy el tipo de lector que soy y tal vez La chica mecánica no esté hecha para mí.

Ya veremos.

2 comentarios

  1. Me ocurre algo muy similar, si no igual, tanto en cuanto a esa impaciencia que comentas como tanto en el caso concreto de la novela de Bacigalupi. Llevo un 40% de “La chica mecánica” y digamos que ya he conseguido “meterme” en la historia, pero en las primeras páginas de esta estuve a punto de dejarla a un lado.
    Demasiado trasfondo. Demasiada redundancia expresiva*, un ritmo leeento… pero la verdad es que el libro me está gustando mucho. Requiere algo de fe. Ahora bien, ¿le hubiera dado una oportunidad de no tener tanto renombre? Quizá no…

    * Por ejemplo, con la tecnojerga. Pongamos el caso de los muelles percutores o los ventiladores de manivela. La lógica dicta que la gente abreviaría o suprimiría el término al hablar, salvo en el caso de personajes técnicos o muy pedantes. Sin embargo, los términos se repiten de continuo en diálogos y descripciones; acaba siendo farragoso, cuando menos.

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