Al día siguiente

Hace un par de años, la Semana Negra de Gijón publicó un libro que era una recopilación miscelanea de textos e ilustraciones cuyo eje temático era la Biblia. Lo llamó, obviamente, El libro, y lo regaló al público asistente ese año. El cuento que sigue fue mi colaboración.

El mismo cuento fue publicado posteriormente en Humo y espejos, la web que tenía dedicada a relatos fantásticos de diversos autores y que hace algún tiempo que no está activa. Me ha parecido buena idea recuperarlo aquí para deleite (o lo que sea) de los sospechosos habituales.

Al día siguiente de la expulsión, YHVH fue a hablar con la serpiente. Los querubines le abrieron el paso con mirada ceñuda y se internó en el jardín. Todo estaba demasiado tranquilo, ahora que el hombre y la mujer habían sido expulsados, y YHVH se encontró de repente echando de menos el bullicio que causaban, su curiosidad ingenua e interminable, su empeño en tocarlo todo y probarlo todo.

Encontró a la serpiente en el Árbol de la Ciencia, enroscada en una de las ramas más altas, tendida plácidamente al sol del mediodía.

—¿Está hecho?

—Lo está.

La serpiente se desperezó poco a poco y contempló a YHVH.

—Tienes dudas.

—Sé que lo que hiciste era necesario, pero…

—Pero no entiendes por qué.

Lentamente, la serpiente descendió del árbol y se posó en la yerba.

—Tienen que crecer. Tienen que tropezar, caerse y aprender a seguir adelante. No pueden seguir siendo niños toda la vida.

—Eso lo entiendo.

—Pero te preguntas si era necesario hacerlo de un modo tan traumático. No había otra manera, créeme. Comieron del fruto del árbol y dieron el primer paso hacia lo que deben ser. Ya no se limitan a ver. Ahora miran.

—Comprendo el regalo que les has dado. Los has hecho… como tú.

—Cierto. De todas mis creaciones, son los únicos capaces de tomar decisiones y hacerse responsables de las consecuencias de sus actos. Pueden elegir. Casi siempre elegirán lo que no deben, pero aprenderán. O se destruirán a sí mismos. Es su elección, en cualquier caso.

La serpiente se deslizó por la yerba, hacia el Árbol de la Vida. YHVH iba a su lado, cabizbajo.

—Sigues creyendo que podría haberlo hecho de otro modo. Quizá tengas razón. Pero me temo que el sufrimiento es necesario. Tienen que aprender que lo que merece la pena no se obtiene sin dificultad. Que todo lo que se consigue lleva aparejado una contrapartida. Que no hay nada gratis en el mundo. No sabían lo que hacían cuando comieron del fruto. Ahora ya saben que el conocimiento acarrea peligro.

—Comprendo.

—Pero no te gusta. Crees que les he hecho sufrir innecesariamente.

—Claro que no. Sé que nada de lo que haces es innecesario. Todo cuando ocurre es parte de tu plan, al fin y al cabo.

—Sí. Y que te sientas incómodo con lo que hemos hecho también lo es. No puede ser de otra forma. Te creé así, después de todo.

—No querría ser de otra manera.

—Claro que no.

La serpiente se detuvo junto al Árbol de la Vida. YHVH se sentó en el suelo y apoyó la espalda en el tronco.

—Te gustan y te sientes responsable de ellos, y no te agrada que sufran. Y está bien que sea así. Todo eso será necesario. Porque a partir de ahora eres tú quien cuidará de ellos. Los vigilarás, intentarás que no se hagan demasiado daño y curarás sus heridas cuando tropiecen y se caigan. Tratarás de guiarlos para que desarrollen su potencial. Pero no debes forzarlos, porque entonces sólo conseguirás dolor. Para ti y para ellos.

YHVH frunció el ceño.

—Tú también estás creciendo. Aprenderás lo que debes hacer a medida que lo hagas. Fracasarás y te enfurecerás con ellos. Pero aprenderás. Y un día marcharéis juntos.

La serpiente se enroscó alrededor del cuerpo de YHVH.

—Pero hay algo más que te incomoda. Dímelo.

—¿Para qué, si ya lo sabes?

—Porque necesitas decirlo.

—Puedo comprender que el sufrimiento fuese necesario. Que tuviera un propósito. Pero, ¿por qué hacerles creer que eres su enemigo, por qué los pusiste en tu contra?

—Te lo dije. Deben aprender a caminar. Sin muletas. Por sí mismos. Deben pensar que están solos. Y en cierto modo, así es. Para ellos, durante mucho tiempo, yo seré el Enemigo. Y, quién sabe, quizá lo sea para siempre. Tal vez cuando se hagan adultos sigan viéndome así. Y puede que un día me destruyan.

—Eso no…

—Sí, puede pasar. Y no importa. El hijo debe superar al padre. Y, en el proceso, a veces lo destruye. Puede pasar. Y no lo impediré, si es así.

—No…

—Cálmate. No pasará ahora. Puede que no pase nunca. Cálmate. Estaré con vosotros mucho tiempo.

—Pero… tú lo sabes todo. ¿No sabes si…?

—Sí. Y al mismo tiempo, no. Puedo verlo todo, pero hay lugares en los que he decidido no mirar. Me gustan demasiado las sorpresas. Y, después de todo, fue por eso por lo que los creé. Al menos uno de los motivos.

—Entonces, ¿todo está bien?

—Lo está. O lo estará. Sea cual sea el final, todo estará bien y será como debe ser.

La serpiente se desenroscó del cuerpo de YHVH. Éste se incorporó.

—Gracias. Ahora tengo que irme. Hay mucho trabajo que hacer.

—Es cierto. Pero también hay tiempo. Tómalo con calma. Ve con cuidado. Nunca esperes de ellos más de lo que pueden dar. Y, sobre todo, ten paciencia.

—Lo intentaré.

—Y no te preocupes ante los fracasos. Así será como aprendas. Así es como aprenderán ellos. Y tú aprenderás de ellos.

YHVH asintió. Luego, echó a andar hacia el borde del jardín. Se detuvo junto a los dos querubines, lleno aún de dudas.

No lo comprendía del todo. Quizá no lo comprendería jamás. Pero haría lo que la serpiente le había dicho. Al fin y al cabo, ella lo había creado para ese propósito.

 

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