La estación de la calle Perdido, de China Mieville

¿Ciencia ficción? ¿Fantasía? ¿Terror? ¿Steam-punk? Quizá ninguna de esas cosas, o todas. En realidad, si tuviera que definir esta novela en pocas palabras sería diciendo que es el libro que habría escrito H. R. Giger de haberse dedicado a la literatura en lugar de a la pintura o el diseño.

Estamos en Nueva Crobuzon, una ciudad con tecnología decimonónica situada en mitad de ningún sitio donde los humanos conviven con especies tan extrañas como inquietantes, y en la que la magia, la maquinaria a vapor (incluyendo algún que otro ordenador autoconsciente), la ciencia descabellada y las agitaciones sociales propias de la revolución industrial forman el sorprendente tapiz de fondo donde se desarrolla la historia.

Estamos también ante una novela ocasionalmente malsana, que tiene mucho de sueño de la razón engendrando monstruos. En cierto modo (y siento repetirme, pero es difícil abandonar la idea) es como si H. R. Giger y Stanley G. Weinbaum se hubieran puesto de acuerdo para escribir una novela a cuatro manos.

El esquema argumental bebe directamente en la más clásica narración de aventuras, y buena parte de la ambientación parece extraída del más puro steam-punk: Nueva Crobuzón tiene mucho del Londres del siglo XIX, incluídos los ferrocarriles, las huelgas y las enormes estaciones de tren que parecen monstruosos monumentos. Las especies alienígenas (no necesariamente extraterrestres, ya que en ningún momento sabemos dónde o cuándo estamos) son tan extrañas y dispares como coherentes dentro de su propia morfología y psicología. Y la imaginería tiene mucho de pesadilla biomecánica, de fluidos corporales unidos a engranajes dentados, de malformaciones que sin embargo resultan viables y atrapan nuestra vista con horrorizada fascinación, de maridajes bastardos entre plantas, mamíferos e insectos.

Miéville ha construido una novela fascinante, en la que el verdadero protagonista es el decorado, y donde los personajes que pululan por él salvando a su pesar el mundo que conocen, no son otra cosa que actores bien caracterizados que nos sirven de guías por la pesadilla del pensamiento racional que es la ciudad y, en buena parte, la novela.

Tengo que confesar que hacía tiempo que no leía nada que atrapase mi atención de forma tan inmediata, que me impeliese a seguir leyendo de ese modo y que incluso en los momentos más desagradables (y hay varios) no me permitiera apartar la vista de la página escrita y me obligara a seguir leyendo pese a mí mismo. Tal vez lo más parecido a esa sensación son las novelas mainstream de Iain Banks (especialmente algunos pasajes de Una canción de piedra), aunque los libros de Banks suelen tener un ritmo tranquilo, mientras que este va acelerándose cada vez más hasta convertirse en un carrusel casi frenético que desemboca en esa estación ferroviaria que da título a la novela, para luego derramarse con tranquilidad en un anti clímax que cierra convenientemente los cabos sueltos y remata la historia con eficacia.

4 comentarios

  1. Lo que es la vida… Llevaba un par de años buscando ese libro y casualmente, antes de ayer mismo, lo encontré en el fondo de de una pila de libros en una tiendecita de segunda mano ^_^

    Estoy deseando poder ponerme con él!

  2. Pues te ha causado el mismo efecto que me causó a mí. Y mira que yo para la fantasía soy bastante rarito. Pero lo que consigue Mieville, a diferencia de muchos otros autores, es que te interese por igual el universo que crea (deslumbrantemente creativo) así como los personajes que lo llenan, al mismo nivel que la propia trama. Ya digo, normalmente me encuentro con autores en los que una cosa prevalece sobre la otra. Pero él es la excepción. Me lo leí prácticamente del tirón y luego me puse con “La Cicatriz”, que también empieza muy, muy bien, pero que para mi gusto luego acaba cayendo bastante en picado. En todo caso, es un autor al que sigo atentamente.

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