Trilogía del Imperio: El inicio de la madurez (2)

¿Novelas de transición?

Pero no estamos aquí para hablar de la última etapa de Asimov como escritor (en la que, como he dicho, aún hay algunos hitos destacables pese a todo) sino del inicio de su etapa de madurez, a principios de los años cincuenta. Ésta llegaría algo después, con la publicación, a mitad de la década, de Bóvedas de acero y El fin de la Eternidad. Allí (sobre todo con la segunda) Asimov alcanza su mejor momento como novelista, que culmina un par de años más tarde con El sol desnudo, justo antes de su semi-retiro del género.

Unos años antes, había escrito precisamente las novelas que ahora nos ocupan, con las que daría el salto definitivo del relato a la novela.

En cierto modo, estas tres novelas que componen lo que se ha dado en llamar el Tríptico o Trilogía del Imperio son obras de transición. Son el proceso de conversión de cuentista en novelista, podríamos decir, y anticipan algunos detalles de sus obras de madurez, al mismo tiempo que mantienen bastantes elementos de su etapa como escritor de relatos.

Quizá el término “obras de transición” pueda llamar a engaño, pues sugiere que estas novelas son artefactos construidos a medias, producto de un novelista bisoño que no está aún muy seguro del terreno que pisa.

Nada más lejos de la verdad: estructural y argumentalmente son novelas perfectamente construidas donde la trama está dosificada de un modo adecuado y la historia va fluyendo de forma natural hasta su conclusión. Como comentaba antes, el paso de Asimov del cuento a la novela fue algo paulatino: a medida que pasaba el tiempo sus historias iban siendo más largas y más complejas, de modo cuando llegó el momento de escribir una verdadera novela, fue simplemente dar un paso más en un proceso que llevaba años en marcha.

En lo que sí que son deudoras estas tres primeras novelas de su etapa anterior es en la ambientación. Un guijarro en el cielo, Polvo estelar y Las corrientes del espacio son, en cierto modo, space operas, historias de intriga política en un entorno de grandes potencias galácticas que remiten a los momentos más pulp del género.

No es casual que Trántor (como Imperio Galáctico en una y como la principal potencia de la galaxia en otra) tenga una presencia considerable en Un guijarro en el cielo y Las corrientes del espacio. Era un escenario que Asimov llevaba años utilizando, no sólo en sus historias de la Fundación, sino en otros relatos como “Fraile negro de la llama” (pese a que no es consistente con la continuidad del resto del ciclo imperial) o “Callejón sin salida”. En Polvo Estelar no se menciona Trántor, pero normalmente se ha asumido que, simplemente, el imperio estaba entonces en embrión y no era una potencia a considerar en la política galáctica.

A partir de Bóvedas de acero, Asimov abandona los grandes escenarios galácticos y la ambientación de ópera espacial de sus tres primeras novelas. En Bóvedas de acero, El fin de la Eternidad y El sol desnudo asistimos a la disección de tres sociedades disfuncionales que llevan al extremo determinadas tendencias humanas: el hacinamiento extremo en la primera, la castración emocional y la obsesión por el control en la segunda, y el aislamiento del mundo exterior y de los demás en la tercera. Aunque nunca ha sido visto así ni por crítica ni por público, estas tres novelas componen otra suerte de tríptico temático en el que Asimov, por un lado, alcanza la madurez como novelista y, por el otro, lleva a su culminación su tendencia a la especulación social (casi diríamos que sociológica) usando el pasado —o el presente— como espejo sobre el que proyectar el futuro. O quizá al revés.

Algo que ya hace en la Trilogía del Imperio; nombre que, por otro lado, no termina de describir correctamente este primer ciclo de novelas. Como decía antes, Trántor ni siquiera es mencionado en una de ellas y, aunque ya es un Imperio incipiente en la otra, aún no domina toda la galaxia. Es en Un guijarro en el cielo donde nos es presentado como un enorme Imperio Galáctico en su etapa de mayor esplendor.

Sociedades oprimidas

Si algo caracteriza al Asimov de los años cincuenta es, precisamente, su preocupación por la especulación social. Eso queda muy claro a partir de Bóvedas de acero, como ya he comentado, pero está presente y no en un grado pequeño, en sus tres novelas anteriores.

A primera vista son simples novelas de intriga (género que Asimov cultiva casi desde sus inicios, ya sea con ropaje de ciencia ficción, ya con apariencia de novela policiaca) en un escenario galáctico. Hay conspiraciones, hay tramas ocultas, y hay personajes que tratan de desvelar esas conspiraciones y esas tramas ocultas. La acción, como es habitual en Asimov, sucede en buena medida entre bastidores: casi nunca contemplamos directamente los grandes escenarios en los que transcurren estas historias o asistimos a las grandes acciones de los Imperios. Sabemos de ambos por lo que los personajes se cuentan unos a otros, haciendo del diálogo una herramienta narrativa que, con el tiempo, se convierte en una de las marcas de fábrica más características de Asimov: la peripecia se va minimizando hasta llegar un momento que sus novelas son una sucesión de confrontaciones dialécticas a través de las que se va desvelando la trama.

Quizá Polvo de estrellas sea la novela que mejor se ajusta a los cánones del space opera: en ella se recorre media Galaxia, buscando un planeta oculto que podría traer la libertad a los oprimidos mientras los “malos” van pisando los talones a los personajes centrales. Malos que, como suele ser habitual en la obra de Asimov, quizá no lo sean tanto y que, de hecho, en algunas ocasiones acaban resultándole más simpáticos al lector que los supuestos protagonistas. A través de media galaxia, los personajes son zarandeados de un lugar a otro en busca de algo que ha estado, como no podía ser menos, delante de sus narices todo el tiempo.

Tanto Polvo de estrellas como Un guijarro en el cielo y Las corrientes del espacio, son intrigas de carácter claramente político y, en realidad, exponen a nuestros ojos ciertas situaciones (de ese modo que sólo la buena ciencia ficción permite) que no nos son para nada ajenas.

En las tres novelas se nos presenta una situación de opresión de un pueblo por parte de otro y narran, de modo distinto y en distintos grados, parte de la lucha de los oprimidos por liberarse del yugo que los tiene esclavizados.

Quizá la más maniquea de las tres sea precisamente Polvo de estrellas, donde tiranos y luchadores por la libertad están delineados de un modo más arquetípico y evidente. Pero incluso en ella hay espacio para la duda y la ambigüedad y, como ya he comentado antes, Asimov se cuida mucho de cargar las tintas en los personajes que pertenecen al bando de los opresores. De hecho, Simok Aratap, que podría haberse convertido con facilidad en un malo de opereta, nos es presentado como un individuo sensato, inteligente y con sentido del humor (características de las que está mucho mejor dotado que el protagonista) que, simplemente, está buscando lo mejor para su patria. Y, aunque no vacilará en destruir a quien se interponga en su camino, llegado el caso preferirá buscar una solución de compromiso que no suponga un derramamiento inútil de sangre. Seguro que no lo hace por un compromiso ético, sino por puro pragmatismo, pero incluso en eso se nos revela mucho más creíble (y nos resulta más fácil empatizar con él) que Biron Farril, el “heroico” personaje central de la novela.

En Las corrientes del espacio Asimov acude al pasado para darle consistencia al futuro que imagina, como ya había hecho en la saga de las Fundaciones. La situación de dominación del planeta Sark sobre Florina está tomada sin duda de la época de mayor esplendor del Imperio Británico, cuando la India era la principal joya de la corona. Y el paralelismo es mayor aún, ya que lo que le da a Sark su puesto destacado entre las potencias galácticas es un cultivo que sólo se da en Florina y que los sarkitas controlan. Lo curioso de esta historia (que tiene, por aquí y por allá, sus momentos un tanto descabellados, algo que el propio autor reconoció alguna vez) es que uno de los personajes centrales podría ser descrito, de acuerdo a la definición actual, como un terrorista fanático. Convencido de lo justo de su causa (liberar al pueblo de Florina de la opresión sarkita) no dudará en seguir adelante hasta las últimas consecuencias ni en sacrificar inocentes por el bien de su causa. Y, sin embargo, en ningún momento es simple, de una sola pieza o maniqueo. Al contrario, se trata de uno de los mejores personajes de la novela y, pese a todo lo que hace a lo largo de ella, uno no puede evitar sentir compasión hacia él cuando al final su victoria se revela pírrica y amarga.

La situación que se describe en Un guijarro en el cielo también está tomada de nuestro pasado, concretamente de la que sufría Palestina en el siglo I bajo la dominación romana, algo que se nos hace evidente en cuanto Joseph Schwartz, el personaje con el que arranca la historia, empieza a conocer y comprender la sociedad a la que acaba de llegar. Salta a la vista en cuanto contemplamos esa Tierra atrasada y orgullosa, poblada de intrincadas tradiciones y gobernada por una especie de Sanedrín fanático e imbuido de la superioridad de su pueblo. Apasionado de la historia, Asimov ha tendido a utilizar con cierta frecuencia el pasado como base para construir su futuro, y en este caso concreto se acerca a un momento de nuestra historia que a él, como judío, debía tocarle muy de cerca. Al fin y al cabo, es en ese momento, el siglo I de nuestra era, tras la revuelta judía, la destrucción del Templo de Salomón y el esparcimiento de los judíos por distintos lugares del Imperio cuando comienza la diáspora hebrea, con todas las consecuencias que traerá con el correr de los siglos.

Habría sido fácil, tentador tal vez, presentarnos una Tierra oprimida por un Imperio Galáctico malvado e ineficaz, y a los terrestres como apasionados luchadores por la libertad con la razón de su lado. Al renunciar a hacer eso y mostrarnos la situación desde ambos lados, vemos varias cosas. Como que, con todos los problemas que conlleva una burocracia de tamaño galáctico, el Imperio que nos presenta es una herramienta de gobierno funcional y, a largo plazo, más justa que otras. O que la sociedad terrestre, aunque pueda tener sus razones para sentirse agraviada y oprimida, está gobernada por un provincianismo supersticioso y cerril. Temerosos como están de perder su identidad cultural como pueblo, la reacción inevitable es que acaban considerándose superiores al resto de la humanidad. Cierto que el Imperio no está libre de culpa en esta situación: las cosas no surgen de la nada y la situación de opresión existe o cuando menos ha existido. Y sin duda los prejuicios anti-terrestres existen en la galaxia (aumentados con el tiempo, en buena medida, a causa de la propia actitud de los terrestres, en una pescadilla que se muerde la cola que ha sucedido demasiado a menudo en nuestra historia). Pero si a lo largo de la novela uno tiene que alinearse con alguien, no lo hace precisamente con la Tierra, dispuesta en su orgullo a exterminar al resto de la Galaxia con tal de estar de nuevo “en la cima”.

Se podrían extraer muchas conclusiones de este escenario y esta historia. Incluso se podrían aplicar algunas lecciones a la historia española reciente, y a ciertos nacionalismos tribales y xenófobos que se inventan un pasado glorioso que nunca existió para apuntalar un presente en el que no se sienten seguros de su propia identidad como pueblo. De hecho, es posible que la lectura de Un guijarro en el cielo en algunas escuelas de este estado fuera altamente recomendable.

Como sin duda lo habría sido entre buena parte de la comunidad judía en el momento de su publicación. Asimov fue siempre un judío muy crítico con los suyos, su historia y algunas de sus actitudes. Y sus opiniones respecto al sionismo no se puede decir que fueran muy positivas.

Pero el valor ideológico de Un guijarro en el cielo va mucho más allá de que sea una crítica a cierto tipo de judaísmo o cierto tipo de nacionalismo. De hecho, por encima de su peripecia de aventura espacial, la novela es una de las miradas más lúcidas que he visto a ciertas situaciones que, cuando se prolongan en el tiempo, terminan transformando lo que en principio fueron victimas en verdugos ansiosos de una venganza que no lleva a parte alguna. Cuando un pueblo está amenazado, parece que nos dice Asimov, un cierto fanatismo es necesario para mantener su identidad. Pero lo que empieza como un simple mecanismo de supervivencia acaba convirtiéndose en una sensación de superioridad moral y cultural que, a la larga, sólo puede acabar degenerando en pura xenofobia y en actitudes irracionales y carentes de sentido.

El mismo Asimov lo dijo una vez, hablando precisamente de los judíos y de las persecuciones y opresión que habían sufrido a lo largo de su historia: “Que un pueblo sea oprimido por otro sólo quiere decir que es más débil, nunca que es superior moralmente”.

(continuará)

Publicado originalmente en Trilogía del Imperio (Bibliópolis, 2007)

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