Cuando no todo el monte era orégano

El otro día, mientras me tomaba un café por la mañana justo antes de ir al trabajo, leía distraídamente uno de esos periódicos gratuitos. Allí me encontré con una noticia que comentaba el interés cada vez mayor que hay por las viejas consolas de video juegos o los antiguos ordenadores personales anteriores a la llegada del IBM-PC. Había varias fotos en el artículo, y una de ellas era de un Amstrad CPC 464.

Resulta que mi primer ordenador fue su hermano mayor, el Amstrad CPC 6128, y ver algo muy parecido a él en el periódico me inundó de una oleada de nostalgia. La mayor diferencia entre el 6128 y el 464 (además de las 128 Kas -sí, he dicho Kas- de RAM y de que no tuviera teclas de colorines) era su unidad de disco, frente a la unidad de cinta magnetofónica que traía el otro. Había un modelo intermedio, el 664, que tenía 64 Kas de RAM pero incluía unidad de disco.

Un disco, visto hoy, raro de narices: de 3″ y no de 3,5″, rectangular en vez de cuadrado y con una disquetera que, además, no era capaz de leer las dos caras a la vez, así que tenías que sacar el disco, darle la vuelta y volver a meterlo si querías acceder a la cara B. Todavía conservo alguno por casa, por cierto.

Como he dicho, 128 Kas de RAM, un monitor de fósforo verde (existía la opción con monitor de color y, de hecho, CPC eran las siglas, creo recordar, de Color Personal Computer) y todo lo demás integrado en el teclado. Que, por cierto, no traía ni “ñ” ni acentos.

Creo recordar, aunque puede que me equivoque, que en su momento fue un modelo de ordenador bastante avanzado, entre otras cosas, porque no gestionaba la memoria mediante pokes, sino direccionándola directamente. Tenía varios slots a los que podías conectar algunas cosas (de hecho, tuve un casette en su día conectado a uno, supuestamente para hacer copias de seguridad de los discos, algo que creo que jamás hice) e incluso una ranura en la que podías enchufar un disco duro. ¿De qué capacidad? Pues ni idea, pero teniendo en cuenta la época y el estado de la tecnología sería una ridiculez, seguramente.

Tras el CPC 6128 llegó el PCW (había dos modelos, el de 256 Kas y el de 512), anunciado como “el ordenador concebido para sustituir a la máquina de escribir” y que, me parece, fue un fracaso comercial bastante grande. Tuve oportunidad de trabajar con uno de esos cacharros mientras hacía la mili, pero eso es otra historia, evidentemente.

Después de ese ordenador he tenido unos cuantos, supongo que como todos, más o menos, hasta llegar a mi actual iMac de 24″. Y sin embargo…

Permitidme que cambie de tema. Aunque en realidad, no lo haré.

El otro día, mientras recibía un curso en el trabajo, el profesor que lo impartía nos preguntó cuáles creíamos que podían ser algunas de las causas de la llamada “crisis del software” (por abreviar y simplificar mucho, la tesis es que hay algo chungo en el actual modelo de desarrollo del software que hace que no importa cuántos millones se gasten, el código nunca termina de funcionar del todo como debería y nunca es tan eficiente como tendría que ser). Y al oír la pregunta no pude evitar recordar, de nuevo, mi CPC de Amstrad.

No recuerdo qué palabras usé, pero lo que dije venía a ser algo así como que uno de los problemas era que “todo el monte es orégano”, que “ancha es Castilla”. Que, en pocas palabras, el hadware ha evolucionado tanto y se ha desarrollado de tal modo que la preocupación por hacer un código eficiente que aproveche al máximo los recursos disponibles ya no es una prioridad. Se parte de la base de que los recursos son ilimitados y, por tanto, no hay por qué preocuparse en optimizar su utilización.

Es una opinión quizá exagerada y puede que hasta sesgadada, no lo sé. Pero no puedo evitar pensar que tiene algo de cierto.

Porque recuerdo aquellos humildes cacharros con sus 128 miserables kilobytes de RAM (y, para colmo, sólo 64 eran accesibles a la vez, había que paginar para poder usar los otros 64) y me acuerdo de las cosas que se hacían con esa cantidad ridícula de memoria y me pregunto: “¿qué ha pasado?”.

Recuerdo juegos inteligentes, que aprovechaban al máximo aquellas primitivas tarjetas gráficas y te proporcionaban una sensación convincente de movimiento y de atmósfera (y hasta había 3D, aunque fuera en realidad un pseudo-3D, pero resultaba casi creíble). Recuerdo procesadores de texto con una versatilidad que no encontraría en el mundo de los PC hasta diez o quince años más tarde. Recuerdo, en general, un buen aprovechamiento  de los recursos y unas aplicaciones que hacían lo que tenían que hacer y, encima, no se colgaban nunca.

¿Es pura nostalgia? Puede. Al fin y al cabo, fue el primer ordenador que tuve. Recuerdo que, algunos años más tarde, cuando me compré un IBM PS2 tuve la sensación de que había retrocedido (y eso que el cacharro tenía un disco duro de 20 Megas, que para mí por aquel entonces era sinónimo de espacio infinito) y de que no podía hacer con aquel cacharro supuestamente más potente (con disco duro, ya lo he dicho; y 640 Kas de RAM) todo lo que había hecho con mi Amstrad.

Y, reconozcámoslo, Amstrad ni siquiera era la mejor máquina de la era pre-PC. Si hubiera tenido un Commodore Amiga, al usar mi primer PC habría pensado que había retrocedido a la Edad de Piedra.

¿Qué pasó exactamente? No lo sé. Pero no puedo dejar de pensar una y otra vez que el desarrollo del hardware le ha jugado una mala pasada al software. Ya no hace falta esforzarse, currárselo, encontrar la forma más óptima de usar los recursos a tu alcance porque estos son limitados, no hay más de lo que ves y tienes que buscarte la vida para desarrollar tu aplicación con eso. Ya no hay restricciones: todo el campo está abierto y los recursos, de potencia, de memoria, de capacidad de almacenamiento, son infinitos. Así que para qué preocuparnos por minucias.

¿Estoy exagerando? Seguro que sí.

Y sin embargo… Cómo molaba aquel maldito Amstrad, narices.

9 comentarios

  1. Mi primer ordenador fue un AppleII. No tenía disco duro y la memoria RAM también era de 64 K. Javier y yo escribimos “Mundos en el abismo” en aquel ordenador. Si le quitabas la tapa y le arreabas con ella a alguien en la cabeza podías matarlo, porque era de hierro forjado. Eso sí, había que ir sacando y metiendo disquettes cada pocos minutos, y la novela ocupó cuatro diquettes de aquellos grandotes.
    Pero es verdad que era alucinante las cosas que se podían hacer con aquel cacharro.
    Recuerdo el programa FrameWorks, que tenía ventanas como el Windows y que era super intuitivo de manejar. Si todo hubiera evolucionado proporcionalmente, ahora deberíamos de tener HALs 9000 de bolsillo, io algo así.

  2. No estás exagerando, Rudy. Lo primero que yo tuve fue un Commodore64 (con unidad de cassete, que mi economía no estaba para permitirme disquetera) y, coñe, el juego que se le sacaba a esa birria de 64K. (Bueno, miento en parte: lo primero que tuve donde pudiera programar no era un ordenador, sino una calculadora Casio programable en BASIC donde cabían la friolera de 125 líneas de código y ni una más, y con ella aprendí virguerías sobre optimización.)

    Luego, cuando ya empecé a trabajar, me encontré con que tenía que desarrollar aplicaciones que corrían en equipos fabricados a medida donde el microprocesador era el mismo que el del C64, con todos sus límites. Y con eso (y en ese espacio) tocaba, por ejemplo, qué sé yo, controlar una centralita telefónica entera. El código que cabía era el código que cabía, y tenía que funcionar con eso y nada más. Así que funcionaba.

    El día que fue oficial el “quién dijo miseria; si necesitas sopotomil gigas de memoria, los tienes” se perdió algo. Ya sé que me pongo abuelete (pero, qué coño, en esto de la informática lo soy), pero cuando veo cómo programan las últimas hornadas de ingenieros y licenciados no puedo menos que pensar el equivalente a “una guerra os hacía falta”.

  3. Entonces, si te digo que el tipo que me dio el curso me dijo que la actitud correcta es asumir que los recursos son ilimitados, ya te dará un patatús, supongo.

  4. Ah, yo también tuve (brevemente) un Commodore 64. En realidad era de mi tío (se lo habían regalado en su empresa por no sé qué) y allí mi madre me enseñó a dar mis primeros pasos programando en Basic.

  5. En realidad, ya venía con ese patatús dado. La teórica que impartía ese tipo que te dio el curso es la que vi aplicar en la práctica en los últimos años que estuve trabajando en multinacionales del gremio. La solución para absolutamente cualquier error era “vamos a _añadir_ código para resolver los efectos indeseados del error”, y si sugerías que a lo mejor replanteando diseño y recortando código se podía resolver (de forma que, para empezar, el error NO se produjese) te miraban como si se hubiera materializado un dodo sobre la mesa de la sala de reuniones.

    Que ese es otro de los problemas que intervienen en la tal crisis, ahora que estamos hablando de ello: el paso de la filosofía “se produce un error; evitemos que se produzca” a la de “se produce un error; añadamos algo para tratar con las consecuencias”. En nuestros tiempos antediluvianos, cualquier programador aprendía que a más código y más añadidos, más efectos secundarios impredecibles. Ahora ya no sé si se molestan en enseñarlo siquiera, con lo bonito que era el acrónimo KISS (inicialmente “Keep It Simple & Small”, empezó a apuntarse por dónde iban a ir los tiros cuando a las siguientes hornadas había que espetárselo como “Keep It Simple, Stupid!”).

  6. El problema es que estamos hablando de unas tendencias que van a pasar facturas en las ciencias y la ingeniería. La gente se acostumbra a simularlo todo, y lo que es peor, a que un programa muy chulo con ventanitas haga las cosas sin tener ni puta idea de qué y cómo está haciendo . Evidentemente sin tener idea de las bases físicas, matemáticas, etc.

    Me parece que es la misma mentalidad que la que comenta Rudy sobre los nuevos programadores informáticos. Y también es una muestra de una tendencia más peligrosa y es la imposición de una visión tecnocráctica de la sociedad en donde no importa la optimización de recursos, el conocimiento, o el rigor en el trabajo. Sino en la producción masiva, en tirar de recursos (sean económicos, físicos o humanos) y “tirar p’alante”.

    Pero algún día se terminará la carrera, y entonces descubriremos que estaremos viviendo en tiempos en extremo interesantes.

  7. Yo tengo mi CPC-464 con su monitor de fósforo verde aun en perfecto estado de funcionamiento. Cuando les pongo a mis sobrinos juegos como el Oh Mummy! se descojonan de mí, los jodíos.

  8. Confieso que me arrepiento de haberme deshecho de mi CPC. Se lo regalé a mi tío hace ya un montón de años y a saber qué habrá sido de él.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.