Sondela: por dónde me llevó el camino

«Es muy peligroso, Frodo, cruzar la puerta», solía decirme. «Vas hacia el camino, y si no cuidas tus pasos no sabes hacia donde te arrastrarán.»
J. R. R. Tolkien

Pocas veces encontré estas palabras tan ciertas como en esta ocasión.

Soy, por lo general, un escritor de brújula, más que de mapa. Sé de dónde parto y suelo tener una idea bastante clara de hacia dónde voy y qué dirección he de seguir. Más allá de eso, el camino está en brumas y me voy orientando sobre la marcha, siempre teniendo presente el lugar al que quiero llegar y la dirección que he tomado.

Sin embargo, Sondela es una excepción en mis novelas. Y no porque con ella haya usado un mapa detallado, sino por todo lo contrario. Cuando me senté a escribirla, sabía de dónde partía, cierto; pero no tenía la menor idea de adónde iba a llegar ni por qué dirección me llevaba el camino que estaba emprendiendo.

Simplemente, me dejé llevar, puse un pie delante de otro y empecé a seguir el sendero, sin saber hacia dónde iba. Sin estar seguro, en realidad, de que iba a llegar a algún sitio.

Comencé con una premisa muy sencilla. Un buen día mi amigo Sergio Iglesias me dijo que se le había ocurrido una idea para un posible escenario de ciencia ficción. Imaginemos, me dijo, que a principios del siglo XXI la Atlántida aparece de pronto en mitad del Atlántico. Pasan los años y vivimos en un mundo que tiene dos concepciones irreconciliables del universo: hay una parte de él donde la magia funciona, los dioses existen y las plegarias son atendidas. Hay otra donde lo que funciona es la ciencia.

Me pareció interesante y, unos meses más tarde, decidí escribir un relato policiaco ambientado en ese escenario. Esa fue mi idea inicial: un cuento, nada más.

Pero cuando terminé de escribirlo, me di cuenta de que estaba muy lejos de haber llegado al final. Los personajes y situaciones de ese relato me estaban diciendo que su historia no había terminado, que quedaban cosas por contar y que era mejor que me pusiese a ello de una vez.

Pero, contar… ¿qué?, me dije. Había dado los primeros pasos por un camino que no sabía adónde me llevaba. De algún modo, esos pasos me marcaban un rumbo, pero no mucho más allá de unos metros. Hasta la siguiente parada, el próximo recodo o la curva que se veía un poco más allá.

Así que seguí andando. Recorriendo el camino. Cada etapa me daba una idea sobre la siguiente, pero seguía sin saber adónde iba ni cuándo o cómo llegaría al final. De hecho, no estaba muy seguro de que hubiera un final. Quizá, me decía a veces, me encontraría en cierto momento con que el camino se terminaba de repente y me dejaba allí, plantado en mitad de ninguna parte sin saber qué hacer o dónde ir.

Tenía miedo, evidentemente. Miedo de estar dedicándole mi tiempo a algo que tal vez no me llevase a ningún lado. Y, al mismo tiempo, estaba totalmente eufórico: durante los meses de julio y agosto de 2005 me encontraba en un estado casi febril, escribiendo casi sin parar; y, cuando no lo hacía, pensando en lo que había escrito o iba a escribir. Como he dicho, cada parte de la historia que escribía me daba una pista para la siguiente.

Y así, a una velocidad de vértigo, Sondela se fue enhebrando ella sola. Y, de pronto, un día comprendí que había llegado al final del viaje. Que había contado todo lo que quería contar. Y era un buen final, era el final que pedía la historia. Después de todo, no había perdido el tiempo ni me había quedado varado en ningún mar de los sargazos narrativo. Había completado el viaje. Y había sido un viaje intenso, emocionante y satisfactorio.

Así nació Sondela. Una de las experiencias más intensas de mi vida como escritor. No sólo por lo que acabo de contar, sino por mi decisión (tomada, como muchas de mis decisiones, sobre la marcha) de que cada parte de la historia fuera contada de un modo distinto, por un narrador diferente, con un punto de vista concreto. Jugando, aquí y allá con las personas narrativas, el tiempo o la construcción de cada secuencia.

El resultado lo tenéis ya en las librerías. Una de mis mejores novelas, o eso me gusta pensar. Espero que, cuando la leáis, compartáis mi opinión.

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