Historias de la puta mili (I): Burócratas en uniforme mimetizado

Decía, en la entrada en la que hacía un balance de Horizonte de sucesos, que buena parte de aquellos relatos habían sido escritos mientras hacía el servicio militar.

Fue allá por 1992. En febrero, concretamente, me incorporé a filas después de haber estado unos siete años paseando por la universidad española aprendiendo, entre otras cosas, a jugar al mus. Dos carreras (Filología Inglesa e Informática) que abandoné sucesivamente en busca de pastos más frescos.

Sólo que, para entonces, los pastos ya no eran muy frescos, que digamos. Tenía 26 años, acababa de dejar Informática y me quedaba un año de la última prórroga -solían concederse por dos años-. ¿Qué hacer? ¿Seguir un año más en la universidad dedicado al dolce fare niente? ¿Objetar y buscarme una prestación social sustitutoria que fuera más o menos cómoda?

Al carajo, me hacía la mili, qué demonios. Además, confieso que tenía curiosidad por saber cómo era estar en el ejército. Aparte de que por aquel entonces la prestación social duraba un año y el servicio militar empezaba a ser, precisamente en 1992, de nueve meses.

Así que adelante. Anulé la última prórroga que tenía concedida, entré en el sorteo y acabé cayendo en el primer reemplazo del año 1992. Es decir, me incorporaría en febrero y terminaría en octubre.

No lo pasé mal, tengo que decirlo. Tras un periodo un tanto estresante de un par de meses durante la instrucción (parece una tontería, pero la posibilidad de cagarla, ser arrestado y no poder irme el fin de semana me tenía literalmente de los nervios) la cosa se normalizó, nos repartieron los destinos y empezó la mili de verdad.

Acabé como escribiente (jerga militar para el chico para todo que hacía las cosas de la oficina) en la Compañía de Plana Mayor y Servicios del Tercer Batallón del Regimiento de Infantería Aerotransportada Príncipe Nº 3. Era, también, uno de los soldados más viejos de la Compañía (veintiséis años, como he dicho, y cumpliría veintisiete enseguida). Ambas cosas hicieron que todo fluyera con bastante suavidad.

(De paso, eso de ser del primer reemplazo que hacía nueve meses tuvo sus consecuencias cuando un veterano de otra compañía -nunca tuve roces con los de la mía- empezó entre brabuconadas a comentar mi lamentable aspecto -nunca tuve una pinta muy marcial, todo hay que decirlo- y a decir algo así como que nunca había visto un “chivo”, como se nos llamaba a los novatos, con tanta pinta de “chivo” como yo. Normalmente procuraba rehuir los enfrentamientos, pero el tipo terminó de tocarme las narices más de lo que debía y no pude resistirme a responderle algo así como: “Sí, seré un chivo, pero yo dentro de nueves meses estaré fuera de aquí y tú pringarás un año entero”. Aquello no le sentó bien, y menos teniendo en cuenta que él era del sexto reemplazo del año 1991, lo que implicaba que, si las cosas no cambiaban, había empezado la mili varios meses antes que yo y la terminaría después. Así que se armó una bastante curiosa. Evidentemente, la sangre no llegó al río y todo quedó en una de esas demostraciones en las que dos grupo de monos se gritan y se provocan mutuamente desde cada lado del charco sin que ninguno se atreva a cruzar al otro lado.)

En fin, molestas digresiones aparte, a lo que íbamos.

Estar como escribiente en una compañía no era muy distinto de estar currando en una oficina civil… aparte de que vestías de uniforme, tenías que saludar, presentarte siempre con un “a sus órdenes, mi lo-que-sea, ¿da su permiso?” y ese tipo de cosas. Por lo demás, a las seis -creo recordar- te cambiabas, te ponías la ropa de civil, pillabas el autobús y a dormir a casita. Como escribiente, no hacía guardias y, como mucho, una vez al mes pringaba un fin de semana en el cuartel como escribiente de servicio del regimiento. Creo que incluso era menos que eso.

Vamos, una mili de lo más cómoda. Lo más apasionante fueron unas maniobras en los Monegros en las que, de alguna misteriosa forma, me las apañé para dejar el fusil en el cuartel y básicamente, me limité a estar una semana de acampada, matando las tardes a base de cerveza y pipas (de las de girasol, por si algún mal pensado se creía otra cosa).

Creo que era más antimilitarista antes de hacer la mili que después. De hecho, mi actitud hoy en día hacia la idea del Ejército es crítica, pero no necesariamente negativa. Supongo que no hay nada como conocer las cosas para reconsiderar ciertas ideas.

Encontré de todo entre los mandos: buena gente, mala gente, tipos raros, tipos normales, imbéciles acomplejados que compensaban su carencia de autoestima ejerciendo el despotismo, oficiales y suboficiales razonables que procuraban cumplir con su deber y para los que los hombres a su cargo eran una responsabilidad y no una oportunidad de tener criados gratis… de todo, como he dicho.

Sorprendentemente, lo que encontré fueron pocos militares. Creo que mi principal queja sobre el ejército (y es curioso, viniendo de alguien que, por aquella época, era vagamente pacifista y no muy pro ejército) era que había pocos soldados y demasiados burócratas. Burócratas vestidos de uniforme mimetizado a los que tenías que saludar (a algunos seguro que les habría encantado una genuflexión o dos) pero, básicamente, chupatintas. Dicho sea con todo mi respeto para los chupatintas.

De hecho, confieso que las personas más íntegras que encontré allí entre los mandos eran los pocos que, realmente, pensaban como soldados y se comportaban como soldados. Empezando por el segundo capitán que tuvo mi compañía en aquellos meses: un tipo raro donde los haya, y sospecho que enormemente tímido, pero íntegro como pocos que he visto.

Comparado con el capitán anterior, un individuo que iba de campechano y jovial y, a la hora de la verdad, era un cabrón bastante grande, me parecía una mejora sustancial. Y digo eso teniendo en cuenta que yo, como escribiente y, por tanto, privilegiado, jamás tuve problemas con ninguno de los dos. E incluso podría añadir que me llevaba mejor con el primero, pues no tardé en descubrir que era aficionado a la ciencia ficción y más de una vez charlamos de libros del género. Así que sí, me llevaba bien con él y había incluso una cierta confiaza, mientras que con el otro había una evidente distancia. La diferencia es que con el segundo habría ido a la batalla con los ojos cerrados -bueno, siempre que no hubiera podido escaquearme de ir, claro-, y con el primero ni “jarto de grifa”, como solíamos decir.

Y no, esto no es una loa a las virtudes castrenses, ni la continuación de Starship Troopers (la de Heinlein, no el bodrío aburridete del holandés). Pero se notaba mucho cuando alguien estaba allí porque era lo suyo, y así lo sentía, y cuando alguien había acabado allí porque no había encontrado nada en otro sitio.

También se notaba en otros detalles. Decía antes que lo más apasionante que me pasó fueron unas maniobras en los Monegros. Durante ese tiempo, los soldados que teníamos un destino de despacho, por así decir, nos transmutamos en camareros. Había una enorme tienda-comedor donde oficiales y suboficiales daban cuenta de su pitanza (no a la vez, creo recordar) y nosotros los atendíamos: les servíamos las comidas y todo eso. Mi fugaz paso por el mundo de la hostelería, vaya.

Lo cierto es que estaba previsto que cierto día de las maniobras se comieran solo raciones de supervivencia: todo el mundo, del soldado más pringao al mando más alto. Raciones, por otro lado, que he de decir que no estaban mal: una lata de atún, una de judías o de carne estofada, y una chocolatina o un botecito de leche condensada; además de la pastilla y el hornillo portátil para calentar las latas. Y cerillas, claro.

El caso es que hubo un… no sé si llamarlo motín. Uno de los oficiales decidió que los cojones él se iba a comer aquellas raciones como si todos fuéramos iguales. Así que dio orden a los cocineros de que prepararan para ellos unas tortillas de patata y unos filetillos empanados. Qué menos.

Como camarero, me tocó servir esa comida. Y me tocó ver cómo, mientras la mayoría de los mandos devoraban tortilla y filetes como si el mañana no existiera, unos pocos, sin ninguna alharaca ni aspaviento, abrieron sus raciones de supervivencia y se las comieron en silencio. No hace falta que diga que mi capitán (el segundo, claro, no el primero) era uno de esos pocos.

De haber tenido valor, me habría acercado a él y le habría susurrado “olé sus cojones, mi capitán”. No lo hice, y de haberlo hecho, seguro que él se lo habría tomado a mal. Pero debí de musitar para mis adentros algo muy parecido.

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