Trilogía del Imperio: El inicio de la madurez (1)

Hace un par de años, Luis G. Prado me pidió un ensayo para incluirlo en su edición de Trilogía del Imperio, el omnibus donde se recogían las tres primeras novelas de ciencia ficción de Asimov (Un guijarro en el cielo, Polvo de Estrellas y Las corrientes del espacio). Ahora que Alamut anuncia la reedición del libro me ha parecido un buen momento para rescatar el artículo

Novelista en ciernes

A los treinta años, Isaac Asimov era un autor consolidado en el campo de la ciencia ficción. Sus dos series más famosas, la de las Fundaciones y la de los Robots, gozaban para entonces del favor del público y normalmente era considerado uno “de los grandes” por el floreciente fandom norteamericano.

Una pequeña editorial, Gnome Press, había llegado a un acuerdo con él para recopilar en un libro sus cuentos de robots bajo el título de Yo, robot y sus historias de la Fundación en tres tomos que serían Fundación, Fundación e Imperio y Segunda Fundación. Aunque el editor no supo sacarle partido comercial al asunto (y acabó perdiendo los derechos de publicación años después, entre otras cosas porque no pagaba royalties) Asimov podía considerarse con toda justicia como “consagrado”, al menos todo lo “consagrado” que podía ser, en los albores de los años cincuenta del siglo XX, alguien que se dedicara a escribir ciencia ficción.

Aunque no del todo. Cierto que para entonces sus cuentos cortos superaban la treintena y que estaba a punto de tener cuatro libros en el mercado. Pero no era menos cierto que esos libros eran recopilaciones de material previamente publicado y que aún no había escrito ninguna novela.

Claro que entonces publicar una novela inédita de ciencia ficción no era tan fácil. En las revistas había mercado para los cuentos y las novelas cortas (e incluso las novelas largas serializadas) y buena parte de ese material se recopilaba posteriormente en libro por algunas de las incipientes editoriales que en aquellos tiempos editaban ciencia ficción. Pero hasta aquel momento prácticamente no existían editores interesados en la publicación de novelas inéditas del género.

Aunque precisamente en ese momento, las cosas estaban cambiando y algunas editoriales empezaban a mostrar interés en el asunto.

Había varios motivos para no escribir una novela larga e intentar su publicación directa en libro. Para Asimov, quizá el principal era que nunca había escrito hasta entonces un texto de la extensión de una novela y no estaba muy seguro de ser capaz.

Sus cuentos habían ido creciendo poco a poco, tanto en extensión como en complejidad argumental. De hecho, el último relato de la Fundación (titulado “… And now you don’t” y que para su edición el libro sería renombrado como “The search by the Foundation”) era una novela corta que, casi, casi, rozaba la longitud máxima de éstas. Tenía además un par de textos inéditos más largos que quizá, con las modificaciones adecuadas, pudieran entrar en la extensión mínima de una novela.

Y qué demonios, Asimov quería intentarlo. Para entonces empezaba a tener claro que su futuro comercial como autor pasaba por el mercado de los libros. Las revistas no pagaban gran cosa y el dinero que aportasen las recopilaciones de ese material recogidas posteriormente en una antología no sólo no era mucho, sino que dependía de la buena voluntad del editor original, quien no tenía ninguna obligación de remunerar al autor.

La publicación directa en libro… eso era otra cuestión.

Asimov probó suerte con Grow Old With Me, una novela breve que había escrito tres años antes para serializarla en una revista pero que, por una cosa u otra, había ido quedando inédita. Doubleday (que andando el tiempo se convertiría en el principal editor de Asimov) no la aceptó inmediatamente, pero tampoco la rechazó. La novela era demasiado corta, le dijeron, tenía que aumentar su longitud. Y la estructura elegida (dos partes diferenciadas que narraban acciones paralelas y que luego, en el tercio final, corrían juntas) no resultaba adecuada; era mejor ir alternando las peripecias de los distintos personajes desde el principio.

Asimov accedió y no tardó mucho en tener lista la versión definitiva de lo que en castellano se ha venido conociendo como Un guijarro en el cielo (aunque en ediciones anteriores llegó a ser titulada, si la memoria no me falla, como La Tierra contra la Galaxia, si bien eso no es nada comparado con Trogloditas del mañana, que es como Vértice tradujo The Caves of Steel).

Tenía treinta años y acababa de publicar su primera novela. Y sus editores estaban lo bastante contentos como para pedirle otra. Asimov aceptó y algún tiempo después entregaba a Walter Bradbury, director literario de Doubleday, el manuscrito de Polvo de estrellas. La novela fue publicada en 1951.

No fue la última. En los siguientes ocho años escribió cuatro novelas más aparte de la serie juvenil de Lucky Starr, compuesta de seis volúmenes. Un total de doce libros en ocho años, a los que hay que sumar los distintos relatos y un par de libros de texto sobre bioquímica. Esto traería consecuencias, pues Asimov no tardó en descubrir que la divulgación científica se le daba bien, le resultaba fácil y entretenida y podía llegar a proporcionarle unos ingresos interesantes.

Se podía decir que, ya por entonces, Asimov vivía para escribir, y eso no cambió con los años. En todo caso, se acentuó a medida que la profesionalización fue volviéndose más probable.

Lo que sí cambió fue la orientación de lo que escribía. En 1957 los rusos lanzaron el Sputnik y, cuenta el propio Asimov, su patriotismo le hizo abandonar las tareas literarias a favor de las divulgativas; como si de una cruzada se tratara, dejó casi por completo de escribir ciencia ficción y se lanzó de manera masiva a escribir artículos, ensayos y libros sobre la ciencia, como si hubiera tomado sobre sus espaldas él solo (una especie de Atlas de los tiempos modernos) la tarea de educar en la ciencia al pueblo norteamericano.

Cabe preguntarse si esa leyenda es cierta. De hecho, el propio Asimov la pone en duda en su autobiografía y deja claro con bastante contundencia que, más allá de la sacudida que el satélite ruso le proporcionó a él y a toda la sociedad norteamericana (que no ponemos en duda), fue lo económico el motor principal para abandonar la literatura creativa a favor de la divulgación científica. Él mismo reconoce que escribir ciencia ficción le costaba más esfuerzo y le producía peores resultados económicos.

La vuelta a casa

Durante casi veinte años, Asimov dedicó la mayoría de sus esfuerzos creativos a la divulgación, en distintas vertientes.
Nunca abandonó del todo la ciencia ficción, es cierto. Siguió escribiendo relatos de vez en cuando y en aquel desierto narrativo hubo un par de oasis novelísticos: la adaptación de la película Viaje alucinante (cuyo argumento mejoró sensiblemente, además de corregir unos cuantos errores científicos del guión original) y, por supuesto, Los propios dioses, que muchos consideran su mejor novela.

Con el tiempo, llegó a probar suerte con otro de los géneros que le gustaban: la novela policiaca (y ahí consiguió quizá su novela más redonda: Asesinato en la Convención). Pero también con muchas otras cosas, desde ediciones anotadas de algunos clásicos hasta quintillas de contenido lujurioso, sin olvidar textos de divulgación histórica o libros de chistes. La ciencia ficción se convirtió en una parte mínima de su actividad como escritor y, de hecho, rara vez escribía un relato del género a menos que alguna publicación se lo pidiera explícitamente.

Luego, llegaron los años ochenta. Algo había cambiado para entonces en el mercado editorial. De pronto los editores ofrecían adelantos millonarios por novelas de ciencia ficción y ésta se vendía mejor que nunca e incluso llegaba a las listas de best-sellers. Funcionaba. Tenía éxito. Y lo que mejor funcionaba eran las reediciones y las secuelas de viejos clásicos.

Arthur C. Clarke no tardó en escribir 2010: Odisea dos (y, por desgracia, no se detuvo ahí). Frank Herbert continuó con su saga de Dune hasta el día de su muerte, prácticamente. Pórtico de Frederick Pohl se convirtió en el primer volumen de una saga y hasta llegó a aparecer una continuación de Mercaderes del espacio, la obra que Pohl había escrito en los cincuenta en colaboración de con Cyril Kornbluth.

Doubleday llevaba años pidiéndole a Asimov una nueva novela de la Fundación y, de hecho, a finales de los setenta había intentado el inicio de una, bajo el título de Lightning Road. La abandonó, sin embargo, y siguió resistiéndose hasta que la editorial le ofreció un adelanto tan exagerado que fue incapaz de negarse.

Así que volvió a la ciencia ficción. Por la puerta grande, en cierto modo: Los límites de la Fundación (que estuvo a punto de ser anunciado por la editorial como “el cuarto libro de la trilogía de la Fundación”, lo que habría tenido su gracia) se convirtió enseguida en un éxito de ventas y acabó llevándose el premio Hugo al año siguiente.

Desde otro punto de vista, algo se había perdido. Aquel Asimov no era el de los años cincuenta. Algo faltaba. No es éste el momento ni el lugar para analizar qué era, pero podemos apuntar tal vez que a lo largo de los años Asimov había ido depurando un estilo desnudo y bastante sintético, apropiado (en ocasiones casi perfecto) para obras más breves. Al tratar de plegarse a las exigencias del mercado y escribir libros de más de cuatrocientas páginas, lo que había sido un envidiable manejo de la trama, la intriga, el suspense y los diálogos empezó a volverse moroso, plomizo y aburrido. Y reiterativo, sobre todo, reiterativo. Frente a la desnudez (que algunos han confundido con ramplonería) de sus novelas y relatos de los años cincuenta, el estilo de Asimov en sus últimas obras se cargó de redundancias y repeticiones y diálogos o secuencias narrativas que un Asimov más joven habría ventilado en media docena de párrafos cortos se alargaron durante páginas y páginas.

¿No hay nada destacable en esa última época de Asimov como autor de ciencia ficción? Alguna cosa, especialmente en el terreno del relato corto. Y sus novelas siguen teniendo una estructura precisa y una trama bien construida, pese a todo.

(continuará)

Publicado originalmente en Trilogía del Imperio (Bibliópolis, 2007)

3 comentarios

  1. “al menos todo lo “consagrado” que podía ser, en los albores de los años cincuenta del siglo XX, alguien que se dedicara a escribir ciencia ficción”

    Ah, que familiar resulta todo eso…

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