Victoria pírrica

Grabo esto exclusivamente para ti. Los demás no me importan demasiado, pero tú te mereces saber lo que ha ocurrido realmente. Claro que, desde tu punto de vista, no ha ocurrido nada, y difícilmente podrás aceptar lo que oyes. Sin embargo, es la verdad, o al menos lo fue.

Cuando tú llegaste al asilo yo llevaba algo más de un mes inmiscuyéndome en los recuerdos de los otros residentes. Fue algo casual, y aun hoy no he podido saber cómo llegó a ocurrir. Le he dado muchas vueltas imaginado mil explicaciones. Pero, como la mayoría de las explicaciones, ninguna de ellas explica nada realmente.

Ocurrió por la noche. Estaba a punto de quedarme dormido, ya conoces ese estado, la vigilia y el sueño se mezclan, te duermes sólo para volver a despertar enseguida a causa de cualquier ruido y, antes de que sepas lo que ha pasado, te has dormido otra vez. Comencé a soñar. Al menos eso creí al principio. Tardé algún tiempo en darme cuenta de que estaba despierto. Me veía a mí mismo en la cama, sentía a las enfermeras recorrer el pasillo, la luz de la luna se colaba por la persiana mal cerrada. Recuerdo que aquello me irritó. No soporto la menor claridad cuando voy a dormir. Chasqueé la lengua y me levanté a cerrarla mejor. Y entonces me di cuenta. El sueño no se había desvanecido. De alguna manera seguía viéndolo. Allí estaba mi habitación pero, al mismo tiempo, justo al borde de mi campo de visión, desenfocado, seguía el sueño. Me detuve, con una mano apoyada en la correa de la persiana, completamente inmóvil, hasta que la imagen se fue aclarando y la habitación a mi alrededor perdió consistencia. Enseguida conseguí identificar lo que veía: eran los recuerdos de alguien ajeno a mí. De hecho, no tardé mucho en darme cuenta de que pertenecían a Elisa, tres habitaciones más allá. Sí, es curioso, nunca he tenido la menor dificultad en identificar a quién pertenecían los recuerdos que contemplaba.

No tengo mucho tiempo. He sentido los primeros pinchazos del sueño, de mi último sueño. Apenas me quedan unos minutos y en ellos he de contarte todo lo que ocurrió. O, tal y como tú (y todos los demás) veis las cosas, no ocurrió.

Una semana después no necesitaba acudir al sueño. Podía introducirme en los recuerdos de los demás cómo y cuando quisiera, pasear por entre ellos a mi antojo, recorrerlos como si fueran las viñetas de un comic, los fotogramas de una película. ¿Te imaginas lo que significaba eso para un mirón como yo siempre he sido? Ya sabes, unos viven, otros huyen y otros miran. Eso es lo que yo he estado haciendo toda mi vida, mirar. No he sido más que un espectador, y he disfrutado de cada pequeño atisbo de la vida de los demás al que he tenido acceso. Y ahora se me ofrecía la oportunidad perfecta. De alguna manera (no sé cómo, e imagino que no quiero saberlo) las vidas de los demás eran ahora un atlas dispuesto ante mí para que yo lo desplegara cuándo y cómo quisiera y recorriera su mundo interior todo lo minuciosamente que deseara. Con el tiempo, con la práctica, fui cobrando pericia: podía obtener una visión general, un rápido flash de lo que había sido el pasado de los demás, o podía detenerme en un accidente concreto, congelar un instante de su memoria y escudriñarlo hasta el último detalle.

Y entonces apareciste. El día de tu llegada te fui presentado, como todos los demás, pero no me reconociste, por supuesto. ¿Qué motivos tenías para pensar que aquel viejecito calvo y encogido podía ser el mismo muchacho babeante y estúpido que te había perseguido hacía más de sesenta años? Yo supe quién eras enseguida, sin embargo. Los años no habían sido misericordiosos contigo, el tiempo nunca lo es y estabas tan vieja, encogida y arrugada como yo mismo. Pero aquellas cinco décadas no habían pasado por tus ojos y tu boca seguía teniendo la misma forma perfecta que me había cortado la respiración cuando teníamos dieciséis años, exactamente igual que me la cortaba ahora. Me saludaste (distante, distraída) y pasaste al siguiente.

Apenas pude dormir aquella noche, y ni siquiera me molesté en recorrer el pasado de los otros. Qué me importaba el pasado de los demás cuando era el mío el que aparecía de repente de la nada. Entre los catorce y los dieciocho años yo te había perseguido sin tregua, pendiente de cada mínimo gesto tuyo, de cada palabra. Y luego tú habías desaparecido. Seguí recibiendo noticias sobre ti, por supuesto, amigos comunes que te mencionaban de pasada. “Ah, ¿sabes qué fue de…?”. Me siento un poco tonto diciendo esto. Al fin y al cabo, tú deberías saberlo tan bien como yo. Es como uno de esos malos escritores que ponen en boca de uno de sus personajes algo que todos en la historia ya saben pero que el lector ignora. Solo que no es así. Ya no.

Al día siguiente te seguí, mudo, silencioso. No creo ni que lo notaras. Pero mis ojos te perseguían, te acechaban y a cualquier parte del asilo que fueras allí estaba yo. Por supuesto, la tentación me invadió casi enseguida. Llevaba más de un mes recorriendo el pasado de todos los que pasaban junto a mí: residentes, enfermeras, celadores, médicos; había saboreado su memoria como el más exquisito de los manjares. Y allí estabas tú, como un regalo caído del cielo. Y sin embargo, no lo hice. Aún no. Miedo, quizá. No lo sé y ahora ya no tiene demasiada importancia.

Pasó una semana y todo volvió más o menos a la normalidad. En todo aquel tiempo intercambiamos un par de frases de cortesía que no recuerdo y que carecían de sentido. Yo volví a mi afición favorita y mis ojos, aunque siguieron acechándote por todas partes, perdieron aquel brillo ansioso. Fue entonces cuando Esteban murió.

Supongo que debo decir que éramos amigos, aunque eso no signifique mucho. Jugábamos al ajedrez por las tardes y él me hablaba a veces de sus nietos. No sé si lo apreciaba, pero le tenía cierta lástima, sobre todo desde el día en que me había paseado por sus recuerdos. Esteban se sentía inútil, un completo cero a la izquierda, alguien que no había hecho nada en toda su vida para justificar su existencia. Lo peor no era eso. Lo que realmente lo atormentaba era que tenía la sensación de que podía haberlo hecho y la cobardía se lo había impedido.

De todos sus recuerdos tenía uno al que volvía una y otra vez, con una intensidad casi febril.

Esteban, con veinte años, paseando por la calle. Un edificio en llamas. Alguien se asoma a una ventana y pide ayuda. Esteban duda. Da un paso hacia el edificio y se detiene. Entonces alguien se le adelanta y entra. Minutos más tarde, justo cuando llegan los bomberos, el hombre que se le ha adelantado sale de la casa con dos niños en brazos. Eso era todo. Esteban tenía la sensación de que si hubiera entrado allí, si hubiera hecho lo que el otro hizo por él, su vida habría estado justificada, ya no habría importado lo que pasara de allí en adelante. Incluso tenía un recorte de periódico, amarillento y quemado por la edad, en el que entrevistaban a aquel individuo en relación con su heroica hazaña. Lo vi sacarlo de su cartera cientos de veces, desdoblarlo y mirarlo largo rato sin decir nada.

El día que murió Esteban llevaba ya nueve postrado en la cama. Se consumía lentamente, por nada en concreto que los médicos pudiera describir, salvo esa frase que no indica nada y que sin embargo nos estremece de terror cuando la oímos: “la edad”. Fui a su cuarto a verlo. Apenas parecía consciente de mi presencia; en realidad casi no parecía consciente de nada de cuanto ocurriera a su alrededor. En su mente solo había sitio para aquella tarde fatídica en la que pudo haber sido un héroe y la cobardía no se lo permitió.

No lo pude evitar. Me lancé hacia adelante y entré en sus recuerdos. De nuevo lo vi frente a la casa, dudando. Algo se quebró dentro de mí. “Vamos, hazlo”, grité, “vamos” y sentí que de alguna manera lo empujaba. Entonces Esteban echó a correr hacia la casa en llamas. Subió por las escaleras, entró en la habitación donde pedían auxilio y cogió a los dos niños. Cuando llegó abajo, una multitud expectante lo vitoreaba y un periodista se acercó a él.

Parpadeé, aturdido. Aquello estaba equivocado, torcido. No era así como había sucedido. De pronto, Esteban me vio y me llamó. Yo dije algo, no recuerdo qué, posiblemente algunas vacías palabras de consuelo.

-No me importa -dijo él, con una voz apagada, casi inaudible-. La muerte no importa si uno ha justificado su vida de alguna manera. Yo fui un héroe, ¿sabes?

Fruncí el ceño. En la habitación había una enfermera. Me volví a ella y dije:

-Pobre. Desvaría.

Ella pareció disgustada.

-Quizá exagera un poco, pero lo que hizo tuvo su mérito -dijo.

-¿Qué?

Me señaló la pared junto a la cama. Allí, enmarcado y plastificado, había un recorte de periódico. No necesité leer los titulares para comprender que era un artículo hablando de la hazaña de Esteban al salvar a aquellos niños. Me levanté y lo miré. Un sonriente Esteban salía de una casa en llamas con dos criaturas en brazos. Me volví a la enfermera.

-Pero… -empecé a decir.

-Ha muerto -me interrumpió ella, tapándole el rostro con una sábana.

Salí de la habitación, aturdido. ¿Qué había pasado? Había entrado en sus recuerdos y, de alguna forma que no comprendía, los había modificado. No, no era eso. Había hecho algo más. No solo había modificado los recuerdos de Esteban, sino los de la enfermera. Y aquel recorte de periódico. Sentí vértigo al comprender lo que había hecho realmente. Había modificado la realidad. Al alterar el pasado de Esteban había cambiado los acontecimientos. En cierta forma, aunque fuera mínimamente, había cambiado el mundo en el que vivía.

Más tarde lo comprobé. Todos recordaban la hazaña de Esteban.

-Coño, si no hablaba de otra cosa -me dijo Marco cuando se lo pregunté.

Aquello me hizo temblar. ¿En qué me había convertido? No solo podía ver el pasado de los demás, podía modificarlo. Y lo que yo cambiaba quedaba fijado para siempre, como si eso fuera lo que realmente había ocurrido. De hecho, así era. La realidad anterior no solo desaparecía, jamás había tenido lugar. Nadie la recordaba salvo yo.

Noto cómo la modorra me va venciendo. No tengo mucho tiempo, así que será mejor que abrevie.
Tardé casi dos meses en darme cuenta de lo que tenía qué hacer. Y cuando lo vi me maldije por haber sido tan estúpido para no caer antes ello. No espero que comprendas lo que he hecho, o que me perdones por ello. En realidad ni siquiera creerás que lo haya hecho. Te he… sí, te he violado como ningún hombre ha podido hacerlo antes jamás con una mujer. Me he introducido en tu pasado, me he paseado por él hasta saberme tu historia de memoria y luego la he cambiado a mi antojo. Te he… manoseado, moldeado, te he convertido en lo que eres ahora.

Fue difícil, tan tremendamente difícil. Y cometí muchos errores. Pero podía repararlos, claro, sin problemas. Todo lo que tenía que hacer era regresar a aquel instante que había cambiado y volver a dejarlo como estaba. Y luego, a partir de ahí, probar otra vez.

Fue necesario más de un cambio. Logré que a los quince años te enamorases de mí, solo para que siete más tarde me dejaras. Allí tuve que intervenir de nuevo, realizar un pequeño ajuste. Y tuve que hacerlo otra vez década y media más tarde. Después de eso solo fueron necesarios pequeños toques, ajustes menores: una pincelada aquí y otra allá, lo suficiente para completar el cuadro. Fue magnífico. También fue horrible, pero sin duda fue magnífico. Y al acabar, tú no recordabas haberme conocido cuando éramos adolescentes y haberme olvidado cuatro años después. No, tus recuerdos abarcaban sesenta años de felicidad a mi lado, hasta que ambos habíamos decidido ingresar juntos en el asilo. Y no solo tus recuerdos, el mundo entero había cambiado para acomodarse al guión que yo había escrito con tu pasado.

No me crees, claro. No podía ser de otra forma. Para ti el nuevo pasado es el auténtico. El otro no ocurrió jamás. Pero te pido que lo aceptes, solo por un momento, como una simple hipótesis descabellada. ¿Por qué entonces estoy aquí grabando mis últimas palabras frente a este micrófono, por qué me he inyectado ese medicamento de nombre impronunciable que poco a poco me va sumiendo en el último sueño?

La respuesta es dolorosamente obvia. Porque he fracasado. Sí, tú recuerdas esos sesenta años a mi lado. Pero yo no. Cambio el mundo y todos recuerdan los cambios que yo introduzco en él como si jamás hubiera sucedido otra cosa. Todos menos yo. Tú puedes recordar haberme amado toda tu vida. Lo que yo recuerdo, sin embargo, es que jamás te has fijado en mí, que he estado solo toda mi vida y que he manipulado la realidad para obtener una victoria fútil que me ha dejado un regusto amargo y vacío en la boca. Así de simple.

Apenas puedo mantener los ojos abiertos y noto la lengua pastosa. Espero que puedas perdonarme el sufrimiento que mi suicidio te va causar. Podía haber vuelto a hacerlo, haber regresado a tus recuerdos para dejarlos como eran antes de que yo me inmiscuyera en ellos. Ya no me recordarías y mi muerte no te causaría el menor dolor. Pero me siento demasiado cansado, demasiado… No, eso es falso. Lo menos que puedo hacer es decirte la verdad: me siento demasiado amargado. Si voy a morir, si voy a fracasar, al menos que haya alguien que me recuerde, aunque su recuerdo de mí sea absolutamente falso.

Lo siento. Ojalá las cosas hubieran sido distintas. En realidad, lo fueron.

Publicado originalmente en Visiones 1997 (1997)
Recogido posteriormente en Laberinto de espejos (2006)

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