Stardust

Allá por 1998 Norma Editorial publicó los cuatro volúmenes (más un quinto que servía a modo de apéndice) de Stardust, un cuento largo de Neil Gaiman ilustrado por Charles Vess, con quien el guionista ya había trabajado en su famoso Sandman. Casi tres años más tarde prescindió de las ilustraciones y, merced a juegos de manos tipográficos, convirtió Stardust en una novela, al menos en apariencia.

Porque no estamos ante una extensión del relato original. Lo que Norma acabó publicando en formato libro es exactamente el mismo texto que en su día editó como si fuera un cómic. Y no deja de ser curioso que en su solapa, donde se mencionan otras obras de Gaiman, no aparezca la menor alusión a esa edición original de Stardust como si la editorial no quisiera que sus lectores se dieran cuenta de que esto no es otra cosa que una reedición y, entonces, no compraran el libro.

Por lo demás estamos ante una historia que, en cierto modo, Gaiman ya nos ha contado otras veces: un cuento de hadas que sigue la tradición inglesa de los mismos, y donde explora el reino de Faërie, algo parecido a lo que ya había hecho en el tercer tomo de Los libros de la magia o en algunas historias de Sandman como El sueño de una noche de verano.

No cabe duda de que es un ambiente que al escritor inglés le gusta y donde se siente cómodo: ese reino de las hadas clásico anclado por las viejas leyes del encanto y peligroso para los mortales que se aventuran en él. Stardust sigue las leyes del relato de viajes: el protagonista busca el deseo de su corazón y el autor utiliza el viaje como excusa para mostrarnos el reino por el que transita su personaje.

Gaiman es un buen narrador. Y curiosamente una de sus mayores virtudes es también uno de su más grandes defectos. Su labor como guionista de cómic hace de sus textos algo incompleto, en el sentido de que sabe que el dibujante está ahí para rellenar las lagunas, para cubrir la musculatura de la historia con la piel de la ambientación. Esto se convierte en un defecto en muchos de sus relatos más cortos, apenas una pura anécdota, narrada con agilidad, pero sin la capacidad de meter al lector en ella. En historias más largas (como el caso de este Stardust: una novela corta, por mucho que se empeñen en vendérnoslo como otra cosa) el defecto deja de serlo y todos los huecos que Gaiman deja en su texto se convierten en una oportunidad para que el lector juegue el papel que en un cómic jugaría el dibujante y rellene con su imaginación todo lo que falta. Con el valor añadido de que toda esa molesta paja intrascendente que infla los best-sellers hasta el infinito no está presente en la historia y uno puede saborear el relato sin interrupciones, en una especie de juego creativo en el que autor y lector terminan componiendo la historia casi al cincuenta por ciento.

Otra de las consecuencias de su trabajo como guionista es la concisión, el ser capaz de despertar una imagen evocadora o definir a un personaje con muy pocas palabras, sin necesidad de acudir a prolijas descripciones o a la acumulativa psicología de salón propia de autores como Stephen King (y que es lo que ha perdido a Clive Barker como narrador, por ejemplo: capaz de cuentos soberbios e incapaz de escribir una novela que mantenga el ritmo). A lo largo de este Stardust tenemos clara la forma de ser de cada uno de los personajes que aparecen en la historia, sin necesidad, apenas, de que el autor nos los describa en detalle.

Pese a todo no podemos olvidar una cosa: y es que Stardust fue concebido como un relato ilustrado y, muy posiblemente, escrito teniendo en mente a un ilustrador muy concreto. Porque los claros y delicados de dibujos de Charles Vess en la edición original servían de perfecto complemento al texto conciso pero evocador de Gaiman, creando una obra en la que el todo era algo más que la simple acumulación de las partes. Sin el apoyo de esas ilustraciones el relato se nos queda cojo y, si bien su lectura es como mínimo satisfactoria, tenemos la impresión de que podría haberlo sido más, de que hay algo que falta.

Si aún podéis conseguir los cuatro volúmenes del Stardust original, haceos con ellos o pedidle a un amigo que os los preste. Haced entonces el experimento de leer primero la versión en puro texto y pasad después a la ilustrada (es un cuento largo, ya lo he dicho: el experimento que propongo no debería llevar demasiado tiempo) y creo que tendréis la sensación de haber leído dos historias distintas.

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