De vuelta en Macondo

Tendría unos diecisiete años cuando leí la frase por primera vez:

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Cien años de soledad

Y, a partir de ese momento, no pude parar de leer. Desde entonces, Cien años de soledad se ha convertido en una de mis novelas fetiche, y he vuelto a leerla este pasado fin de semana. Después de acabar La carretera, de Cormac McCarthy, sentí que necesitaba algo que me levantara el ánimo, algo que me emocionara, me divirtiera y me hiciera olvidarme de todo durante unas horas. El resultado es que acabé leyendo una vez más (ya he perdido la cuenta de cuántas son) la novela de García Márquez.

Y sigue funcionándome como la primera vez, por supuesto. El modo magistral en que el autor colombiano usa todos los recursos de la literatura popular, la manera en que juega con el tiempo, la forma en que va dando vida, como sin darle importancia, como si fuera lo más natural del mundo, como si se estuviese limitando a contar algo que vio, a una realidad enorme, desmesurada, caótica y vital… todo se alía para construir lo que, sin duda, es el mejor culebrón del pasado siglo.

Porque Cien años de soledad no oculta su naturaleza de folletín, de novela-río. Y, de hecho, juega una y otra vez con esa idea y codifica en esa estructura toda la nostalgia de la infancia y la juventud que García Márquez descargó en la novela. El modo en que buena parte de los capítulos terminan en lo que hoy llamamos cliff-hanger, o las frases con las que arrancan otros, son sintomáticas.

¿Quién, tras leer El coronel Aureliano Buenía promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos o Llovió durante cuatro años, once meses y dos días puede resistirse a continuar, a seguir adelante, a saber qué pasó y cómo y por qué?

El modo en que al autor juega con el tiempo es magistral. Con el fluir temporal por un lado, evitando una y otra vez el desarrollo lineal de los acontecimientos, convirtiendo el trascurrir de las cosas en una especie de espiral que avanza hacia el futuro, pero nunca en línea recta. Algo que repetiría de un modo más caótico y desmesurado en El otoño del Patriarca y de una forma medida al milímetro, convertida en un mecanismo de precisión en Crónica de una muerte anunciada.

Pero también en el modo en que la historia va fluyendo. Cuando la novela empieza estamos en un tiempo mítico, en el que los años no se cuentan y todo parece suceder entremezclado, sin un orden concreto. Estamos en los tiempos de leyenda, de la fundación de la ciudad, en una suerte de prehistoria legendaria en la que todo tiene un aura remota y fabulosa, una especie de versión caribeña de Las mil y una noches. Luego, en el momento en que aparece Apolinar Moscote (y, con él, la idea del remoto gobierno de la nación), la novela entra en el siglo XIX, Aureliano Buendía da un paso al frente y se convierte en el guerrero implacable que acaba luchando contra sí mismo y encuentra la paz en la soledad de sus pescaditos de oro.

Gabriel García Márquez

De pronto dejamos el territorio de la leyenda brumosa e imprecisa para entrar en la historia cercana, en la crónica de la vida de nuestros abuelos, tal vez. Y, antes de que nos demos cuenta, nos damos de narices con el siglo XX, mientras Macondo se va desmoronando a nuestro alrededor y el último Buendía descubre que las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra.

Sobre esos tres periodos (la remota leyenda, el pasado cercano, y el presente) García Márquez construye el exorcismo de sus fantasmas de infancia que es, en realidad, Cien años de soledad. La habilidad del autor, su sabiduría de narrador de casta, está en tomar lo más particular (su propia nostalgia, sus miedos infantiles, la tradición oral de su familia) y haberlo convertido en algo universal, cercano y fascinante.

Esta novela es, de hecho, la culminación de un ciclo. Macondo (y con él ciertas figuras y momentos, como el coronel Aureliano Buendía o las guerras civiles) había estado presente en su narrativa casi desde el principio. Sin atreverse a contar la historia que realmente quería, García Márquez había dado vueltas a su alrededor en La hojarasca, “Los funerales de la Mamá Grande” y buena parte de sus cuentos. Con Cien años de soledad encuentra la voz que estaba buscando (esa voz cuya clave le dio Kafka con el arranque de La metamorfosis: contar lo maravilloso como si fuera cotidiano) y escribe por fin la novela de la que, estoy seguro, quería librarse desde hacía tiempo.

Y al hacerlo nos ha regalado un juguete tremendo, divertido, que no concede pausa al lector y que deja la impresión de ser más real que la “verdadera” realidad.

Dentro de unos años volveré a leer Cien años de soledad. Y otra vez, estoy seguro, me dejaré atrapar por su magia como si fuera la primera vez.

Un comentario

  1. Muchos años después, sigue siendo mi novela preferida. Algunas se le han acercado, pero ninguna ha logrado alcanzarla.

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