Colmillo de dragón

Allá por 1992, tras un empacho de Thomas Malory (o, para ser más exactos, tras un empacho de Thomas Malory traducido por Francisco Torres Oliver) se me ocurrió escribir un relato artúrico que además, en lo posible, mantuviera el tono en el que estaba escrita -o traducida- La muerte de Arturo.

Además, se me ocurrió usar a Rauren Préndar, un personaje creado por mi amigo Javier Cuevas: un guerrero asturiano de los primeros tiempos de la Reconquista sobre el que Javier escribió y publicó varios cuentos, por no mencionar un esbozo de novela que espero que algún día, con mi ayuda o sin ella, remate como se merece.

Evidentemente, era un anacronismo que un personaje de la época de la Reconquista tuviera la menor relación con la Mesa Redonda y demás, pero dado que el ciclo artúrico está plagado anacronismos, uno más no me quitaba precisamente el sueño.

El resultado fue este “Colmillo de dragón”, un cuento que acabé publicando en Kenbeo Kenmaro, pero que no me pareció merecedor de pasar a ninguna de mis antologías de relatos (Callejones sin salida y Laberinto de espejos). Pese a todo, el experimento que intenté en él, aunque no sea nada del otro jueves, me sigue pareciendo interesante. Y quizá a vosotros también os lo parezca. Quién sabe

(Inevitablemente dedicado a Javier,
quien me permitió usar a Rauren Préndar)

Hace unos seis meses, un domingo por la mañana, paseaba yo por el mercadillo del Fontán, en Oviedo. Me detuve frente a uno de los puestos: un montón heterogéneo de libros, cómics y discos había atraído mi atención. La Sombra Ataca y Conan el Usurpador convivían con Manual de Mundología y Urbanidad y, los tres, sin el menor rubor, se codeaban con Pasión sin Fronteras y las Actas de la Sociedad Hidrográfica Gerundense del Año 1954. Entre aquel confuso revoltillo me llamó la atención lo que parecía un pliego suelto, muy estropeado, con aspecto de ser bastante antiguo, a juzgar por la impresión y tipografía. Lo hojeé unos segundos: estaba en un inglés arcaico salpicado de expresiones francesas que apenas podía entender. Cuál sería mi sorpresa al ver, en la primera página los nombres de Elaine y Lancelot y, algo más adelante, los de sir Héctor de Maris y sir Kay le Senescal. Rebusqué ansioso entre el montón de libros, sin encontrar nada más del mismo cariz, así que rápidamente me dirigí al mugriento individuo que regentaba el puesto y, agitando el pliego suelto en la mano, le pregunté «¿Cuánto?» a lo que él respondió, casi sin mirar: «Una libra, colega». Entusiasmado, casi sin poder creérmelo, dejé caer los veinte duros en su mano extendida y me fui de allí.

Aunque de difícil comprensión, no era completamente imposible de leer y, poco a poco, fui viendo que se trataba de una extraña aventura artúrica. Aquello no quería decir gran cosa, pues los libros que se han escrito sobre Arturo y sus nobles caballeros son legión, pero el primer fragmento del pliego me resultaba vagamente familiar. En efecto, comparándolo con mi edición de la Morte D’Artur vi que el fragmento con el que comenzaba la primera página no eran sino los dos últimos párrafos del capítulo 3 del Libro XI de la novela de Malory. Sin embargo, a continuación venía un capítulo 4 que la primorosa traducción de Francisco Torres Oliver (al igual, supuse, que la edición inglesa) no incluía. Fui pasando una página tras otra y al final me di de narices con el capítulo 9, en la última página del pliego, que terminaba bruscamente antes de llegar al final del primer párrafo. Este capítulo noveno se correspondía con el que era el cuarto en mi edición. Así que lo que tenía entre manos era una extraña y curiosa interpolación en la Morte D’Artur. Me extrañaba que la edición española no lo recogiera, ni siquiera como una variante del manuscrito de Winchester, pero mi bibliografía sobre Mallory distaba de ser completa.

Una rápida conversación telefónica con Carlos Díaz Maroto, de la Biblioteca Nacional, trajo como respuesta, un mes más tarde una extensa carta en que la me informaba de que, por lo que había averiguado a través de sus contactos bibliográficos, ninguna edición conocida de la obra de Malory incorporaba la historia que yo le había contado. Aquello fue como un mazazo. El pliego suelto, por otra parte, era sin duda parte de un libro mayor, por lo que no traía ningún indicio en lo que se refería a editor, fecha, lugar de publicación o autor, así que resultaba poco menos que imposible rastrear su procedencia. Sin duda, me dije, se trataba de un texto apócrifo de la Morte D’Artur, pero eso no lo hacía menos interesante.

Una nueva llamada, esta vez a Cádiz y, poco después comenzaba a traducir aquellas páginas con la ayuda inapreciable de Rafael Marín. Decidí modernizar ligeramente el texto y, desde luego, lo dividí en párrafos para hacer su lectura más inteligible (mi edición del Amadís de Gaula, en la que el texto es un ladrillo donde, en un mismo párrafo de varias páginas con letra minúscula se entremezclan diálogos, descripciones y narración me había enseñado a apreciar esos pequeños detalles).

Apócrifas o no, aquí están esas páginas:

……………………………………………………………………

-Señor -dijo la dama Elaine-, no le hagáis traición alguna.

-Sabed bien, mi señora -dijo sir Bromel-, y así os lo prometo, que en el espacio de un año guardaré el Puente de Corbin, en espera de sir Lanzarote, para que no pueda venir ni ir a vos, a menos que yo me encuentre con él.

CAPITULO 4
Cómo sir Lanzarote, de camino hacia el Castillo de Corbin, se encontró con un caballero sin espada

Dejamos entonces a sir Bromel en su empeño y seguimos a sir Lanzarote, que de camino iba hacia el Castillo de Corbin, donde moraba el padre de la señora Elaine. Mas he aquí que, en mitad de un claro vio un caballero desmontado y, llegándose a él, le dijo:

-Apercibíos, señor, pues he decidido justar con vos.

-Sea como deseáis, señor -respondió el caballero, y acto seguido se armó y ambos cruzaron sus lanzas con gran estrépito. Y las dos lanzas se quebraron y los dos caballeros fueron arrojados del caballo.

Mas enseguida sir Lanzarote estuvo en pie y, desenvainando su espada, fue hacia el otro caballero, dispuesto a acometerle.

-Teneos, señor -dijo éste-. Ved que carezco de espada.

Y le mostró la vaina vacía, de lo que sir Lanzarote hizo gran maravilla, pues nunca se había visto que un caballero fuera sin espada. Rica era la vaina, de colores alegres, y complicados dibujos de protección la cubrían en toda su longitud.

-No pelearemos más -dijo entonces sir Lanzarote-, pero me tenéis que explicar tan extraño enigma.

-Otra cosa no deseo. Mis tiendas están allá. Despojáos de vuestra armadura y compartid mi comida, pues el sol está alto y es tiempo de quebrar mi ayuno.

-Me place -dijo sir Lanzarote-. Mas no sin antes saber vuestro nombre.

-Soy sir Rauren Préndar -dijo el caballero sin espada-, y vengo de más allá del mar, al sur del reino de Gaula, donde yace la hermosa Hispania. Del reino de las Asturias vengo y astur es mi linaje.

-Sed entonces bienvenido a la hermosa Inglaterra donde gobierna el rey Arturo.

Y con estas palabras ambos entraron en la tienda de sir Rauren y se desarmaron y fueron atendidos por los criados de éste; tras lo cual rompieron su ayuno los dos caballeros y, acabado el yantar, preguntó sir Lanzarote:

-¿Cuál es el motivo que os ha hecho dejar vuestra patria y vuestras tierras?

-Extraño es, sin duda, aunque no más que otras cosas que he oído referir que suceden en la corte de vuestro señor Arturo. Habéis de saber que mi familia mora en las Asturias desde antes de la llegada de los romanos, y los Prendar hemos sido señores en las tierras de nuestros antepasados incluso antes de que Jesú viniera al mundo. El primogénito de los Prendar hereda, como señal de su rango, una espada larga y negra que ha estado en nuestra familia desde siempre, y que debería estar ahora en esta vaina si no hubiera ocurrido el hecho que me dispongo a narraros.

-Seguid, mi buen Rauren -dijo sir Lanzarote, quien miraba con simpatía al caballero, pues no podía dejar de ver que, aunque casi mancebo, era de hermoso rostro y recio cuerpo, y buenas maneras, de donde se veía su linaje.

-En tiempos de mi padre una gran desgracia cayó sobre nuestra tierra. Desde el sur llegaron los sarracenos y perseguidos por ellos los nobles caballeros castellanos. Nuestra tierra es un reducto natural, y en ella decidieron morar los castellanos, y llegaron a un acuerdo con los nativos de la tierra, de procurarles paz y seguridad a cambio de su vasallaje. Y exigieron que abandonaran las antiguas religiones de sus padres y se volvieran a Jesú, lo que no sé si fue cosa buena.

-Nunca mala cosa puede ser dejar el paganismo.

-No discutiré con vos, pues veo que sois noble caballero y cristiano al fin. Mas sin duda los campesinos no habrían abjurado de sus dioses si mi padre, viendo la necesidad de estar en paz con los castellanos, no les hubiera dado valor con su ejemplo, convirtiéndose a la fe de Cristo. Habéis de saber que, siendo yo mancebo, los sarracenos quemaron nuestras tierras y a mi padre y señor mataron, y yo pude huir en un barco a la lejana Bizancio, y allí moré un tiempo y luchando contra los sarracenos me hice hombre y caballero. Mas al fin y a la postre regresé a mi hogar y a la heredad de mis padres y en ella moré. Allí conocí al mago Vitigen y, aunque siempre he desconfiado de la magia y cuanto con ella tenga que ver, mi corazón se inclinó hacia Vitigen, quien grandes favores me prestó. Y habéis de saber, noble caballero, que cierta noche Vitigen llamó a mi puerta y con él venía un hombre desfallecido, que dijo ser miembro de la orden del mago, y me pidió refugio. No es de caballeros negarlo y mi morada fue como su casa para él. Mas he aquí que una noche, el cielo ocultó las estrellas y los rayos sonaron furiosos, y ese hombre salió de su lecho y se llegó a mis habitaciones, donde yo discutía con Vitigen de mis asuntos. Y ante nuestros ojos tomó la forma de un terrible dragón y se dispuso a calcinarnos con su aliento. Mas Vitigen nos protegió, aun a riesgo de salir malparado. Pero he aquí que lo que esa criatura quería realmente era Colmillo de Dragón, mi espada, y tomándola con las fauces echó a volar y se perdió en la noche siniestra. Pese a sus heridas, Vitigen fue capaz de decirme que el dragón había llevado mi espada a la lejana Caledonia y que yo debía partir en su busca sin perder un momento. Allí lo dejé, atendido por mis criados mientras se recuperaba de sus heridas y me vine a Inglaterra. Y ese es el motivo de que haya cruzado el mar y dejado mis tierras y esté frente a vos sin espada. Que no la llevaré hasta haber recuperado Colmillo de Dragón.

-Que me place lo que me contáis y me llena de ira -dijo sir Lanzarote-, y he aquí que he decidido acompañaros en vuestro empeño y ayudaros a recuperar la espada.

-¿Quién sois vos que así ofrecéis ayuda a un desconocido?

-Habéis de saber que soy sir Lanzarote del Lago, hijo del rey Ban de Benwick.

-¡En verdad que sois entonces el mejor caballero de cuantos pisan el mundo -dijo sir Rauren alborozado- y que nada me placerá más que contar con vuestra ayuda!

CAPITULO 5
Cómo sir Rauren y sir Lanzarote emprendieron el camino hacia el norte y de lo que les ocurrió y muchos otros hechos de gran maravilla pero no por ello menos ciertos

Y a la mañana siguiente, sir Lanzarote y sir Rauren, después de quebrar su ayuno, emprendieron el camino hacia Caledonia. Mas antes sir Lanzarote ocultó su escudo y tomó uno de sir Rauren, pues veía que sir Rauren era un joven de gran merecimiento y que con el tiempo grandes hechos se narrarían de él y no quería que luego dijeran que había tenido éxito en su aventura solo porque sir Lanzarote lo había acompañado, así que ocultó su escudo para que no le conocieran.

Y de camino encontraron a sir Héctor de Maris y sir Kay le Senescal y justaron con ambos y a ambos derribaron y siguieron cabalgando sin detenerse, de lo que muy maravillados quedaron sir Kay y sir Héctor preguntándose quién serían aquellos caballeros que los habían descabalgado tan rudamente, sin que sir Héctor reconociera a su hermano Lanzarote, pues no llevaba su escudo.

Cruzaron así Inglaterra sir Lanzarote y sir Rauren, y se encontraron con muchos caballeros, algunos buenos caballeros de la Tabla Redonda, y sin darse a conocer justaron con ellos y a todos derribaron. En esto vio sir Lanzarote que sir Rauren era un valeroso caballero y diestro pese a su juventud, por lo que hizo gran contento de haberlo acompañado.

Sucedió que finalmente llegaron un alto castillo, una brumosa mañana. Y sus almenas se alzaban sobre la niebla como negras garras manchadas de sangre, y una nube oscura se cernió sobre el corazón de ambos caballeros.

-Un gran hechicero debe morar sin duda en ese alcázar -dijo sir Lanzarote-. Y no sería gran cosa que nos ocurrieran hechos maravillosos al acercarnos.

-Así parece. Y mi corazón me dije que Colmillo de Dragón no está muy lejos. Por tanto, démonos prisa.

Y ambos caballeros penetraron en la bruma, que pronto les cubrió como un fantasma pálido hasta el extremo de que apenas podían verse a sí mismos y sus voces les sonaban muy lejanas. Y de pronto sintieron sir Lanzarote y sir Rauren grandes deseos de llorar, pues una tristeza sin límites les embargaba.

-Ay, qué es esto -dijo Sir Lanzarote-, sin duda hemos sido hechizados.

Pero sir Rauren no respondió, sino que envuelto en la negra tristeza siguió cabalgando y finalmente dejaron la bruma detrás y pareció que un gran peso dejaba sus corazones y la mañana fresca y luminosa se alzaba frente a ellos como si fuera la primera vez.

Vieron entonces que hacia ellos venía una grande hueste, de caballeros y de infantes, y todos vestían de negro, y los caballos eran negros, y negras las armas y los escudos, y como la noche los pendones que ondeaban.

Sin una palabra, sir Lanzarote y sir Rauren enristraron las lanzas y acometieron la lucha, pese a la gran desigualdad. Mas ningún caballero en este mundo podía superar en hechos de armas a sir Lanzarote, excepto quizá sir Tristán, y a muchos descabalgó y grandes hechos hizo aquel día. Y no se quedó atrás sir Rauren, pese a ser casi mancebo, y repartió golpes entre la hueste enemiga y al finalizar el día tenía la lanza y el brazo ensangrentados hasta el codo.

Y al fin llegaron al ominoso castillo que los esperaba en silencio, y cruzaron un puente, y entraron en el patio, y todo a su alrededor era silencio, y hasta el sonido parecía haberse convertido en silencio. Llamó a los del castillo sir Lanzarote y no obtuvo respuesta alguna y vio luego algo que los maravillaba, pues al extremo del patio varias figuras humanas aguardaban inmóviles. Y acercándose a ellas vio que eran estatuas, pero de tan natural apariencia, que parecían punto de moverse, y el terror se había petrificado para siempre en sus rostros inmóviles. Mas no otra cosa encontraron en el castillo y a la postre lo abandonaron, sin haber resuelto el misterio, perplejos y maravillados.

CAPITULO 6
En el que sir Rauren y sir Lanzarote llegan a un castillo en Caledonia y quién les esperaba allí

Días sin cuento transcurrieron, hasta que pareció que el tiempo mismo se había detenido alrededor de los dos caballeros. Y a la postre llegaron a un nuevo castillo, de hermosa apariencia y blancos torreones y cuidadas almenas.

Y un enano salió del castillo y les pidió a los caballeros que, por favor, pernoctasen en él, pues la dama del castillo tenía interés en compartir su cena con ellos y oír sus hazañas y hechos de armas, que sin duda eran muchos. No pudieron negarse sir Lanzarote y sir Rauren a tan cortés requerimiento, por lo que entraron en el castillo y allí fueron servidos de muchos pajes y doncellas. Y se desarmaron y asearon y luego fueron envueltos en ricos ropajes y llevados al salón.

¡Ah, si hubierais visto a los dos nobles caballeros en sus lujosos ropajes, el uno con su espada, el otro con la vaina vacía! Pues noble y gallardo y apuesto como ninguno era sir Lanzarote, pero sir Rauren, pese a su juventud, no era menos gallardo, o pese a su mirada sombría menos noble, ni menos apuesto pese a su escasez de palabras. Y la dama del castillo salió a recibirlos y los ojos le brillaban. Era una señora hermosa y altiva, y las doncellas que la acompañaban como un sueño, y sir Lanzarote y sir Rauren creyeron haber llegado al cielo de los paganos que llaman Valhala, y se sintieron maravillados y complacidos.

Larga fue la cena, amenizada con juglares y malabaristas, con risas de mujeres y requiebros de caballeros. Y el fuego en la gran chimenea se consumió lentamente mientras las viandas iban pasando una tras otra, hasta que todos se sintieron ahítos. Y pensó sir Rauren que gran maravilla era que dos caballeros desconocidos como eran él y su acompañante (pues nadie sabía que era sir Lanzarote) fueran de tan graciosa manera agasajados. Por lo que entró en desconfianza y cuando fue llevado a sus aposentos mantuvo un ojo abierto; y aunque durmió su sueño fue intranquilo.

Y vino a suceder que en mitad de su sueño tuvo sir Rauren una visión, como de una mujer hermosa como ninguna, vestida tan solo con sus largos cabellos rubios, que se inclinaba sobre él y lo acariciaba de muy lujuriosa manera. Y su cuerpo respondía a las caricias y yacía con ella, y gran contento tenían uno del otro. Mas a la postre abrió los ojos y vio que su sueño se había convertido en realidad, pues una mujer yacía a su lado, mirándole. Sonreía la mujer, mas no como una amante satisfecha, sino como una bruja maliciosa y al ver aquello sir Rauren tuvo mucho miedo, pues Vitigen, el mago de su tierra, le había prevenido contra la magia y cuanto guardara relación con ella.

-¿Quién sois señora? -preguntó-. ¿Y qué queréis de mí?

CAPITULO 7
De los peligros del Castillo, y cómo sir Rauren buscó a sir Lanzarote

-En cuanto a lo primero -respondió ella-. Has de saber que soy Morgana el Hada, hermana del rey Arturo. Y en cuanto lo segundo, nada quiero de ti, salvo tu destrucción.

Espantado estuvo sir Rauren ante tales palabras. Pues la fama de Morgana había llegado a la lejana Hispania. Y sabía que odiaba a su hermano, Arturo, el más noble de cuantos reyes viera la cristiandad.

-Apartaos de mí, señora -dijo sir Rauren-. Pues aunque no lucho con mujeres, por amor al rey Arturo os combatiría.

-No eres tú quien me interesa, chiquillo imberbe -dijo ella-, sino tu compañero. Y es a él a quien tendré, y cuando lo tenga, la reina Ginebra enloquecerá de celos y habrá discordia en el reino de Arturo.

-No será tal, que no he de permitirlo.

Y acto seguido saltó del lecho sir Rauren y dirigiéndose a la pared donde estaban sus armas tomó su lanza y apuntó con ella a Morgana.

-¿Dónde está sir Lanzarote, bruja? -preguntó.

Mas, sin responder, Morgana el Hada se desvaneció como un jirón de niebla y sir Rauren se encontró solo en su aposento, y sintió que un sudor frío le corría por todo el cuerpo. Mas no perdió el tiempo, y se vistió y se armó, y con la lanza al brazo recorrió el castillo buscando a sir Lanzarote. Al fin lo encontró en un aposento similar al suyo: desnudo yacía con una mujer que él creía Ginebra su reina, y tenía los ojos cerrados, y parecía como hechizado.

No aguardó sir Rauren y saltó sobre la bruja, empuñando la lanza. Mas cuando iba a traspasarla de parte a parte, sonó una risa brutal que llenó todo el castillo, y una luz blanca hirió sus ojos, y cuando pudieron ver de nuevo, castillo y mujer se habían desvanecido, y estaban en mitad del bosque, solos. Le contó sir Rauren a sir Lanzarote lo que había pasado desde la cena y gran lamento hizo el segundo al escuchar tal historia:

-Pues Morgana me odia y me desea desde siempre -dijo-. Mas no ha de tenerme como no sea bajo engaños y hechicerías, que mi corazón pertenece a mi reina y de ninguna otra será.

Así, esperaron al amanecer y continuaron su viaje.

CAPITULO 8
Cómo sir Lanzarote y sir Rauren llegaron a un lago en Caledonia, y de la isla en el lago, y la vieja bruja que moraba en ella

Maravillábase sir Lanzarote del silencio del joven sir Rauren, pues durante todo el viaje apenas despegó los labios como no fuera para contestar a sus preguntas, y su humor era sombrío y sus modales bruscos, pese a su gallardía y valor que sir Lanzarote había tenido ya ocasión de comprobar. Mas ni una pregunta salió de los labios de sir Lanzarote, pues no solo era éste el mejor de cuantos caballeros tomaron las armas, sino también discreto. Y la paciencia de sir Lanzarote dio su fruto, pues al fin el joven le abrió su corazón y una noche le dijo:

-Habéis de saber, sir Lanzarote, que no aprecio el arma de mis antepasados y que soy cierto de que sin duda sería mucho más feliz sin ella. Pues Colmillo de Dragón tiene voluntad propia y a veces es más intensa que la de su amo, y ansía beber sangre y hundirse en los corazones de los hombres. Y hay que ser fuerte y prudente para manejarla, pues de lo contrario será ella quien le maneje a uno. Temo, en fin, que mi corazón fracase en el momento de la prueba.

-Ah, mi querido muchacho -dijo sir Lanzarote-. Ahora veo el porqué de vuestro silencio y vuestro semblante hosco. Y eso me hace teneros en más estima, pues significa que sin duda sois merecedor de la espada que buscáis y que la fuerza necesaria para dominarla están en vuestro brazo y vuestro corazón. Y es cierto que seriáis más feliz sin ella, pero no lo es menos que estaríais deshonrado, como sin duda sabéis y no ignoráis. Confieso, sir Rauren, que he llegado a amaros estos días.

-Y yo a vos, mi señor Lanzarote.

Nada más se dijo entre ellos sobre el tema, pues parcos son los hombres, y más los caballeros cuando se trata de expresar lo que se oculta en sus corazones. Pero desde aquel día hubo gran amistad entre la casa de sir Lanzarote y la de sir Rauren.

Por fin, tras largos días y oscuras noches, llegaron a las altas tierras de Escocia y las recorrieron a pie firme, y a la postre vieron a lo lejos un lago, y en el lago una isla, y dijo sir Rauren:

-Colmillo de Dragón está allí.

No preguntó sir Lanzarote a sir Rauren cómo podía afirmar cosa tal con aquella seguridad, pues él mismo sentía una presencia indefinible que no podía precisar. Buscaron entonces la manera de cruzar el lago, y de pronto vieron una embarcación venir hacia ellos, la cual embarcación parecía hecha de huesos, y hedía como la muerte y el barquero que la guiaba no tenía ojos sino dos pozos oscuros y fríos. Subieron en ella ambos caballeros dejando sus monturas en la orilla y cruzaron el lago hacia la isla.

Había en la isla una choza de barro con techo de paja, y un hilillo de humo salía de la choza. Días hacía que no comían nada caliente los dos caballeros y la boca se les hizo agua y sus estómagos crujieron de ansia. Dejaron atrás su tétrico barquero y caminaron hacia la cabaña. Pero he aquí que una figura apareció en el umbral, como de una mujer muy vieja, y desdentada, con las encías marchitas y grandes pelos naciendo de un lunar en su barbilla. Y los huesos parecían crujirle a cada movimiento y sus ojos eran dos alfileres carmesí que brillaban dominantes y dijo con voz cascada:

-¡Teneos donde estáis, caballeros y decidme qué os ha traído aquí!

-Busco la espada de mi padre, vieja -dijo sir Rauren en tono brusco.

-Sea. Entra pues en mi cabaña.

Se intercambiaron una mirada sir Lanzarote y sir Rauren, y el segundo echó a andar mientras el primero aguardaba. Apenas cruzó el umbral de la cabaña sir Rauren cuando la oscuridad cayó sobre el lago y la cabaña misma pareció un pozo de negrura y el frío oprimió el corazón de sir Lanzarote, pues las sombras oe cercaban y parecían vivas y susurraban a su alrededor. Empuñó sir Lanzarote su espada, aunque presentía que de poco iba a servirle en circunstancias tales y a pie firme y con el corazón valiente aguardó lo que pudiera acometerle desde la helada oscuridad.

Entretanto, en el interior de la cabaña vio sir Rauren como la mujer se transformaba, se desprendía de la vieja piel como una carcasa inútil y un gran dragón se alzaba frente él, el cual dragón no era otro que el que había robado su espada.

-¿Has venido para ser devorado, hombrecito? -rugió el dragón.

Pero sir Rauren no prestó atención a sus palabras y no miró a los ojos carmesí de la bestia, pues sabía que su voluntad sería entonces presa del dragón. Y en lugar de eso llamó a la espada de sus antepasados. Y he aquí que en mitad de la negrura, colgada sobre un pozo, vio a Colmillo de Dragón, su negra y larga hoja reluciendo y palpitando, buscando a su amo entre las tinieblas conjuradas por la bestia. Mas el monstruo se interpuso entre el caballero y la espada y abrió la boca, de la que se escapó un fuego abrasador. Mas ya sir Rauren se había hecho a un lado, y rodaba bajo las patas del dragón, y cogía la espada y de un solo tajo cercenaba la cabeza de la criatura, de cuyo cuello cortado manaba un icor corrupto y hediondo. Y ese no fue el único dragón que mató sir Rauren, aunque sí el primero, y gran enemistad hubo en todos los días de su vida entre él y los dragones, y éstas bestias le odiaron y le temieron más que a ningún otro caballero.

Pero ya afuera las tinieblas desaparecían y era de día otra vez. Echó a correr sir Lanzarote hacia la cabaña con el corazón henchido y vio salir de ella a sir Rauren, con la espada en la mano y la altiva sonrisa en el rostro. En silencio contemplaron ambos la negra hoja manchada con la oscura sangre del dragón y ninguno de los dos dijo nada, pues sentían la voluntad de la espada, pero sentía también sir Lanzarote que la voluntad de sir Rauren era mayor, de lo que hizo gran contento. Dejaron los dos caballeros la isla, encabalgaron de nuevo y volvieron hacia el sur. Y a la postre llegaron otra vez a Inglaterra, y se separaron, aunque como grandes amigos, jurando cada uno acudir en ayuda del otro sin importar la distancia ni el tiempo, y cada uno siguió el destino que le había tocado en suerte.

Y les dejamos ahora a los dos para seguir a sir Bors de Ganis.

CAPITULO 9
Cómo vino sir Bors a doña Elaine y vio a Galahad, y cómo era alimentado con el Santo Grial

Y acaeció, por fortuna y ventura, que sir Bors de Ganis, que era sobrino de sir Lanzarote, pasó por el puente de Corbin; y allí justaron sir Bromel y sir Bors, y sir Bors dio a sir Bromel tal golpe…

……………………………………………………………………

Aquí termina el pliego. El último párrafo corresponde, como ya he dicho, al capítulo 4 del libro XI de la Morte D’Artur y es de suponer que los pliegos siguientes, si los hubo, continuarían narrando la historia de Malory.

Mis esperanzas de hallar referencias a esta historia artúrica o al caballero llamado «sir Rauren Préndar» que ninguna otra tradición de la Tabla Redonda menciona, fueron casi nulas durante varios meses. Aquello era especialmente exasperante, por cuanto el tal Préndar resultaba ser asturiano. Es más, por lo que él dice de sí mismo debió haber vivido no mucho después de la invasión musulmana en España (el hecho de que les llame sarracenos no debe engañarnos, todos los musulmanes eran sarracenos para Malory, cosa lógica para un habitante del siglo XV, con los turcos a las puertas mismas de Europa), y de la huida de Pelayo y los suyos hacia el norte. Esto hace surgir una indudable discrepancia cronológica, pues Malory sitúa a su rey Arturo hacia el año cuatrocientos cincuenta, y Prendar no pudo haber vivido antes del siglo VIII. Sin embargo, Le Morte D’Artur está tan llena de anacronismos que uno más no me preocupaba demasiado.

Luego, hace poco menos de un mes, y hablando con mi amigo Javier Cuevas, le comenté la historia. Pareció entre incrédulo y entusiasmado y me hizo leerle mi traducción. Una sonrisilla cínica asomó apenas a sus labios y me dijo: «espera unos días». Así lo hice y cuál sería mi sorpresa cuando, una semana después recibía una carta suya en la que reproducía parte de un manuscrito recientemente encontrado en el antiguo torreón de vigilancia costera de Carreño y del que yo, lo juro, no tenía noticia. Firmado por un tal Diego de Préndar, hidalgo asturiano de mediados del siglo XV, habla del viaje de éste a Inglaterra y de cómo trabó conocimiento allí con un caballero mercenario llamado Thomas Malory a quien le contó algunos hechos referentes a la historia de su familia. En la carta, Javier me decía también que el manuscrito en cuestión había sido encontrado por el estudioso madrileño Antonio Rivas, medio enterrado a un lado del torreón en el interior de una enorme gaveta de guardas metálicas junto a varios más en los que se narraban varias historias de (según su propio autor) «mi muy noble antepasado Rauren Préndar, y sus enfrentamientos con los vikingos, los godos y los musulmanes, además de sus aventuras en Bizancio y su búsqueda de Colmillo de Dragón, la espada familiar, con otros hechos tan maravillosos como veraces, escritos de mi propio puño y letra tal y como me fueron transmitidos por mi padre y a éste por el padre de mi padre». La carta de Javier continuaba resumiéndome la versión que Diego de Préndar da de la búsqueda de la espada por parte su antepasado, bastante similar a la recogida por Malory, aunque con la ausencia evidente de sir Lanzarote. Termina la carta con este socarrón comentario: «Digamos que no deja de resultar ligeramente mosqueante que tú hayas decidido dar a la luz una historia de Rauren Préndar justo cuando yo trabajaba en un texto en castellano moderno de los manuscritos del torreón. No sé si reirme o estrangularte. Afectuosamente rabioso: Javi».

Resulta evidente que no fui estrangulado (no mucho, al menos). En lo referente a la versión moderna de los manuscritos de la familia Préndar, varios de ellos ya están dispuestos para su publicación y, concretamente dos, titulados por Javier «La Torre de la Serpiente» y «Nobleza de Sangre» verán la luz dentro de poco tiempo, si no lo han hecho ya, gracias a los esfuerzos del editor zaragozano García Soláns. Espero que para entonces Javier ya me haya perdonado.

Publicado originalmente en Kenbeo Kenmaro 2, 1993

6 comentarios

  1. Me duelen los ojos de estar pegado a la pantalla.Interesante.

    Comentaba en un post, ayer, que soy un recién llegado, de rebote, buscando información sobre Jim Thompson y Ellroy, caí por aquí.Mi afición tiene que ver más con la cinefília, reconozco que no soy demasiado buen lector, y ahora, por desgracia, tengo bastante tiempo libre.
    Para serte sincero desconocía quién era R.Martinez , hasta hace un par de días.
    En la biblioteca de mi pueblo, sólo hay dos títulos tuyos,y si se me permite la osadía, ya que el medio me comunica directamente con el autor, (cosa, que si te pones a pensar es
    realmente increíble!) me gustaría que me recomendases, cual sería mas interesante para iniciarme: La sabiduría de los muertos o Los sicarios del cielo.

    Por el momento no tengo acceso a otros títulos.

    Un saludo desde el occidente.

  2. Pues ahora que Gandules ha montado una editorial, tal vez sería buen momento para repasar toda la serie de Rauren Prendar y publicar un librín la mar de mono… y subvencionable. Tengo buenos recuerdos de la serie, y la veo muy rescatable. (Vale, vale, ¿quién pone a currar a Javi en retocar cuentos de hace casi veinte años?)

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