El infierno

Uno de los aspectos más atractivos de Sandman es la presentación que nos hace del infierno. Muy en la línea del pensador del siglo XVII Emanuel Swedenborg, Gaiman nos muestra un infierno en el que los condenados están allí por su propia voluntad, y cada uno elige el tormento a que quiere verse sometido. Tal y como Borges manifiesta, en su conferencia sobre Swedenborg:

Dios quiere que todos los hombres se salven. Pero al mismo tiempo Dios ha concedido al hombre el libre albedrío, el terrible privilegio de condenarse al infierno o de merecer el cielo […] La doctrina del libre albedrío […] Swedenborg la mantiene después de la muerte. [Llega un momento en que] el hombre resuelve ser un demonio […] o un ángel. Quienes se condenan al infierno -ya que Dios no condena a nadie- se sienten atraídos por los demonios […] Dios deja que los espíritus infernales estén en el infierno porque sólo en el infierno son felices. [1]

Cuando Lucifer cierra el infierno no hay regocijo. La mayoría de los condenados quieren seguir allí. Se creen merecedores de su castigo, quieren que sigan atormentándolos, sin darse cuenta de que son ellos mismos quienes se atormentan. Lucifer le dice a Sandman:

¿Por qué me culpan de todas sus debilidades? Usan mi nombre como si estuviera sentado en sus hombros todo el día, obligándolos a cometer actos que, de otra manera, encontrarían repulsivos. “El diablo me obligó”. Nunca obligué a nadie a hacer nada. Nunca. Viven sus propias vidas. Yo no las vivo por ellos. Y entonces mueren y vienen aquí (tras transgredir lo que creían justo) y esperan que nosotros hagamos realidad su deseo de dolor y retribución. No les hago venir aquí […] No necesito almas. ¿Cómo puede nadie poseer un alma? No, son de su propiedad. Pero odian tener que aceptarlo.

Los propios demonios se rebelan contra Lucifer por abandonarlos y echarlos del infierno. No son felices en él, pero no pueden serlo en ningún otro lugar.

Este Lucifer es, sin duda, una de las mejores creaciones de Gaiman. Hace tiempo que comprendió la estupidez de su rebelión. Al principio se hizo cargo del infierno porque pensó que eso era lo que Dios quería y que así conseguiría Su perdón; ahora sabe que es inútil, Dios nunca lo perdonará, jamás verá Su rostro de nuevo. Ya no le importa, está cansado y decide dejar el infierno. Que otros se ocupen de él. Que Dios mismo se ocupe de él, ya que lo creó.

Lucifer es un personaje atractivo, fascinante y complejo (y con evidentes reminiscencias miltonianas, como no podía ser menos), quizá el más humano de todos los que aparecen en la serie, con unas motivaciones creíbles e incluso asumibles -por más que en todo momento siga siendo el Diablo y no renuncie a su naturaleza básica ni un solo instante. Puede ser el Príncipe de las Mentiras, pero no se mentirá a sí mismo nunca-, y uno no puede evitar sentir simpatía hacia él [2].

Finalmente, la situación del infierno se resuelve cuando Dios decide que otros dos ángeles, que siempre Le han sido fieles, ocupen el lugar de Lucifer al frente del infierno. Uno de los dos ángeles no comprende la decisión de su Señor: siempre Le ha sido fiel, nunca intentó rebelarse, ha cumplido Sus mandatos, ¿por qué entonces lo relega, lo expulsa para siempre de Su presencia? Con una ironía magistral y amarga, Gaiman le hace decir al ángel:

Esto está mal. No podemos, no debemos. El infierno es para el Mal, para quienes ofenden Su amor. El infierno es para… Me rebelaré, como Lucifer. Protestaré. Esto está mal… Pero… ¿cómo puedo rebelarme? ¿Adónde iría si lo hiciera?

La respuesta, que queda flotando en el aire, sin ser pronunciada, es evidente. Así, lleno de amargura, el ángel y su compañero parten hacia el infierno para regirlo. Más tarde, el ángel cree encontrar un motivo en todo esto: el infierno ya no será un lugar de dolor sin sentido, habrá un motivo para el sufrimiento, hacer de los condenados mejores hombres, redimirlos. Alegre, comunica sus pensamientos a uno de los condenados, quien le responde: “Pero… no lo entiendes… Eso lo hace peor. Lo hace muchísimo peor”. Pero el ángel ya no le escucha. Se va, feliz; él también, al igual que los hombres que se condenan a sí mismos al infierno, ha encontrado lo que realmente deseaba.

La tremenda ironía, la increíble amargura que hay en estas últimas páginas de Estación de Nieblas solo es comparable al intenso lirismo que las envuelve y nos hace perdonarle el quizá excesivo alargamiento de la trama, y la forma decepcionante en la que se resuelve el conflicto en el que Lucifer había situado a Sandman, muy por debajo del espléndido planteamiento inicial. Ese quizá sea uno de los pocos defectos de Gaiman como narrador, la escasa entidad de algunos de sus argumentos, el defraudar a veces las expectativas creadas durante la historia, como hace claramente en la ya mencionada Orquídea Negra. Por suerte esos casos son excepciones e, incluso entonces, demuestra que hasta con argumentos banales es capaz de construir guiones sólidos.

Personajes

Gaiman es un magnífico diseñador de personajes. Los más logrados, aparte de Lucifer (sobre el que volvería años más tarde en Misterios de un asesinato donde, ayudado por el dibujo exquisito de P. Craig Russell cuenta la investigación de un asesinato en un Cielo anterior a la creación del mundo físico), son sin duda Sueño y su hermana Muerte, cuya relación es explorada con gran sensibilidad, ternura y humor. Son, más que hermanos, amigos, confidentes, y a lo largo de sus encuentros surge una comparación entre los reinos de ambos. Muerte no comprende cómo a los humanos les puede aterrar su plácido reino y sin embargo entran confiadamente en los peligrosos dominios de su hermano. De hecho, Muerte amenaza con robar el protagonismo a su hermano en más de una ocasión, y con el tiempo se le dedicarían dos novelas gráficas de las que sería la protagonista.

Pero incluso en el diseño de personajes secundarios, Gaiman se muestra brillante: la mujer elemento que ansía el descanso eterno, el hombre que se niega a morir y se encuentra con Sandman cada siglo y desvela la soledad en el alma del Eterno, la gata que sueña con un día en que ellos dominen a los humanos, el niño de la “public school” inglesa abandonado por su padre y que tiene como único amigo a un fantasma, esa Hettie con más de doscientos años, dispuesta a vivir otros doscientos y loca como una cabra, los hermanos Cain y Abel, cuya relación amor-odio es espléndidamente explorada por Gaiman; incluso los villanos como el Doctor Destino, o el Corintio, o personajes clásicos del “staff” de DC como Mister Miracle y el Detective Marciano nos son mostrados en toda su profundidad con solo dos pinceladas.

La fauna humana que puebla las páginas de Sandman es tan variopinta como, a menudo, excéntrica; casi como si el autor hubiera decidido que la normalidad es un concepto que carece de sentido. En cierto modo, es lógico: al fin y al cabo, en una historia en la que está involucrado el rey del mundo de los sueños, no es nuestro plácido y a menudo aburrido exterior el que mostramos, sino las fantasías (las más oscuras y las más brillantes, las más locas y las más terribles, las más hilarantes y las más patéticas) que se ocultan bajo nuestra piel. Y Gaiman es un maestro en el difícil arte de definir un personaje (y mostrarnos sus aspectos más ocultos) con un par de pinceladas; media docena de frases y dos o tres actitudes son suficientes en sus manos.

Uno de los aspectos más conseguidos -en buena medida por todo lo que deja en el aire y el modo en que se limita a sugerir sin llegar a contar explícitamente y es que si algo se le da bien a Gaiman es el uso de la elipsis- es la relación entre los siete (en realidad seis) Eternos. La amistad que une a Sueño con Muerte, la rivalidad entre éste y Deseo, la superioridad altanera de Destino, el aislamiento de Delirio (que una vez fue Delicia), las maquinaciones de Despero. Y encima de todos ellos, la sombra del hermano pródigo del que ignoran el paradero, como una pregunta muda, o una acusación.

La estructura

Casi desde el principio queda clara la estructura que va a seguir la serie y que se basa principalmente en la alternancia entre varios arcos argumentales y grupos de historias autoconclusivas. Historias que, en ocasiones, no parecen tener relevancia por sí mismas, pero que a medida que la serie avanza van encajando en la trama general y teniendo un sentido más amplio.

Es posible que esa alternancia fuera, en principio, algo impuesto (o, cuando menos sugerido) por la editorial. Las historias sueltas permiten con más facilidad captar nuevos lectores (que no tienen la sensación de estar subiendo a bordo de algo que lleva un buen rato en marcha) que los arcos argumentales de varios números de duración.

En cualquier caso, ya fuera decisión de Gaiman o de DC, lo cierto es que la estructura funciona y le confiere a la serie una sus más características marcas de fábrica. Narrativamente es, de hecho, un acierto, pues los cambios de ritmo que implica una estructura así funcionan como descanso para el lector entre saga y saga y le permiten ir preparándose para lo que va a venir a continuación.

La parte gráfica

En principio parecería que uno de los aspectos más flojos de Sandman son sus ilustradores [3].

Sam Kieth, quien se encargó de los primeros números, no es un mal dibujante (como ya había demostrado en Epicurus el Sabio [Epicurus the Sage]), dotado de gran expresividad para los primeros planos y con una planificación de página muy eficaz narrativamente, pero por desgracia el entintado de Dringenberg desfigura sus líneas y hace que su dibujo, ya caricaturesco de por sí, tienda en demasía a la desproporción.

El propio Dringenberg se muestra como un dibujante poco dotado cuando se encarga del lápiz, por no hablar de sus horribles planificaciones a doble página, realmente incompetentes por cuanto la acción se narra de forma tan confusa que uno no sabe si ésta se continúa de la forma habitual (primero una página y luego la otra) o debemos leer ambas páginas como si fueran una sola.

Con la llegada de Kelley Jones, sin embargo, la serie subiría varios puntos en el apartado gráfico: sus rostros son expresivos y definidos (si bien es cierto que, en ocasiones no parece tener muy clara la fisonomía de los personajes, quienes parecen cambiar de rostro entre un plano y el siguiente), su tratamiento del claroscuro se adapta a la perfección al ambiente que pretende crear y su planificación resulta adecuada a la narrativa de Gaiman. Y no hay que olvidar el excelente trabajo de Steve Oliff, quizá el mejor colorista del comic americano por esa época, quien se incorpora a la colección en la saga Estación de nieblas.

Gráficamente, sin embargo, la serie arranca realmente cuando ya está bien avanzada, a medida que Gaiman comprende la oportunidad que representa el poder escoger un dibujante distinto para cada arco argumental y adaptar su forma de narrar a las características especiales de cada ilustrador. Gaiman cuenta de modo distinto cada historia de acuerdo al dibujante elegido (¿a veces impuesto? difícil de saber en el cómic americano, aunque vista la libertad con la que ha contado en Sandman hemos de suponer que no), y en algunos casos acopla su narrativa al story-telling personal de cada ilustrador de un modo soberbio.

Como ya comenté antes quizá el ejemplo más logrado en ese aspecto sea el episodio autoconclusivo Ramadán, magníficamente dibujado por un preciosista P. Craig Russell. Aunque también podríamos destacar Un juego de ti, donde el dibujo de Shawn McManus, con toques claramente “aliciescos”, le va como anillo al dedo a una historia con evidentes influencias de Jonathan (y Lewis) Carroll. O La posada de los mundos, en la que usa dibujante para las secuencias comunes en la posada donde se cuenta cada historia y un ilustrador distinto para cada una de ellas. De este modo le otorga una cierta unidad a la saga completa, manteniendo  al mismo tiempo un estilo visual diferente para cada narración suelta.

A medida que la serie se va acercando a su final (si bien con ocasionales resbalones gráficos) esa compenetración entre el modo de narrar de Gaiman y las características propias de cada dibujante va acrecentándose hasta llegar, finalmente, a El Velatorio, con un Michael Zulli dando lo mejor de sí mismo y un Gaiman echando el resto en su despedida de la serie y del personaje.

Y no se puede hablar de Sandman sin mencionar sus portadas, parte fundamental en darle un aspecto unificado y reconocible a la colección. Si bien es cierto que no considero a Dave McKean un buen dibujante de cómic (su estatismo lo lastra a veces de modo atroz y sus composiciones de página a menudo obedecen a propósitos distintos de los puramente narrativos, pecado que en el cómic me parece imperdonable) sí me parece un espléndido portadista y un diseñador aún mejor. Y lo ha demostrado en Sandman, y no sólo en las cubiertas de cada comic-book sino en las portadas y el diseño interior de los tomos recopilatorios.

El filón

Cuando Gaiman concluyó la serie puso como condición para seguir colaborando con DC que nadie podría continuar su labor. Sandman sería, de ese modo, una serie limitada de setenta y cinco números y no se convertiría en serie regular. En general la DC ha respetado el pacto [4] aunque no ha podido evitar tratar de explotar el éxito de la creación de Gaiman, aunque fuera de un modo colateral.

Así hemos asistido a varias series como Destino: crónica de unas muertes anunciadas o la dedicada a la Casa de los Secretos. Aunque ni el uno ni la otra son creaciones de Gaiman (ambos existen desde hace varias décadas) no cabe duda que sin el trabajo del guionista inglés es poco probable que hubieran conseguido colección propia.

Mención aparte merece Lucifer, serie dedicada a narrar las andanzas por el mundo de ese señor del Infierno que ha renunciado a su reino y a sus alas. Cuando arranca la serie (que luego se reconvertiría en un grupo de miniseries, cada una con su propio arco argumental) lo encontramos como un elegante y un tanto decadente dueño de un night-club. El desafío al que se enfrentaban los guionistas de Lucifer siempre me pareció realmente complicado: con un personaje como ése de protagonista resulta muy fácil caer en la truculencia gratuita o, peor aún, en la ñoñería moral. Sin embargo, en lo que pude leer (confieso que no llegué a seguir la serie completa) me pareció que las historias se las apañaban bastante bien para evitar ambos extremos.

Pero donde la DC ha entrado realmente a saco en el Reino de los Sueños (y nunca mejor dicho) ha sido en la serie The Dreaming, dedicada a los secundarios creados (o desarrollados a partir de caracteres previos) por Neil Gaiman. El Señor del Sueño nunca aparece en estas historias, pero todos sus protagonistas son parte integrante de la mitología que se construyera para Sandman: Caín y Abel, la gárgola Goldie, el bibliotecario Lucien o el cuervo Mathew [5] tienen en The Dreaming la oportunidad de, por una vez, convertirse en los protagonistas de la historia en lugar de ser sus comparsas. La serie, basada en arcos argumentales de tres o cuatro números más alguna que otra historia unitaria,  no ha aportado nada especialmente relevante a los mitos de Sandman pero es cierto que ha ido llenando huecos de modo digno y la mayoría de las historias, como mínimo, se dejan leer.

Además, uno de los atractivos de la serie es contemplar su naturaleza de tira-y-afloja, el ver hasta qué punto los guionistas bordean lo prohibido (hacer una continuación explícita del Sandman de Gaiman) acercándose a ello pero sin llegar a tocarlo.

NOTAS:

  1. Borges, Jorge Luis: “Emanuel Swedenborg” en Borges Oral, págs. 47-67. Bruguera, Libro Amigo. Barcelona, 1983. [volver]
  2. Hay otro aspecto del diablo que Gaiman apenas llega a mencionar. Y es su identificación con el mito prometeico. Al fin y al cabo, Lucifer es el responsable de otorgar al Hombre su mayor bien: el libre albedrío y la capacidad de discernir entre el bien y el mal. En realidad, el mito del robo del fuego de los dioses y el del árbol de la ciencia son prácticamente el mismo, y en ambos casos el responsable de hacer de los hombres lo que son es castigado. La diferencia estriba en que en el mito griego la humanidad le está agradecida a Prometeo, mientras que en el hebreo el benefactor es visto como el Enemigo.[volver]
  3. Rafael Marín ha comentado esto jocosamente en alguna ocasión: “En ciertas ocasiones incluso he llegado a sospechar que los guionistas estrella ingleses imponen una cláusula donde exigen que el dibujante sea del montón, para así poder sobresalir ellos”.[volver]
  4. Pese a todo, el nuevo Sandman, que surge tras la muerte de Morfeo, y que fuera una vez el hijo mortal de Hector e Hippolita Hall, ha aparecido como invitado en otras series, especialmente la Liga de la Justicia, si bien su presencia ha consistido en breves apariciones. Aunque no tengo datos sobre el particular, supongo que esto ha contado con la aprobación de Gaiman.[volver]
  5. Un nuevo guiño a La Cosa del Pantano de Alan Moore: Mathew, que fue una vez un hombre, no es otro que Mathew Cable, el marido de Abby, la novia de la Cosa del Pantano. Gaiman nunca llega a decirlo explícitamente en Sandman, aunque aporta más de una pista, pero en The Dreaming se revela por fin la antigua identidad humana del Cuervo de Morfeo.[volver]

Publicado originalmente en Yellow Kid nº 2 (2002)
Revisado y ampliado

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