Los enjoyados tronos de la tierra: la aventura fantástica moderna

César Mallorquí ha coordinado, para Revista de Literatura, un número especial dedicado a la novela de aventuras. Mi contribución fue un breve artículo sobre la literatura de aventuras (en su vertiente fantástica) en la época moderna. César me pidió también una selección de mis diez novelas de aventuras favoritas.

Helos aquí, ambos, artículo y selección:

Sabe, oh príncipe, que entre los años en que los océanos anegaron Atlantis y las resplandecientes ciudades, y los años de aparición de los hijos de Aryas, hubo una edad no soñada en la que brillantes reinos ocuparon la tierra como el manto azul entre las estrellas: Nemedia, Ophir, Brythunia, Hyperborea, Zamora, con sus mujeres de cabellos negros y sus torres de terrorífico misterio; Zingara, con sus caballeros; Koth, que hace frontera con las tierras de pastos de Shem; Estigia, con sus tumbas guardadas por sombras; Hyrkania, cuyos jinetes llevan acero, seda y oro. Pero el más orgulloso reino del mundo es Aquilonia, que reina suprema en el dormido occidente.

Y allí llegó Conan, el Cimmerio, cabello negro, adustos ojos, espada en mano, ladrón, asaltante, asesino, de grandes tristezas y grandes alegrías, preparado para pisotear con sus pies calzados con sandalias los enjoyados tronos de la Tierra.

Las crónicas nemedias

Es en el siglo XIX donde la novela de aventuras nace tal como la conocemos. Tiene sentido; el XIX es, en buena medida, el siglo de las grandes exploraciones y descubrimientos. El mundo, parecía, podía estar lleno de lugares maravillosos aún por descubrir, donde quizá civilizaciones milenarias ocultarían sus secretos, o antiguas ruinas abrirían sus misterios al esforzado explorador.

La selva africana, el bosque amazónico, las islas del Pacífico o del Índico, la remota Antártida…

Quizá, quién sabe, en alguno de aquellos lugares el tiempo había quedado atrapado en una burbuja y aún existían los dinosaurios, o los grandes mamíferos extintos, o incluso los cavernícolas. Arthur Conan Doyle, en El mundo perdido, explora esa idea de la mano de uno de sus personajes más estrambóticos (y no es que Sherlock Holmes fuera un prodigio de normalidad): el profesor Challenger, individuo de aspecto brutal, casi simiesco que, sin embargo, esconde tras esa tosca apariencia a la mejor mente científica de su época. El mundo perdido es quizá la novela de Conan Doyle que más veces ha sido llevada a la pantalla (tanto al cine como a la televisión) y, por supuesto, esa idea del entorno que ha quedado aislado del resto del planeta y donde permanecen atrapados vestigios de épocas pasadas será usada una y otra vez por distintos autores, tanto de la época como posteriores. De hecho, en los actuales comics de superhéroes tenemos un descendiente muy claro del mundo perdido de Doyle: la Tierra Salvaje, una especie de paraíso tropical enclavado en medio de la Antártida y donde los distintos superhéroes que acaben llegando a él encontrarán de todo: dinosaurios, tribus salvajes, insectos gigantescos…

Aunque quizá el más destacado explorador de los “mundos ocultos” del siglo XIX sea H. Ridder Haggard, creador del explorador Allan Quatermain y cuya novela Las minas del Rey Salomón es, sin duda una de las más populares de su tiempo. Curiosamente, Quatermain nos es presentado como un hombre ya bien adentrado en la madurez, que ha visto quizá su mejor momento, algo que las distintas versiones cinematográficas han obviado siempre, presentándonos un Quatermain joven y vital que, tarde o temprano, acabará teniendo una historia de amor con el personaje femenino de turno.

En Ella y su continuación, Ayesha, Haggard nos presenta una mujer eternamente joven que ha esperado pacientemente durante siglos la reencarnación de su amado. La historia, como no podía ser menos, termina trágicamente.

Claro epígono de los escritores de aventuras decimonónicos, Edgard Rice Burroughs puebla el África de su Tarzán de misteriosos reinos y lugares asombrosos: desde la ciudad perdida de Opar —vestigio de la desaparecida Atlántida—  a valles ocultos en los que viven los descendientes de los Cruzados (manteniendo las tradiciones y hasta el lenguaje de la Edad Media) pasando por recónditos rincones donde aún sobrevive una antigua Legión Romana. El universo en el que Burroughs hace moverse a su personaje más famoso, imaginativo, rico, a veces desbordante, siempre lleno de maravillas, es sin duda muy superior al que estamos acostumbrados a ver en las adaptaciones cinematográficas, donde Tarzán es invariablemente un bruto incapaz de conjugar un solo verbo y las amenazas a las que el rey de la jungla hace frente son, una y otra vez, el rapto de Jane por parte de alguna tribu nativa o, como mucho, de algún codicioso explorador blanco.

El Tarzán literario, por el contrario, desborda imaginación. Es aventura en estado puro, sin complicaciones y sin demasiadas preocupaciones por la coherencia. A medida que la serie va avanzando, el África allí descrita se va volviendo más rica y compleja, por no mencionar que Tarzán es, de partida, un personaje bastante más sofisticado que el tosco salvaje blanco en taparrabos que estamos acostumbrados a ver en el cine.

Un descendiente de Tarzán es, en cierto modo, el Conan creado por Robert E. Howard en los años treinta del siglo XX. En cierto modo, Conan es un Tarzán más primario y menos sofisticado, con su punto de amoralidad y pragmatismo, y el tipo de aventuras en las que se ve envuelto guardan más de una deuda y de dos con las creaciones de Burroughs.

En esa época nace lo que se ha dado en llamar “fantasía heroica” (o, en ocasiones, “espadas y brujería”), un subgénero que se desarrolla en los años treinta sobre todo a través de las revistas pulp. Howard no es el inventor del género, pero sin duda sí su máximo exponente en esa época: incluso en sus relatos más tópicos y manidos, sabía imprimir a sus historias un ritmo y un colorido que compensaban con creces su estilo en ocasiones descuidado.

La fantasía heroica parte de una premisa muy sencilla. En lugar de ir a buscar civilizaciones perdidas o mundos encapsulados en el nuestro, construye una especie de universo alternativo en la que una suerte de Edad Media ficticia sirve de marco de referencia para mover por ella a sus héroes. Ese mundo pseudo-medieval puede ser un remoto pasado del nuestro, un futuro más remoto aún o, simplemente, otro universo.

Fritz Leiber, prolífico autor de ciencia ficción, tocaría el género de “espadas y brujería” con su ciclo de relatos dedicados a Fafhrd y el Ratonero Gris, aportando al asunto una cierta mirada irónica que no le venía mal.

Pero como decimos, el rey de la fantasía heroica en ese tiempo es Howard y, de todas sus creaciones, será Conan la que más fama (por desgracia, póstuma) le otorgue. La adaptación de las aventuras del personaje al cómic a principios de los años setenta y la recopilación del material de Howard en distintos libros incrementarán enormemente la popularidad de Conan. Las dos películas interpretadas por Arnold Schwarzenegger terminarían de hacer famoso al ceñudo bárbaro en todo el mundo.

Autores posteriores intentarían aprovechar el filón de Conan escribiendo pastiches, terminando relatos inconclusos de Howard o, incluso, transformando cuentos de otros personajes en historias de Conan.

Sin embargo, ninguno de los que después han tratado el personaje (salvo quizá Roy Thomas en su etapa como guionista en los comics del bárbaro) han podido competir con el material original. Con todos sus defectos, Howard era un narrador nato e instintivamente sabía cómo darle garra a una historia y hacérsela inolvidable al lector. Relatos como “Nacerá una bruja” y “La reina de la Costa Negra” o novelas como La hora del dragón son una lectura rápida y emocionante, que no concede descanso al lector: mundos poblados por personajes primarios llevados por pasiones primarias, enfrentados a lo imposible y vencedores a base de fuerza y determinación.

Durante mucho tiempo, este tipo de fantasía se considera, de un modo un tanto despectivo, la hermana pequeña de la literatura fantástica. Sin duda la mayoría de estas historias, escritas para el mercado de revistas populares, eran toscas, poco sofisticadas y, muchas veces, poco más que un héroe musculoso y simplón enfrentándose a alguna criatura babosa venida de más allá del tiempo y el espacio.

Sin embargo, entre todo eso encontramos pequeñas joyas. No sólo los relatos de Howard (y de éste, no sólo los de Conan: su ciclo de Bran Mak Morn, un caudillo picto en los tiempos de la dominación romana de Bretaña, es quizá de lo mejor que salió de su pluma), sino también obras como las ya citadas de Leiber o los relatos de Catherine L. Moore y Henry Kuttner, matrimonio de escritores que, tanto juntos como por separado, cultivaron no sólo la ciencia ficción sino también la fantasía de espadas y brujería.

Tendrían que llegar los años sesenta para que ese tipo de fantasía épica, de entorno seudomedieval se convirtiera en la corriente dominante del género.

La culpa es, por supuesto de El señor de los anillos, la descomunal novela de Tolkien que, para bien o para mal, ha marcado la fantasía de corte épico desde entonces.

Poco se puede decir de El señor de los anillos que no se haya dicho ya. Y sin duda su sombra sigue siendo alargada.

Bajo ella han surgido como setas docenas, quizá centenares de trilogías, heptalogías y series interminables que comparten como elementos comunes un mundo sumido en una Edad Media ficticia y a menudo idealizada y poblado de todo tipo de criaturas (elfos, enanos, orcos, trasgos, dragones, ya sean parlantes o no) y orientadas, en general, al público adolescente. De hecho, muchas de esas obras se han acabado convirtiendo en rentables y jugosas franquicias para sus propietarios.

Como botón de muestra, basta mencionar la serie de la Dragonlance, escrita originalmente por dos aficionados a los juegos de rol épicos (probablemente Dungeons & Dragons) que empezaron novelando una de sus partidas y acabaron escribiendo la trilogía Crónicas de la Dragonlance. El éxito de las Crónicas acabaría llevando a unas Leyendas, de los mismos autores y, a partir de ahí, la cosa se dispararía: Héroes de la Dragonlance, Preludios de la Dragonlance y libros unitarios dedicados a éste o aquel personaje secundario, en ocasiones escritos por los autores originales, y en otras muchas no.

Habría que destacar, dentro de esta corriente nacida al amparo de la obra de Tolkien, la obra de Javier Negrete. Su ciclo de Tramorea (formado, de momento, por La espada de fuego y El espíritu del mago) no tiene nada que envidiar en cuanto ritmo, colorido y emoción a los mejores productos que nos llegan de fuera. Negrete, escritor sólido y estilista brillante, ha sabido llevar el género a su terreno y escribir dos estupendas novelas de aventuras que merecen, sin la menor duda, el éxito que han obtenido.

Lo cierto es que, de un modo y otro, y tras más de medio siglo, la obra de Tolkien sigue dominando sobre buena parte de la fantasía, ya sea como influencia a seguir o modelo a evitar. O, incluso, como meta a batir.

El polaco Andrzej Sapkowski, con su ciclo dedicado al brujo Geralt de Rivia ha dado un giro inesperado a este tipo de historias. Usando, a menudo, los tópicos más rabiosos y los arquetipos más sobados, ha sabido proyectar sobre ellos una mirada nueva y original, a menudo irónica cuando no directamente mordaz. Con grandes dosis de ambigüedad moral, Sapkowski se mueve con facilidad por los tópicos de la fantasía heroica, dinamitándolos a su paso.

Pero, sin duda, el gran éxito de los últimos tiempos ha sido Canción de hielo y fuego, de George R.R. Martin. En el mundo imaginario que ha construido, Martin ha escrito (está escribiendo, de hecho) una novela-río totalmente excesiva, llena de personajes espléndidamente delineados.

Usando como punto de partida la Guerra de las Rosas inglesa, Martin construye una historia de guerras, intrigas y misterio que atrapa al lector desde el principio y en la que usa con enorme habilidad, no sólo los recursos del folletín decimonónico, sino del culebrón televisivo (su heredero directo, al fin y al cabo). Cambiando continuamente el punto de vista de un personaje a otro y, por tanto, dándole vuelcos una y otra vez a las distintas situaciones, Martin ha conseguido enganchar a su descomunal saga a un buen montón de lectores a lo largo de todo el mundo. No es de extrañar: Canción de hielo y fuego está concebida, de un modo tremendamente inteligente, para atrapar al lector y hacerle desear más al final de cada volumen. Habrá que esperar, cierto es, a la conclusión de la saga para poder juzgarla como se merece, sin duda, pero mientras tanto cada novela resulta un viaje fascinante en sí misma y el destino final tal vez importe menos de lo que parece.

Diez aventuras imprescindibles (selección personal e intransferible):

  • La colina de Watership, Richard Adams
    Una historia de conejos. Sí, de conejos que dejan su madriguera ante una amenaza inminente y recorren la campiña inglesa saltando de peligro en peligro. Pese a su aspecto de cuento infantil, no os dejéis engañar: es pura épica, el equivalente de la Odisea o el Beowulf. Si los conejos escribieran cantares de gesta o sagas, La colina de Watership sería lo que compondrían.
  • El corsario negro, Emilio Salgari
    Emilio de Boccanera, señor de Ventimiglia, metido a pirata para vengar el asesinato de sus hermanos y enamorado de la hija de su enemigo. Atado a una promesa imprudente y condenado a perder lo que ama. Seguramente, la mejor novela de Salgari, y fuente de inspiración para todas las historias posteriores de piratas caribeños.
  • El Hobbit, J. R. R. Tolkien
    Aunque oscurecida por el éxito sin precedentes de su hermana mayor, El señor de los anillos, ésta sigue siendo sin duda la novela más divertida y entretenida de Tolkien. Aventura sin más pretensiones que la propia aventura, el libro engancha desde la primera página y Bilbo Bolsón (ese tranquilo hombrecillo burgués que se acaba convirtiendo, a su pesar, en un aventurero y que se guía una y otra vez por su sentido común y la consciencia de su propia pequeñez) es sin duda el mejor personaje creado por Tolkien. Su diálogo de enigmas con el dragón es uno de los mejores momentos de la novela.
  • La isla misteriosa, Julio Verne
    Un grupo de náufragos abandonados a su suerte. El triunfo del hombre civilizado sobre la naturaleza y, entre bastidores, como una presencia que se siente durante toda la novela pero no se ve hasta el final, el legendario capitán Nemo. Quizá la mejor, a mi entender, del subgénero de “robinsones”.
  • La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson
    Stevenson jugando a ser niño, en cierta manera. Volviendo a su infancia y dejándose fascinar (y fascinándonos) por las historias de sanguinarios piratas. El acierto de hacer que su narrador sea un muchacho (y por tanto, mostrárnoslo todo desde su punto de vista) es sólo uno de los muchos que tiene esta novela, de factura prácticamente perfecta. ¿Quién no ha deseado conocer a Long John Silver o rescatar la Hispaniola de los piratas?
  • La liga de los caballeros extraordinarios, Alan Moore y Kevin O’Neil
    Sí, sé que estoy haciendo trampa, pero en este cómic se recoge de un modo magistral toda la tradición aventurera del siglo XIX. El doctor Jekyll (y Mister Hyde), Alan Quatermain, Mina Harker, el capitán Nemo y el Hombre Invisible unen sus fuerzas contra el temible profesor Moriarty y un no menos temible doctor oriental en pos de una sustancia que desafía la gravedad.
  • La Odisea, Homero
    La aventura definitiva. La vuelta a casa del héroe para encontrar, allí, el último escollo, el peligro definitivo. Ulises, armado sólo con su ingenio y su astucia, vence sobre hombres, semidioses y dioses, desciende a los infiernos, oye el canto de las sirenas, ciega al cíclope y, disfrazado de mendigo, vuelve a su propia casa y hace frente a los pretendientes de Penélope.
  • La princesa prometida, William Goldman
    El manejo inteligente e irónico de los tópicos de la novela de aventuras y la novela romántica, el juego metaliterario que preside toda la historia y la complicidad que enseguida se consigue entre narrador y lector hacen de esta novela algo imprescindible.
  • Scaramouche, Rafael Sabatini
    “Nació con el don de la risa, y convencido de que el mundo entero estaba loco”. ¿Se puede iniciar una novela de un modo mejor? Tal vez, pero sería difícil. Sin duda una de las mejores novelas de capa y espada, con un personaje que tiene mucho de pícaro y que acabará convertido, contra su voluntad, en un héroe.
  • Los tres mosqueteros, Alejandro Dumas
    Sigue siendo, sin la menor duda, la mejor  obra de Dumas y una de las cumbres de la novela popular del siglo XIX. Peripecia continua que no concede descanso al lector, personajes inolvidables, un trasfondo histórico apasionante y una combinación casi perfecta de humor, tragedia, intrigas, aventura y suspense.

2 comentarios

  1. Interesante revisión al género. Tengo que decirte que me ha gustado encontrar referencia a Negrete entre tanto gran nombre extrangero.

    En cualquier caso, ¿qué opinas sobre ese gueto que parece ser la literatura fantástica y por proximidad, de ciencia ficción), relegado a un rincón de las grandes librerías y siempre sospechosamente cerca de la literatura juvenil e infantil?

    Parece que todo lector (e imagino que todo escritor) de este género siempre vive estigmatizado pro la sociedad, por ese mismo prejuicio de quienes a cierta edad siguen leyendo tebeos o disfrutando de una buena película de nimación. No parece serio, ¿verdad?

    Si fenómenos como El Señor de los Anillos o Harry Potter ha demsotrado que la literatura fantástica está viva y que se nutre de un gran número de lectores, ¿porque se la sigue considerando como algo anecdótico?

    A modo de ilustración, una vivencia personal:
    Canciónde Hielo y Fuego. Me tropecé con esos libros al ver que en los pequeños círcuitos (otra ves los guetos) de internet dedicados a este tipo de lietratura herbía de emoción cuando comentaban la obra de Martin. Se acababa de publicar en España el segundo libro, así que me dejé llevar por la febril oleada de seguidores de la novela y piqué con el primero. Como me pasó con Serenity, no llevaba más de unos minutos inmerso en ese mundo y ya sabía que formaría parte de mí para siempre. Me encantan esos libros, tanto que siempre que puedo, lo recomiendo o lo regalo (junto con La Princesa Prometida y Guerra Mundial Z, se puede regalar pocos libros mejores de género fantástico, creo). El problema viene, cuando ese lector, tal vez no acostumbrado a la literatura fantástica (ya sabeís, “he leido el Señor de los Anillos” cuando salieron las películas y me gustaron) se encuentra con una paortada en la que aparecen castillos, soldados medievales, enrmes lobos blancos y dragones. Será un problema con la edición, la mala imagen que tiene la literatura fantástica en general (si no eres Tolkien) o simplemente, que siempre se juzga el libro pro la portada, desgracidamente, pero el lector potencial, se echa para atrás y se pierde una maravillosa y épica historia siemplemente porque una novela en la que sale un chico con una espada y un lobo albino no puede ser un libro para tomarte en serio.

    Como experiencia, desconsolador, cuando regalas ilusionado Juego de Tronos y te dan las gracias con una mirada que dice “¿Crees que tengo ocho años?”.

    ¿Preocupante?

    Hay esperanza:
    Mi novia, lectora voraz y rigurosa, del tipo “he leido El Señor de los Anillos cuando la película y me gusta por partes; he leido Harry Potter y me parecen entretenidos y mucho mejores que las películas” se dejó llevar, y a lo mejor por dejar de oirme, a lo mejor picada en su curiosidad, posiblemente por darme esa satisfacción (los mismos motivos por los que, sin saber nada de Star Trek y sin tener el más mínimo interés por la saga, me acompañó a ver la última película de Abrams), picó con Juego de Tronos. Hoy está completamente engancha a la saga. Y encantada.

    ¿Por qué vivimos en un gueto? Si este es un mundo paravillos (y fantástico)…

  2. En cuanto a novelas de aventuras modernas pero de aire clásico no hay que olvidarse de Wilbur Smith.Tiene novelas mediocres pero otras son soberbias: Río Sagrado, Pájaro de Sol, Vuela el halcón, por citar sólo tres.
    Del amigo Quatermain me sorprendió la manera que tiene Holywood de adaptar novelas y el tono algo racista de un escritor producto de su época.
    Aprovecho para felicitarte por tu libro de la Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos, desde entonces he descubierto un filón de historias clásicas tanto del canon tradicional como de los pastiches más modernos. Es una opinión totalmente subjetiva, pero tu libro me hizo disfrutar un montón.

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