La Ciudad, un poco de geografía

Elogio del Horizonte
Elogio del Horizonte

A lo largo del ciclo de la Ciudad, van apareciendo ciertas constantes, ciertos elementos de ambientación que, por un lado, contribuyen a reforzar la idea de que todo transcurre en el mismo lugar y, por el otro, a ir generando atmósfera.

Uno de ellos es el Avalón, un bar que aparece brevemente en El abismo en el espejo, es un escenario bastante importante en Los sicarios del cielo y se lo ve un par de veces durante Fieramente humano. El Avalón es un punto de encuentro para algunos de los “bichos raros” que pueblan la Ciudad y sus sucesivos propietarios son, por así decir, bastante peculiares. El primero fue Remiel, uno de los personajes principales de Los sicarios del cielo. Y la actual propietaria es Paula, antigua policía y ahora miembro de una curiosa trinidad femenina que, tarde o temprano, acabará teniendo un papel protagonista en el ciclo.

El Avalón, como muchos otros lugares, está basado en un sitio real del mismo nombre. Originalmente situado junto al ayuntamiento de Gijón, fue el lugar donde nos reunimos buena parte de los friquis locales desde 1993 hasta que cerró sus puertas hace unos años. Ha vuelto a abrir, en otra localización, y supongo que tarde o temprano habrá que pasarse a ver el nuevo Avalón.

Otro elemento recurrente es el cerro donde estuvo enclavada originalmente la ciudad y que ahora es un parque coronado por un curioso monumento al horizonte. Tal como se dice en “En territorio ajeno”, uno de los relatos que componen La Ciudad, tres momentos:

Se detuvo a un par de metros, impresionado por aquella construcción absurda que sin embargo tenía un extraño poder evocador al que no podía negarse. Caminó hasta encontrarse en su interior, completamente abarcado por aquellas paredes que se cerraban alrededor suyo y fijó la vista en un horizonte que lo eludía a lo lejos, entre el mar y la niebla del atardecer. Sintió una punzada repentina, un olor familiar y extraño al mismo tiempo y se vio invadido de repente por una oleada de recuerdos.

(…)

Miró hacia arriba y se sintió atrapado por la magia absurda de aquel cilindro hueco de hormigón que prefiguraba el horizonte y parecía envolverlo para siempre. Por un instante notó una punzada de vértigo.

Elogio del Horizonte
Elogio del Horizonte

También, al igual que el Avalón, este monumento está basado en un objeto real: el Elogio del Horizonte de Eduardo Chillida que corona el Cerro de Santa Catalina en Gijón. Una obra que, en un principio, fue acogida con cierta polémica por sus habitantes (se lo llegó a llamar, jocosamente y con bastante mala baba, “el cagadero de King Kong”) pero que con el tiempo se ha ido convirtiendo en uno de los elementos claves que definen visualmente a Gijón y uno de los iconos fundamentales de la ciudad.

Yo mismo, al principio, me sentía bastante ambivalente respecto al Elogio del Horizonte y, cómo no, me uní a las bromas y los chascarrillos que se hicieron sobre él. Sin embargo, no tardé en rendirme a la evidencia. Esa maldita mole impresiona y, de algún modo, cuando estás dentro de ella, sientes una sensación atávica y extraña. Como la siente Gabriel Márquez, uno de los personajes principales de Fieramente humano:

Allí estaba el monumento al horizonte, irguiéndose solitario en medio de aquella noche irreal, recortándose contra un horizonte sucio y opresivo que, sin embargo, no lo tocaba.

En el interior del monumento, todo estaba en calma y, por unos instantes, aquella sensación opresiva desapareció. Sentí que algo luchaba a mi alrededor y un ritmo lejano, apenas audible, llenó todo mi cuerpo. Me di cuenta de que estaba moviendo la cabeza, cabeceando al son de aquella música que casi no parecía existir. Unas palabras ininteligibles llenaron mi boca y las canturreé sin saber qué hacía.

Poco a poco, aquel ritmo sutil y distante fue metiéndose dentro de mí, llenando mi cuerpo, haciendo que se moviera a su compás. No sé si me vio alguien aquella noche, pero tuve que haber sido un espectáculo extraño, sin duda: un hombre vestido con un abrigo que empezaba a moverse lentamente alrededor del monumento, sin salir nunca de él, y aumentando poco a poco el ritmo de sus pasos. Con los dientes apretados y murmurando entre dientes un sonido áspero y gutural.

No sé cuánto tiempo pasé así. Seguramente unos minutos, no mucho más. Pero durante ellos no fui un hombre; al menos, no el hombre civilizado y racional que creía ser. Mientras bailaba en el interior del monumento no era más que una criatura salvaje que soltaba su rabia, se desprendía de sus temores y dejaba escapar hasta el último de sus miedos, sumido en un baile loco que, en cierto modo, lo volvía poderoso, invulnerable.

El Elogio del Horizonte y, al fondo, la Providencia
El Elogio del Horizonte y, al fondo, la Providencia

No muy lejos de allí, se alza la casa de Guardián, en el antiguo barrio de pescadores que se aferra a la loma del cerro y que el primer núcleo urbano de la Ciudad. No existe, hasta donde sé, nada parecido a esa casa en el Gijón real. Pero de existir, estaría en Cimadevilla, muy cerca de un antiguo bar llamado La Frontera.

Por último, tenemos el Promontorio, al otro lado de la playa acosada por monstruos arquitectónicos que sin embargo, de noche, se convierten (cuando se los contempla desde la distancia) en algo evocador y casi irreal. Allí hay un parque y, rematándolo, un mirador en forma de proa de barco que aparece, de nuevo, en varias de las historias de la Ciudad.

El modelo real para eso es, por supuesto, el Promontorio de la Providencia. Y podríamos decir que ambos elementos arquitectónicos, el mirador y el monumento al horizonte, circunscriben la Ciudad en un perímetro imaginario que los tiene como vértices.

Ésta es un poco a vuelapluma (tal vez, por así decir, a vista de cuervo) la geografía básica de la Ciudad.

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