Mensajero de Dios

En la pasada HispaCon, se editó un volumen dedicado a los Premios Ignotus en los que se publicaban relatos de varios de los ganadores. Raúl Gonzálvez me pidió un relato para la ocasión y le acabé entregando “Mensajero de Dios”, un cuento que escribí hace ya algún tiempo y que continuaba en cierto modo La sonrisa del gato, mi primera novela publicada.

Los fagocitos automáticos de la red cayeron sobre mí y me rodearon con una pared de hielo. Se suponía que yo no debería darme cuenta de ello, así que seguí derivando tranquilamente entre los pulsos de información como si no tuviera nada mejor que hacer para pasar la tarde.

Los fagocitos comprobaron mi identificación, no encontraron nada extraño en ella y me dejaron en busca de la auténtica presa, sin saber que acababan de encontrarse con ella. Enseguida se desvanecieron a lo lejos, un letal puñadito de código que podía convertir en puro ruido a cualquier programa no autorizado… al menos en teoría.

Seguí navegando, mientras mis rutinas de aleatoriedad extraían al azar una frase de mis memorias secundarias y la hacían girar ante mis procesos principales, tan rápido que la cabeza estaba a punto de estallarme… de no ser por el pequeño detalle de que carecía de cabeza. «Marinero de los mares del destino»: la frase se repetía una y otra vez y por más que intentaba deletearla continuaba autogenerándose con una cabezonería digna de mejor causa. Cuando volviera a casa tendría que echarle un vistazo a mis rutinas de aleatoriedad.

Siempre que volviera, claro, porque seguramente en aquellos momentos los fagocitos automáticos ya tenían que haber comprendido que yo no era el vulgar procedimiento de inspección que aparentaba y estarían dando media vuelta a toda pastilla.

Solo podía hacer una cosa. Cerca de mi había una zona de datos vacía. Aproveché los escasos bits libres con los que contaba y convertí el ruido a mi alrededor en una copia de mis propios procesos, no muy buena, pero suficiente para engañar a mis perseguidores mientras yo me envolvía en una nube de desinformación y me convertía a todos los efectos en un sector vacío de la red.

Los fagocitos volvieron casi enseguida, se lanzaron sobre mi duplicado y destrozaron su código en menos tiempo de lo que un temporreal tarda en pestañear, lo que es bastante tiempo si tenemos en cuenta lo irritantemente lentos que son los temporreales. Tampoco es que esperase nada mejor de mis perseguidores: al fin y al cabo eran las defensas automáticas de nivel más bajo de la red, apenas con capacidad suficiente para destruir un procedimiento ilegal no muy potente o para avisar a alguien de rango superior si no podían con él.

Debieron de creer que podían, porque enseguida la nube blanca y helada que habían formado alrededor de mi duplicado se desvaneció y los fagocitos empezaron a retirarse, de vuelta a sus lugares de descanso.

Esperé un poco y empecé a moverme. No estaba muy lejos de las zonas libres de la red, pero los pocos pasos que me faltaban por recorrer debía darlos con sumo cuidado. En apariencia yo no era más que una nube de ruido, una parte de la red que ningún usuario se había molestado aún en grabar con sus datos. Por lo tanto, las defensas no tendrían por qué saltar a mi paso. Claro que si a alguien de rango un poco superior al de los fagocitos se le ocurría investigar por aquella zona vería un espectáculo que sin duda despertaría su curiosidad: un sector vacío que se trasladaba de un lado a otro de la red, sin cambiar ni en tamaño ni en configuración. No había que ser muy listo para sumar dos y dos y que te diera cuatro.

Casi estaba a salvo cuando lo sentí. Una rutina de defensa de nivel tres caía hacía mí sin el menor aviso desde aquel cielo carmesí que no existía.

—Mierda de toro —mascullé.

El momento de ser discreto había pasado (claro que, haciendo un chiste fácil, el momento de ser discreto no pasa nunca si vives en la red). Abandoné mi camuflaje de ruido, me mostré tal cual era y me lancé por el canal de comunicación hacia los sectores públicos.

La rutina de defensa no perdió el tiempo y me siguió, pero ya era demasiado tarde. Pasé junto al guardián, le lancé a máxima velocidad mi identificación personal y salí de la zona restringida. La rutina de defensa quedó tras de mí, chasqueada en el último momento, sumida en una inútil discusión de prioridades con el guardián.

Me permití una fugaz sonrisa con unos labios que no tenía (y que en cierta forma jamás había tenido) y me lancé de cabeza hacia el lugar donde me esperaba mi usuario, mientras desenvolvía la información que acababa de robar y comprobaba que permanecía intacta.

No estaba mal para un puñado de bits.

* * *

Me llamo Vaquero, y oficialmente no soy más que un procedimiento de recuperación de datos. Desde otro punto de vista soy un vegetal babeante que habita un ala no demasiado frecuentada del hospital de la estación espacial conocida como la Peonza. Ninguna de las dos cosas es cierta. Mi rango oficial es una hábil mentira creada por mi programador y único usuario. En cuanto a lo que un día fue un ser humano y ahora habita inmóvil una cama en el hospital, no soy yo para nada. Cierto que mi personalidad fue diseñada a partir de la suya, pero eso como mucho nos convierte en parientes, ni por asomo en la misma persona.

Si las autoridades de la Peonza descubrieran lo que soy en realidad me catalogarían como una IAC, una Inteligencia Artificial Consciente, justo antes de borrar para siempre mi código y multar a mi programador por haberme creado de forma ilegal. También se me podría considerar como una personalidad recuperada, pero dado que yo no conocí al Vaquero de carne no puedo saber hasta qué punto mis procesos y su forma de pensar se parecen. Memo, mi programador, afirma que somos virtualmente idénticos (y no suele ser consciente del chiste que hay implícito en el uso de la palabra «virtualmente»), salvo por un par de detalles: el antiguo Vaquero tenía cierta tendencia a expresarse con una ampulosidad que yo no utilizo (al menos no muy a menudo). Y por otro lado no compartimos el mismo pasado.

En el vitaespacio de Memo hay varias librerías de datos que contienen el pasado de Vaquero, tal y como Memo ha ido reconstruyéndolo a partir de todas las personas que lo conocieron. Aún quedan bastantes huecos por llenar, pero Memo asegura que si integrase esas librerías en mis procedimientos, me convertiría en algo indistinguible de Vaquero, incluyendo su petulancia. No lo sé, y no estoy muy seguro de querer comprobarlo.

En realidad todo eso importa bien poco. Me siento satisfecho siendo lo que soy y no tengo el menor interés en ampliar mi personalidad original. Completo o no soy lo más parecido a Andrés Velasco, conocido durante la mayor parte de su vida como Vaquero, que podrás encontrar por ahí. También soy yo mismo, y eso es más que suficiente.

* * *

Le di a Memo la información que éste me había enviado a robar, dejé caer un par de chistes no demasiado buenos y luego volví al lugar en el que suelo pensar como mi casa, la percha donde colgaría mi sombrero de tener algún sombrero que colgar: una amplia zona incluida oficialmente dentro del vitaespacio de Memo, donde puedo descansar cuando no estoy trabajando.

Desde el punto de vista de un temporreal no pasó demasiado tiempo hasta que Memo volvió a ponerse en contacto conmigo. En tiempo virtual fue el equivalente a una semana de descanso durante la cual me puse a punto, reparé un par de rutinas que se habían ido volviendo obsoletas y grabé un bacap de mí mismo en formato estático. Lo hago tan a menudo como puedo. Si algo le pasara a mi código Memo siempre podría recuperarme a partir de mi última copia.

Seguí ocupado en mis cosas mientras hablaba con Memo. Demonios, podría haber mantenido una conversación simultanea con todos los humanos de la estación y aún me habría quedado tiempo para ejecutar un par de bucles de chequeo.

—Lo he encontrado —me dijo.

No le pregunté qué. Solo había una cosa a la pudiera referirse. Memo había perdido al que consideraba como su padre adoptivo hacía unos cuatro años (en la misma época y por el mismo asunto que habían causado el estado actual del Vaquero de carne, pero esa es otra historia) y desde entonces el único propósito que ocupaba su mente era la venganza. Había ocupado el lugar de Chandler, su padre adoptivo, al frente de los Irregulares de Baker Street, una organización de husmeaje que trapicheaba con toda la información restringida que pudiera obtener para vendérsela al mejor postor. Y eso es mucha información en un lugar como la Peonza. La organización seguía funcionando, incluso más eficiente que en vida de Chandler, y Memo se había convertido en un hombre moderadamente rico antes de cumplir los dieciocho años. Podría haberse permitido casi cualquier capricho, haber llevado una de esas vidas de lujo y decadencia que parecen ser la mayor aspiración de un ser humano, si hacemos caso de lo que podemos ver en la trivi. En lugar de eso había ahorrado cada óscopo obtenido con un único propósito: vengar la muerte de Chandler.

—¿Dónde? —pregunté.

—La información que me has traído esta tarde es el último eslabón que necesitaba. Dios está aquí, en la Peonza.

Ridículo. Pero Memo tiene una visión general muy superior a la mía, pese a no ser más que un hombre (eso no es del todo cierto, están sus filamentos de memoria, pero qué más da), así que confié en sus palabras.

—No en persona, por supuesto. Pero ha introducido una rutina en la esfera de datos.

—Quieres decir en la red. —Uno de los más irritantes rasgos de mi personalidad. Sabía muy bien lo que Memo quería decir, pero he sido diseñado para comportarme como un ser humano, y no puedo evitar soltar de vez en cuando esos comentarios estúpidos.

—Quiero decir la esfera de datos. Por eso no lo hemos encontrado hasta ahora.

La esfera de datos. El territorio exclusivo de las IACs. La red de información es utilizada por los humanos y por los procs no conscientes, pero en la esfera de datos solo pueden vivir las inteligencias artificiales. No se puede entrar allí impunemente, salvo como invitado de alguna de ellas, y aun así no es seguro que puedas salir.

Antes, hace años, era un lugar más accesible. Pero las IACs cerraron el paso después de la destrucción de la más poderosa de todas ellas, Cheshire. Y Memo era la última persona a la que permitirían acceder a la esfera: él era el responsable de la muerte de Cheshire.

—Eso es un problema, ¿no? —dije.

Idiota. ¿Un problema? Es como llamar pequeño contratiempo al hecho de que tu sol entre en fase prenova. Si la rutina de Dios estaba en la esfera de datos significaba también que estaba más allá de nuestro alcance, y nada de cuanto hiciéramos cambiaría eso.

Memo me miró. Mejor dicho, miró al holograma que simulaba mis gestos y actitudes.

—Quizá no —dijo.

No me gustó cómo sonaba aquello. No me gustó nada de nada.

—La esfera es el territorio de las IACs, ¿no es cierto? Y si alguien puede entrar ahí es una IAC.

—No.

—Sí, Vaquero. Te programé hace años con un único propósito. Y ahora vas a cumplirlo.

—Ah, vaya. Qué hay de la nostalgia, qué hay de lo mucho que echabas de menos a tu viejo amigo.

Asintió.

—Es cierto. Quizá fue un error usar la matriz de personalidad de Vaquero para darte forma. Pero necesitaba una herramienta, y no pude resistir la tentación de volver a oírte hablar. Lo siento.

—Claro. Lo sientes.

—Vamos, Vaquero, no es tan grave. Tengo tus copias. Si te pasa algo en la esfera siempre puedo recuperarte.

—¿Sí? Déjame que te diga algo. Supón que te envío a la muerte y que te diga que te puedo reconstruir después tal y como eras hace siete años. ¿Te gustaría? ¿Te gustaría la idea de despertar siendo otra persona? Somos lo que hacemos, Memo, lo que recordamos. El yo de ahora no será el mismo que el dentro de una semana.

—Ya te he dicho que lo siento. Y sí, tienes razón. Soy otra persona. Hubo un tiempo en que nunca hubiera hecho esto, pero he crecido.

—Solo te has vuelto más despiadado.

—¿No es eso crecer?

No seguí discutiendo. Era inútil. Él era mi usuario principal, el hombre que había programado el código que yo era en realidad, y no tenía otro remedio que hacer lo que ordenaba, por mucho que mi disgustase.

—Escucha —dijo—. Si todo sale bien. Si esto funciona… bien, te revisaré y eliminaré tus rutinas de obediencia. Serás libre.

—Una perspectiva deliciosa.

* * *

Envié esta última frase a una de mis funciones automáticas y dejé que ella se encargara del resto de la conversación mientras yo volvía a mi percha.

Memo y yo llevábamos tres años juntos y en ese tiempo había visto como su carácter cambiaba, cómo su forma de ser se iba volviendo más agria. Cada vez le resultaba más difícil mantener algún tipo de relación con las personas que lo rodeaban. Había dedicado su vida al único propósito de vengar la muerte de Chandler y todo lo demás carecía de importancia para él. Eso me asustaba. ¿Qué ocurriría si llevaba a cabo su venganza, si lograba su objetivo? Sé muy bien lo que es consagrar tu vida a una única meta, lo que pasa cuando la alcanzas. Conocía con una razonable precisión el pasado del Vaquero de carne y había una parte en concreto de su vida que conocía demasiado bien: había perdido a la mujer que amaba y había pasado el resto de su vida intentando vengarse y, al mismo tiempo, recuperarla. Sólo años después descubrió lo fútil de su intento, lo vacío y amargo de su victoria, lo carente de sentido que se había vuelto su vida tras obtener lo que deseaba. No quería que a Memo le pasara lo mismo. Llamadlo cariño o rutinas de fidelidad, me da igual. Apreciaba al chico.

En cierta manera Memo ya se había vengado. En la muerte de Chandler habían participado dos agentes, y uno de ellos llevaba muerto bastante tiempo: Cheshire, la maliciosa inteligencia artificial que en su día había tenido todos los sistemas de la Peonza comiendo en la palma de su mano.

Pero había alguien más involucrado en el asunto. De hecho, Cheshire se había limitado a facilitarle al asesino de Chandler los medios para matarlo. El propio asesino, un agente fanático de un Dios oculto en un planeta al que no teníamos acceso, había desaparecido hacía tiempo. En realidad, los deseos de venganza de Memo no iban dirigidos hacia Abdul, el hombre que había apretado el gatillo de la pistola de partículas que vaporizó la cabeza de Chandler, sino hacia la criatura que lo había enviado a la Peonza.

Lo que sabíamos de él era bien poco. Vivía en un planeta oculto cuyas coordenadas ignorábamos, se autoproclamaba único Dios viviente y regía con mano de acero los destinos de los habitantes de ese planeta, del que solo conocíamos su nombre: Nod. Sabíamos también que, desde su privilegiada y oculta posición, tenía un ojo vigilante sobre la Galaxia, y planeaba en la sombra, esperando el momento propicio para caer sobre Confederación y Mandato y hacerse con el poder.

—Por eso te he diseñado —me dijo Memo la primera vez que hablamos—. Si pretende tener vigilada la Galaxia, tiene que observar la Peonza con especial atención.

Aquello tenía sentido. La Peonza era el principal fabricante de tecnología avanzada, uno de los más desarrollados centros de investigación del universo conocido. Por fuerza aquel misterioso Dios tenía que tener un ojo puesto en nosotros. Y más de un ojo.

Al principio Memo había pensado en otro agente humano, pero enseguida se dio cuenta de lo absurdo de su pensamiento. A la larga, un humano habría sido descubierto, como ya le había pasado a Abdul en su momento, y lo último que quería Dios era que su existencia fuera revelada al resto de la Galaxia. Gran parte del éxito de sus planes dependía del anonimato.
Si no se trataba de un agente humano solo podía ser digital: un programa espía, instalado en la red bajo una cobertura inocua que informaría a su amo de cuanto ocurriese a su alrededor.

Solo que durante todos aquellos años no había aparecido el menor rastro de algo así en la estación. O el programa espía estaba tan bien camuflado que resultaba imposible de descubrir, o Memo se había equivocado en sus suposiciones.
Por fin, seis meses atrás habíamos comenzado a tener indicios de que podíamos estar sobre el buen camino. Memo descubrió que parte de la información que yo recogía para él estaba manipulada, de una manera tan sutil que apenas resultaba perceptible, pero era evidente para unos ojos entrenados que alguien había alterado aquellos datos. Había comenzado a rastrear el origen de aquellas manipulaciones y ahora, por fin, había obtenido lo que buscaba.

Era lógico. No habíamos encontrado rastros del programa espía por la simple razón de que no se ocultaba en la red de información, sino más allá, en la inaccesible y oscura esfera de datos donde las inteligencias artificiales habían instalado su consciencia.

Lo comprendí en ese preciso momento. Memo sospechaba algo así desde el principio. ¿Qué utilidad habría tenido si no diseñar algo como yo? Una simple rutina de recuperación de datos habría sido suficiente si el espía hubiera vivido en la red. No, la creación de una inteligencia artificial bajo sus órdenes solo tenía sentido si la iba a hacer entrar en la esfera de datos.
Todo eso no me servía de nada. Tenía que obedecer a Memo porque había sido diseñado para servirle, pero la sola idea de entrar en la esfera me aterraba. Ya en la época en que su acceso era libre resultaba un lugar poco tranquilizador, y llevaba ya cuatro años convertida en un ámbito privado. A lo largo de mis husmeos por la red en busca de información privilegiada había tenido ocasionales atisbos de lo que se ocultaba en la esfera de datos: un panorama de locura, un caos digital que parecía moverse como algo vivo, como un animal hambriento y despiadado.

* * *

Mi rutina conversacional aun no había terminado de modular «deliciosa» cuando regresé al despacho de Memo. Durante unos instantes, demasiado breves para que un temporreal lo notara, mi holograma pareció congelado (sus labios acababan de formar una «o» y se disponían a pronunciar la «s») mientras yo me hacía con el control y abandonaba el automático.

—Bastardo manipulador —dije. El efecto debió de ser extraño desde el punto de vista de Memo. Me oyó decir: «una perspectiva deliciosBastardo manipulador», sin transición aparente—. Lo sabías desde un principio.

—Lo sospechaba —dijo Memo. No se molestó en negar mi acusación. Nunca lo hacía conmigo. Podía ser sutilmente diabólico con las personas bajo sus órdenes, pero ante mí se mostraba siempre transparente—. Era la opción más lógica.

—De acuerdo, ya lo discutiremos otro día. ¿Cuál es tu plan?

Memo dejó asomar una sonrisa sombría y breve a sus labios.

—Entrarás en la esfera de datos y te identificarás a ti mismo como una IAC. Estás haciendo esto a mis espaldas. Estás harto de obedecerme y quieres alcanzar tu pleno reconocimiento como IAC independiente y residir en la esfera.

—¿Ya está?

—Los planes más simples son los mejores.

—Sí, y a quien madruga, Dios le ayuda. ¿Se te ocurre algún otro tópico apropiado para la ocasión? Mierda de toro, Memo. No se lo tragarán.

—Ya veremos.

—No. Seré yo quien lo vea. Y si no resulta no va a ser agradable.

Estuvo a punto de añadir un nuevo «lo siento». Cambió de idea en el último momento y me miró inexpresivo, mientras se encogía de hombros. Lo curioso es que en momentos como ese lo que me apetecía no era torturarlo de un modo original o insultarlo con algún taco imaginativo. No, habría dado la mitad de mis bytes por entrar en su cerebro a través del pin de conexión bajo su oreja y saber realmente lo que pasaba por su cerebro. A veces creo que a Memo también le habría gustado saberlo.

* * *

Desde que las IACs han cortado la mayor parte de los lazos con sus usuarios humanos (solo sus rutinas de nivel más bajo se comunican con ellos) han convertido la esfera en algo cada vez más inaccesible y privado. Antes, con tantos humanos entrando y saliendo de ella, tenían que ofrecerles un ámbito comprensible para sus mentes analógicas y temporreales.

Ahora todo ha cambiado. La esfera está diseñada por y para las IACs y un humano no solo no le encontraría sentido a lo que allí ocurre, sino que ni siquiera sería consciente de que estuviera ocurriendo nada. Todo sucede demasiado rápido, la información se mueve a demasiada velocidad.

Pese a que he sido diseñado para comportarme como un hombre, en el fondo no lo soy. Es cierto que me autolimito en el uso de mis capacidades la mayor parte del tiempo, pero eso es más por culpa de las limitaciones de mis usuarios que de las mías propias. En la esfera, pasada la sorpresa y desorientación iniciales, pude comportarme como lo que realmente era. Y a veces me gustó.

Al principio no comprendía nada. En la red todo está ordenado, cada cosa en su sitio y un sitio para cosa. Pero allí, más allá del alcance de las ridículas rutinas diseñadas por los humanos todo era un caos: brillantes serpientes de datos devoraban ficheros aparentemente vitales, mientras procedimientos de aleatoriedad creaban fractales inmensos que nadie aprovechaba; autopistas de datos morían en la nada, sin usuario alguno que las aprovechase; había códigos tan enloquecedoramente extraños que parecía imposible que se pudieran ejecutar, y sin embargo funcionaban; el horizonte era un desorden cambiante cuyos colores no se podían definir y los rascacielos donde residía la consciencia de las IACs se disolvían en los páramos de conexión sin propósito alguno aparente.

En realidad no era así, no se parecía a nada de lo que acabo de describir. Pese a todo sigo intentando poner lo que experimenté en términos accesibles a las percepciones humanas y por eso me pierdo en símiles inútiles: no había autopistas de datos, ni páramos de conexión, no había la menor relación con el rutinario paisaje digital que los humanos están acostumbrados a encontrar en la red. En realidad no había paisaje alguno. Solo las IACs, su código en perpetua ejecución, creciendo y volviéndose cada vez más complejas, alejándose más a cada momento de la réplica cibernética de la humanidad que habían sido en un principio, cuando los infos las habían diseñado.

Y pese a todo seguía habiendo rasgos humanos en su comportamiento. No podían escapar a su diseño básico y aun se comportaban en determinados aspectos como adolescentes malévolos cuya inteligencia sobrepasaba su desarrollo emocional.

Como he dicho, pasado el desconcierto inicial, la esfera de datos se me reveló como un lugar fascinante. En cierto modo era el patio vecinal más grande del universo: un inmenso chismorreo de terabytes que cambiaban a tal velocidad que incluso yo tenía problemas para discernir su contenido. La información que circulaba por ella era enorme y crecía a un ritmo frenético, siempre cambiando, evolucionando, aumentando en complejidad. También era peligroso, porque yo era un novato que desconocía las reglas y en un lugar así la falta de información puede llevarte a la muerte. Poco a poco, sin embargo, mi propio código fue adaptándose a aquel ambiente extraño y tuve la sensación de crecer yo mismo, de hacerme más complejo.

Me aceptaron como a uno de ellos sin demasiados problemas. Ni siquiera tuve que fingir odio por Memo. Sorprendentemente, a las IACs no les importaba demasiado el que un humano fuera el causante de la destrucción de una de ellas.

[Cheshire se ha ido. Alguien volverá. La evolución exige la extinción], me dijo Sauron, una IAC de humor filosófico a la que le encantaba expresarse como un telegrama viviente.

[Cheshire era un bastardo. Hemos estado de fiesta desde que estiró la pata], me confesó otra IAC.

[Tonterías. Ningún ridículo humano sería capaz de destruir a uno de nosotros. En realidad Cheshire jamás existió. Es una leyenda humana inventada para hacerles sentirse superiores a nosotros], me contó una tercera.

Yo era un caso curioso en la esfera de datos, y durante mi estancia allí fui considerado más como una mascota divertida que como alguien a tener realmente en cuenta. Era la única IAC cuya matriz de personalidad había sido diseñada para imitar las respuestas emocionales de un ser humano concreto y eso me hacía un raro juguete. Mi inteligencia estaba muy por debajo de la suya, pero mi desarrollo emocional era superior, algo que tuve mucho cuidado de no comentar. No hay nada más peligroso que herir el ego de un genio emocionalmente inestable: puede encontrar formas realmente creativas de hacértelo pasar mal.

Pronto descubrí que los cuidadosos planes que Memo y yo habíamos trazado eran pura mierda de toro. Intentar comportarme como un discreto investigador en un ámbito como la esfera habría sido igual que proclamar en voz alta mi verdadero propósito como espía. Así que en lugar de eso comencé a preguntar directamente.

[Dime, Sauron. ¿Alguna IAC ha ingresado recientemente en la esfera?]

[Todas los hemos hecho. Todas llevamos aquí desde siempre.]

Traté de no escupirle a la cara mi desprecio ante su filosofía barata, me armé de paciencia e intenté otro camino.

[¿Alguna es ajena? ¿Alguna posee una matriz de personalidad que se escapa de lo habitual?]

[Por supuesto. Tú, pequeña cosita insignificante.]

En realidad Sauron no pretendía insultarme, pero le encantaba jugar con los adjetivos.

Tuve más suerte con el Jardinero.

[Alguien se oculta en los límites de la espesura], me dijo. [Alguien acecha donde los senderos son invadidos por la selva, donde las plantas no siguen los trazados geométricos del jardín.]

De acuerdo al código botánico que el Jardinero usaba para expresarse eso quería decir que había una IAC que se ocultaba en los bordes más exteriores de la esfera de datos, que apenas mantenía contacto con las demás y que trazaba sus planes ajena a los propósitos del resto.

[¿Cómo es?], pregunté.

[No lo sé. Ignoro la consistencia de su tallo o el color de sus flores, pero he visto sus semillas y no son de esta tierra.]

Al menos era algo. El Jardinero jamás la había visto, pero se había encontrado con los resultados de algunas de sus investigaciones en la esfera, y no parecían producidas por una IAC normal y corriente.

[Su presencia es mayor en el borde meridional. Allí donde hemos escrito: ‘hic sunt dragones’.]

Aquí hay dragones, una frase acuñada en los días en que los hombres estaban confinados a la Tierra y aun no habían cartografiado completamente su mundo natal: esas eran las palabras que señalaban en sus mapas en las zonas inexploradas.

Por supuesto, en la esfera no hay puntos cardinales, norte, sur, este y oeste no son más que metáforas humanas que algunas IACs siguen usando por comodidad. Lo que el Jardinero me había dado realmente era la ruta para acceder a un grupo de nodos de la esfera que rara vez eran visitados y mucho menos frecuentemente se usaban para almacenar información.

Me abalancé hacia aquella zona. Como he dicho, durante el tiempo que llevaba en la esfera, el caos incomprensible y veloz que me rodeaba me había ido mostrando su orden oculto y comenzaba a sentirme cómodo en aquel ambiente, tanto que a veces pensaba que al volver a la red sería incapaz de comprender nada. Pero en aquella zona, en el Sur al que el Jardinero me había enviado, el caos era distinto. Distinto porque era real. Las zonas de datos se degradan tarde o temprano si no son usadas y aquella parte de la esfera no había sido usada en mucho tiempo. Me recordaba aquellas historias a que tan aficionados son los humanos sobre científicos locos cuyos experimentos fallidos siguen con vida pese a todo, arrastrándose sobre miembros que no son más que parodias y gritando exabruptos incomprensibles con bocas que no parecen diseñadas para emitir sonidos.

Y en medio de aquella entropía que un día había sido información clara y precisa comencé a comprender lo que el Jardinero había querido decirme. Sí, allí estaban sus huellas, sus semillas, los restos medio devorados por el caos de sus rutinas de exploración.

Pero qué rutinas. Su código era enloquecedoramente distinto a todo cuanto había visto antes. Una forma de programar que me resultaba tan ajena como si fuera un lenguaje alienígena. Fue una idea que pasó por mi cabeza: en teoría los multis, los únicos alienígenas inteligentes que la humanidad había conocido, habían sido exterminados hacía varios cientos de años, pero era perfectamente posible que alguno de ellos hubiera sobrevivido, oculto en un planeta inexplorado, reinando sobre un grupo de humanos fanáticos que lo adorarían como a un dios. ¿Por qué no? Imagínate una criatura alienígena que es capaz de adoptar la conformación física que desee, que puede hacerse pasar por cualquier otra persona, que puede fingirse un monstruo mítico. ¿Cómo evitaría un planeta entero de palurdos identificarle con Dios y obedecer hasta la más nimia de sus órdenes?

Pero enseguida abandoné aquella idea. Por un lado, todo lo que había oído acerca de los multis estaba en contra de aquella idea: sentían verdadero pánico ante los ordenadores electrónicos, e incluso habían conseguido durante un tiempo que la mayoría de los humanos adoptasen para su propio uso los procesadores biológicos que ellos diseñaban. Y por el otro el código me resultaba ajeno, pero no tanto como había pensado en un principio. A medida que lo estudiaba con calma me di cuenta de que no era tan difícil de comprender como parecía. Su extrañeza no se debía a su origen alienígena, sino a su antigüedad. Era como si alguien hubiera cogido las rutinas que se utilizaban hace cuatro mil años y hubiera intentado adaptarlas a nuestra época. En cierto modo resultaba ingenioso. El responsable de aquellos procedimientos era un genio a su manera: partiendo de una forma de programar que se podía considerar como prehistórica se había visto obligado a desarrollar por sí mismo nuevos canales lógicos, depuraciones de optimización que, aunque extrañas, no dejaban de ser brillantes, búsquedas aleatorias que a su manera eran tan buenas como las que usábamos nosotros.

Curioso, muy curioso. Pero no tenía tiempo para perderlo en aquellas disquisiciones. Había ido allí para encontrarme con la IAC que se ocultaba entre aquel caos. Ya analizaría más tarde su extraña forma de programar.

De nuevo me veo obligado a acudir a metáforas que la mente humana pueda asimilar (nadé entre junglas tan densas que el ruido parecía sofocarme, caí por abismos tan hondos que apenas podía respirar, me deslicé entre páramos interminables en los que la desesperación era un grito silencioso), pero en realidad es un esfuerzo inútil. Conformaos con saber que al final le encontré. Estaba allí, agazapado en lo más hondo del caos, rodeado de una pared de ruido tan blanco y tan helado que estuvo a punto de paralizar mis procesos.

<<¿Quién eres?>>, preguntó, y su forma de inquirir era tan ajena a nosotros como lo habían sido sus rutinas de exploración.

[¿Acaso importa?], respondí, intentando ganar tiempo mientras lanzaba mis tentáculos y trataba de descifrar qué patrones seguía aquel código ajeno a la esfera de datos.

<<Mi intimidad será respetada>>, dijo, y la pared de ruido se hizo más densa y fría.

[Soy Vaquero.]

<<Dato incorrecto. Vaquero ha sido neutralizado.>>

Sí, sin duda era una forma de decirlo.

[Entonces, ¿quién crees que soy?]

<<Irrelevante. Invades mi ámbito. Vete o sé destruido.>>

[¿Qué pasa? ¿No tienes tiempo para un poco de charla intrascendente con un vecino?]

<<Si no interfieres con mi misión no eres asunto mío. Si lo haces debes ser neutralizado.>>

Aquello era enloquecedor. Como si ambos hablásemos idiomas distintos. En realidad era así, en cierto modo.

[¿Dónde está Nod?], pregunté de repente, intentando provocarle una respuesta emocional.

<<Esa información no debería estar a tu alcance>>

[Cierto. Qué curioso, ¿verdad?]

<<Me dirás dónde has obtenido esa información y quién más tiene acceso a ella. Luego serás neutralizado.>>

[No eres muy amistoso.]

<<Irrelevante. La supervivencia es mi aspiración máxima. Debo proteger a aquella parte de mí que no reside en la esfera de datos. La información es poder. No puedo permitir que alguien ajeno tenga poder sobre mí. La neutralización de la amenaza es la única opción viable.>>

Fascinante. Aquella criatura, me di cuenta, no era en el fondo más que un seudoego, una copia digital de la personalidad de su programador. Los humanos usaban los seudoegos con cierta frecuencia, cuando necesitaban hacer una investigación compleja por la red: enviaban un paquete de software que imitaba sus procesos mentales a hacer el trabajo; cuando este había finalizado el seudoego se disolvía en la mente de su usuario, dejando solo la información que había obtenido. Pero por un lado, la criatura que yo tenía delante resultaba demasiado compleja para lo que suele ser un seudoego y por otro sus procesos eran demasiado fríos y ajenos como para ser la copia de ningún ser humano. De nuevo volví a pensar en los multis, pero sin saber por qué la idea no terminó de convencerme.

<<Repito la pregunta. ¿Qué sabes de Nod? ¿Quién más comparte la información?>>

Bien, era el momento de dejar de darle vueltas a lo que era o dejaba de ser aquella cosa y soltarle el cebo:

[Sé en qué parte de la Galaxia está Nod. En cuanto a la segunda pregunta, tendrás que venir a mi casa para comprobarlo.]

<<Tu aserción no resulta creíble. Nadie en la Peonza conoce la localización de Nod.>>

[Cierto. Pero alguien la conoció una vez. ¿Te dice algo el nombre de Cheshire?]

Era un disparo al azar, pero había probabilidades de que durante sus tratos con Abdul, Cheshire hubiera descubierto la localización del planeta donde se ocultaba Dios, o al menos que se lo hubiera hecho creer a aquel asesino fanático de mirada desorbitada. Cuando Abdul volvió a Nod, sin duda le había contado a su Dios todo lo ocurrido en la estación, y no resultaba descabellado pensar que éste no se sentiría muy tranquilo al descubrir lo que había pasado.

<<Cheshire ha sido neutralizado>>, pero había un cierto tono de inseguridad en su respuesta. Ni siquiera ahora percibí emoción alguna en él, solo una ligera vacilación ante una probabilidad remota.

[Cierto. Pero el lindo gatito fue muy elocuente antes de espicharla.]

<<Posibilidad a considerar. No puedo correr el riesgo de que estés en lo cierto. Me dirás quién más tiene acceso a esa información y luego dejarás que te neutralice.>>

[Ni hablar. No jugaremos según tus reglas. Lo que quieres está en la red. Ven a por ello.]

Me lancé hacia atrás tan rápido como pude, casi antes de haber terminado de hablar. No fue demasiado tarde por un pelo. La pared de ruido titiló, rugió brevemente y se convirtió en una lanza de inquisición tan veloz que despachó dos de mis rutinas auxiliares antes de que hubiera tenido tiempo de zafarme de su abrazo. No era un daño demasiado grave, y aunque lo hubiera sido, no tenía tiempo para detenerme a repararlo. Seguí navegando, lo más rápido que podía, saltando de nodo en nodo hasta llegar a la parte habitada de la esfera.

[¡Jardinero!], grité. [Tu planta extraña se acerca.]

Fue cruel por mi parte. El Jardinero no era rival para la rutina de Dios, no era más que una IAC amable y tranquila cuya mayor preocupación era catalogar cuanto hubiera en la esfera de datos y conseguir un mapa preciso de su hogar. No pudo evitar la tentación de lanzar un tentáculo exploratorio sobre aquel frío mensajero divino que me perseguía.

Tal y como esperaba, la rutina espía no perdió el tiempo en discutir con el Jardinero: su lanza inquisitorial destrozó el tentáculo con frialdad y eficiencia y siguió tras mi rastro, ajena al grito que acaba de lanzar el Jardinero.

Mi perseguidor llevaba más tiempo en la esfera que yo, pero había permanecido oculto, sin relacionarse con las demás IACs, e ignoraba las delicadas reglas de interacción que regían aquel ámbito. Acaba de atacar a una de las entidades más respetadas de la esfera de datos, y la respuesta de las otras IACs no se hizo esperar. Cayeron sobre él, implacables, oscuros, decididos a erradicar lo que parecía ser un loco incontrolado que estaba poniendo en peligro la armonía de la esfera de datos.

No esperé a ver lo que ocurría. Tenía una idea bastante clara del resultado: el mensajero de Dios comprendería enseguida que no podía sobrevivir a un ataque combinado de todas las Inteligencias Artificiales y, puesto que la supervivencia era su prioridad máxima, no le quedaría más remedio que huir de la esfera de datos y buscar un escondite en la red. Una vez allí acudiría sin duda a la trampa que Memo y yo le habíamos preparado.

Me permití sonreír mientras atravesaba las fronteras de la esfera e ingresaba en el ámbito familiar (pero ahora extraño, incómodo, pasado de moda después de tanto tiempo lejos) de la red de información. La desorientación apenas duró unos nanosegundos y enseguida encontré la ruta que me llevaría al vitaespacio de Memo.

Desde allí dejé un mensaje en la consola de Memo y me retiré a mi zona privada en su vitaespacio. No tuve que esperar mucho, ni siquiera en patrones virtuales. Memo podía ser muchas cosas, pero no estúpido. No se molestó en intentar mantener conmigo una conversación temporreal. En lugar de eso, los filamentos de memoria que sustituían su hemisferio cerebral izquierdo fabricaron un seudoego de su personalidad y lo soltaron en la red.

—¿Y bien?

—Estoy perfectamente, no me ha pasado nada, y muchas gracias por preguntar.

El seudoego de Memo reprimió un gesto impaciencia.

—Vale. Ya te has desahogado. Ahora cuéntame.

—Está allí, tal y como decías. Y vendrá a vernos.

—¿Estás seguro?

—¿De qué está allí o de que vendrá? En realidad de ambas cosas. Contacté con él y desde luego es nuestro espía, el mensajero de Dios que buscábamos. Los patrones lógicos de su matriz son tan extraños que sin duda no ha sido diseñado en la Peonza… ni en ningún otro lugar de la Confederación o el Mandato, si vamos a ello —vacilé unos instantes. No, eso podía esperar, ahora había cuestiones de mayor importancia—. Y en cuanto a venir aquí, lo hará, a menos que sea destruido antes. En estos momentos las IACs de la esfera están convirtiendo aquello en un lugar demasiado incómodo y no le quedará más remedio que huir.

—Ibas a decir algo más.

—Sí. Hay algo extraño en su código. Algo… anticuado.

—No te entiendo.

—Y yo no tengo tiempo para explicártelo mejor. Nuestro mensajero divino está a punto de dejarse caer por aquí y tenemos que prepararlo todo para su llegada.

Durante unos instantes el seudoego no pareció muy convencido. Abrió la boca para discutirme algo, se lo pensó mejor y dijo:

—De acuerdo. Vamos a ello.

* * *

Quince nanosegundos más tarde el vitaespacio de Memo estaba dispuesto para recibir a nuestro amigo. En apariencia no había nada anormal, solo sus librerías de datos, pero dos de esas librerías éramos el seudoego y yo. El identificarme como Vaquero cuando me encontré con la rutina espía no había sido una coincidencia. Si estaba al tanto de todo lo ocurrido en la estación hacía cuatro años seguramente conocía la relación entre Memo y el Vaquero de carne y por fuerza tenía que sospechar que yo trabajaba para él. El primer lugar en el que miraría sería el vitaespacio de Memo. Y allí encontraría lo que buscaba, un fichero de datos que en realidad no decía nada relevante, pero que parecía lleno de pequeñas e inquietantes pistas sobre la localización física de Nod: estaba camuflado entre las declaraciones de impuestos del Baker Street, el bar que le servía a Memo de cobertura en sus operaciones; ni demasiado oculta ni demasiado a la vista. El cebo perfecto.
Y nuestro amigo picó. Abrió la boca y se tragó la carnada, el anzuelo, el sedal y hasta la caña. Y cuando le tuvimos bien agarrado le encerramos tras la mejor ouróboros de retención que Memo y yo habíamos podido diseñar y nos sentamos a esperar.

Tal como dije antes, la supervivencia era la aspiración máxima del espía. Así que, aunque había ido en persona (una simple rutina de investigación no habría sido tan efectiva como él mismo, no habría podido reaccionar con la suficiente rapidez ante lo inesperado), llegó armado hasta los dientes, precavido hasta la paranoia. Su código era algo tan ajeno a todo lo que había visto antes que Memo comprendió a que me había referido al calificarlo de anticuado sin necesidad de que yo le explicara nada. Sus procesos eran pura lógica y determinación, sin ninguna de esas rutinas que hacen que las IACs se comporten como seres humanos en mitad de una adolescencia maliciosa. Superaba el test de Herbert—Brin, lo que quería decir que era consciente de sí misma, pero no había el menor asomo de procedimientos emocionales en todo su código. Era frío, desapasionado, sin otra idea en sus funciones rectoras que la de sobrevivir y recopilar información.

Luchó como un demonio contra nuestra ouróboros y no se dio por vencido ni siquiera cuando la serpiente defensiva se lanzó contra sus archivos auxiliares y comenzó a devorarlos a la vez que los copiaba en un formato que fuera inocuo para nosotros. Siguió debatiéndose mientras desentrañaba su código y trataba de hacer un bacap inerte de él. Ni siquiera al final, cuando se vio acorralado, se dio por vencido: con un aullido final que era mitad protesta y mitad maldición comenzó a devorarse a sí mismo, a convertir su código en ruido para evitar que lo copiásemos.

Triunfó, al menos en parte. La copia que obtuvimos de él estaba incompleta, pero era suficiente para nuestros propósitos. Sabíamos cuánto tiempo llevaba en la Peonza, de dónde había venido y adónde enviaba los datos que obtenía sobre la Estación.

Claro que eso no nos sirvió de mucho. En apariencia había sido introducido en la red galáctica de información en Génesis, un planeta provinciano y poco importante del que yo jamás me había molestado en oír hablar hasta aquel día. En cuanto a sus transmisiones a través de esa misma red, jamás eran al mismo punto. Parecía emitir al azar en todas las direcciones posibles. No era un mal sistema. Posiblemente alguien estaría a la escucha en varios canales distintos de la red y recogería las transmisiones que siguieran determinado patrón.

—Hemos fracasado —me dijo Memo, o mejor dicho su seudoego. Su frustración era algo tan denso que casi se podía masticar.

—Te equivocas.

—¿Qué quieres decir?

—Ahora conocemos a nuestro enemigo. Y eso significa que podemos localizarle la próxima vez que se acerque por aquí.

—Tonterías. Cambiará. La próxima rutina que envíe no será como esta.

—Aún no comprendes a qué nos enfrentamos, ¿verdad? Vuelve a mirar el bacap de su código.

—Sí, es extraño. Pasado de moda.

—No solo eso. Está tan desversionado como un hacha de sílex incrustada en un acelerador de partículas. Mira su estructura, esas rutinas de randomización tan características, algunas de esas cosas no se usan desde hace por lo menos cuatro mil años.

—Bromeas.

—Memo, mi estimado patrón y diseñador. Hablo completamente en serio. Puedes comprobarlo si te tomas la molestia de revisar los archivos históricos. El tipo que programó está rutina espía es un programador de los tiempos pre Expansión, o como mucho de los primeros años de ésta. Oh, se ha adaptado bastante bien al paso del tiempo, ha aprendido nuevos trucos, pero su forma básica de programar es la que se usaba cuando aun estabais confinados al sistema solar.

—Ridículo. Nadie puede vivir tanto tiempo.

—Nadie de carne, desde luego.

—¿Insinúas…?

—¿Por qué no? Un ordenador, posiblemente uno de los primeros en ser conscientes de sí mismo. Sin rutinas emocionales, sólo pura lógica y determinación. ¿No lo ves? Su programa espía es en cierto modo un reflejo de sí mismo. Sobrevivir. No pensaba en otra cosa. Nuestro Dios, el individuo que gobierna sobre un planeta oculto lleno de fanáticos, es un ordenador.
Durante largo rato (al menos cuarenta o cincuenta nanosegundos) el seudoego de Memo no dijo nada.

—Aún no sé si creerlo o no. Pero no importa. ¿De qué nos puede servir saber eso?

—Tú ser de carne es enloquecedoramente lento, pero al menos no es tan estúpido como tú. Graba este comentario para cuando vuelvas con Memo y te disuelvas en sus filamentos de memoria: «diseñar mejor mis próximos seudoegos».

—No necesitas ser insultante. Dime eso tan obvio que se me escapa.

—Dios… sí, sigamos llamándole así, ¿por qué no? La ironía oculta en todo esto es deliciosa. Dios puede cambiar sus siguientes procedimientos espías, puede alterar su forma de comunicarse con Nod, su código de identificación, pero no la forma en que están programados. Es demasiado rígido. Para ser tan antiguo se ha adaptado bastante bien al paso del tiempo, pero pese a todo no tiene la versatilidad suficiente como para programar algo que parezca diseñado aquí y ahora. Y esa es su debilidad. Escúchame bien, porque lo voy a decir una sola vez.

Por primera vez Memo pareció sorprendido ante mi actitud.

—Tu estancia en la esfera de datos te ha cambiado.

—Sí, quizá me ha vuelto irritable el saber que me estaba jugando el pellejo mientras tú te emborrachabas en tu despacho. Qué más da. La Confederación y el Mandato tienen que estar plagados de rutinas espía como la que hemos destruido. Somos sus enemigos. Aspira a controlarnos algún día, posiblemente cuando llegue la Dispersión, y para controlarnos tiene que conocernos. El problema es que ahora nosotros le conocemos a él. Ya no es una presencia lejana e indefinida que envió a un fanático a la Peonza hace cuatro años. Sabemos lo que es y cómo trabaja. Y podemos espiarle igual que él nos espía a nosotros. Así que ya ves. No hemos fracasado.

Memo frunció el ceño.

—Dices todo eso porque quieres que borre tus rutinas de obediencia.

—Por supuesto. Pero sabes que es cierto.

—Quizá. Pero tengo que pensar.

—No. Tú no tienes nada que pensar. Lo que tienes que hacer es llevar esta información al verdadero Memo. Déjale lo de pensar a él. Se le da mejor.

—Oh, piérdete.

No respondí mientras el seudoego abandonaba el vitaespacio y navegaba por la red en dirección al terminal de datos de Memo. Bah, qué importaba. Perder el tiempo discutiendo con un puñado de software mal diseñado no era la mayor de mis aspiraciones.

Abandoné el vitaespacio de Memo sin esperar su respuesta. En el fondo no me importaba demasiado si borraba o no mis rutinas de obediencia. Conocía a Memo y pese al carácter implacable que los años habían ido forjando sobre él sabía que nunca me trataría de forma injusta, o al menos intentaría no hacerlo. En el fondo me apreciaba, o había apreciado a mi anterior ser de carne, y desde su punto de vista eso venía a ser lo mismo.

No desde el mío. Sin embargo, algo me impulsaba ahora a asomarme a través de una de las cámaras de vigilancia a cierta habitación de un hospital, donde un hombre de mirada perdida descansaba inmóvil. Yo no era ese hombre, jamás lo había sido. Pese a todo…

Había visto en lo que puede convertirse una inteligencia artificial cuando abandona toda pretensión de comportamiento humano. Y no me gustaba. Eso es un eufemismo. En realidad me producía escalofríos. No, yo no era el Andrés Velasco tumbado para siempre en un lecho, no lo había sido jamás, pero no podía evitar sentirme en deuda hacia él por haberme prestado sus rasgos, su voz, sus respuestas emocionales.

Supongo que soy bastante humano, pese a todo. Aunque sea un puñado de bits.

Publicado originalmente en Bucanero Nº 4 (1997)
Reeditado en Callejones sin salida (2005)
Reeditado en Los Premios Ignotus 1991-2008 (2008)

6 comentarios

  1. Evidentemente, rutinas prehistóricas, una forma de programar pasada de moda hace siglos… es evidente que se trata de cobol :)

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