Caza mayor

La memoria… ese gran mentiroso. Estaba convencido de que mi relato «En territorio ajeno» partía de un cuento anterior nunca publicado llamado «Grial», tal como comenté en Escrito en el agua hace ya algunos años. Aunque el trasfondo de ambos relatos era el mismo (la Semana Negra de Gijón) y varios párrafos pasaron intactos de uno a otro, el cambiar un simple psicópata humano por una especie de licántropo le daba una nueva dimensión a la historia, además de generar un giro argumental bastante curioso.

Cuál sería mi sorpresa al descubrir un día, enterrado en mi disco duro, una historia de, más o menos la misma época, que narraba una noche de caza por parte de un hombre lobo en medio de una ciudad que bien podía ser Gijón. La historia no se parecía en nada a «Grial», evidentemente, y tampoco a «En territorio ajeno», más allá de la idea del licántropo… y de cierto giro argumental final que los convertía claramente en hermanos.

Así pues, «En territorio ajeno» acabó partiendo, en realidad, de dos cuentos anteriores sin apenas relación entre sí. Dos cuentos que, como podréis comprobar, no terminan de funcionar por separado. Pero que, al unirse y fundirse en el relato definitivo acaban aportándole sus mejores partes y dejando fuera las más débiles. Lo curioso es que recordaba perfectamente uno de los cuentos originales, pero se me había borrado por completo de la memoria el otro.

Aquí lo tenéis, «Caza mayor», cortesía del departamento de arqueología de la ciudad. ¿Qué ciudad? Bueno, La Ciudad, claro.

Se desliza por la noche, henchido de luna, ahíto de hambre. Se desliza por la noche con la apariencia de un hombre, pero algo en sus movimientos traiciona al predador que es en realidad. Ningún humano se ha movido jamás con esa fluidez, con esa fatal indiferencia con la que él se desplaza por las calles vacías, buscando una presa que esta noche le es más esquiva que de costumbre. Se detiene a veces en su deambular, permanece inmóvil en mitad de la acera y, lentamente, vuelve los ojos a un rincón donde descubre la mirada de reconocimiento de algún gato, el morro manchado de sangre seca, la espalda arqueada, los pelos erizados. Él sonríe entonces y sigue caminando, abandonando el territorio de caza del pequeño felino que, más tranquilo, sigue devorando algo que pocas horas antes palpitaba y corría.

Los huele antes de verlos, su universo olfativo se convierte de repente en una vorágine de alcohol, tabaco y maquillaje que intentan ocultar inútilmente la vaharada de vida, de alimento que parece haberse congregado en la calle para su único y exclusivo disfrute. Se detiene y saborea el olor penetrante de la sangre menstrual de una hembra que pasa a su lado y paladea ese aroma con la  anticipación de un gourmet.

Poco a poco, fingiéndose una de sus presas, completamente mimetizado entre la multitud que llena la calle y los locales de alrededor, comienza la lenta labor de selección que, con el tiempo, se ha ido convirtiendo en algo tan excitante como la caza en sí. Paladea la vida que le rodea, que casi le desborda, con sentidos que son desconocidos para los humanos; de forma experta, rápida pero sin precipitación, descarta varias elecciones poco afortunadas. Alguna hembra se detiene y lo mira unos instantes, descubriendo en él al predador, reconociéndolo con ese instinto que la especie ha ido ahogando a medida que convertía el mundo en un lugar más pequeño y reconocible y que sólo unas pocas  mujeres han conservado. Incluso alguna se le acerca, pero entonces él vela sus ojos, tranquiliza el latido poderoso de su sangre y entonces ella, desorientada, sigue su camino después de un parpadeo perplejo.

Aún no es el momento. De algún modo presiente que su caza de esta noche será especial, que no se conformará con saciar su hambre: por primera vez en meses, en años, saboreará, degustará. Nota algo desconocido dentro de sí, un ansia que no había experimentado en siglos y la comprensión, afilada, acude a su mente casi al instante. Una sonrisa lobuna cruza sus labios al darse cuenta de lo que ocurre, al reconocer ese hambre que, esta noche, no es sólo de alimento.

Ella lo ve desde el otro lado de la calle y reconoce esa sonrisa tan cortante como el invierno, ese brillo frío e implacable en sus ojos y siente que algo diferente al borbotear de su sangre pulsa por sus venas. Por unos instantes pierde el hilo de la conversación intrascendente que ha estado tramando con sus amigas en los últimos minutos y sólo tiene ojos para aquel desconocido delgado y pálido que permanece inmóvil en mitad de la calle como si ésta le perteneciera. Luego, sus ojos se alzan al cielo, su mirada se colma de luna, se colma con el frío resplandor de plata de la luna llena y de algún modo incomprensible comprende que ha elegido, que de entre todos los hombres del mundo lo ha escogido a él esta noche y nada podrá interponerse entre ella y su elección.

Lo ve deambular por la calle, mientras se deja arrullar por el murmullo sin importancia de las conversaciones ajenas, lo ve examinar cuanto le rodea con una mirada calculadora, tranquila, desapasionada. Lo ve dar media vuelta de pronto y entrar en un portal abarrotado de gente que, sin embargo, se abre a su paso y le deja el camino franco. Ella parpadea, como si despertase de un sueño y mira a su alrededor desorientada. Una de sus amigas se le acerca y le pregunta qué le ocurre.

-Nada -responde-. ¿Vamos a bailar? -pregunta a continuación, tratando de que su voz suene normal. Debe haberlo hecho, porque sus amigas asienten como si no notasen nada extraño, y eso sí que le resulta increíble. ¿Acaso no han percibido el temblor oculto en sus palabras, el castañeteo secreto de sus dientes, la emoción sutil que oprime su garganta? Pero apenas tiene tiempo de pensar más en ello mientras cruza el mismo umbral que él ha traspasado hace unos segundos y entra en un universo de luces fugaces y multicolores, en un mundo en el que los sonidos suenan igual que el ritmo de un corazón desbocado.

En la barra, apoyado con una indolencia que en otro parecería afectación y que sin embargo en él no es sino naturalidad, el predador bebe lentamente de su vaso y examina los cuerpos sudorosos, febriles, que llenan la pista. Por unos instantes teme haberse equivocado al entrar, está a punto de consumir su bebida y abandonar aquel lugar, seguir recorriendo la noche en busca de la presa que, presiente, lo espera con la misma anticipación con que él la busca.

La ve entonces, la distingue con una nitidez que resulta casi dolorosa. Ve su cabello rojizo, su cuerpo girando en mitad de la pista, indiferente a cualquier otra cosa, como si todo el espacio del mundo le perteneciera y la incongruente danza primitiva interpretada por instrumentos electrónicos fuera sólo para ella. La ve y, a través de la distancia que los separa, saborea su denso olor de hembra en celo, su sofocante esencia de selva al amanecer; a través de la distancia que los separa percibe el sudor que resbala por su frente, la gota mínima que cuelga un instante eterno en la punta de su nariz minúscula y luego desaparece en un aire cargado de humo. Distingue su aroma de entre todos los olores que lo asaltan; con nitidez, sin esfuerzo, es capaz de hacer a un lado el tufo desesperado de la soledad, la esencia ansiosa de la lujuria, la fetidez triste del fracaso, el perfume irremediable del deseo, la pestilencia innombrable del temor,  y quedarse sólo con el aroma de ella, llenarse con el aroma de ella, desbordarse con sus feromonas, henchirse de su misma esencia. Comprende entonces que ha encontrado su presa y que, por primera vez en siglos, no habrá ningún cadáver pálido y consumido del que deshacerse cuando llegue la mañana.

Ella lo ha visto al entrar, lo ha distinguido en el rincón más oscuro de la barra, pero ha fingido no advertir su presencia y se ha lanzado a la pista con un abandono que no recuerda haber experimentado en mucho tiempo. Ahora baila, completamente sola, ignorante de los cuerpos que se mueven a su alrededor, buscando esforzadamente encajar en un ritmo que sienten ajeno mientras ella, sin pensar, sin esfuerzo, se deja llevar y encuentra su lugar en el más recóndito rincón de sí misma, allí donde no llegan ni sus propios pensamientos. Porque ahora no piensa, sólo siente, se limita a experimentar la cosa salvaje y dulcísima que late en su pulso, a permitir que la guíe hasta un lugar en el que no es necesario más que moverse, girar, saltar una y otra vez en un ritual improvisado que sin embargo parece tan antiguo como su propia especie.

Se ha olvidado de todo, de ella misma, pero no puede olvidarse de la figura en la barra que, está segura, la observa en este preciso instante, saboreando cada uno de sus movimientos. No puede ignorar al hombre (y sin embargo no es un hombre, presiente, pero diluye el pensamiento en la vorágine de ritmo en la que está sumida) que ahora mismo termina su copa, la deja en la barra y avanza por la sala abarrotada como si no encontrase ningún obstáculo en su camino. A su lado la gente se aparta, sin saber que lo hace, mientras él encuentra su rumbo en mitad de aquel laberinto de carne palpitante, llega a la pista y, sin mirarla una sola vez, permite que el animal salvaje que hay dentro de él, que es él mismo, se desperece, agite con tranquilidad sus miembros poderosos y se deje ganar por ese ritmo que sus presas creen nuevo y sin embargo es tan primitivo que ya resultaba antiguo cuando él saboreó a su primera presa en un sombrío bosque del norte.

Por primera vez en años, en siglos, permite que su rígido autocontrol se relaje en público y contempla complacido los efectos de lo que acaba de hacer. A su alrededor, sus presas (pero esta noche no, esta noche pueden descansar tranquilos) sienten que algo ocurre, que algo ajeno a la humanidad está entre ellos. Y se apartan, le dejan paso, despejan la pista en un movimiento que es casi un reflejo, un instinto que habían olvidado y ahora recuperan.

Sólo ella permanece en la pista, indiferente a su presencia y sin embargo empapada de ella. Él sonríe, se deja llenar por la misma danza febril en la que ella está enzarzada y, lentamente, permite que sus movimientos se sincronicen con los suyos. Sólo entonces ella alza la vista y lo mira y lo que ve en los ojos de él la llena de miedo, pero también de algo delicioso a lo que no puede negarse. Porque ha visto a la bestia asomar a sus ojos oscuros, pero también ha visto el deseo tras el animal y sabe que ambos están allí para ella, que él se convertirá en un rabioso y hambriento tigre de ternura en el momento mismo en que ella lo quiera.

La música se detiene de repente y ambos permanecen inmóviles en la pista, borrachos el uno del otro. Él sonríe, despacio, y tras esa sonrisa tan afilada como un arma, como un beso, ella ve los dientes blancos y agudos que la desean y sólo puede asentir mientras él se acerca y con su larga y pálida mano acaricia su cuello.

-Te he estado buscando -dice él, repentinamente indeciso, como si el hecho de que ella no desvíe la vista al mirarlo le llenase de miedo. Enseguida se recobra y su voz es otra vez un murmullo erizado de dientes-. Te he estado buscando -repite.

-Estaba aquí -dice ella, y se siente estúpida, pero siente al mismo tiempo que su respuesta es la correcta-. No tenías que ir muy lejos.

De nuevo él sonríe, pero el predador ya no brilla tras la sonrisa y mira a la mujer con desconfianza, como una bestia que de pronto se encontrara en una trampa de la que no sabe salir.

-¿Te he elegido yo a ti o tú a mí? -pregunta.

-¿Importa eso?

No lo sabe, por un instante no sabe qué responder y eso hace que se sienta aún más incómodo. Ella lo nota, percibe su turbación y no puede evitar encontrar gracioso que alguien como él esté nervioso, que sea el cazador y no la presa quien experimente la anticipación del miedo.

-Te he elegido yo -dice-. Pero, ¿acaso no me habías elegido tú?

Y él asiente, y se da cuenta de que todo está correcto, de que las cosas son como deberían ser, y el miedo desaparece.

-Es cierto. Vamos.

Ella no pregunta adónde, sólo da media vuelta y lo sigue, indiferente a las miradas de sus amigas, incapaces de comprender lo que ocurre, incapaces de imaginarse lo que ocurrirá. En cierto modo, ella misma lo ignora, aunque lo sepa en lo más hondo de sí misma, allí donde la razón pierde el rumbo y sólo las emociones transitan por el sendero correcto.

Salen al exterior, y ambos recorren las calles oscuras, silenciosas. Los pasos de ella son como los de una gacela que huye hacia la muerte, los de él no resuenan, como si no caminase, como si se deslizara por la calle, por el mundo, por la vida misma. En el cielo, la luna distante es como un espectador poco interesado y, al fondo, el mar parece rugir su sarcástica aprobación. Ella apenas recordará nada de ese paseo entre una ciudad llena de noche, pero a partir de aquel día sus sueños se poblarán con las imágenes inconexas y sin embargo relacionadas de un mar oscuro de densa espuma de plata, de nubes que adoptaban los contornos caprichosos de un felino, de una lluvia repentina que sin embargo no rozó sus cuerpos.

Luego, los dos están solos y él se yergue ante ella, desnudo y hambriento, con el largo pelo negro ocultándole la cara, pero sin esconder el ansia que brilla en sus ojos fríos. Y ella nota sus manos en su cuerpo, siente sus labios recorriendo el sendero prohibido de su vientre, su lengua demorándose en el valle oculto entre sus muslos, y ella misma explora con sus dedos y sus manos, con su lengua y sus labios ese cuerpo nervudo del que no parece capaz de despegarse, esos músculos fluidos que parecen de metal líquido, ese vello corto y sutil que parece poblar todo su cuerpo.

Nota algo denso y duro en su boca y lo cata como el más delicioso de los manjares, lo explora con su lengua y paladea su sabor salado e intenso mientras nota que allá abajo, en lo más hondo de ella misma, la lengua de él se abre paso a través de su rincón más húmedo y traga con avidez hasta la última gota del manantial que fluye de entre sus muslos.

Luego es la boca de él la que está en su boca y es su miembro el que se abre paso a través de sus piernas, deslizándose como si hubiera encontrado un lecho concebido para cobijarle, un puerto construido exprofeso para que él descanse allí para siempre. Nota sus labios explorando su cuello, la caricia afilada de sus dientes bajo su oreja. Y de pronto su universo se convierte en un dolor dulcísimo que estalla bajo su vientre, que se desborda en su cuello y siente que algo la está llenando y vaciando al mismo tiempo, se nota envuelta en una languidez insoportable y henchida de una fuerza imparable. Y ya no queda tiempo para pensar, sólo para sentir.

Él mismo ha dejado de pensar hace tiempo, sólo puede experimentar, notar cómo su hambre va siendo saciada, como su ansia es llenada lentamente y para siempre y luego se deja caer sobre ella, como si se declarase vencido, como si reconociera su derrota. Su respiración es un jadeo satisfecho que gira acompasado con la respiración de ella y, por unos instantes, ambos parecen un sólo cuerpo, un único animal inverosímil.

Luego, ella va cayendo en un sopor denso y tranquilo y él recupera sus fuerzas, alza el rostro lobuno y mira sus ojos que se van cerrando lentamente. Lame con delicadeza su cuello y al paso de su lengua la herida se cierra y desaparece como si nunca hubiera estado allí. Luego, se incorpora en el lecho, mira por la ventana y aúlla su satisfacción a una luna que la recibe con indiferencia. Finalmente se deja caer junto al cuerpo de la mujer y se sumerge a su lado en el sueño.

Por la mañana ella despertará y no recordará nada, más allá de una noche de sexo. Ni siquiera será consciente de lo afortunada que ha sido. Ella, de entre todas las presas, ha saciado el hambre de su predador y no ha sido devorada en el proceso. Más aún, no se ha limitado a saciar su apetito, también ha colmado el ansia que ha convertido esta noche en algo diferente para él.

No, ella no lo sabe, pero lo sabrá pronto, muy pronto, cuando su flujo menstrual se interrumpa y nueve meses más tarde dé a luz a una criatura con los ojos henchidos de luna y una sonrisa tan afilada como un beso, como un arma. En ese momento ella recordará y quizá entonces comprenda. Para entonces él ya no estará allí, se habrá ido a otra ciudad, estará buscando nuevas presas y sólo de tarde en tarde se permitirá un vago pensamiento para la criatura que ha engendrado esta noche y se preguntará que puede estar haciendo, cuánto tardará en descubrir su herencia de predador, en qué momento empezará a reclamar como suyas las presas humanas con las que vive creyéndose una parte de ellas. Pero apartará esos pensamientos a un lado enseguida, demasiado ocupado en saciar su hambre, en fingirse durante el día uno más de los hombres que pululan por la ciudad ignorantes del cazador que deambula entre ellos.

Alguna noche, quizá, mientras se alimenta en la soledad de su cubil, recordará un pelo rojizo y unos ojos que le sostuvieron la mirada y volverá a preguntarse su él la eligió a ella o si, por el contrario, fue ella quien lo escogió a él. Y la duda, nunca resuelta, volverá insoportablemente delicioso el sabor de su comida.

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