Manías de lector

Iba  empezar esto diciendo que hay dos tipos de escritores, lo cual es mentira. Lo más probable, de hecho, es que haya tantos tipos como escritores.

Sin embargo, aceptemos por un momento la simplificación.

Dos tipos de escritores, decía. A los que llamo “el escritor Hemingway” y “el escritor Faulkner”.

¿Las diferencias?

Bueno, el primer tipo de escritor intenta ser transparente. Está ahí, por supuesto que lo está, y es su personalidad la que guía la historia y el modo en que ésta se desarrolla. Pero trata de resultar invisible, o al menos de parecerlo, de modo que nada se interponga entre el lector y la historia que se le está narrando.

El segundo, por el contrario, está visible en todas y cada una de las palabras que ha puesto en la página y es una presencia constante y permanente que acompaña la lectura.

Y, a medida que pasa el tiempo, confieso que cada vez prefiero más el primer tipo que el segundo. Con el paso de los años, cada vez llevo peor tener que leer un libro con la sensación de que todo el rato hay un tipo mirándolo por encima de mi hombro y diciéndome a cada frase “a que lo he hecho bien, a que molo, a que soy la hostia”. Supongo que me vuelvo irritable a medida que me hago mayor, pero la intromisión del autor en lo que estoy leyendo cada vez me resulta más molesta.

Sí, sonaré anticuado, pasado de moda y seguro que hasta periclitado. Pero quiero un autor al que no note, un autor que sea totalmente invisible. Un tipo que escriba tan bien, de hecho, que yo no sea capaz de notar lo bien que lo hace. Cuyo dominio del estilo sea tal que yo sea incapaz de percibir estilo alguno. Alguien que, en definitiva, sea un narrador tan excepcional que me meta en la historia sin darme ni cuenta y no me deje salir de ella hasta que haya acabado. Un tipo, en suma, que ponga todo su talento al servicio de lo que está contando.

En cambio, el otro tipo, ése que necesita brillar en cada frase, que necesita continuamente demostrar que está ahí y lo bien que lo hace, que parece estar todo el rato pidiendo mi aprobación y, a veces, hasta mi adoración… me temo que cada vez me resulta más irritante, insufrible y cargante.

12 comentarios

  1. Mil perdones por la intromisión en tu blog, Rudy, pero…

    Tú sabes algo de los alegatos de la periodista suprimido apoyados por Asshai.com respecto a la acusación de que Minotauro está estafando a los autores???

    Desde Asshai incluso se ha creado una iniciativa burlesca llamada Concurso Teseo para difundir el ideal anti-Minotauro y proclamar lo que ellos catalogan como hipocresía por parte de esta editorial.

    Acabo de ver que los enlaces del blog de Rafa están bien puestos, ahí aparece el cómo empezó todo esto que ahora mismo empieza a extenderse incluso por Facebook a toda velocidad.

  2. Supongo que es una cuestión de pura mediocridad. El mediocre está encantado consigo mismo, casi incrédulo ante el hecho de haber podido escribir algo publicable.

    Todo esto lo digo teniendo en cuenta que no soy escritora, ni tengo conocimientos para hacer crítica literaria. Es sólo la opinión de una lectora común y corriente que, posiblemente, ni siquiera tenga buen gusto ni sepa apreciar lo que verdaderamente hay que apreciar.

  3. Juan Marsé decía algo así: “Aspiro a que mi prosa sea de cristal, transparente”. Más adelante, en la entrevista, añadía: “Cada vez desconfío más de los artificios literarios”. Suscribo sus palabras y también las tuyas, punto por punto. Lo que pasa es que en este país sin tradición narrativa, se valora al prosista, no al narrador. Así tenemos la mediocre literatura que tenemos.

  4. Supongo que algo de eso hay, César.

    La preocupación por la narrativa, por ser un narrador, parece estar circunscrita en este país a la literatura “popular”, “de género” y, por tanto, la conclusión a la que se llega es que preocuparte por ser un narrador competente es hacer “subliteratura”.

  5. Ehm… Ya sé que no tiene mucho que ver con el tema, pero me gustaría, si no es mucha molestia, que se quitase mi nombre auténtico del comentario de Juanjo. Más que nada porque no estoy usando mi nombre ni mi profesión para atacar a Minotauro, y el comentario de Juanjo, que sé que lo ha hecho con la mejor intención del mundo, puede traerme muchos quebraderos de cabeza.
    Un abrazo

  6. Ay. Hola, Mar. O sea que tú eres la periodista esa?

    Entonces, si te he perjudicado, de verdad que lamento mucho lo sucedido.

    Nos hemos ido enterando de todo este fin de semana y parece que el tema era mucho más sencillo que la polémica aparente.

    Por mi parte, prometo que nada más lejos de mi intención que poner tilde a un asunto que creíamos que era más complejo. Mi comentario por supuesto puede borrarse sin mayor problema y espero que ese malentendido con Minotauro llegue a buen puerto, sea como fuere.

    Atentamente.

  7. La cuestión es que yo no tengo ningún malentendido con Minotauro, o al menos no lo tenía hasta el momento. Si ahora creen de mí que me dedico a intentar por todos los medios perjudicarles, entonces supongo que sí. Pero no es cierto, ni he intentado perjudicar a la editorial, ni por supuesto he intentado emprender ninguna campaña en contra de ella o de su premio, ni mucho menos he utilizado mi profesión como trampolín para ello. Soy una periodista seria, no una buscapleitos. Y la menos interesada en pelearme con Minotauro soy yo.
    Si algo se dijo de Minotauro, y puedo asegurar que no fui yo quien “acusó” a nadie de estafar a nadie, fue, como se suele decir, “en el calor del momento”. Pero desde luego nadie ha intentado orquestar campaña alguna contra la editorial, ni mucho menos desde los medios de comunicación, ni mucho menos yo. Y la web a la que haces referencia en ningún momento ha tenido ABSOLUTAMENTE nada que ver con un premio que se creó en otra web y que se creó, además, con el único afán de fomentar la literatura. Sin más objetivos ni intereses ocultos ni nada por el estilo.
    Me gustaría saber de dónde has sacado esa idea, la de que yo personalmente estoy haciendo algo así desde mi puesto de trabajo. Y, ya puestos, me gustaría saber de dónde has sacado mi nombre.
    Un saludo

  8. No creo que sean categorías excluyentes. Al menos para un lector. Puedo entender que un escritor se reafirme en lo que cree, en las que son sus armas literarias y el camino por el que decide ir. Ha ocurrido siempre, y en todas las ramas del arte: autores que han cerrado puertas que no eran las suyas. Pero creo que como espectador puede disfrutarse de todo tipo de literatura, como de música: Richard Strauss no tenía más razón que Alban Berg al componer óperas tonales (más fáciles de “seguir”, más en teoría “naturales” al oído), y el tiempo ha dado la razón al segundo, que ya no asusta, ni los espectadores patalean en sus conciertos ni lo abuchean, como nadie escupe a Picasso ni a Rothko porque conciban la pintura de una manera muy personal y diferente.

    Naturalmente que hay mucha “mierda de artista” enlatada y vendida como “algo diferente”, pero creo que hay que separar grano y paja. No veo la necesidad de que los caminos literarios tengan que confluir en un única dirección, ni que haya que denostar toda la escritura que se aparte de ahí, porque será pedante, ególatra o algo peor.

    El asunto es además complicado, porque, rizando el rizo: ¿Faulkner es un “escritor faulkneriano”? ¿Siempre? No creo que a nadie le cueste seguir la trama de “Luz de agosto”, una de las mejores novelas de todos los tiempos, ni tampoco la de “Santuario”. ¿Y el esfuerzo que hay que hacer para “Mientras agonizo” merece la pena? Para mí, sí. Rotundamente sí. Aunque la primera vez que intenté leer la novela, abandoné.La siguiente, la terminé, y ni fu ni fa. Hace unos meses me sorprendí llorando cuando cerré la última página, algo que me ha pasado pocas veces con un libro.

    Como a tanto Rudy como a César (si me permitís el tuteo) les he leído comentarios muy favorables sobre McCarthy y “La carretera”, les preguntaría: ¿y el McCarthy tan faulkneriano de “Sutree”, qué hacemos con él? McCarthy es McCarthy en ambas obras, aunque en la primera sería “autor hemingway” y en la segunda, “autor faulkner”. ¿Y qué hacemos con “Meridiano de sangre”, que es ambas cosas al mismo tiempo, la leemos o no, es válida o no?

    Estoy plenamente de acuerdo en la claridad y transparencia. Pero es que, para mí, Picasso y Alban Berg lo son, muy transparentes, aunque requieran un esfuerzo. O de otra manera: a lo mejor tengo que aprender algo de japonés y de la cultura nipona para entender el teatro de aquel país, porque a mis ojos occidentales todo resultará confuso y artificioso.

    Algo de esto comento también en la reseña de “Antifuente”, escritor del “lado oscuro” (como te menciono a ti, Rudy -no mal, no saques por ahora la recortada :)-, también lo digo en este lugar).

  9. Como escritor tengo mis métodos y preferencias, evidentemente, pero ni borracho se me ocurriría pretender que esos métodos y preferencias deban ser un estándar.

    No, en el post estoy hablando de mis preferencias como lector (que lógicamente, coinciden en buena medida con mis preferencias como escritor, cierto) y de que me molestan no los autores que tienen una voz personal, sino aquellos que parecen estar exigiendo que les digas lo bien que lo han hecho en cada línea. Sé que es algo muy subjetivo, evidentemente. Pero, vamos, más o menos lo que comento de tener todo el rato la sensación de que el autor está leyendo la novela a la vez que tú y a cada línea se vuelve hacia ti y te dice: “¿A qué lo he hecho bien, a que molo, a que soy la hostia, la caña de España y el azote del rock?”.

    No obstante, tus matizaciones son pertinentes, sin duda. Y, con matices, coincido más o menos con ellas.

    (En cuanto a lo de la recortada -en mi caso más bien el winchester, es lo que tiene tener querencia por el western-… bueno, he leído tu post y no acabo de ver el motivo por el que debería sacarla. No obstante, si es un capricho, encantado de complacerte. ;-) )

    Un poco al margen del tema del post, pero relacionado en cierto sentido, recuerdo ahora una entrevista que leí el otro día con un escritor (no diré el nombre, aunque mencionaré que es asturiano y que parecer tener una respuesta más que positiva de la crítica a nivel nacional) donde terminaba diciendo algo como que “la literatura no debe entretener, para eso ya están el cine y la televisión”. Ciertamente me pareció, por un lado ofensivo hacia los medios audiovisuales (como si éstos no fueran capaces de proponer reflexiones tan potentes y profundas como la mejor literatura) y, sobre todo, me pareció triste.

    Y digo “triste” porque pensar eso me parece haber perdido el norte. Claro que la literatura debe entretener. Antes que cualquier otra cosa debe proporcionarle placer al lector. La buena literatura, además de eso, le proporciona muchas otras cosas, pero por encima de todo, antes que nada, yendo a las raíces de la literatura, a su significado más primigenio y primitivo (que creo que no debería perderse nunca) su propósito es entretener: captar la atención del lector y no soltarla hasta que terminas de narrar.

    La metáfora de Sherezade, que creo que alguna vez he comentado me parece perfecta para definir lo que creo que debe ser un escritor: tu vida depende de que el cuento que estás inventando le guste al sultán.

  10. En eso sí coincido. La percepción del escritor en España (y ahora está cambiando)es la de que para ser tomado en serio, debe tomar su labor como de “oficio de tinieblas”, parafraseando el denso título de un Nobel (para mí) sobrevalorado. No deja de ser curioso que para muchos el paradigma del escritor fuera Umbral, alguien que despreciaba la trama, el argumento, en favor de un preciosismo lingüístico, del estilo puesto al servicio de humo. Y sin complejos, él y los que son fieles a esa manera de entender la literatura, encantados de que sea así. Si hubiéramos tenido la inmensa suerte de haber contado con un Poe, un Stevenson o un Lovecraft españoles, estarían encerrados en algún capítulo aparte de la historia de la literatura, como curiosidades. Supongo que por ahí es por donde va tu comentario.

    Como curiosidad, hace unos meses, en un corrillo literario (que suelo evitar) me preguntaron por las novelas que consideraba mejores y más “profundas”, más “filosóficas”. Les decepcionó mi respuesta. Mencioné Moby Dick y La isla del tesoro como ejemplos. Creo que pocas personas en otro país se habrían sorprendido.

  11. Coincidimos en la sobrevaloración del Nobel español (y has conseguido que recordara su “Oficio de tiniebas 5”, con lo que me había costado olvidarla) y, sin duda, en el tema de que parece haber una obsesión por el “estilo” (lo entrecomillo porque siempre he pensado que el verdadero estilo es algo que más que el puro dominio del lenguaje) sobre cualquier otra cosa.

    La peripecia, la trama, el desarrollo de unos personajes, la estructura, el ritmo, no parecen importar en tanto tengas “estilo”.

    Como si se hubiera olvidado que el novelista debe ser, primero, un narrador, y luego todo lo demás.

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