Valis: alguien voló sobre el nido del cuco

Valis ya gozaba de dos ediciones anteriores en castellano, la primera de la mano de Adiax y la segunda de Ultramar, y en ambas se había usado Sivainvi como traducción del acrónimo que es el título, en una muy afortunada adaptación del original que es una lástima que no se haya mantenido en la edición de Minotauro.

Salvo esa recuperación del título original, pocas novedades hay en el contenido del libro, por cuanto la traducción que se ha usado es la misma, si bien con algunas correcciones, no todas ellas adecuadas. En cuanto a aspectos puramente físicos, estamos sin duda ante la más cuidada edición de la novela capital de Dick y, aunque solo fuera por eso, merece la pena hacerse con ella.

Poco puedo decir de Valis, por otra parte, que no se haya dicho ya: es un libro que entusiasma e irrita a partes iguales a los lectores. Durante todos estos años he podido leer comentarios indignados de la novela que la acusaban de ser poco más que una masturbación intelectual con pretensiones literarias, casi al lado mismo de reseñas dedicadas a loar las excelencias sin par de tan magnífica obra.

Ahora debería venir aquí algo del estilo de “pero la realidad está en el justo medio”, solo que perpetrar una frase así sería traicionar a la verdad. Es lógico, casi inevitable, que Valis irrite a ciertos lectores y entusiasme a otros. En cierto modo se parece a uno de esos cuadros generados por ordenador que tan de moda estuvieron hace unos años: en apariencia no eran más que un puñado de manchones sin sentido, pero si uno los miraba de la forma adecuada terminaba encontrando en ellos una forma tridimensional perfectamente definida, un barco, una nave espacial, un paisaje. Si uno conseguía vislumbrar la forma oculta en el cuadro enseguida exclamaba alborozado ¡mira, ahí está!, pero para los que, tras interminables minutos de forzar la vista, seguíamos encontrando un grupo de manchones indistintos, la sensación que nos embargaba era de frustración, rabia y los deseos de proclamar a voz en grito ¡esto es un timo!, por no mencionar la sospecha, cada vez más fuerte, de que aquellos que afirmaban haber visto algo estaban mintiendo solo para que no los señalaran con el dedo.

Así que comprendo perfectamente lo que experimenta un lector cuando se embarca en la lectura de Valis y termina dejándola a un lado con un rechinar de dientes. Porque Dick, en esta novela, nos propone un juego, un juego difícil cuyas reglas nunca están claras y en el que uno debe entrar dejando de lado sus prejuicios, dispuesto a permitir que el autor lo arrastre en un viaje sin retorno a través de la locura.

Y Valis no es más que eso, no es más que Philip K. Dick buscando en sí mismo un sentido para su existencia, chapoteando y hundiéndose en la locura y luchando desesperadamente por salir a flote y obtener aunque sea una bocanada de cordura en un mundo que para él cada vez tiene menos sentido. Los que acusan a Valis de ejercicio de onanismo intelectual no dejan de tener razón en el sentido de que en esta novela Dick se retrata a sí mismo con en ninguna antes. Pero se equivocan cuando la encuentran estéril. Porque es cierto que el autor habla de sí mismo, gira alrededor de sí mismo, se obsesiona consigo mismo, pero al hacerlo habla de nosotros, gira alrededor de nosotros y consigue que nos obsesionemos con nosotros.

Valis es locura, sin duda, y el autor lo reconoce al desdoblarse magistralmente en ese atormentado Amacaballo Fat al que Dios ha herido de muerte, pero también es la búsqueda de una cura y la comprensión (apenas musitada, posiblemente ignorada por el personaje) de que la cura no la podemos buscar fuera de nosotros mismos, de que somos nosotros los únicos capaces de curarnos, y de que a veces la cura no existe y a lo más que podemos llegar es una tregua, a un pacto de no agresión, con la locura ciega que se agazapa en el interior de todos nosotros.

Es también el retrato de una época y unos personajes (como ya lo fuera en su momento A scanner darkly) y es, sobre todo, una novela soberbia e inclasificable ante la que uno solo puede rendirse y permitir que lo lleve de un lado a otro, sin esperanzas de salir, pero creyendo que, pese a todo, debe haber una salida.

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