Batallitas de abuelete a ritmo de música disco

Tenía doce años.

Acababa de ver La guerra de las galaxias.

Y eso tuvo varias consecuencias. Una de ellas (quizá la más lamentable) es que empecé a escribir.

Otra, más inmediata, fue que, todos los días, en el trayecto de casa al colegio y del colegio a casa, rememoraba la película una y otra vez. Cuando llegaba a mi destino, tomaba nota mental de en qué parte de la historia estaba y, al día siguiente, reanudaba desde allí la rememoración. Era el único modo que tenía de volver a verla: cosas como el vídeo o el DVD no existían aún y convencer a mis padres de ir a verla al cine de nuevo estaba fuera de discusión.

Luego, casi enseguida, llegó el cómic, lo que me permitía repasar la historia de Luke con una cierta ayuda visual. Y la novelización, que aparecía ostentosamente firmada por George Lucas (qué tío, me decía yo, hace pelis y escribe novelas, además) pero que años después descubriría que había sido escrita por Alan Dean Foster. Y una revista con fotos de la peli (fue la primera vez, creo, que vi  una muesta del trabajo de los hermanos Hildedrandt), y bocetos del diseño de producción, y artículos y “todos los entresijos” de la película al descubierto. Y, por supuesto, el álbum de cromos, que aún conservo (no exactamente el mismo que en su día completé, pero eso ya es otra historia).

Aunque eso no me hizo abandonar mi ejercicio diario de rememoración de la película. Que complementé con cosas como ponerme a dibujar paisajes espaciales (sí, yo, que he estado siempre tan dotado para el dibujo como lo pueda estar estar una roca para correr los cien metros vallas) o intentar vestir a mis muñequitos (una amalgama de Madelman, Big Jim y Geiperman con sus correspondientes complementos) como a los personajes de la película.

Y luego, algún tiempo después, llegó la banda sonora, en dos gloriosos vinilos con los que prácticamente estrené el tocadiscos que acababan de comprarse mis padres.

Pero antes de la banda sonora, la de verdad, la fetén, tuve un sucedaneo. No era lo que quería (no, yo quería toda la música de aquella película) pero se acercaba lo bastante para conformarme mientras tanto.

No recuerdo cómo llegó a mis manos. Supongo que mi padre la compraría y me la regalaría. Era una cinta, una casete (pronúnciese así) en la que ponía algo como La Guerra de las Galaxias y otro galactic Funk.

Era, básicamente, una versión disco de la banda sonora de John Williams. Quince minutos y pico de música bailable (y bailonga) que resumían más o menos toda la banda sonora y que además, iban aderezados con “efectos especiales”, como una imitación bastante convincente del pitido de R2D2, sonidos de disparos láser, un ruidillo de fondo que sonaba a espada de luz y algo parecido a una explosión cuando se destruía la Estrella de la Muerte.

No sé cuántes veces habré escuchado esa cinta. Cientos, sin duda. E incluso cuando ya tuve en mis manos la banda sonora original, la de verdad, la dirigida por John Williams (el rey del tachín-tachín, como no tardamos en llamarlo) e interpretada por la Orquesta sinfónica de Londres, no dejé de escuchar esa versión.

Porque molaba, coño. Era música disco de los setenta. O sea, buena música disco. Y el versionado que se hacía de los distintos temas de la película estaba bastante bien, tenía el ritmillo adecuado y, además de incitarte a mover el esqueleto, no carecía de un cierto poder evocador.

Desde entonces han pasado… bueno, unos treinta años. Y hace unos días esa vieja versión disco (de Meco, que no tengo muy claro si era un artista, un taller de fabricación de versiones disco de temas famosos o, directamente, un sello discográfico) ha vuelto a caer en mis manos.

Y sigue molando. Sigue funcionando. Sigue siendo una estupenda música para bailar y una versión cojonuda de los temas originales de Williams.

Hala, ya está, fin de la batallita.

3 comentarios

  1. Pues ahora que me acuerdo, sí. Esa cosa me parece que la escuché yo de peque varias veces, porque la tenía mi hermana. Afortunadamente esos instantes se han perdido por las brumas del tiempo, como lágrimas en la lluvia.

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