La reglas del juego

Un conocido (y me permitiréis que sea deliberadamente oscuro a lo largo de toda esta entrada) se ha visto en la situación de tener que elegir entre hacer las cosas del modo “correcto” o hacer trampas y conseguir lo que deseaba “bajo cuerda”.

Su primer impulso era ir por “lo legal”, lo fetén, seguir las reglas como un buen ciudadano. El problema es que hacer eso implicaba sufrir un abuso de poder considerable, por no mencionar que lo habría dejado en una situación enconómica más bien problemática. Así que ha optado, pese a que habría preferido no hacerlo, por la otra opción.

Se siente mal. Tiene la sensación de haber hecho trampa.

Y sin duda así ha sido, si somos estrictos: no ha jugado según las reglas, se las ha saltado y ha ido por libre. Así que sí, ha hecho trampa.

Sin embargo, cuando las reglas del juego están establecidas de antemano y no tienes ningún poder de decisión sobre ellas (no son negociables, las cosas están como están y lo tomas o lo dejas) y, sobre todo, cuando no jugar no es una opción porque entonces te quedarías sin un servicio básico necesario para tu vida diaria… ¿qué puedes hacer? ¿Agachar la cabeza y aguantarte? ¿Entrar armado con un Winchester en casa de esos tipos y liarte a tiros? ¿Enviar una queja al parlamento y mientras tanto joderte y aguantarte? ¿O hacer trampa y hacer las cosas bajo cuerda?

¿Cuánto de toda esa “cultura de la picaresca” que parece caracterizarnos a los españoles es fruto de nuestro carácter y cuánto de un sistema abusivo que no nos deja más salidas que elegir entre reventarlo todo y hacer trampas? Cuando los políticos legislan para las grandes empresas y crean leyes a medida para beneficiar a amiguetes, multinacionales y tiburones… ¿está legitimado el no jugar según sus reglas?

No tengo respuesta a ninguna de esas preguntas, me temo. De hecho, cuanto más pienso en ello, lo único que viene a mi cabeza es una frase del preámbulo de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos: “cuando una larga serie de abusos y usurpaciones, dirigida invariablemente al mismo objetivo, evidencia el designio de someter al pueblo a un despotismo absoluto, es su derecho, es su deber, derrocar ese gobierno”. O, a veces, cuando eso es extremadamente difícil, ¿es nuestro derecho y nuestro deber no jugar con las reglas y hacer trampas teniendo siempre en mente que la trampa original la pusieron ellos?

Como digo, no tengo respuestas. Sin embargo, a veces…

2 comentarios

  1. Esa es una serie de preguntas que tambien me he hecho muchas veces, pero la respuesta me vino de un libro que me parecio una obra maestra: “El Manantial”, de Ayn Rand. Si no lo has leido desde luego es recomendable. Tambien hay una peli, que merece la pena, con Gary Cooper y Patricia Neal (actores como estos ya apenas los hay, que lastima).

    Como perlas muy valiosas, el discurso final del personaje.

    En espanol:
    http://www.youtube.com/watch?v=bSnOLJOJm64

    En ingles:
    http://www.americanrhetoric.com/MovieSpeeches/moviespeechthefountainhead.html

  2. Para mi es “El Manantial de Vidor”, lástima, no he leido el libro de Rand, pero la peli es uno de esos clàsicos que nunca defraudan, lo revisites las veces que lo revisites, lo que cuenta, es intemporal, siempre estará fresco.

    La opción del Winchester no me parece nada descabellada.Sería lo que vulgarmente se conoce como “darse un gustazo”.Lo siento, pero a veces lo pienso.

    Saludos

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