Piensa lo que quieras

Para Javi, quien contó la historia mucho antes que yo

Miro una vez más el abismo que se extiende a mis pies, los doce pisos bajo los cuales las hormigas humanas siguen paseando, ignorantes de su destino de marionetas. Lo miro de nuevo y el vértigo me asalta como una borrachera impía de la que no consigo librarme. Anticipo la caída, el viento aullando a mi alrededor mientras el mundo se convierte en un borrón vertiginoso. El golpe. Quizá un grito. Y luego el silencio. Para siempre. En cierto modo sería un alivio y por cierto que lo deseo. Sonrío entonces, al darme cuenta de que eso era justamente lo que él pretendía.

Cierro los ojos y por unos instantes consigo olvidarme de todo, ignorar ese deseo que tira de mí hacia el olvido. Respiro y, de algún modo, mi cuerpo logra encontrar ese foco de tranquilidad que le ha estado esquivando las últimas horas. ¿Durante cuánto tiempo? Poco, sin duda, pero también todo el tiempo del mundo para mí. Y suficiente. Suficiente para recordar cómo empezó todo.

* * *

Juan y yo éramos amigos. Una de esas amistades raras que se inician en la pubertad y, de algún modo, se las arreglan para sobrevivir el paso turbulento de la adolescencia. Éramos buenos amigos. Eso creía. No, no te mientas a ti mismo, ten la decencia de ser sincero; en cierto modo lo sigo creyendo. Pese a todo, de alguna extraña y retorcida manea, aún lo creo. Había zonas oscuras en nuestra amistad, temas que no abarcaba, como si de algún modo comprendiéramos que había cosas que no podíamos compartir si queríamos ser amigos.

Éramos distintos, tremendamente distintos, y quizá eso tuviera que ver con el hecho de que nuestra relación sobreviviera durante años. A pesar de algunos gustos y aficiones comunes, nuestra forma de ser no podía parecerse menos. Juan era una criatura ensimismada, envuelto permanentemente en un halo indefinible de melancolía del que era consciente y que, en cierto modo, cultivaba de forma deliberada. Yo, por el contrario, había pasado por la segunda década de mi vida como una especie de fuerza de la naturaleza con forma humana: arrollador, imparable, con la arrogancia y el aplomo necesarios para coger aquello que deseaba sin pararme a pensar en las consecuencias. En cierto modo creo que Juan me envidiaba. No sólo por el hecho de que él hubiera pasado su adolescencia sin comerse un rosco mientras mi principal problema no era la escasez de mujeres sino su excesiva abundancia, o de que pareciera convertirme en el foco ineludible de cualquier reunión en la que estuviera mientras él permanecía apartado en un rincón, alimentando con cuidado su pose de poeta decimonónico sin que nadie le hiciera el menor caso. En cierto modo creo que se él se consideraba superior a mí: más inteligente, más brillante, con mucho más que ofrecer a los demás que yo; pero los demás preferían mi jovial superficialidad a su rica vida interior. Tardó tiempo en comprender que era un simple problema de marketing: de nada sirve tener el mejor producto del mundo si no lo sabes vender.

Con el tiempo fue aprendiendo, aunque tenía muchos años que recuperar, y aún se mostraba torpe en algunos aspectos de sus relaciones con los demás. Bueno, todo requiere entrenamiento, recuerdo que pensé, y no volví a darle más vueltas.

Hace algo menos de un año me llamó una noche a casa. Por el tono de su voz pensé que había pasado algo grave.

-¿Qué ocurre? -pregunté, preocupado. Juan tenía la manía de tomarse las cosas demasiado a la tremenda.

-¡Lo he hecho, lo he hecho!

-¿El qué?

-¡He ligado!

Acabáramos. Si cada vez que yo consiguiera camelarme a una chiquilla llamase a mis amigos para celebrarlo, las centralitas de teléfono de medio mundo estarían colapsadas.

-Enhorabuena, tío -dije sin embargo-. Ya me la presentarás.

La siguiente media hora fue un monólogo interminable en el que Juan me cantaba las excelencias y maravillas de su recién adquirida novia. No sólo era la criatura más extraordinaria que jamás había pisado la Tierra, sino que encima estaba enamorada de él. Pensé que, efectivamente, si se había enamorado de él tenía que ser alguien extraordinario, aunque desde luego no dije nada en voz alta.

Unos meses más tarde volvió a llamarme, esta vez para pedirme consejo.

-Un momento -dije yo, sin creerme del todo lo que me estaba diciendo-. ¿Lleváis casi cuatro meses saliendo juntos y todavía nada?

-Bueno… nada, nada…

-¿Te la has cepillado o no?

-Joder, tío, no seas tan ordinario.

-O sea, que no te la has cepillado.

Hubo unos instantes de silencio al otro lado de la línea.

-… No -confesó al fin Juan.

Le dí unos cuantos consejos y colgué. Dudaba que le fueran de mucha utilidad. Hace tiempo que aprendí que las soluciones que sirven para uno rara vez funcionan con los demás. Nunca sabré si mis sabias advertencias habrían dado o no fruto, porque al final no hicieron falta. Como suele pasar a veces la fortuna se conjuró a favor de Juan, y sus padres se fueron a pasar el fin de semana a otro lugar. Tenía la casa para él solo y ni siquiera él podía ser tan imbécil de dejar pasar una oportunidad como aquella.

No lo fue. Debieron de estar los dos días sin salir de la cama, más allá de lo mínimo imprescindible para comer o ir al servicio. Estaba seguro de que el domingo por la noche o, como mucho, el lunes, Juan me llamaría alborozado para describirme las excelencias de su primer orgasmo (y quizá de los cuatro o cinco siguientes, dependiendo de cómo le hubiera ido el fin de semana). No lo hizo. De hecho, durante algo más de un mes no supe nada de él. Al final decidí llamarle yo mismo:

-¿Qué, qué tal?

-¿El qué?

-¿Cómo que el qué? ¿Ya has dejado de tener dos horóscopos o no? -Era un viejo chiste que nos hacíamos a menudo: “hay gente que tiene dos horóscopos, el suyo propio y virgo”.

-Ah, eso, sí.

Aquello me mosqueó. No parecía excesivamente entusiasmado.

-¿Tan malo fue?

-No, no fue malo. Para nada. De hecho, estuvo muy bien. -Hubo unos instantes de silencio-. Lo hemos dejado.

-¿Tú o ella?

-Yo.

-¿Estuvo muy bien y lo has dejado? ¿Encuentras una tía lo suficientemente idiota para que se enamore de ti, que encima funciona bien en la cama y lo has dejado? Explícamelo.

-Eh, oye, tengo que dejarte. He quedado y ya llego tarde. Nos vemos un día de estos y te lo cuento, ¿vale?

Colgó sin esperar a que yo respondiera. Bueno, al carajo. Le gente se pone muy nerviosa cuando pierde la virginidad y algunos empiezan a actuar de forma rara. Supongo que será parecido a tener la regla, aunque por suerte sólo pasa una vez en la vida.

Pero no podía dejar de pensar en el tema. La actitud de Juan no era normal. Hacía tiempo que había comprendido que no era el ser frágil y melancólico que aparentaba, que por debajo de su aparente debilidad había una dureza oculta e indoblegable que ni siquiera las numerosas bofetadas que se había dado a lo largo de su vida (la mayoría por culpa suya, pero ese es otro tema) habían conseguido quebrar. Sin embargo… No sé. Había algo que no encajaba en su actitud, así que decidí ir a verlo.

No llamé antes, algo que va en contra de mi costumbre. Soy terriblemente melindroso con la intimidad de los demás, en parte porque me gusta que los demás lo sean con la mía, así que si quiero ver a un amigo siempre le llamo primero, para que tenga por lo menos la oportunidad de librarse de mí con cualquier excusa más o menos traída por los pelos. Esta vez no lo hice, tenía la sensación de que si avisaba a Juan me diría que no podía verme.

Iba a llamar al timbre cuando la puerta se abrió. Por ella salió una mujer que me miró unos segundos como si no me viera y luego dio media vuelta, esperando a alguien que debía estar al otro lado de la puerta. Era el propio Juan quien estaba en el umbral, vestido únicamente con unos pantalones cortos y una sonrisa de gato que se ha comido el canario plantada en mitad de la boca. La chica se le acercó (encontraba algo familiar en ella, pero estaba tan sorprendido por la situación que no tuve tiempo de pensarlo mucho), se le colgó del cuello como si su vida dependiera de ello y le dio uno de los besos más largos y menos púdicos que he visto en mi vida, y he visto (y sentido) unos cuantos, puedo asegurarlo.

-¿Cuándo te veré? -dijo al fin, una vez se hubo soltado.

-Ya veremos. Te llamaré -respondió Juan, como si el tema no le interesase demasiado.

Ella asintió y se fue con una sonrisa estúpida en los labios y los ojos medio extraviados. Parecía drogada. Sólo cuando se hubo metido en el ascensor Juan pareció reparar en mí y me saludó:

-Perdona que no te hiciera caso -dijo-. Estaba ocupado.

-Ya, ya veo.

De pronto, me quede parado. Volví a ver a la chica que acaba de salir de su casa. Dios, claro que me había parecido familiar.

-Oye, ¿esa no era Eva?

-Ajá.

Aquello era absurdo. Juan había estado colgado de Eva desde que tenía catorce años, babeando tras ella por todo el Instituto y sin conseguir que reparase en él más que para decir en cierta ocasión (yo estaba presente aunque jamás se lo comenté a Juan) que era un chico mono y simpático pero, desgraciadamente, del todo inofensivo. Hacía tres o cuatro años que no la veía.

Y ahora acaba de darme de narices con ella. Y había mirado a Juan como si éste fuera el primo de Dios, o el hermano gemelo de James Bond, lo que viene a ser lo mismo.

-¿Quieres pasar?

-Sí, claro -dije yo, aturdido, cruzando el umbral mientras Juan cerraba la puerta a mis espaldas.

-¿Un café?

Asentí, mientras me sentaba en un sillón de la sala de estar. Oí a Juan trasteando en la cocina y poco después escuchaba el timbre familiar del microondas. Juan entró en la sala con dos tazas de café.

-Te iba a llamar un día de estos -me dijo después de tomar asiento frente a mí-. La verdad es que últimamente me han pasado un montón de cosas y si no se las cuento a alguien creo que voy a reventar.

Sí, yo tenía una sensación parecida. Como siempre el café estaba demasiado caliente para mi gusto, así que lo fui enfriando poco a poco con el aliento.

-La última vez que hablamos te dije que lo había dejado con Inés, supongo que te acuerdas. Sí, claro que te acuerdas. Bueno… es curioso, creo que he ensayado por lo menos media docena de veces la mejor forma de contarlo y no he terminado de dar con ella.

Ambos permanecimos unos instantes en silencio. Yo sabía muy bien que cuando Juan se atascaba lo mejor era quedarse callado y dejar que él mismo lo fuera rumiando todo.

-Había conseguido convencer a Inés para que viniera a mi casa -dijo de repente- el fin de semana en que mis padres se fueron.

-Sí -dije yo-. Por cierto, ¿dónde están tus padres? -Hacía un rato que notaba algo raro. Los padres de Juan siempre me habían tratado como a un segundo hijo y era extraño que aún no hubieran venido a saludarme.

-En el pueblo. No volverán.

-Hoy, quieres decir.

-No. Nunca. No importa, de verdad. Ya te lo explicaré luego. ¿De acuerdo?

Estuve a punto de decir que no, pero luego sentí que era cierto, que tampoco se trataba de un asunto demasiado importante.

-De acuerdo, continua.

Él sonrió como si supiera algo acerca de mí que yo ignoraba.

-Muy bien. Aquel fin de semana, como sueles decir tú, dejé de tener dos horóscopos. Fue… estuvo muy bien. La primera vez un poco rápido, ya sabes, la falta de experiencia y todo eso. Luego, en fin, qué te voy a decir que tú no sepas, la práctica lo va mejorando todo. Y el domingo… el domingo… Nunca había sentido nada igual. Por un instante fue como si… no sé, por más que intento explicarlo no consigo encontrar las palabras. En realidad creo que no hay palabras para explicarlo, pero pese a todo trataré de hacerlo. Fue como si mi mente, por primera vez en mi vida, se liberara de todo. Yo no estaba allí, en la cama con Inés, ¿entiendes? Me había ido, estaba volando muy lejos, me había abierto a todo y todo entraba a través de mí, como si yo fuera un filtro universal, como un aleph, como… ¿Recuerdas El Imperio Contraataca, lo que Yoda le dice a Luke? “Nosotros seres luminosos somos, no esta tosca materia”. No es eso, pero es lo más parecido que puedo encontrar a lo que realmente pasó.

Joder. Lo que faltaba, el chaval había tenido la suerte de echar un superpolvazo y de pronto se había sentido uno con el universo. Vale, hasta recitaría unos mantras para acompañarle si supiera alguno, pero tampoco era para tomárselo así.

-Ya -dijo él, sonriendo-. Es culpa mía, supongo, no he sabido explicarlo bien. No importa. La sensación fue algo increíble, pero lo realmente interesante fue lo que pasó después. Imagínate que eres ciego y que poco a poco la luz va llegando a tus ojos: al principio un resplandor lejano, débil, apenas lo percibes, pero lentamente va creciendo y en determinado momento ves cuanto te rodea, nítido, sin confusión alguna. Algo así fue lo que me ocurrió.

Guardó silencio unos instantes y terminó su café.

-Soy telépata -dijo al fin.

No lo pude evitar. Empecé a reírme.

-Muy bueno, tío, muy bueno. Casi me pillas.

Meneó la cabeza.

-Hablo en serio. Puedo leer las mentes. Lo descubrí aquella misma tarde: podía seguir el curso de los mezquinos y ridículos pensamientos de Inés. Por eso la dejé, ¿comprendes? ¿Cómo seguir junto a una persona capaz de pensar esas ridiculeces, alguien con una mente tan mediocre? No podía continuar a su lado.

No dije nada.

Como una cabra, pensé. Está como una cabra. No, si va a resultar que era verdad lo que decían los curas, que el sexo te puede dejar tarado.

Y antes de que me diera cuenta oí repetir mis propias palabras en voz alta:

-Como una cabra. Está como una cabra. No, si va a resultar que era verdad lo que decían los curas, que el sexo te puede dejar tarado.

Miré a Juan. Era de su boca de donde había salido aquello, no de la mía.

-Puedes creerlo o no, no me importa, pero sé exactamente lo que estás pensando. En realidad podría hacer que te lo creyeras sin mucho esfuerzo, pero prefiero convencerte por el método tradicional. Verás, no sólo puedo leer las mentes de los demás, también puedo alterar sus pensamientos, sus emociones, sus deseos.

Volví a pensar en Eva, allí en la puerta, abrazada a Juan como si la vida le fuera en ello. No, era una locura. Tenía que tratarse de una broma pesada.

-Racional hasta el fin, ¿eh? Lo siento, pero me temo que es cierto…

Se quedó callado de repente y se llevó una mano al mentón. Yo cogí el café y eché un largo sorbo. Hacía tiempo que se había enfriado, pero no me importó. Un brillo malicioso asomó a los ojos de Juan.

-Sí, es algo que nunca he intentado, pero contigo puedo hacer una excepción. Verás, cuando manipulo a alguien, este no es consciente de que sus pensamientos están siendo dirigidos en otra dirección. Como hice con mis padres para que se quedaran a vivir en el pueblo, o con Eva para que… bueno, ya lo viste, o contigo para que no le dieses más importancia al asunto de mis padres. Pero creo que puedo hacer que lo sientas, que seas consciente de que estoy alterando tu mente. ¿Quieres probar?

-Claro, seguro -dije, fingiendo más seguridad de la que sentía.

-Muy bien, cierra los ojos.

Hice lo que me pedía, encontrándome totalmente ridículo, pero al mismo tiempo había algo que no marchaba en todo aquello, una punzada de intranquilidad, un hilillo afilado de pánico que lentamente se iba descolgando por mi cabeza.

Y de pronto lo sentí. No estaba sólo. Dentro de mi había alguien más. Sentí su presencia como una forma oscura, poderosa, amenazadora. Sí, estaba allí, y yo era completamente transparente para él: todo cuanto era, mi memoria, mis sueños, mis fantasías, mis deseos más oscuros estaban a su alcance, incluso aquella zona de la que yo mismo no era consciente, la veta de irracionalidad oculta que yo siempre había tratado de ignorar y que jamás había compartido con nadie.

-¡No, fuera! -grité, pero en realidad no dije ninguna palabra.

Sentí que algo hervía dentro de mí. Estaba siendo invadido, violado, y no podía consentirlo. Algo tomó el control de mi mente, algo que no era yo pero al mismo tiempo era tan yo como lo podía ser, y de pronto me vi convertido en una bestia salvaje, rabiosa, defendiendo con uñas y dientes su territorio.

Luego, todo pasó, tan rápido como había llegado. Abrí los ojos y vi a Juan frente a mí, sonriendo. Sin embargo, había una pequeña arruga de preocupación en su frente.

-Curioso -dijo-. Hay una parte de ti que no permitirás que nadie toque, y harás lo que sea para impedirlo. Muy curioso. Díme, ¿me crees ahora?

¿Qué podía decirle? Si él estaba loco yo también lo estaba. Pero si estaba cuerdo, ¿no era acaso peor la alternativa?

-Sí -dije-, te creo -y cada palabra me costó lo indecible.

-Bien.

Tengo un recuerdo nebuloso de las horas que siguieron. Sé que Juan habló y habló y yo escuchaba y escuchaba, incapaz de articular la menor palabra, convertido en una estatua de carne. Me contó cómo había descubierto que podía manipular las mentes: fue una de esas casualidades idiotas, en la cola del supermercado, cuando alguien se le coló. Juan dirigió una oleada de rabia contra la mujer y ésta de repente se deshizo en lágrimas de arrepentimiento y lo dejó pasar. A partir de ahí fue como vivir en una borrachera continua, me dijo, no, mejor aún, porque su mente estaba lúcida, clara. Él estaba en la cima, desde lo más alto y lo veía todo de una forma tan diáfana que para nosotros resultaba incomprensible. Empezó a utilizar su poder: pequeños caprichos aquí y allá. Un día recordó a Eva, su antigua obsesión.

-Lo demás ya lo puedes suponer -me dijo.

Creo que asentí y en ese momento sentí como si alguien me hubiera liberado de un hechizo. De nuevo podía moverme, hablar.

-¿Qué vas a hacer ahora? -pregunté.

-No lo sé. Puedo hacer lo que quiera y es una sensación tan nueva que no sé muy bien qué hacer.

Me fui poco después. Juan me despidió en la puerta, con una última sonrisa. Sin embargo, algo brillaba en sus ojos. No me gustó nada.

No lo vi durante bastante tiempo, y en ese período mi vida transcurrió en una imitación no muy buena de la normalidad. Una y otra vez pensaba en Juan, intentaba convencerme de que todo había sido mentira, una farsa, una alucinación, lo que fuera. No podía. Y a medida que iba aceptando que todo había sido verdad, algo más inquietante circulaba por mi cabeza. ¿Qué podía hacer alguien como Juan con un poder así? En realidad lo sabía, ya lo había visto: no había tenido el menor problema en usar a una persona únicamente para su satisfacción personal. En cierto modo siempre había sospechado que, tras la fachada de hombre sensible y melancólico, lo que en realidad se ocultaba era un hedonista que carecía del valor o la fuerza para vivir por su propio placer. Ahora tenía ambas cosas.

Incluso llegué a pensar en tratar de detenerlo. No fui más allá de la idea. Al fin y al cabo seguía siendo mi amigo y, qué coño, los amigos no se hacen esas cosas. Además, era una tontería, ¿cómo te acercas con intenciones homicidas a alguien que sabe lo que has decidido hacer antes que tú mismo?

Así que el tiempo fue pasando, como en medio de una pesadilla, y yo imaginaba a Juan saliendo a la calle, escogiendo algo al azar y diciendo: “lo quiero” y no importaba lo que fuese, qué tipo de cosa, qué persona, lo tendría.

Al fin, ayer me llamó y me pidió que pasara por su casa. No pensé en negarme, pero cuando subía en el ascensor en dirección a su piso era un amasijo de nervios, un revoltijo de pánico animal. Mi dedo sobre el timbre era como una novia indecisa.

Me abrió y pasé a la sala. Una taza de café me esperaba, justo a la temperatura en que me gusta tomarlo. Lo bebí, pero no lo saboreé lo más mínimo.

-¿Para qué querías verme? -pregunté.

Él sonrió, con tristeza.

-Para despedirme.

-¿Te vas? -pero tenía la impresión de que no era eso.

En efecto, negó con la cabeza.

-No, pero me temo que tú sí.

-Ya.

-Sí, ya. El otro día me preguntaste que pensaba hacer. Entonces no lo sabía, de veras, no tenía ni idea. Pero después de pensarlo un poco comprendí que no tenía muchas alternativas. Tengo este poder, ¿comprendes? Supongo que lo he tenido siempre y no lo sabía, no importa. Pero lo tengo, y cuando tienes algo no puedes evitar utilizarlo. No puedes volver a meter al genio en la botella. Así que lo usaré.

-¿Cómo?

-¿Cómo? ¿No es evidente? Puedo hacer realidad todos y cada uno de mis deseos. Eso es exactamente lo que voy a hacer. Pero hay un problema.

-Yo.

-Sí, tú. Tú sabes lo que soy. Eres la única persona. Los demás ignoran que cuando me dan su dinero o sus cuerpos lo hacen porque yo lo deseo. Tú no. Y hay algo más. Me has sentido dentro de ti, has luchado contra mí y… Bueno, hay una parte de ti que no permitirás jamás que escudriñe o que doblegue y harás lo que sea para impedirlo. Eso te hace peligroso. Lo siento.

Pero no era cierto, lo supe en aquel preciso instante, no lo sentía en absoluto.

-Podrías -dije, intentando que mi voz no sonara suplicante. No estoy seguro de haberlo conseguido-… podrías hacer que lo olvidase.

-Sí, podría. Pero no sería seguro. Fue un error entrar en tu mente y permitir que lo supieras. Manipular a los demás es fácil, ni siquiera saben que están siendo alterados, pero contigo es distinto. Por supuesto, podría funcionar, lo olvidarías, pero estaría ahí, oculto, como un depredador al acecho. Y algo podría hacerlo salir. No, no sería seguro.

-¿Y eso es todo? ¿Me llamas para decirme que vas a matarme porque quizá pueda ser peligroso para ti algún día?

-Exacto. Tengo que pensar en mi supervivencia. Eres mi amigo. Te aprecio. Pero mi vida está antes que la tuya.

-Tu vida. ¿Qué clase de vida, Juan? ¿Qué ocurrirá cuando hayas obtenido lo que deseas, cuando descubras que el mundo está lleno de títeres tuyos, que no hay nadie en quien puedas confiar, nadie…? Dios, va a ser una vida muy solitaria. Cada vez que hagas el amor con alguien será como si te estuvieras masturbando. Cada conversación que mantengas será un monólogo. Cada… Piénsalo.

-Lo he pensado. No puedo hacer otra cosa.

-No. No deseas hacer otra cosa, sé sincero al menos.

-De acuerdo, como quieras. No deseo hacer otra cosa.

Me reí re repente, pero no había la menor alegría en mi risa.

-Creí que te conocía, y lo curioso es que sí, te conocía. Porque lo que haces en el fondo no me sorprende. Sí, sabía que eras así, de alguna forma lo sabía. Ojalá me hubiera equivocado.

Se encogió de hombros.

-Esto ya ha durado demasiado. No será desagradable. Tú mismo buscarás la muerte, y su llegada resultará un alivio. Te debo eso al menos.

Me incorporé.

-¿Puedo irme?

-Sí, mañana o pasado todo habrá terminado. Adiós.

No le respondí y eché a andar hacia la puerta. Me detuve de repente.

-¿Sabes? No es cierto. No me matas porque yo sea un peligro para tu supervivencia. Me matas porque has entrado dentro de mí y has visto…

-¿Qué? -me miraba altanero, divertido, pero algo no cuadraba. Había… sí, había miedo en sus ojos.

-Tú lo sabes tan bien como yo, así que dejémonos de tonterías. Dentro de mí has encontrado algo que te incomoda, algo que en cierto modo sabes que te hace falta y no tendrás nunca y necesitas librarte de ello para seguir adelante.

-Piensa lo que quieras.

-Sí, eso haré. Durante tanto tiempo como pueda.

No dijimos nada más.

* * *

Abro los ojos. La calle sigue allí abajo, llamándome, susurrando su canción letal en un arrullo irresistible. ¿Eso es todo? ¿No hay nada más? ¿Un salto y todo habrá terminado?

Pienso en Juan una última vez. Pienso en lo que será el mundo dentro de unos años, lleno de marionetas, con él tirando de sus hilos. Me pregunto qué sentirá. ¿Se cumplirá mi profecía, se descubrirá de pronto solo en mitad de un mundo vacío en el que él es la única persona? ¿Y qué pensará entonces al descubrir que ha hecho realidad una fantasía solipsista de la que él es el único actor? O quizá no pase eso, quizá sea lo suficientemente mezquino para sentirse satisfecho con tener cuando le rodea; con no tener nada, nada aparte de sí mismo. Tal vez ni siquiera se dé cuenta de que él mismo es otra marioneta más, un títere de sus propios deseos. Quién sabe; en cualquier caso yo no lo veré. Moriré hoy.

Pero no soy una marioneta, me digo a mí mismo, al menos tengo eso. Y luego me doy cuenta de lo irónico de la situación. Si no soy una marioneta, ¿qué hago aquí en esta cornisa, deseando dar un último paso que me llevará al olvido?

Noto algo salado en la comisura de mis labios. Creo que son lágrimas. Maldita sea, maldita sea, maldita sea.

Extiendo el pie. Doy un paso. El siguiente no llega. No llegará jamás.

Publicado originalmente en Cuentos 1995-1998 (1999)
Recogido posteriormente en Laberinto de espejos (2006)

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