Maestro de espías

Ayer mismo leía una entrevista con John le Carré en uno de esos suplementos semanales, con motivo de la publicación de su nueva (que no última, eso espero) novela.

Da gusto ver cómo reflexiona ese hombre, la mirada lúcida y crítica que lanza sobre nuestro mundo y el modo en que reflexiona sobre todo lo que vamos a pagar (y ya estamos pagando) en nombre de la seguridad.

Desde que leí El espía que surgió del frío, allá a principios de los ochenta, Le Carré se convirtió en uno de mis escritores favoritos. Y, aunque reconozco que tengo aún pendientes sus últimas dos o tres novelas, mi admiración por él no ha decrecido.

Como cronista de la Guerra Fría, su voz fue siempre clara, a veces ácida y en ocasiones mordaz. Su creación más memorable probablemente haya sido ese desengañado y tenaz George Smiley que tan convincentemente interpretó sir Alec Guinnes en la pequeña pantalla. Pero hay buenos personajes en todas sus novelas, ya sea como protagonistas o como secundarios.

Su disección del mundo secreto es casi tan acertada como la autopsia continua que elabora de la sociedad británica. Quizá porque, al haber pasado gran parte de sus años de formación fuera de Inglaterra, siempre ha contemplado su patria con la mirada de un extranjero, en cierto modo. Que es como deberíamos ver las patrias, creo yo, todos los escritores.

A sus setenta y siete años sigue ahí, al pie del cañón, lúcido y sin ninguna intención de rendirse. Sin duda morirá con las botas puestas. Y es de esperar que aún tarde mucho. Entre otras cosas porque estoy seguro de que aún tiene mucho que decir; y, cuando lo diga, será interesante y digno de ser oído.

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