Bajo la ciudad

Como ya he contado en otras partes, Fieramente humano y sus personajes tuvieron varios orígenes diversos hace ya veinte años. Uno de ellos fue un relato llamado «Bajo la ciudad» donde el detective Márquez se encontraría por primera vez con el mago que acabaría siendo tan importante en su vida. Claro que, entonces, aún no se llamaba Jasón Zanzaborna ni tenía una misteriosa mujer llamada Eva con él. El relato apareció en el volumen llamado Las brujas y el sobrino del Cazador y servía de complemento a la historia principal. Adaptarlo, realizar algunos cambios menores para que fuera coherente con lo narrado en Fieramente humano era una tarea bastante sencilla, durante la que aproveché para pulir alguna que otra cosa en el tono narrativo. Sigue sin ser un gran relato (no es sorprendente que no lo haya reeditado de algún modo en los últimos años) pero quizá para los lectores de Fieramente humano sea interesante asistir al primer encuentro entre Márquez y Zanzaborna. Así pues, helo aquí:

Fieramente humano

Me hizo pasar una mujer. De mi edad, más o menos. Rostro inexpresivo, ojos fríos y unas facciones sorprendentemente regulares. Me gustó, aunque no tenía muy claro que el sentimiento fuera compartido.

Entré en una sala amplia, decorada de una forma extraña. No recargada, o con mal gusto, simplemente extraña. De las paredes colgaban multitud de objetos, y la mayoría de ellos eran desconocidos para mí. Reconocí apenas un escudo africano y un tótem indio. En el resto podía distinguir rasgos conocidos, había cosas con aspecto árabe, o celta, o japonés, pero siempre de una forma vaga, como si ellas mismas no estuvieran seguras de adonde pertenecían.

El cuarto no estaba demasiado bien iluminado. En la pared frente a mí había tres ventanas de buen tamaño, pero las tres tenían las cortinas echadas. El único foco de luz de la habita­ción era el de una lámpara de pie junto a un sillón. Allí, iluminado parcialmen­te por el foco, estaba mi hombre.

—Detective Márquez, es un placer —dijo, levantándose y tendiéndome la mano.

La estreché. Era larga, huesuda y al mismo tiempo fuerte, firme, sin  vacilaciones.

—El placer es mío, doctor.

—Siéntese, por favor. —Me indicó una butaca frente a su sillón—. ¿Desea  tomar algo?

—Un vaso de agua fría, si es posible —dije mientras me sentaba.

—Naturalmente. Eva, un vaso de agua fresca para el detec­tive Márquez, por favor.

La mujer nos dejó. Tardó en volver unos segundos, que yo aproveché para  examinar a mi anfitrión. La primera impresión siempre es importante, aunque, desde luego, no definitiva, y nunca está de más contar con ella. Era un hombre  alto, que me sacaba casi la cabeza y, por lo que podía distinguir, bastante  delgado, aunque había algo en sus movimientos que indicaba que se mantenía en  buena forma física. Su rostro no me dijo nada: more­no, con canas en las sienes, bigote negro, nariz recta, cara alargada, ojos oscuros, y la impresión cuidadosamente compuesta para no dar pista alguna. Sin saber por que, me gustó lo que veía. Desde luego, si era un charlatán, parecía conocer su oficio.

Eva, siempre imperturbable, volvió con mi vaso de agua, al que yo eché un largo trago. Estábamos en junio y hacía un calor de mil demonios.

—Y bien, detective, en qué puedo ayudarlo.

Su voz era fría, grave, penetrante, carente casi de tono, pero con una autoridad oculta que me llamó la atención.

—En realidad creo que en nada, doctor, y perdóneme. —Me removí en mi butaca, inquieto—. Pero mi superior conoce su reputación y ha creído  conveniente que hablase con usted.

—Agradezco su franqueza, detective. Dígame cual es el asunto y ya veremos si puedo o no puedo ayudarlo.

—De acuerdo.

Saqué el cuaderno de notas del bolsillo de mi americana, lo abrí y pasé algunas páginas. No es que necesitase refrescar la memoria, pero era un ritual al que estaba acostumbrado y solía tranquilizarme. Sin embargo, en aquel momento no sirvió de gran cosa.

— El asunto empezó hace una semana, puede que haya oído hablar de el. Sucedió en la vieja iglesia de San Mauricio, en el barrio Sur. —Lo miré. Hizo un gesto que pudo haber significado cualquier cosa—. Bien, como decía, hace una semana el agente que está de servicio por la zona encon­tró el cuerpo de un hombre. Estaba mutilado de una forma muy extraña, como si su muerte hubiera sido parte de un ritual. Le habían cortado las manos y se las habían atado al cuello y al­guien había cortado su pecho con lo que el forense identificó como un bisturí, realizando un extraño dibujo.

—¿Quizá el dibujo era una estrella de cinco puntas inscrita en un  pentágono?

—Sí, veo que conoce el caso.

—Es la primera vez que oigo hablar del asunto. Siga, por favor.

Me encogí de hombros. Si el tipo quería dárselas de miste­rioso, allá él.  De cualquier forma, el caso había salido en todos los periódicos y no tenía  nada de particular que supiese lo del dibujo.

—Bien. Eso fue solo el principio. En los días siguientes continuaron apareciendo cadáveres, siempre mutilados de la misma forma, y siempre sin identificar. Quiero decir que nadie reclama­ba los cuerpos. Pensamos que debía tratarse de algún tipo de secta que utilizaba la vieja iglesia como cuartel general para sus ceremonias, y que los cuerpos pertenecían a victimas de su culto, probablemente borrachos  o mendigos que secuestraban y a los que hacían participar en algún tipo de rito. Pero hace dos días… —Dudé. Lo que iba a decir no tenía ningún sentido. Acabé el contenido del vaso de agua y seguí hablando—. Hace dos días ocurrió lo más extraño de todo. Recibimos un aviso de  que había aparecido un nuevo cuerpo. Cuando llegamos allí, lo encontramos, justo donde nos habían dicho que estaría. Pero arrodillado junto a él había un hombre. Un tipo de lo más raro, vestido con un largo abrigo que le tapaba casi por completo el cuerpo. Al menos así me lo describieron. Por desgracia yo no estaba allí, aquella noche. Había ido… bueno, no importa. Según el agente que detuvo a este individuo, su cara cambió. Dice que, al enfo­carlo con la linterna sus rasgos se transformaron. Yo supongo que la oscuridad le jugó una mala pasada al agente, o quizá el alcohol. Fuera como fuera detuvieron a ese hombre y lo llevaron a comisaría. Lo ficharon, tomaron las huellas y lo fotografiaron. Le preguntaron si quería llamar a su abogado y dijo que no, así que lo metieron en una celda. Y ahora es donde viene lo extraño… En fin, para abreviar, cuando el agente encargado fue a echarle un vistazo, el tipo simplemente ya no estaba. Un borrachín de la celda de al lado jura que vio cómo el hombre atravesaba la pared —me encogí de hombros—, aunque como puede suponer su testimonio no es como para tener muy en cuenta. Lo más curioso es que cuando yo fui a mirar las fotos del tipo y sus huellas, ya no había nada. Alguien las había cambiado, o lo que fuese. El caso es que sus huellas eran un manchón de tinta y su foto un borrón desenfocado en el que no se veía nada. El agente que lo encontró junto al cuerpo mutilado me dijo que presentaba en persona ese mismo aspecto: indefinido, desenfocado, como si careciese por completo de rasgos distintivos. Y eso es todo, por ahora.

No dije nada más. Él me miraba, como si fuera capaz de verme la nuca.

—Ya veo —dijo, tras unos minutos—. Un caso interesante, desde luego. Y ¿qué es lo que desea de mí, concretamente?

—Bien, yo estoy en Homicidios, e investigo las muertes de la iglesia de San Mauricio. Mi superior me dijo que hablase con usted, que ya había ayudado a la policía en otros casos extraños como éste. Creo que mencionó que era usted una especie de experto en ocultismo, o algo así, no estoy muy seguro. Y, bueno, he venido.

Me sentía ridículo allí, en medio de aquella habitación… rara y oscura, frente a un hombre de rostro impasible y ademanes medidos cuyos ojos no se habían apartado de los míos durante todo el tiempo que durara mi relato.

—Y usted piensa que esto es una pérdida de tiempo y que yo soy un charlatán, ¿no es eso?

No supe que decir.

—No se preocupe. El caso es interesante, desde luego. Quizá le sea de ayuda si le hablo de la secta del Dios Dividido. En origen, no eran más que un grupo de cristianos descontentos con la política de su Iglesia. Durante los primeros años del siglo XX, sin embargo, se vol­vieron hacía un extraño culto premosaico. Su símbolo era un pentágono con una estrella de cinco puntas en su interior.

—¿El Dios Dividido? Nunca he oído hablar de ellos.

—No. Ya lo supongo. En una iglesia le podrán dar información sobre ellos. A la religión oficial siempre le gusta llevar un censo pormenorizado de sus posibles competidores. De todas formas, lo más probable es que le digan que son un grupo de chiflados, con pocos adeptos y que no hacen daño a nadie, salvo a sí mismos.

—¿Y usted que opina?

—Que así es… por lo general.

—Supongo que respecto a la desaparición del detenido no podrá decirnos nada.

Por primera vez, sonrió. Fue una sonrisa breve, casi imper­ceptible.

—Nada que usted este dispuesto a creer, detective.

Decidí no tener en cuenta sus últimas palabras. Me levanté.

—En ese caso, gracias por su ayuda. Lo de la secta del Dios Dividido me ha parecido muy interesante. Creo que guiaré la investigación por ese terreno.

—Estupendo.

Se levantó y volvió a tenderme la mano. Yo se la estreché de nuevo y dejé la sala. En el vestíbulo me esperaba Eva y me abrió la puerta sin una sola palabra. Me detuve unos instantes en el umbral, pensando en algo que decirle, pero no encontré nada, así que me limité a saludarla con la cabeza e irme de allí.

* * *

—Bien, Eva, ¿qué opinas?

—Pienso que esta vez escapaste por los pelos. La próxima no tendrás tanta suerte.

—Quizá tengas razón, pero no puedo permitirles andar por ahí impunemente. No en mi ciudad, al menos.

—Soy consciente de ello. Pero… ese policía.

—¿Sí?

—Me preocupa. No es, ¿como lo diría?, uno de esos sabuesos de inteligencia escasa y voluntad de piedra. Parece un hombre inteligente.

—Sí, lo es. No estaría mal si pudiera conseguir su ayuda.

—Resultaría arriesgado. Es un escéptico.

—Esos son los más fáciles de convencer. Bien, cenaré un poco y saldré después.

—Como quieras. Te prepararé el abrigo.

* * *

¿Como voy a contarlo, a hacer que suene real si yo mismo no me lo creo aun? Todavía estoy tratando de buscarle una explicación natural: un holograma, me digo, un truco de espejos, no fue más que eso.

Yo estaba tomándome un café, frente a la comisaría. Serían poco más de las dos de la mañana, y no me apetecía irme a casa. Casi no había gente, aparte del  camarero y de mi mismo, y el camarero no contaba, dormitaba en un rincón  frente al televisor.

Noté algo, como un respingo, como si algo me atravesara, entrara por un extremo de mi cuerpo y saliera por el otro. Luego sentí que todo a mi alrededor se congelaba, se paralizaba. Pude ver, incluso, cómo la espiral de humo que salía del café se quedaba completamente inmóvil como si de repente se hubiera vuelto soli­da. Mire la superficie del café. Y allí vi su cara.

—Márquez. Lo necesito. Venga.

Era su voz, la voz del doctor Jasón Zanzaborna saliendo de la taza de mi café. Absurdo, irreal. Demasiado tiempo sin dormir.

Luego, algo tomó el control de mi cuerpo. Yo no era más que un testigo impotente, alguien que contemplaba una escena sin poder intervenir en ella. Mi  cuerpo se levantó de la silla, salió de la cafetería, subió al coche. Mis  manos introdujeron con torpeza la llave en el contacto. El coche arrancó. Mis  pies se arrastraron hacia los pedales.

—Vamos, Márquez, colabore. No puedo hacerlo todo yo solo.

Me dejé ir, incapaz de pensar. El coche se fue de allí. Cruzó una calle, otra, otra más. Se paró frente a la iglesia de San Mauricio. Mi cuerpo, conmigo inmóvil en su interior, salió del coche. Entró en la iglesia, en lo que quedaba de ella. Caminó por entre los escombros. El polvo entró en mis pulmones, pero fui incapaz de toser. Bajé unas escaleras. Llegué a algo parecido a un sótano. Y allí lo vi, bajo una viga, inconsciente o muerto, el doctor Jasón Zanzaborna.

En ese momento volví a ser dueño de mi cuerpo. Estornudé y tosí un par de  veces. Cogí la radio y llamé a una ambulancia. Mientras llegaban intenté quitarle la viga de encima. Estaba aun en ello cuando llegó la ambulancia y  los enfermeros me ayudaron. Zanzaborna tosió cuando lo subían a la camilla y se  lo llevaban de allí. Yo me quedé. En el suelo, junto a la viga, había un gran abrigo negro. Lo recogí y abandoné el lugar.

* * *

Roberto Agüera era un hombre tranquilo. Treinta años en el cuerpo le enseñaban a uno a tomarse la vida con calma, como parecía empeñada en demostrar su cara de tortuga feliz y su barriga de buen comedor.

Cuando el detective Gabriel Márquez entró en la habitación, Agüera leía una revista. Era la tercera vez que la leía y todavía lo haría un  par de veces más aquella noche. Con calma, la vida hay que tomársela con  calma.

—¿Está consciente?

—Sí, señor —respondió Agüera, alzando apenas la vista de la noticia de una boda—. Pero no se ha movido en toda la noche.

—Bien.

El detective Márquez cogió una silla, la acercó a la cama y se sentó en ella. Agüera pasó la página y se enfrentó por tercera vez a la entrevista exclusiva con un escritor venido a menos.

—Doctor Zanzaborna, ¿me oye?

—Perfectamente, detective. Gracias por sacarme de allí.

Su voz sonaba fría, sin matices. Márquez se llevó la mano al bolsillo interior de su americana. Se detuvo a mitad del gesto, como si se diera cuenta de repente de dónde estaba. Terminó por encogerse de hombros y decir:

—Quisiera hacerle unas preguntas.

A sus espaldas se oyó un crujido de papel, mientras los ojos de Agüera se abrían apenas ante el reportaje fotográfico de una estrella cuyo talento  saltaba a la vista de un modo casi ofensivo. La lengua del policía humedeció su labios gordos. Esto no es para mi, pensó, es­tas mujeres no son reales. Photoshop, seguro. Si la viera por la calle, ni la miraría dos veces. Sin creerse del todo sus propios pensamientos, pasó la página.

—En primer lugar, ¿que hacía esta noche en la iglesia de San Mauricio?

—Curiosidad, detective.

—¿Que quiere decir?

—Intentaba ver si mi teoría de la secta del Dios Dividido era correcta.

—¿Y lo era?

Un carraspeo les llegó desde la silla de  Agüera. Márquez volvió la vista para ver al gordo policía levantar­se.

—Si me disculpa, señor, y ya que está usted aquí, voy al baño un momento.

—Claro, agente. No se preocupe.

La puerta se cerró con un rechinar agudo. Las suelas de goma de los zapatos de Agüera sobre las baldosas sonaron cada vez más apagadas. A lo lejos se abrió una nueva puerta.

—Sí, creo que mi teoría era cierta.

—Ya.

Márquez miró sin decir nada al doctor Zanzaborna un buen rato.

—Y supongo que mientras usted husmeaba por la iglesia se encontró con el tipo del abrigo que detuvimos el otro día.

—Es una buena suposición, detective.

—¿Pudo verle bien?

—Estaba bastante oscuro.

—¿Algo más que añadir?

—No.

—Bien. Me han dicho que en un par de días estará usted fuera de aquí. Le pediría que le dejase a la policía hacer su trabajo.

—Claro, detective. Nunca he intentado lo contrario.

—Ya.

Las suelas de goma de los zapatos de Agüera volvían a la habitación. Se sentó en su silla sin decir nada y siguió leyendo la revista.

—Bien, buenas noches, doctor Zanzaborna. ¿Desea que le pida algo, agente?

—No, señor, gracias. Ahora estoy perfectamente. Buenas no­ches.

—Buenas noches.

La puerta se cerró tras el detective Márquez. Un gruñido  aprobador se escapó apenas de la garganta de Agüera mientras leía un comentario de economía del que no lograba entender una palabra.

* * *

Durante una semana las cosas siguieron en un punto muerto. No se produjo ningún asesinato más en la vieja iglesia de San Mauricio y Zanzaborna regresó a su casa. Yo seguí investigando el asunto, aunque en realidad no había mucho que investigar. Hablé con el arzobispo, quien vino a decirme más o menos lo mismo que Zanzaborna sobre los del Dios Dividido, con alguna que otra ampliación y  (supongo) más de una deformación motivada por la rivalidad de la competencia.

Intentaba no pensar en la noche en que había encontrado a Zanzaborna atrapado bajo una viga. La hipótesis de una droga en mi café servía para explicar mi parálisis y las alucinaciones, pero no el que encontrara el sitio exacto donde estaba Zanzaborna. El abrigo que había encontrado junto al cuerpo del doctor estaba en mi casa. No sabía por qué, pero algo me había impedido entregarlo en comisaría. No soy un experto en telas, pero en aquel abrigo había algo extraño. Su  tejido era suave, muy fino, pero extraordinariamente resistente.

Un día, ya no aguanté más. Cogí el abrigo, lo metí en una bolsa de papel y  salí de casa. Subí al coche, conecté el aire acondicionado y arranqué. Unos diez minutos más tarde llegaba a la casa de Zanzaborna. Eva me abrió la puerta y, por un instante, creí que algo parecido a la emoción asomaría a su rostro perfecto. En lugar de eso, me preguntó qué quería. Tras decírselo, me hizo pasar a la misma sala donde me había entrevistado con Zanzaborna la primera vez y fue a ver, según sus propias palabras, si Jasón estaba en casa.

Debía estar porque, poco después se acercaba a mí. Llevaba un brazo en cabestrillo, pero no parecía molestarle demasiado.

—Buenas tardes, detective Márquez. ¿A qué debo el placer de su visita?

Saqué el abrigo de la bolsa de papel y se lo tendí.

—Pensé que quizá querría tener esto.

La tomó con una sonrisa.

—Gracias. Eva, llévatelo y plánchalo, por favor.

Un imperceptible brillo de sarcasmo asomó a los ojos de la mujer.

—Claro, Jasón, lo que tu digas.

Eva nos dejó solos y Zanzaborna me indicó con un gesto que me sentara. Así lo hice. Poco después, la mujer regresaba con un vaso de agua fresca en la mano. Me lo tendió en un gesto interrogante y lo acepté, agradecido. Tenía la boca completamente seca, y no solo por el calor.

—Bien, detective Márquez, supongo que se está preguntando qué clase de individuo soy para andar merodeando de noche con un abrigo estrafalario por iglesias abandonadas.

—Más o menos —dije, procurando mantenerme impasible.

—Si lo que había pensado es que soy un miembro de la secta del Dios Dividido, puede ir olvidándolo.

—Y supongo que debo aceptar su palabra.

—No, nadie le obliga.

—Ya. Siga, por favor.

—¿Seguir?

—Sí, si no es usted miembro de una religión que se dedica a hacer sacrificios humanos, ¿qué es?

—Un mago.

—Ah, claro, un mago. ¿Hace pases con los dedos, se saca palomas de la manga, levita, lee la mente, adivina cartas, convierte a la gente en ranas?

—Sí, puedo hacer todo eso, aunque convertir a alguien en rana requiere cierto esfuerzo. Lo demás lo podría hacer usted con el entrenamiento adecuado.

—Por supuesto. Y ahora me dirá que tiene usted poderes. Que ha leído un viejo grimorio encuadernado en piel humana y ha entrado en posesión de los secretos del universo.

—No es tan simple como todo eso.

—No me lo creo.

—Claro, no esperaba otra cosa. ¿Y qué hay de la noche que me encontró bajo la viga?

Solté la explicación que había estado preparando cuidadosamente todas aquellas semanas:

—Sugestión. Hipnotismo. Me embaucó de alguna forma.

—Vamos, detective Márquez, usted es un hombre inteligente. Su explicación no explica nada.

No respondí. Me encontraba incómodo por momentos.

—Yo estaba atrapado. Proyecté mi forma astral y tomé posesión de su cuerpo para llevarlo hasta mí y ayudarme.

—No puedo aceptar eso.

—Lo sé. Todavía no. Pero lo hará.

—¿No puede… no puede darme una prueba?

Zanzaborna sonrió.

—¿Una prueba? Claro, una señal, un milagro para convencer a los escépticos. Solo que a los escépticos no se les convence así: siempre buscarán una explicación alternativa a lo que hayan visto. Escuche, le contaré una historia: en la Edad Media existía un hombre llamado Paracelso que tenía fama de ser un gran mago. Un día, un hombre llegó a él, quería que lo tomase como aprendiz y a cambio le daría cuanto poseía. Sólo exigía una cosa: una prueba antes de aceptarlo como maestro. Tiró una rosa al fuego y cuando se hubo quemado le pidió que revirtiera las cenizas a su estado original. Paracelso se negó. El hombre, decepcionado, abandonó la habitación. En cuanto estuvo solo, Paracelso hizo un gesto casual con la mano y las cenizas se convirtieron de nuevo en la rosa.

—«La Rosa de Paracelso», Jorge Luis Borges —dije.

Pareció complacido. Y, aunque intentaba ocultarlo, también pude ver que estaba asombrado, porque un policía como yo, un palurdo con los pies planos, reconociera una referencia a un oscuro relato de un autor argentino. Naturalmente, podía hablarle hablado de mi abuela Fanny, pero decidí no decir nada. Que Zanzaborna pensara lo que quisiera.

—Cierto —dijo al cabo de un rato.

—O sea que, si no he captado mal la moraleja de la historia, usted no moverá un solo dedo para convencerme de que lo que ha dicho es verdad. Tendré que ser yo quien realice todo el trabajo.

—Más o menos.

Me levanté. No tenía nada que hacer allí.

—Espere, por favor —me dijo.

—¿Sí?

—Tanto si cree en mí como si no, me gustaría ayudarlo.

—¿Cómo?

—Si viene aquí mañana por la noche le llevaré al lugar donde se reúne la secta.

Dudé unos instantes.

—De acuerdo —dije. Tuve entonces la sensación de que un nudo se deslizaba alrededor de mi cuello. Los ojos fríos y amables de Zanzaborna parecieron corroborármelo.

* * *

Bajo la ciudad fluye la vida, oscura, líquida, sucia. Bajo la ciudad se extienden las alcantarillas, como el vientre emponzoñado de una víbora infinita y laberíntica. Bajo la ciudad nacen dinastías de ratas, luchan, mueren sobreviven, siempre hambrientas, siempre ciegas. Bajo la ciudad, en lo más oculto, en su mismo corazón negro y hediondo, cantan, matan, sacrifican a sus dioses oscuros, a sus brillantes demonios.

Por el día, en la superficie, quizá te encuentres con un oficinista, un ama de casa, un mendigo, un broker, un policía, una prostituta, un corredor, un yonki, una profesora, un violador, un sacerdote, un médico, un taxista, una enfermera y no puedas ver en ellos nada que les distinga de los otros miles de oficinistas, amas de casa, mendigos, brokers, policías, prostitutas, corredores, yonkis, profesoras, violadores, sacerdotes, médicos, taxistas, enfermeras que llenan la ciudad. Pero quizá los encuentres de noche, liberados en la oscuridad de sus disfraces diurnos, cantando, adorando, matando, gritando. Quizá los encuentres abajo y veas, al mirarles a los ojos, el rostro de la locura, de la desesperación, del infierno.

Sí, podrás encontrarlos por la noche, abajo, en los subterráneos goteantes de las alcantarillas, convertidos en un solo corazón, un solo ser, un solo cuerpo sin más propósito que el de su propia destrucción y, quizá, la de los otros hombres que, arriba, duermen tranquilos, ignorantes tras sus disfraces de civilización de la locura ensangrentada que repta bajo sus pies.

* * *

Zanzaborna me esperaba, con  el abrigo puesto y el asomo de una sonrisa en los labios. En la mano llevaba un casco de minero. Sobre una mesita, a su lado, había otro.

—¿Vamos a entrar en alguna cueva? —pregunté.

—No exactamente, pero necesitaremos luz en el lugar donde vamos.

Cogió el otro casco y me lo tendió. Lo hice girar entre las manos, alcé la vista y le pregunté:

—¿No puede hacer luz con su magia?

Su sonrisa se acentuó.

—Sí, pero entonces les alertaría. Vamos.

Salimos de la casa por una puerta lateral que daba a un callejón sin salida. En mitad del callejón había una boca de alcantarilla. Zanzaborna levantó la tapa sin esfuerzo aparente y empezó a descender. No se molestó en comprobar si yo le seguía. Estuve a punto de mandar todo aquello al infierno e irme a mi casa, pero finalmente fui tras él.

Abajo, en las cloacas, maldije silenciosamente a Zanzaborna por no haberme advertido de adónde nos llevaría nuestra pequeña excursión. Mis mejores pantalones estaban empapados casi hasta la rodilla y algo me decía que aquel olor nauseabundo no se iba a ir de ellos por mucho que los lavase. Las linternas de los cascos apenas si conseguían iluminar el camino frente a nosotros. Criaturas pequeñas desaparecían rápidamente cuando eran iluminadas y volvían a las sombras.

No sé cuánto tiempo pasamos allá abajo, cada vez más húmedos y malolientes, hasta que al fin Zanzaborna se detuvo y, alzando una mano, me señaló una bifurcación a nuestra izquierda. La tomamos y, poco a poco, el pasadizo que seguíamos empezó a ascender. El ambiente se iba volviendo más seco a cada momento y el olor nauseabundo de las cloacas fue muriendo lentamente.

—Gracias a Dios —murmuré.

Zanzaborna se volvió y me miró sombrío.

—Es una forma de hablar —dije, cohibido ante su mirada.

No respondió. Volvió de nuevo la vista al frente y siguió avanzando. El suelo que pisábamos ahora estaba completamente seco, cubierto por una gruesa capa de un fino polvo blanco: nubecillas de polvo se levantaban a cada paso que dábamos y, al poco tiempo, me costaba trabajo no estornudar. Zanzaborna debió notarlo, porque se volvió a mí y me tendió una mascarilla de cirujano. Me la puse y respiré por ella. Me costó trabajo al principio, pero poco a poco me fui acostumbrando. La mascarilla no impedía el paso completamente al polvo, pero era suficiente para que la molestia no fuera muy grande.

—Qué coño hará aquí tanto polvo —murmuré, con mi voz deformada por la mascarilla.

—Fueron huesos.

—¿Humanos?

—Algunos de ellos.

Seguimos adelante. El hedor de las cloacas nos había abandonado hacía tiempo y ahora un nuevo olor empezaba a llegar hasta nosotros. Era algo sutil, indefinible; no podía saber si olía bien o mal pero, por alguna razón que no podía comprender, me incomodaba. Estaba a punto de preguntarle a Zanzaborna qué era aquello cuando el doctor se detuvo y se volvió a mí otra vez.

—Apague la linterna del casco —dijo.

Así lo hice y continuamos nuestro camino a ciegas. Aunque no por mucho tiempo: una tenue claridad se colaba frente a nosotros y, a medida que nuestros ojos se acostumbraban a la penumbra, fue suficiente para permitirnos ver lo que nos rodeaba con cierta nitidez. Poco a poco, la claridad fue aumentando, al mismo tiempo que el túnel se ensanchaba y subía más abruptamente que antes. Finalmente, llegamos a un reborde: más allá el túnel se abría en una amplia bóveda claramente iluminada. Zanzaborna y yo nos tiramos al suelo y, desde allí, asistimos al espectáculo.

Había no menos de mil personas y casi llenaban el lugar por completo. La reunión era de lo más heterogénea, macarrillas se codeaban con brokers de la parte alta. Prostitutas callejeras se sentaban junto a mujeres de ejecutivos: carniceros, banqueros, parados, bailarinas, camioneros, músicos… y policías. Sí, había algunos, con su uniforme claramente visible en medio de la multitud. Al fondo, en el extremo más alejado de nosotros, envuelto parcialmente en la penumbra, había algo. Como una masa carnosa, esponjosa, que palpitaba lenta y profunda.

—¿Qué es eso? —susurré.

—Fue humano. Ya no. Estos tontos le creen su dios. Quién sabe, podría llegar a serlo. Al fin y al cabo cualquiera puede ser un dios si encuentra a alguien dispuesto a creer en él.

No dije nada. Me resultaba curioso su escepticismo en lo referente a lo religioso, sobre todo teniendo en cuenta que venía por parte de alguien que se autodefinía como mago. Miré frente a mí y presté atención a la ceremonia que comenzaba a desarrollarse ante nuestros ojos.

La multitud parecía inmóvil, pero poco a poco me fui dando cuenta de que su inmovilidad era una ilusión. Había movimiento, pero tan sutil que apenas resultaba perceptible. A medida que el tiempo pasaba fui testigo del ballet más lento y al mismo tiempo más obsceno que hombre alguno haya podido contemplar jamás. Y con el movimiento, el sonido. Un murmullo bajo, apenas en el umbral de lo audible que, lentamente, iba aumentando de tono y de ritmo, y con él el ballet, hasta que todo se convirtió en un caos de gritos, aullidos, saltos, golpes, patadas, alaridos. Pero había un orden en aquel caos. No fui capaz de percibir cuál, pero de alguna manera era consciente de que aquella barahúnda sin sentido tenía un propósito. Noté que tenía la piel de gallina y un gusto amargo y polvoriento en la boca. Miré a Zanzaborna.

—Ahora —susurró.

De pronto, aquel obsceno ritual se detuvo y la multitud volvió a su inmovilidad del principio. Un murmullo grave y apagado llenó la sala. Venía de la masa palpitante de carne, que ahora parecía sacudida por algo que la hacía vibrar, latir cada vez más desenfrenadamente. Dentro de ella empezó a crecer una luz, lejana y débil al principio, cada vez más brillante, hasta que la criatura se volvió casi completamente transparente y pude ver, con total nitidez, la red de venas enormes y rojizas que la cruzaba. De pronto, un rayo de luz salió de ella, otro, otro más, otro más. Cada uno impactó en el rostro de alguien entre la multitud. Cuatro individuos se incorporaron y echaron a andar hacia aquella cosa. No había nada en común entre ellos, aparte de su humanidad. Siguieron caminando. Llegaron junto a la masa palpitante y resplandeciente y esta se abrió. Una luz insoportable iluminó la sala mientras los cuatro elegidos entraban en la abertura y, poco a poco, se iban disolviendo entre la luz. La masa palpitante se cerró; la luz fue muriendo, hasta que todo volvió a quedar envuelto en penumbras. La multitud, como si despertase de un sueño, se incorporó y se fue disgregando. Pronto, lo único que quedaba en la sala era aquel amasijo de carne.

—Bien —susurró Zanzaborna—. Vamos.

Salió de su escondite y echó a andar hacia aquella cosa. Yo, incrédulo, lo seguí. ¿Qué otra cosa podía hacer?

* * *

Los siente llegar. No son de los suyos, no forman parte de la legión que ha adiestrado a su servicio, de los que a veces se alimenta y que un día, cuando sea el tiempo, se apoderarán de la ciudad para él. Son extraños, y deben ser destruidos.

Pero no es tan fácil como parece. Uno de ellos apenas es merecedor de su atención. Podría destruirlo con un bostezo. Pero el otro… Ahhh, hay poder en él. Un desafío, después de tanto tiempo un desafío.

Flexiona apenas un músculo en un movimiento exploratorio. Su finta es reconocida como tal e interceptada. Pero el otro hombre, la despreciable criatura que no merece ni siquiera que él la aplaste, parece enloquecer. Desenfunda una pistola y vacía el cargador sobre él. Ni siquiera se molesta en desviar las balas. ¿Qué es un poco de plomo más o menos en su cuerpo? Flexiona de nuevo un músculo, casi con desprecio y golpea al hombre que le ha disparado… ¿O no? No, el otro lo ha evitado. Bien, bien, esa puede ser la clave. ¿Tan sencillo al final? ¿Vencerá con tanta facilidad? Pero sí, si el que tiene el poder está demasiado ocupado tratando de defender a su compañero no podrá hacerle frente cuando llegue el momento. Resulta casi aburrido.

Comienza a atacar al hombrecito despreciable, una y otra vez, sin piedad, y comprueba cómo todos sus ataques son desviados por el otro. Sí. Sigue, cada vez más fuerte, mientras su oponente va desgastando su poder en un esfuerzo inútil, perdiéndolo un poco cada vez que lo usa. Pronto estará agotado y entonces él podrá destruirles a ambos. Tan fácil, después de tanto tiempo tan fácil.

Comienza a atacar al hombrecito despreciable, una y otra vez, sin piedad, y comprueba cómo todos sus ataques son desviados por el otro. Sí. Sigue, cada vez más fuerte, mientras su oponente va desgastando su poder en un esfuerzo inútil, perdiéndolo un poco cada vez que lo usa. Pronto estará agotado y entonces él podrá destruirles a ambos. Tan fácil, después de tanto tiempo tan fácil.

Ahora. El hombre con poder casi no lo posee. Recurre a todas las fuerzas que le quedan en una última defensa desesperada que apenas logra rechazar el ataque. Bien, es el momento. Y se prepara para aplastarles…

¡No! ¿Qué es eso que penetra tras sus defensas, esa mano luminosa que se dirige a su corazón y se cierra sobre él? Lo ha engañado. Lo dejó centrarse en un ataque sin importancia que fingió rechazar sólo para colarse entre sus defensas y llegar a lo más oscuro de su alma. ¿Cómo ha podido ser tan estúpido?

La mano sigue allí, diestra como la de un cirujano, apartando de su corazón todo lo que este ha ido robando durante más de setecientos años, dejándolo vacío, desnudo, sin más equipaje que el que había traído cuando la muerte trató de hacer presa en él, en el pasado remoto, y él se negó a darse por vencido, a morir, aunque la supervivencia acarreara consigo la monstruosidad, la oscuridad, la decadencia.

Ahora su corazón es humano de nuevo, y brilla en la mano que lo sostiene.

—¿Me oyes, Víctor Vidal?

Ese nombre… era mi nombre, piensa de pronto. Lo había olvidado. Yo era Víctor Vidal. ¿Lo soy de nuevo?

—¿Me oyes, Víctor Vidal?

—Te oigo —dice él con una voz vacilante, que no ha tenido oportunidad de utilizar durante cientos de años—. Te oigo —repite, más seguro.

—Es hora de que descanses.

¿Así, sin más? ¿Es ese su destino, haber burlado a la muerte, haber estado tan cerca del triunfo definitivo para al final apagarse, consumirse, desvanecerse en el olvido para siempre?

—Adiós, Víctor Vidal.

Adiós, seas quien seas. No te guardo rencor.

Entonces, la mano oprime su corazón y este deja de latir. El olvido llega a él y descansa.

* * *

—Aun no me cree, ¿verdad? —me preguntó Zanzaborna. Estábamos solos en su habitación. Eva había recogido el abrigo negro cuando llegamos a la casa y luego se había desvanecido casi sin hacer ruido.

—Yo… sí, le creo, maldita sea. ¿Cómo no voy a creerle después de todo lo que he visto? Pero resulta difícil.

—Supongo que sí —Zanzaborna sonrió apenas.

—¿Qué era… aquello?

—Ya se lo dije. Fue humano una vez, hace mucho tiempo. Cuando sintió la muerte cercana la negó, no quiso escucharla, cerró su mente al cáncer que lo estaba devorando y se arrastró en la oscuridad. El cáncer siguió creciendo, hasta que él fue el cáncer y el cáncer fue él. Permaneció varios siglos en la oscuridad, solo, vivo y oscuro, hasta que alguien se le acercó, quizá un mendigo. Le devoró y entonces cobró consciencia de que había más… comida, fuera, arriba, moviéndose a la luz del día. Los fue llamando poco a poco. Resucitó un ritual que ya era antiguo antes de los romanos, se convirtió en su dios, un dios oscuro y terrible.

—Y usted lo destruyó.

—Lo devolví a su estado natural. Le di la muerte, tal y como se le tenía que haber dado hace varios siglos.

—Y él se lo agradeció, claro.

Zanzaborna se encogió de hombros.

—Supongo que no. A nadie le gusta dejar de existir.

Ninguno de los dos dijo nada durante un buen rato. Me sentía cada vez más incómodo, en medio de aquella habitación en penumbra, con aquel hombre imperturbable, poseedor de un poder en el que yo mismo no había creído unas horas atrás. Todavía no estaba seguro de creerlo del todo pese a lo que había visto. Supongo que había tenido razón en la historia sobre Paracelso que me contó: debe ser uno mismo el que decida si cree o no; los actos que le muestren carecen de importancia.

Me levanté. Tenía ganas de irme a casa y pensar sobre todo aquello.

—¿Qué clase de hombre es usted, doctor Zanzaborna? —le pregunté, sin embargo.

—Usted lo ha dicho, Márquez. Un hombre. Durante un tiempo fui, o creí ser, algo más. Luego… —Frunció el ceño, como si el recuerdo fuera demasiado doloroso—. Algo o alguien me venció y me despojó de mi poder. Pasó mucho tiempo hasta que lo recuperé. Casi me costó la vida: lo que hasta entonces había resultado para mí un gesto natural ahora me costaba horas, días enteros de concentración y sacrificio. Poco a poco aprendí a manejarlo de nuevo, a dejar que fluyera a través mío, pero no fue fácil. No hay mal que por bien no venga, supongo. Hasta entonces, yo me creía por encima de la humanidad. Perder el poder que había sido mío desde siempre y sufrir para recuperarlo me hizo vez que no era distinto a cualquier otro hombre —Sonrió—. ¿Responde eso a su pregunta?

—Un poco largo —dije—. Pero sí, la responde. Buenos días, doctor Zanzaborna.

—Buenos días, Márquez.

Salí de la casa. Estaba amaneciendo y hacía frío. Me subí los cuellos de la americana y metí las manos en los bolsillos. Eché a andar.

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