Trilogía del Imperio: El inicio de la madurez (y 3)

Individualismo

Como hemos visto, estas tres novelas son algo más que tres historias de aventuras galácticas. Asimov plantea tres situaciones de opresión para hacer una reflexión política y moral que aún hoy, más de cincuenta y siete años después, no ha perdido vigencia.

En novelas posteriores, abandonaría el componente político para centrarse en el social y cabe preguntarse qué habría hecho de no haber dejado en 1957 la narrativa en favor del ensayo.

Pese a su origen ruso, Asimov es un autor netamente americano, tanto en su ideología como en sus actitudes. No sólo por ese cientifismo optimista del que a veces se le ha acusado (injustamente, en mi opinión; siempre fue consciente de los peligros que la ciencia sin moral podía desencadenar sobre el mundo) sino por el evidente individualismo que marca casi toda su obra y que comparte con otros autores de ciencia ficción de su época.

Quizá el caso más claro sea Robert A. Heinlein, que con los años hizo de ese individualismo exacerbado una suerte de bandera ideológica y literaria que, en Europa (y especialmente en España) se ha confundido a menudo con fascismo. Es uno de sus personajes-fetiche, Lazarus Long, quien lleva eso a su extremo, combinado con un darwinismo social que no deja de ser tramposo y bastante falso: Lazarus es partidario de que el estado no se meta en los asuntos de la gente y que las cosas se autorregulen, pero lo es porque el autor ha cargado las tintas con él y lo ha convertido en una suerte de superhombre al que todo le sale bien y que siempre tiene éxito en su empeño. En esas condiciones, desde lo alto de la pirámide, es muy fácil ser darwinista social y pedir que el Estado no se entrometa en tus asuntos. En cierto modo, la actitud ideológica de Heinlein no deja de ser la pataleta de un adolescente prepotente que quiere salirse siempre con la suya. Sin negar sus méritos como escritor, y aceptando que cuando quería era un buen narrador, Heinlein nunca maduró ideológicamente, algo que se fue notando cada vez más con el paso del tiempo.

Asimov, en cambio, no menos individualista, no cae en esa trampa. La visión política y social que tiene del mundo es mucho más coherente y, a la larga, resulta mucho más arriesgada y radical que la de su colega. Su repulsa de cualquier tipo de control paternalista (patente en El fin de la Eternidad, pero también en Las corrientes del Espacio o en algunos momentos de Los propios dioses), su negativa a caer en un maniqueísmo fácil de buenos contra malos, su empecinamiento en ver siempre los dos lados de un problema y no dar por sentada la moralidad superior de los oprimidos respecto a sus opresores, la aparente sencillez con la que es capaz de diseccionar situaciones realmente complejas o el modo en que es capaz de crear espejos sociales sencillos pero eficaces en los que nos podemos ver reflejados sin problemas… todo eso lo convierten en uno de los autores más “cañeros” ideológicamente de la etapa clásica de la ciencia ficción.

Nunca perdió de vista que escribía para un público (lo que, en su caso, no siempre fue del todo bueno: buscando la máxima difusión en ocasiones abandonó experimentos literarios que tal vez le habrían sido satisfactorios), así que jamás permitió que la ideología ahogase la narrativa. Si algo son las novelas de Asimov, son buenas historias, bien tramadas y bien llevadas. Al contrario, una vez más, de lo que pasa en la obra de Heinlein (donde a menudo el ritmo narrativo se ve interrumpido por largas parrafadas en los que los personajes predican y pontifican hasta quedarse a gusto), la especulación social, ideológica o política que hay enhebrada en estas tres novelas lo está tan bien que a menudo pasa desapercibida.

Pero está ahí. Y va dejando su poso.

Algunas anécdotas

Un guijarro en el cielo (al igual que El fin de la Eternidad) parte de una novela corta anterior que Asimov intentó, sin éxito, colocar en una revista. Algún tiempo después y por intermedio de Frederick Pohl, que entonces actuaba como su agente, la envió a Doubleday, quienes aceptaron publicarla si hacía algunos cambios. No sólo hacerla más larga y cambiar la estructura, como ya hemos comentado, sino eliminar un prólogo y un interludio en los que adoptaba un tono pedante y bastante pretencioso (de erudito en ciernes, podríamos decir) que, afortunadamente, no ha vuelto a asomar la nariz en la obra asimoviana (salvo en las divertidas parodias de la tiotimolina, donde el tono pedante venía como anillo al dedo). El propio autor se preguntaba, años más tarde, por qué había escrito aquello y qué demonios pretendía. Para los curiosos, estas versiones primitivas de Un guijarro en el cielo y El fin de la Eternidad (junto al relato “Creencia”) pueden encontrarse en Cuentos paralelos.

En Polvo de estrellas hay una subtrama sobre un documento tremendamente peligroso y muy antiguo (de antes de que los hombres salieran al espacio) que podría ser clave para la libertad de la Galaxia. Ese documento (que en realidad no tiene relevancia alguna para la historia que se nos está contando y que funciona más como un macguffin a lo Hichtcock que otra cosa) es nada más y nada menos que la Constitución de los Estados Unidos. Asimov introdujo esa subtrama en la novela a petición de Horace L. Gold, aunque siempre la encontró superflua e innecesaria. Accedió a ello porque Gold iba a publicar la novela serializada en su revista, antes de la aparición en forma de libro, y a Asimov no le gustaban los enfrentamientos con las personas con las que se sentía en deuda. Su intención era eliminarlo posteriormente, pero en Doubleday decidieron que estaba bien y que no era necesario y Asimov acabó cediendo.

Esa subtrama, que a Asimov nunca le gustó, unida al hecho de que Doubleday le hizo reescribir el principio de la novela varias veces, han hecho que Polvo de estrellas sea, de todas sus novelas, la que menos le ha gustado siempre al propio Asimov.

Un momento que, visto hoy, cincuenta y seis años más tarde, no puede por menos de despertar la hilaridad, es ver a Biron Farril consultando libros y libros y haciendo complicados cálculos a mano antes de dar el salto al hiperespacio. “Los cálculos son demasiado complejos para que los haga una computadora”, dice en determinado momento.

En las ediciones en inglés de esta Trilogía del Imperio, el orden de las novelas suele ser Las corrientes del espacio, Polvo de estrellas y Un guijarro en el cielo. Y, de hecho, el propio Asimov consideraba que ése era el orden correcto, tal y como afirma en el prólogo de Preludio a la Fundación. Sin embargo, si uno le echa un vistazo al escenario, es fácil ver que las cosas no terminan de encajar usando ese orden. En Polvo de estrellas no hay mención alguna a Trántor, lo que podría indicar que aún no era una potencia relevante en la galaxia; y, por otro lado, la Tierra aún es recordada como planeta original de la humanidad y es un mundo con cierta importancia y prestigio. En Las corrientes del espacio, la Tierra es un mundo provinciano y poco relevante y pocos dan crédito a esa idea de que es el mundo de origen; Trántor ya aparece en la historia, por otra parte. Para mí siempre fue evidente que el orden correcto era situar Polvo de estrellas antes que Las corrientes del espacio.

Un guijarro en el cielo y El fin de la Eternidad han sido publicadas en inglés en un solo volumen en alguna ocasión, bajo el título común de Los dos extremos del tiempo y la Tierra.

Asimov parecía sentir cierta fascinación por las mujeres grandes y robustas. No sólo por la Valona de Las corrientes del espacio, sino por otros personajes femeninos que se ajustan a esas características, como la Sura Novi de Los límites de la Fundación. También suelen ser mujeres dominantes y protectoras, que cuidan de hombres inteligentes pero, en cierto modo, infantiles. De hecho, en sus últimas obras acaban convirtiéndose en protectoras del macho, además de pareja, como es el caso de Dors en Preludio a la Fundación y Hacia la Fundación, que casi parece la sublimación de una fantasía del autor: por un lado las leyes de la Robótica se encargan de que sea una compañera devota y una amante siempre complaciente y al ser físicamente indestructible es la guardaespaldas ideal.

“Earthie”, el término despectivo que los imperiales usaban para referirse a los terrestres en Un guijarro en el cielo, ha tenido varias traducciones distintas en nuestro idioma. Quizá la más imaginativa (aunque no muy eufónica) ha sido la de “terrerindia” que se usó hace unos cuantos años. “Terraqueja”, término que también se ha usado, no le iba muy a la zaga.

En estas tres novelas, la Tierra es un planeta radioactivo, en diversos grados. De hecho, en Un guijarro en el cielo al planeta le queda poco para volverse inhabitable. El motivo que siempre se menciona para ello es la guerra nuclear, algo lógico teniendo en cuenta que estas novelas están escritas en los años cincuenta, en plena guerra fría. Años después, cuando Asimov decide unir sus dos series más famosas, Robots y Fundaciones, tiene que ser coherente con dos situaciones aparentemente contradictorias: una tierra radiactiva en el futuro lejano y la ausencia de una guerra nuclear, porque para entonces Asimov tenía muy claro que una verdadera guerra con bombas atómicas habría vuelto inhabitable el planeta en un plazo breve. Terminará resolviendo la contradicción en Robots e Imperio que, pese a no ser una novela memorable en casi ningún aspecto, cuenta con dos o tres de las mejores especulaciones de Asimov. No sólo el modo en que consigue una Tierra radiactiva sin guerra nuclear y la manera en que lo acaba usando para justificar el posterior escenario galáctico, sino por la forma en que los robots terminan desarrollando la ley Cero de la robótica.

Conclusión

Crecí con las historias de Isaac Asimov (aunque curiosamente su primera novela fue la última que leí) y durante muchos años fue uno de mis autores favoritos. Aún hoy lo sigo considerando un buen narrador y varios de sus cuentos siguen estando entre los mejores relatos de ciencia ficción que he leído.

Durante muchos años (a medida que la infancia iba dejando paso a la adolescencia y ésta a la edad, no sé si llamarla madura, que viene después) disfrutaba de sus historias sin más, y quizá me complacía con algunas de sus especulaciones científicas, o con sus enigmas siempre limpios y bien resueltos, pero el contenido ideológico de su narrativa no me era evidente. Tuvo que pasar algún tiempo para que fuera consciente de él.

Aunque sospecho que incluso cuando no lo veía, estaba teniendo su efecto en mí.

Por eso, y por muchas otras cosas, siempre estaré en deuda con Asimov. Escribir cosas como este artículo es un modo de intentar pagarla. Aunque, me temo, es un intento condenado al fracaso.

Publicado originalmente en Trilogía de Imperio (Bibliópolis, 2007)

3 comentarios

  1. Robert A. Heinlein nunca ha sido santo de mi devocion, pero me parece que le dedicas demasiado espacio en este articulo sobre la “Trilogia del Imperio”. ¿No estarán asomándose tus neuras y filias?. Cosa inevitable pro otra parte.

  2. Supongo que al leerlo en 3 dias he perdido un poco la perspectiva, pues veia la tercera parte como una unidad en si misma, no como parte de una totalidad.

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