Sandman: la materia de los sueños (I)

Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa, o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.

Chuang Tzu (circa 300 a. C.)

La Invasión Británica

Se suele decir que una cosa lleva a la otra. Así, para hablar del Sandman de Neil Gaiman hemos de hablar primero de la Cosa del Pantano de Alan Moore. O quizá, yéndonos algo más lejos, podríamos hablar de un muchachito de Liverpool de aspecto angelical llamado Clive Barker que, en un momento en que la literatura fantástica de terror parecía condenada a un callejón sin salida, sacudió por completo el género poblándolo con algunas de las imágenes más aterradoras, inquietantes y fascinantes de los últimos años.

Barker es un escritor de escenas, de secuencias. Quizá por eso sus cuentos cortos son casi perfectos y sus novelas resultan fallidas en su mayor parte, pese a algunos momentos de indudable brillo. Su primera obra larga, El Juego de las Maldiciones (Damnation Game), con un principio y un final soberbios, vaga sin rumbo sin embargo durante las casi quinientas páginas restantes. Algo similar sucede con Sortilegio (Weaveworld) y El gran espectáculo secreto (The great and secret show), novelas indudablemente infladas y lastradas por su vocación de best-sellers, en la extraña teoría editorial de que más por fuerza debe ser siempre mejor; pese a ello, el planteamiento de sus novelas resulta casi siempre prometedor y a menudo encontramos en ellas algunos momentos brillantes que casi (pero solo casi) compensan por el resto.

Caso aparte sería Cabal (Cabal), de extensión más reducida, y que en realidad poco interés tiene, más allá de su destino como soporte literario para su segunda película como director: Razas de Noche (Nightbreed). Ya antes, con Hellraiser, los que traen el infierno (Hellraiser) había entrado en escena como un director que, pese a evidentes altibajos narrativos, se mostraba capaz de renovar la gastada imaginería del cine de terror.

Pero, como he dicho, es en los relatos breves donde el autor inglés nos da lo mejor de sí mismo como narrador: lejos de la psicología barata, la imagen maniquea del mundo y los, a  menudo, decepcionantes finales de Stephen King, Clive Barker no concede piedad a sus lectores. No adopta una postura moral en lo que nos cuenta, no defiende (como en el fondo hace siempre King) un mundo burgués y conservador (la familia, los valores eternos, el amor que todo lo puede, la amistad), se limita a narrar sus espantosas historias, sin juzgar, sin condenar, de una manera fría y eficaz, dura, sin concesiones. Los relatos de Barker no sólo producen horror, sino que a menudo nos llenan de vértigo y nos dejan totalmente desamparados, como ocurre con su brillante “En las colinas, las ciudades”, por citar sólo un ejemplo.

El uso de referencias “cultas” sabiamente integradas en la ambientación de sus relatos es sin duda otro de los factores que definen a Barker como narrador. Pero sobre todo, ya lo he comentado, su mayor virtud es la de ser capaz de conjurar imágenes aterradoras en las que lo repugnante, lo asombroso y lo cotidiano se mezclan sin solución de continuidad: la muerta viviente que le hace una felación a su antiguo amante, los gigantes creados por los cuerpos de los habitantes de dos pueblos, la estatua que reclama sangre, la morbosa fascinación por el dolor como camino hacia el placer, el mundo regido por genios idiotizados que deciden su destino con juegos de azar. No cabe duda que este tipo de imágenes influirán notablemente en Neil Gaiman cuando se ponga a la tarea de resucitar (o quizá sería mejor decir recrear) a Sandman.

Mientras tanto, el guionista inglés Alan Moore entra en una serie que parecía condenada a la cancelación [1]: La Cosa del Pantano. Sin dejar de ser coherente con el pasado del personaje, Moore lo renovaría y lo redefiniría completamente (en una historia que por sí misma es un clásico, además de convertirse en el manual imprescindible de cómo redefinir los orígines de un personaje, la brillante Lección de anatomía), lo utilizaría como enlace místico entre los superhéroes en leotardos y el Más Allá. Exorcistas posmodernos (e ingleses, por supuesto) conviven en sus páginas con héroes disfrazados, criaturas elementales, científicos locos, fantasmas, demonios, vampiros, extraterrestres. Alan Moore toma todos los tópicos de la literatura y el cine de terror y les da un giro nuevo, fresco, inesperado (algo parecido hará al final de la serie con muchos de los temas clásicos de la ciencia ficción, pero eso es otra historia).

Relaciona la licantropía con la menstruación, nos muestra las distintas jerarquías del infierno, nos conduce por una casa encantada por la que vagan los fantasmas de los que han muerto a lo largo de cien años por los disparos de una copia barata del rifle Winchester, nos permite asistir, como testigos maravillados, al amor entre una mujer humana y una criatura vegetal (en un viaje psicodélico que parece directamente extraído del Sgt. Pepper’s -o tal vez del Her Satanic Majesty Request-), nos vende una butaca de primera fila para que podamos contemplar un imposible Ragnarok cristiano, en el que el Bien definitivo se enfrenta a la Oscuridad total y en el que todo cambia sin que nada cambie.

Muchas de estas ideas son apenas esbozadas, y algunas no serían aprovechadas por los jerifaltes editoriales [2], pero no cabe duda de que fue Alan Moore el primero en entrar en los personajes sobrenaturales de la DC Cómics y desarrollar una jerarquía coherente con ellos. Caracteres que antes estaban dispersos, sin relación unos con otros (y a menudo relegados al limbo narrativo) se incorporarían a esta visión del más allá del guionista británico con una posición, en unos casos bien marcada y en otros solo esbozada. Deadman, el Fantasma Desconocido, el Espectro, Etrigan, Caín y Abel, todos tendrían cabida aquí.

Es cierto que Moore, en muchos caso, no entraría a fondo y se limitaría a dejar marcadas posibles tramas o apuntar futuros desarrollos a distintos personajes o ambientes, casi como si estuviera preparado el terreno a su sucesor. Y, en efecto, en 1989 llegaría Neil Gaiman. Recogiendo la antorcha de Alan Moore (quien por entonces ya había dejado la DC para dedicarse a proyectos más personales) terminaría de estructurar los aspectos sobrenaturales de los cómics DC, añadiendo detalles de su propia cosecha, muchos de ellos directamente entroncados con las imágenes inquietantes que Clive Barker nos había mostrado en sus libros y sus películas.

El Señor de los Sueños

Morfeo, Oneiros, Cai’Ckul, L’Zoril, Sandman… todos ellos son distintos nombres para un mismo personaje, el Señor del Mundo de los Sueños, uno de los siete Eternos que, además de una inicial común (Destino, Delirio, Despero, Deseo, Muerte -Death-, Sueño -Dream- y Destrucción, del que al principio el lector desconoce el nombre y sólo sabe de él que ha huido hace tiempo) comparten su parentesco como hermanos. Cada uno de ellos representa lo que indica su nombre y, aunque algunos ya existían en los cómics DC (como Destino), la mayoría serían creados por Gaiman, quien se centraría sobre todo en Sueño (no en vano es el supuesto protagonista de la serie [3]) y su hermana Muerte.

Para el público norteamericano, Neil Gaiman no era muy conocido hasta su llegada a Sandman. Había sido elegido por Alan Moore como su sucesor al frente de los guiones de Miracleman para Eclipse (enfrentándose y solucionando de forma brillante una papeleta bastante incómoda: ¿cómo cuentas algo interesante en un mundo que es una utopía?), y había publicado una miniserie de tres números en formato “prestigio” en la que recreaba el personaje de Orquídea Negra y donde relacionaba entre sí a todos los personajes “vegetales” de DC [4]. Así, Pamela Isley (Hiedra Venenosa) y Alec Holland (La Cosa del Pantano) habrían estudiado en la Universidad bajo los auspicios de Jason Woodrue (El Hombre Florónico). Más tarde, en un trabajo interesante aunque no totalmente logrado, pondría un poco de orden en el aspecto mágico de la editora norteamericana con los Libros de la Magia (The Books of Magic) y, de paso, se anticiparía en algunos aspectos al Harry Potter de J. K. Rowling. Sin embargo, donde daría lo mejor de sí mismo como guionista sería, sin duda, en la serie regular dedicada a Sandman, un personaje que ya había tenido dos encarnaciones anteriores en el universo DC y que, salvo para los más recalcitrantes seguidores del cómic de superhéroes, era un absoluto desconocido.

En los años 40, Wesley Dodds se enfundaba en un traje de etiqueta y ocultaba su rostro tras una máscara antigás para combatir el crimen armado únicamente con una pistola de gases somníferos y dejando como firma de sus actos un puñado de arena; aunque en cierto momento de su carrera utilizó un pijama ajustado en colores primarios, como todo superhéroe que se precie, su disfraz original era bastante atípico para la época: traje y corbata, sombrero, una capa corta y, por supuesto, la máscara antigás. Era un personaje muy en la línea de otros de la misma época: como Batman carecía de poderes y, también como el hombre murciélago, tendría una identidad civil de playboy aburrido y decadente, además de adoptar, como muchos otros héroes de entonces (Green Arrow, Aquaman, de nuevo Batman) un compañero adolescente: Sandy. [5]

Luego, en los años 70, Jack Kirby haría una segunda versión del personaje. Sería una de las creaciones menos afortunadas y más psicodélicas del “Rey”: envuelto en un traje amarillo y rojo, viviendo en la dimensión del sueño, controlaba los sueños de la humanidad sentado frente a inmensos monitores de TV, ayudado por dos monstruos llamados Bruto y Glob. La serie no acabaría de cuajar, y no duraría mucho en el mercado.

Cuando Gaiman llega al personaje decide partir de cero. Conservará el nombre y nada más. Sin embargo, a medida que va desarrollando su creación decide integrar a las dos encarnaciones anteriores de Sandman dentro de ella.

Todo comienza en 1916, cuando una orden de magia negra (cuyo líder está, sin la menor duda, inspirado en la figura de Aleister Crowley) decide capturar a la Muerte. En su lugar atrapan a su hermano menor, el Sueño, y lo tendrán cautivo durante setenta años. Unos años en los que la humanidad se sumirá desamparada en sus pesadillas. En 1939, inquieto por las imágenes que aparecen en sus sueños, que le dicen que algo falta en el mundo, Wesley Dodds se disfraza tras una máscara antigás e imparte justicia. De esta forma, el primer Sandman encuentra una conexión con el tercero, conexión que se establecería más firmemente en un especial de la serie dedicada al Sandman de la Edad de Oro (Sandman Midnight Theatre) donde Wesley Dodds viaja a Inlgaterra y tiene un fugaz encuentro con Morfeo mientras esté continúa prisionero.

Pero mientras el Señor del Sueño está cautivo algunas de sus criaturas huyen de su reino. Dos de ellos son Bruto y Glob, quienes aíslan una región del sueño para sus propios propósitos y utilizan el alma de un humano muerto para que adopte la identidad de Sandman. Necesitan los sueños para alimentarse y un hombre que se los proporcione. Este sería el Sandman de los 70. [6]

Finalmente, Sueño consigue huir de su prisión y vengarse de sus captores. Vuelve a su reino y lo encuentra devastado. Lentamente, comienza a reconstruirlo y a recuperar los objetos que le han sido robados.

Básicamente, esa es la premisa argumental de la que parte Neil Gaiman para construir su personaje: con la primera serie de historias, Preludios y Nocturnos, el británico utiliza la excusa del viaje de Morfeo en busca de sus objetos de poder para darnos los primeros atisbos del Reino de los Sueños y presentarnos a algunos de los secundarios que poblarán la colección, tan importantes (y en ocasiones más) como el propio Sandman. También aprovecha para recordarnos que, pese a todo, este es un cómic inmerso en la continuidad DC, como demuestran la aparición de John Constantine y el fugaz cameo de Mister Miracle y J’onn J’onnz; un truco que volverá a utilizar en el último arco argumental, El Velatorio, cuando nos muestra a Supermán y Batman en el funeral de Morfeo. [7]

En realidad, ignoro si accidental o premeditadamente, el guionista británico se ha encontrado ante una situación con la que sueñan todos los autores de comic americano y que pocos logran: le ha sido otorgado un cheque en blanco. En Sandman puede hacer exactamente lo que le de la gana, derribar y reconstruir los personajes como desee, escribir el tipo de historias que le apetezca. En esa misma situación se encontraba su compatriota Grant Morrison con la Patrulla Condenada, pero al contrario que este (quien se limitó a desarrollar, más o menos logradamente, sus neurosis personales y a expurgar con sumo cuidado de toda lógica narrativa sus historias [8]) Gaiman demuestra que la confianza depositada en él no ha sido en vano. Casi desde el primer número, Sandman se convierte en el mejor comic fantástico (o sobrenatural) de los últimos veinte años. Y todo ello con unas herramientas narrativas sorprendentemente simples. Porque la marca de fábrica de Gaiman a lo largo de toda la serie apenas se altera: unos toques de humor, alguna que otra pincelada grotesca, ciertos momentos de ternura y lirismo, una gran habilidad para ir entrelazando subargumentos y una serie de referencias más o menos eruditas perfectamente integradas en la trama al extremo de que hay momentos que no sabemos qué parte es fruto de la documentación y qué parte de la imaginación del autor.

El reino del Sueño y sus relaciones con otras estancias místicas (entre ellas las de sus hermanos Eternos) nos son mostradas paulatinamente, poco a poco, dejando caer una alusión aquí y otra allá, hasta encontrarnos con un más allá literario perfectamente coherente, increíblemente atractivo, suma de las creaciones (y las investigaciones) propias de Gaiman y del material preexistente en los cómics DC (como las Casas del Misterio y del Secreto y sus moradores Caín y Abel) y dispuesto para albergar cualquier historia que a Gaiman se le ocurra.

¿Discípulo de Alan Moore?

La mayor parte de la crítica parece haber regalado con ese calificativo al autor británico. Sin duda en ello ha influido el que Moore lo eligiera para sustituirlo en Miracleman, o que Gaiman utilice alguno de los personajes que aquel creara para La Cosa del Pantano, como John Constantine.

Que Gaiman se siente en deuda con Alan Moore es indudable, y sus historias lo reconocen a través de fugaces homenajes: la breve aparición de la Cosa del Pantano en Orquídea Negra (Black Orchid), el dedicarle un capítulo de Sandman al exorcista Constantine [9], el utilizar muchas de las ideas sobre cielo e infierno que Moore había ido desarrollando en La Cosa del Pantano… Y no podemos negar que la reestructuración que Gaiman ha llevado a cabo en el más allá de DC tiene sus raíces en el trabajo previo de Moore.

Sin embargo, las diferencias entre ambos autores son mayores que las similitudes. Como narrador de historias tenebrosas, que no necesariamente terroríficas, Gaiman se muestra superior a Moore: su terror funciona por acumulación de ambientes y referencias, una sutil creación de la atmósfera adecuada, en una técnica muy cercana al estilo de Clive Barker, del que ha tomado parte de su imaginería “gore” (especialmente en la “convención de series” de Casa de Muñecas, en la que nos muestra un genial y desmadrado simposio de asesinos psicópatas [10]), sus diálogos son más ágiles, más fluidos, su estilo es más dinámico que el de Alan Moore, quien a veces, cegado por el brillo de su propia prosa, cae en abismos narrativos de los que difícilmente logra salir [11].

Gaiman parece comprender la función de los textos de apoyo como complemento o contrapunto de la imagen [12], y hasta el momento no ha sentido la peligrosa tentación de dejar volar su estilo hacia regiones demasiado elevadas o de ser arrastrado por efluvios intelectualoides (o en todo caso, cuando es arrastrado procura hacerlo de un modo lo suficientemente sutil).  Sin duda Gaiman es un espléndido narrador, un escritor que conoce a la perfección el medio en el que trabaja y que sabe utilizarlo para conseguir magníficos resultados [13], si bien es cierto que ninguna de sus creaciones en el mundo de la historieta pueden calificarse de obras maestras, rango que sí alcanzan algunos de los trabajos de Moore (y citar Watchmen y From Hell sería tal vez demasiado obvio).

Historias encadenadas

Casi podríamos calificar a Gaiman como el rey de las subtramas, pues la habilidad con que nos va dando minúsculos anticipos, sin importancia aparente, de lo que serán las historias posteriores es desde luego envidiable, por no mencionar que el efecto que acaba causando en la mente del lector es de que todo está relacionado y que la historia no termina de acabar nunca.

De hecho, podríamos considerar toda la serie regular de Sandman como una única historia, en la que cada uno de los episodios se va enlazando con el siguiente de forma fluida y tranquila. La colección narraría, entonces, los últimos momentos en la vida de la penúltima personificación del Señor de los Sueños y sería la historia de cómo recoge los frutos de lo que ha ido cosechando a lo largo de su vida y de qué modo todos sus errores y aciertos se confabulan para encontrarlo en su momento final. De hecho, Gaiman resumió no hace mucho su setenta y cinco números de Sandman con las siguientes palabras: “Morfeo aprende que uno debe cambiar o morir. Y toma su decisión”.

Gaiman nunca es muy prolijo ni recalca las cosas, prefiere hacer que su lector trabaje y, así, una referencia casual en mitad de una saga conducirá luego a una nueva historia. Un incidente de escasa entidad puede ser el desencadenante, varios números después, de acontecimientos que mantendrán ocupado a Sandman durante bastante tiempo. Esto puede ser a veces irritante, sobre todo para aquellos que siguieron el cómic en su publicación original en comic-books mensuales, ya que obliga al lector a volver atrás en busca de referencias que, en su momento, se le escaparon, pero también resulta fascinante, en una relectura de la serie, ir comprobando la forma en que los acontecimientos se van encadenando.

Un ejemplo perfecto de esto puede ser el caso de Nada. Sandman viaja al infierno en busca de su yelmo, en poder de un demonio: mientras pasa junto a las celdas de los condenados, una mujer de raza negra llamada Nada le pide que la perdone y la saque de su encierro. Sueño se niega, cumple su misión en el infierno y se va.

Cinco números más tarde nos es narrada la historia que hay tras ese encuentro: Nada, una mujer mortal, se enamora del Señor del Sueño, pero rechaza sus atenciones por temor y Sandman, despechado, la condenará al infierno. Las cosas parecen quedar ahí, pero doce números después, una alusión de su hermana/o Deseo lo hará recapacitar sobre la injusticia del castigo que le impuso a la mujer y Sandman emprenderá un nuevo viaje al infierno para rescatarla, con lo que dará inicio a la serie de historias que componen la saga Estación de Nieblas. Lo curioso es que esa saga tendrá un doble origen. Durante el primer viaje al Infierno, Lucifer jura vengarse de la humillación a la que Sandman lo ha sometido. Su venganza no puede ser más peculiar: abandona su puesto como rey de los demonios, vacía y cierra el infierno y le da la llave a Sueño.

Otro caso es el de Unity Kincaid. En el primer número de la serie hay un par de alusiones a ella, como una más de las víctimas de la enfermedad del sueño que se abate sobre el mundo durante la prisión de Sandman. Se comenta, de pasada, que durante su estado de sopor ha sido violada y ha tenido una niña. Cuando Sandman consigue huir, Unity despierta y recuerda haber soñado que tenía una hija. Ahí parecen quedar las cosas. Pero más adelante se nos revelará la importancia de ese personaje y su relación con el Señor de los Sueños a lo largo de la saga Casa de Muñecas.

Durante la prisión de Sandman, la amante del hombre que lo tiene prisionero se escapa con un rubí que pertenecía al Señor del Sueño. Ese episodio, que parece poco importante, es sin embargo fundamental. El hijo de esa mujer utilizará ese rubí para pervertir los sueños y la realidad: es el Doctor Destino, un villano “clásico” de DC, antiguo enemigo de la Liga de la Justicia, al que Gaiman integra de esta forma en su universo particular.

Y, por último, y el más intrigante, es el caso del hermano pródigo de Sandman. A través de alusiones dejadas caer aquí y allá sabemos que falta uno de los siete Eternos: nunca se dice su nombre, solo nos enteramos de que hace tiempo que ha huido y que nadie sabe dónde se encuentra. Todas esas alusiones estaban destinadas a ser el punto de partida de un nuevo arco argumental, Vidas Breves, donde se nos revela quién es realmente el hermano perdido (aunque ya habíamos tenido ciertas pistas sobre qué aspecto de los Eternos representaba) y cuyo final se convierte también en el final de la historia de Orfeo, el hijo mortal del Señor de los Sueños, y en el principio de la trama que desembocará en la muerte de Sandman.

Poesía, humor, escupitajos de erudición

Pese a su anuncio como tal, Sandman dista mucho de ser una serie de terror: se desarrolla en un entorno de fantasía, inquietante y atractivo, con toques tenebrosos e imaginería claramente “gore” en más de una ocasión. Lo que ha sido definido en más de una ocasión (creo que por Clive Barker refiriéndose a su propio trabajo) como “fantasía oscura”. Su propósito no es, sin embargo, asustar; o, al menos, ese no es el único ni mucho menos el principal propósito de la serie.

Todo tiene cabida en Sandman. Y hay un par de cosas por las que destaca: el indudable lirismo de muchas de sus situaciones y el humor socarrón de otras (y a veces, ambas cosas al mismo tiempo).

Uno de los más bellos números del primer arco argumental de la serie es el titulado Una Esperanza en el Infierno, al que ya nos hemos referido antes al hablar sobre el primer viaje de Sueño al infierno. Tras luchar con el demonio que tiene su yelmo (en un original duelo de narraciones y contranarraciones llamado “la realidad” [14]), vencerlo y recuperarlo, Lucifer amenaza a Sandman con no dejarlo salir del Infierno, en mitad de una llanura donde se apiñan todas las legiones infernales:

LUCIFER: ¿Por qué deberíamos dejarte marchar? Yelmo o no, no tienes poder aquí… ¿Qué poder tiene Sueño en el infierno?
SANDMAN: ¿Que no tengo poder? Quizá digas la verdad. Pero… ¿que Sueño no tiene poder aquí? Díme, Lucifer… Preguntáos todos… ¿Qué poder tendría Infierno si los aquí encerrados no soñaran con el Cielo?

Y las huestes infernales se apartan y dejan pasar a Sandman, de regreso a su reino, mientras Lucifer murmura: “Un día, hermanos… un día le destruiré”. Claro y directo, conciso, sin dejarse emborrachar por sus propias palabras, Gaiman nos regala aquí con uno de los momentos más intensos y poéticos de la serie.

El episodio titulado Ramadán es uno de los mejor concebidos y ejecutados de toda la serie y, como historia aislada, es posible que sea una de las mejores. A primera vista parecería que en este relato Gaiman ha olvidado la norma fundamental de no permitir que los textos ahoguen la narrativa gráfica, pero en realidad lo escrito está al servicio de lo dibujado en todo momento: y la combinación de ambos desemboca en una historia con un crescendo tranquilo pero intenso y con un anticlímax final que es casi como una bofetada. Pocas veces a lo largo de la serie veremos una sinergia como la que se produce entre Gaiman y Craig Russell en este episodio: tal vez en las dos historias shakesperianas con Charles Vess, o la primera novela gráfica de Muerte con Chris Bachalo. Pero en cuanto a intensidad lírica, elegancia y fluidez creo que la colaboración Russell-Gaiman supera a ambas.

Otro caso es el del número donde se narra la historia entre Sueño y su amante humana, Nada, o aquel en el que una situación aparentemente ridícula (la conspiración de un millón de gatos para, a base de soñar, convertirse ellos en la especie dominante y hacer de los humanos sus juguetes y sus presas) es convertida en una hermosa historia llena de lirismo y desesperación.

El humor está presente en mitad de las situaciones más tensas. Hacia el final de Preludios y nocturnos el doctor Destino controla las vidas y los actos de los ocupantes de una cafetería durante 24 horas, hasta la total destrucción de éstos. Aparentemente son individuos normales, pero luego vamos viendo que, tras sus fachadas de normalidad se esconden miserias, crueldades, fantasías ocultas e inconfesables. La brutal y excesiva acumulación de lo grotesco termina desembocando inevitablemente en la caricatura, aunque sea una caricatura sombría.

Más tarde, en el primer encuentro tras el encierro entre Sueño y su hermana Muerte, a ésta no se le ocurre nada mejor, tras setenta años sin verse, que ponerse a contarle Mary Poppins a su hermano.

Tenemos también momentos en los que el humor y lo poético se unen. En la conclusión de Estación de nieblas, finalizada toda la trama que comenzara con el cierre del infierno, vemos a Lucifer tranquilamente tumbado en una playa australiana contemplando una puesta de sol. Un humano se le acerca; le cuenta las desgracias de su vida, le dice que a pesar de todo, frente a todas las crueldades que ha visto y padecido, a un Dios que puede hacer una puesta de sol así, “bueno, hay que respetar al viejo bastardo, ¿no?”. El humano se va y Lucifer se queda solo en la playa. Su rostro está serio. De pronto, se abre en una sonrisa y dice: “Vale, lo admito, es verdad. Las puestas de sol son maravillosas, viejo bastardo”; y vuelve a tumbarse, tranquilo, satisfecho.

Pero el aspecto que quizá ha complacido más a la mayor parte de la crítica y una buena porción del público es que Sandman es una serie “culta”, llena de referencias clásicas, de alusiones literarias y de juegos eruditos que han hecho las delicias de muchos lectores. Y han deslumbrado a cierto sector del público hasta el extremo de tomar a Gaiman por mejor narrador de lo que es. (Y de paso, han permitido que cierta intelectualidad esnob y acomplejada que preferiría la castración antes de ser vista leyendo un tebeo, se paseara públicamente con las creaciones de Gaiman bajo el brazo. Si bien, eso nos quieren vender, lo que hace Gaiman no son comics, sino “novelas gráficas”.)

No cabe duda de que el guionista británico sabe contar y ambientar excelentemente una historia. Pero también es cierto que a veces sus finales no están a la altura de las expectativas que ha ido creando y que algunas de sus creaciones no son más que ejercicios de estilo tras lo que no hay nada realmente trascendente.

Todo eso, sin embargo, se olvida porque, en un medio como el cómic tan fundamentalmente falto de referencias literarias (como no sean las endogámicas al propio cómic) encontrarse con un tebeo tan poblado de ellas tan bien hilvanadas en la trama por fuerza tiene que deslumbrar. Y es que Gaiman parece saber de todo y todo lo que sabe aparece en sus comics: una historia sobre Shakespeare puede dar paso a otra sobre Augusto, a un cuento marinero al estilo de Stevenson o Melville puede seguirle un alarde de conocimiento mitológico, el ambiente de las Mil y Una Noches puede desembocar en una vieja historia china de fantasmas.

El gran mérito de Gaiman está en haber cogido toda esa “cultura de enciclopedia” y haberla sabido integrar como parte importante e irrenunciable de sus propios mitos personales: no como un molesto apéndice erudito a lo que nos cuenta, sino como un elemento más de ello, perfectamente integrado en la historia y fluyendo con ella con delicadeza y sin estridencias. Lo cual no deja de tener su mérito, sin duda.

NOTAS:

  1. Parece ser una norma habitual en el comic-book norteamericano dar rienda suelta a la creatividad de los autores solo cuando la alternativa es la desaparición de la serie: al fin y al cabo, parecen pensar, si el experimento no funciona íbamos a cerrar el kiosco de todas formas. Casos como el de Moore en La Cosa del Pantano, Miller en Daredevil o Simonson en Thor hablan por sí mismos. Pero quizá el ejemplo más claro de lo dicho sea la inclusión de la historia de presentación de cierto arácnido en el Amazing Fantasy 15, allá por los lejanos sesenta. [volver]
  2. Sin ir más lejos, el origen del Fantasma Desconocido (Phantom Stranger) al que Moore nos muestra como un antiguo ángel que, en el momento de la rebelión de Lucifer, se siente incapaz por inclinarse hacia uno de los dos bandos y que vaga durante el resto de la eternidad convertido en una criatura ambigua, indecisa, con un pie en ambos mundos (cielo e infierno) y rechazado por los dos. La serie que DC le dedicaría posteriormente al personaje contradeciría totalmente ese origen, hermoso y original. [volver]
  3. Digo supuesto porque en algunos números (como en Fachada) es su hermana, Muerte, la verdadera protagonista. Sandman ni aparece. [volver]
  4. Otras aportaciones esporádicas de Gaiman al comic-book norteamericano, en concreto para DC donde desarrollaría la mayor parte de su trabajo en los primeros años, serían un capítulo de la serie Hellblazer dedicada a John Constantine, dos números de Secret Origins con Hiedra Venenosa y el Pingüino de protagonistas, un par de historias de la Cosa del Pantano y otra del Hombre Florónico. Recientemente la mayoría de las historias cortas escritas por Gaiman para la DC serían recopiladas en el volumen Días de Medianoche (Midnigth Days), publicado en marzo de 2001 por Norma en nuestro país. A esto hay que a adir Green Lantern / Superman: Legend of the Green Flame, una historia destinada originalmente para el Action Comics Weekly, que no vio la luz en su momento y ha sido reconvertida en un número único en formato “prestigio”. [volver]
  5. Es curioso como el Sandman de Gaiman ha propiciado un resurgimiento del Sandman de la Edad de Oro, que incluso ha disfrutado de serie propia (Sandman Mistery Theatre) a cargo de Matt Wagner, quien ha sabido dotarla de un ambiente tenebrista muy adecuado a la personalidad de este Wesley Dodds obsesionado por sus sueños. [volver]
  6. Este personaje será, en la versión de Gaiman, Hector Hall, el antiguo Silver Scarab de Infinity Inc., que hace unos años volvió de entre los muertos para encarnarse como el nuevo Doctor Fate. [volver]
  7. No son pocos los puristas que protestan ante esta grosera intromisión de los héroes en pijama multicolor en el universo fantástico de Sandman. Siempre he creído sin embargo, que el Universo DC era lo bastante amplio y robusto para permitir esa permeabilidad intergéneros sin mayores problemas. Y Gaiman lo ha demostrado un par de veces: su utilización de un enemigo clásico de la Liga de la Justicia, el Doctor Destino, podría ser un ejemplo. Otro es precisamente ese cameo de Batman y Superman en el funeral de Morfeo. Un hecho tan simple como que el kryptoniano aparezca como Clark Kent mientras que Batman está vestido como tal demuestra sin estridencias lo bien que Gaiman les ha cogido el pulso a los personajes -y ha desvelado con una simple imagen la clave que los identifica y los separa- y cómo ha sabido integrarlos sin problemas en su universo: ambos sueñan y, por lo tanto, aparecen con su verdadero rostro. [volver]
  8. Especialmente espantoso resulta Arkham Asylum. No contento con dotar a su historia de un “mensaje” evidente y hacérselo decir explícitamente a Batman (con lo de que, de paso, nos toma a los lectores por estúpidos), nos lo desvela casi en las primeras páginas, cuando el hombre murciélago le dice a Gordon: “Me asusta que cuando atraviese las puertas… Cuando entre en Arkham y las puertas se cierren tras de mí… Sea como entrar en casa”. Si no puedes evitar la moraleja, lo menos que puedes hacer es esperar al final para soltarla. [volver]
  9. No conforme con eso, escribiría, con ilustraciones de Dave McKean, un capítulo de la serie Hellblazer, dedicada al exorcista inglés. [volver]
  10. Ahí vemos de nuevo una clara referencia al trabajo de Alan Moore: uno de los invitados a la Convención es El Hombre del Saco, que recuerda y numera los ojos de todas sus víctimas. Este personaje había aparecido previamente en un número de La Cosa del Pantano. [volver]
  11. El ejemplo más evidente es el último libro de Miracleman, donde los textos de apoyo se inflan hacia el infinito y lo que nos podía haber sido narrado en tres o cuatro números se alarga hasta ocho. El efecto de tanta prosa (por bella que sea y la de Moore lo suele ser) es, muchas veces, saturador. [volver]
  12. Uno de los aspectos más irritantes de los cómics “clásicos” eran esos textos de apoyo que se limitaban a describir lo mismo que estábamos viendo en la viñeta, sin añadir nada a lo que nos mostraban las imágenes. Roy Thomas ha comentado más de una vez que en ocasiones tenía que luchar con uñas y dientes contra los jefazos de la Marvel cuando decidía dejar sin texto alguna página de Conan. Hasta la llegada de Frank Miller, Alan Moore y, en menor medida, J. M. de Matteis ese sería uno de los defectos más característicos del comic-book norteamericano. [volver]
  13. Sin embargo, su narrativa, tremendamente eficaz en un medio como el cómic, se muestra pobre y sin matices cuando intenta la literatura. La mayoría de los cuentos de Gaiman (incluídos en el volumen Humo y Espejos) parecen más el esqueleto de historias que relatos acabados en sí mismos: no tienen la elaboración suficiente para resistir por sí mismos como literatura escrita, aunque algunos podrían ser estupendos guiones de cómic. Gaiman parece el ejemplo perfecto de que ser un buen escritor en un determinado género no implica necesariamente que pueda serlo en cualquier otro. [volver]
  14. En el que Gaiman oculta con mucho cuidado el talón de Aquiles de la victoria de Morfeo sobre el demonio. Cuando esté afirma ser “la antivida, la bestia del juicio, la oscuridad al final de todo, el fin del universo, de dioses, mundos y cuanto existe” y reta a Sandman a encontrar algo que pueda con ello, este responde “la esperanza”; el demonio, incapaz de encontrar un contraejemplo, queda en silencio y pierde el juego. Le habría bastado con afirmar que era “la desesperación” para volver la finta de Morfeo contra él y, posiblemente, vencer en la confrontación. El que no lo haga, y que los lectores no nos demos cuenta en un primer momento de que podría hacerlo, es una muestra más de la habilidad con que Gaiman ejecuta sus guiones. [volver]

Publicado originalmente en Yellow Kid nº 2 (2002).
Revisado y ampliado.

3 comentarios

  1. seguro que era asi la historia de nadia? Creo recordar que un amor imposible por parte de ambos, que el la engaña de algun modo, que no puede volver de la muerte, y que luego ella, resentida, se niega a volver con el.

    Otra cosa, has visto el guiño a ‘la casa de muñecas” en “swamp thing”?

    copiame la respuesta a albertoruiza@hotmail.com. gracias!!

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