Sincronía

En sus últimos momentos, antes de encomendar su espíritu al Padre, Joshua bar Josef clavó la vista en el infinito y se preguntó si era Dios y estaba soñando que era un hombre moribundo, o era un hombre moribundo que soñaba ser Dios.

Al pie de la cruz, un soldado romano sujetaba su pilum con desgana y no podía apartar el pensamiento de la imagen de un buen potaje de lentejas egipcias.

Veinte siglos después alguien escribiría las dos frases precedentes y se sentiría más cercano al pensamiento del soldado que al del cruficicado. Y, tal vez, alguien las leería y se preguntaría de qué iba todo aquello.

En la mente de Dios (al que algunos llaman Universo), todos esos acontecimientos serían simultaneos.

E igualmente irrelevantes.

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