La leyenda de la piedra

La leyenda de la piedra

El maestro Li (que tiene un pequeño defecto de carácter) y su antiguo cliente y ahora discípulo Buey Número Diez vuelven a recorrer una China que no fue (pero que tal vez debería haber sido) para investigar las extrañas muertes ocurridas en un monasterio budista y que parecen girar alrededor de la falsificación de un antiquísimo manuscrito. O quizá no.

¿Le suena a alguien ese inicio? ¿Quizá despierta ecos en la mente del lector y le trae a la memoria a un tal fray Guillermo de Baskerville y un segundo tomo de la poética de Aristóteles que no estamos muy seguros de que haya existido jamás? Si es así, el lector no anda muy desencaminado. O, a lo mejor, anda desencaminado del todo.

En La leyenda de la piedra, Barry Hughart consigue otra novela delirante, divertida y llena de poder evocador, que no tiene nada que envidiar a Puente de pájaros, primer libro de la serie. Con un estilo sencillo y lleno de ironía, compone una trama disparatada llena de guiños irreverentes y sentido del humor a raudales. Desde el arranque a lo El nombre de la rosa que hemos comentado, pasando por un viaje a los diez infiernos (que puede haber sido real o puede no serlo, cosa que en realidad no podría importarnos menos, ante el modo brillante, temerario y descacharrante en que Li, Buey y el Muchacho Luna pasean por el infierno como si les perteneciera), una desternillante disquisición sobre el neoconfuncionismo, un rapto ante las mismas narices de un rey, la búsqueda de un asesino que lleva cientos de años muerto o el desentrañamiento de un misterio que no parece tener sentido, hasta desembocar en una epifanía algo irreverente, La leyenda de la piedra construye un juguete tan divertido como desquiciado.

El maestro Li y Buey Número Diez (esos estrambóticos Holmes y Watson chinos) no tardan en convertirse en cómplices del lector; en cuanto al resto de los personajes van de lo sublime a lo desquiciado, pasando a menudo por lo hiperbólico. La trama es, quizá, en algunos momentos algo previsible (el culpable se ve venir en cierto momento), pero eso no le quita interés a la novela. Al fin y al cabo, pese a que use alguno de los mecanismos del policiaco, lo importante en las novelas de Hughart no es descubrir quién lo hizo. Ni siquiera cómo. Más que el destino, importa el viaje y todo lo que te encuentras en cada etapa.

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