Cómo se me ocurre

Recientemente, alguien me pidió consejo sobre su vida (sí, muy osado e inconsciente por su parte, lo sé). Llegado a una encrucijada vital, a un momento en que tenía que decidir si seguir adelante con algo o romper por completo con ello, no sabía muy bien qué hacer.

Una parte suya quería seguir adelante. Pero, por otro lado, tenía miedo. Un miedo justificado, en base a experiencias anteriores. Podía decidir no hacer caso de ese miedo, apostar porque esta vez las cosas salieran bien y seguir adelante. O podía decidir que, en efecto, su miedo era el modo en que su cabeza le estaba diciendo que aquello era algo chungo y mejor se apartaba antes de que fuera demasiado tarde.

Bueno, mi consejo (no me gusta darlos, por otro lado) fue que yo no podía tomar una decisión sobre aquello en su lugar; que nadie podía, sólo él. Y que, en cualquier caso, sopesara las cosas. Que, con la cabeza bien fría, anotara los pros y los contras de seguir adelante. Que sopesara los riesgos y decidiera si, pese a ellos, la posibilidad de que saliera bien merecía la pena. Que hiciera, por así decir, un balance contable de la situación y viera si la cosa al final quedaba orientada hacia el “debe” o hacia el “haber”.

La reacción de esa persona fue, directamente, de cabreo. Se enfadó conmigo. ¿Cómo me atrevía a ser lógico y racional en algo como eso, algo que le afectaba en lo más hondo de sus emociones? Bueno, le dije, precisamente por eso. Mi respuesta, me temo, sólo acentuó su cabreo.

Supongo que esperaba que le dijese algo así como que hiciese caso a su corazón, se lanzara adelante sin pensar en las consecuencias y que todo iba a salir bien e iba a ser muy feliz y hartarse de perdices hasta la inconsciencia.

En lugar de eso, cometí la monstruosidad de intentar que pensase con la cabeza y no con las tripas.

2 comentarios

  1. Quiero aclarar que, evidentemente, en los asuntos que me afectan emocionalmente de cerca, soy tan irracional como el que más.

    Pero precisamente por eso, si le pido consejo a alguien es para que haga justo lo que yo no puedo hacer: mirar el asunto desde fuera y sopesarlo con la cabeza fría.

  2. Pues no te creas: el índice de cabreo es aún mayor si el asunto te afecta emocionalmente de cerca (o sea: eres parte implicada) y tú mismo eres capaz de ser lógico y racional. Entonces sí que no te lo perdonan en la vida.

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