Tres libros (y III): Territorio de pesadumbre

Aquí concluimos el rescate de los textos que escribí en 2004 con destino a cYbErDaRk.NeT y en el que repaso la génesis de “Territorio de pesadumbre”, una novela corta por la que siempre he tenido un cariño especial -aunque las reacciones que despertó entre los lectores fueron dispares y no muy entusiastas- y a la que nunca he renunciado a volver para completar y convertirla, como se merece, en una novela.

Pero dejemos que eso lo cuente mi yo de 2004:

Los elementos que han contribuido al pequeño (aunque todos deseamos que imparable) florecimiento actual de la ciencia ficción y la fantasía española son muchos, y no es mi intención analizarlos aquí. Pero hay uno que, quizá demasiado a menudo, se ha obviado, y es el Premio UPC de novela corta. Con más de doce años a sus espaldas se ha convertido en una de las citas obligatorias para los aficionados españoles, y tuvo como consecuencia en su momento que los autores españoles nos animásemos a probar un género que, hasta entonces, había sido abordado sólo ocasionalmente: la difícil «distancia media» de la novela corta. El millón de pesetas (seis mil euros ahora) con que estaba dotado el premio, unido a la publicación del ganador en la colección Nova de Ediciones B, fueron un acicate y un estímulo para muchos; de pronto el paisaje literario empezó a llenarse de novelas cortas y eso tuvo la consecuencia casi inmediata de ampliar nuestro panorama editorial. No es descabellado decir que muchas de las pequeñas editoriales semiprofesionales que surgieron en los noventa tienen contraída una gran deuda con el UPC: de pronto se encontraron con abundantes textos cuya extensión les venía como anillo al dedo. A causa de sus especiales características, para esas editoriales publicar novelas completas representaba un esfuerzo económico excesivo, mientras que la extensión más «razonable» de la novela corta les permitió dedicarse a la edición sin correr riesgos que pusieran en peligro su continuidad. El progresivo mejoramiento y profesionalización en el aspecto estético de los productos de editoriales como Espiral debe, creo yo, mucho al Premio UPC, sin por ello restar méritos a la labor callada, paciente y persistente de Juan José Aroz como editor. No cabe duda de que la abundancia de originales de la extensión adecuada tuvo mucho que ver, en los primeros tiempos, con que ese tipo de pequeñas editoriales encontraran su espacio natural en el mercado.

Pero, yendo a terrenos más personales, el UPC tuvo también una enorme influencia en mi vida. Entre 1992 y 1999 dediqué algunas de mis mejores horas a la creación de una novela corta con destino al premio. No llegué a ganarlo nunca, aunque quedé finalista en dos ocasiones («Los celos de Dios» y «El alfabeto del carpintero») y obtuve la mención del jurado en otra («Este relámpago, esta locura»). Otros textos que escribí con destino al UPC y que terminaron apareciendo en otros lugares fueron «Un agujero por donde se cuela la lluvia», «Un jinete solitario» o «El sueño del Rey Rojo» —en una primitiva versión bastante distinta a la actual—… y, por supuesto, este «Territorio de pesadumbre» que ahora nos ocupa.

Fue escrito con destino al UPC de 1994 y pasó por los ojos del jurado sin, al parecer, despertar demasiado interés. Languideció algún tiempo en mi disco duro, hasta que un día se me ocurrió volver sobre él e incorporar algunas cosas nuevas. Por aquel entonces la novelita empezaba en lo que ahora es el capítulo cuatro y, a la hora de alargar la historia, se me ocurrió que, en lugar de contar con más detalle algunas cosas ya narradas o prolongar los acontecimientos más allá del final (algo muy difícil, teniendo en cuenta cómo terminaba) era mejor detallar algunos de los antecedentes del relato, contar qué había ocurrido antes de ese capítulo cuatro que empezaba con Kal embarcado en una lucha a muerte con sus clones. Así, me centré en la historia de su padre y sus problemas con los Exteriores.

En «Territorio de pesadumbre» conviven, en una relación un tanto extraña, y que sin embargo creo armónica, dos elementos tan dispares como son la ciencia ficción y la fantasía. Pese a la opinión, quizá no dominante pero sin duda sí extendida, de que la ciencia ficción no es más que otro subtipo de literatura fantástica, yo siempre he pensado que son dos géneros distintos y que, pese a superficiales apariencias de similitud, guardan pocos parecidos. Es cierto que ambas son literaturas «no realistas» pero si la ciencia ficción tiene como norma fundamental la plausibilidad (lo que se cuenta en ella no ha sucedido en el mundo real y no puede suceder ahora mismo, pero podría llegar a suceder en alguno de los múltiples futuros posibles) la fantasía, por el contrario, postula un universo diferente al nuestro, con unas normas y unas leyes completamente distintas. De hecho, mientras que la ciencia ficción es una literatura eminentemente racional, la fantasía se empeña en mostrarnos una y otra vez la veta de irracionalidad presente en el mundo. Así, siempre he tratado de resumirlo diciendo que la literatura realista cuenta lo que ha podido ocurrir, la fantástica lo que es imposible que ocurra y la ciencia ficción aquello que quizá podría llegar a ocurrir.

«Territorio de pesadumbre» es, por definirlo de algún modo, literatura fantástica que se desarrolla en un decorado de ciencia ficción, en contraposición a otros tipos de fantasía que normalmente se desarrollan en un decorado parecido al mundo real cuando no, directamente, en un universo totalmente apartado del nuestro. La Tierra de «Territorio de pesadumbre» es nuestra tierra, tal y como podría ser después de algo más de setecientos años y de una guerra que ha arrasado casi por completo el planeta. En ese decorado se inserta una trama que, no me molesta reconocerlo, tiene más de una deuda con el Dune de Frank Herbert, y en la que, poco a poco, va asomando una linea argumental que hace que la historia se adentre en el territorio de lo fantástico; un fantástico influido en buena medida por algunas ideas de Neil Gaiman, un autor que desde los ya lejanos días de «El sueño de los justos», su primera historia de Sandman, ha ejercido sobre mí una notable influencia.

Esta curiosa amalgama de influencias contradictorias no fue deliberada: me temo que pocas cosas en mi obra lo son. Casi siempre funciono a golpe de impulsos creativos y, cuando me siento a escribir, la historia lleva ya un rato cociéndose en mi subconsciente sin que, en la mayoría de los casos, me haya dado cuenta de lo que pasaba. Como en tantas otras ocasiones el entorno, la historia y los distintos giros argumentales de «Territorio de pesadumbre» se presentaron ante mí casi totalmente acabados y aún hoy no sé cuáles fueron los procesos por los que mi mente llegó a la conclusión de que Herbert y Gaiman eran combinables pese a la diferencia de texturas narrativas y que el resultado final podía funcionar literariamente. Lo cierto es que en ningún momento del proceso tuve la sensación de que me estuviera enfrentando a nada especialmente difícil y, desde luego, la idea del fracaso nunca pasó por mi cabeza.

Lo que me lleva a pensar que, tal vez, esa ambición o «valentía literaria» que algunos han querido ver en mí -Juanma Santiago es el principal responsable de esa acusación, diría yo- y que me lleva a plantearme obras sin importarme los riesgos narrativos que corro, no tiene nada que ver ni con la valentía ni con la temeridad, sino con la pura y simple inconsciencia.

No soy consciente de los peligros, y nunca he sentido que de lo que escribo unas cosas sean más difícil de rematar que otras: para mí todas las obras son iguales, en el sentido de que son historias que, por un motivo u otro, me resultan atractivas y me apetece contar (no lo son en el sentido de que todas me afecten del mismo modo en lo personal, pero eso ya es otra historia). Así, cuando me siento a escribir soy consciente de la «zanahoria» (contar un historia que me resulta interesante) pero no del «palo» (la posibilidad de que no pueda, o sepa, contarla todo lo bien que se merece). En cierto modo, considero que esa inconsciencia es una bendición que ha funcionado de varios modos distintos a lo largo de mi carrera, y no me cabe la menor duda de que, si he podido conseguir aunque sea un puñado de obras aceptables, es gracias a que, cuando me puse a escribirlas, no sabía que quizá estaba picando demasiado alto para mis capacidades literarias.

En el caso de «Territorio de pesadumbre» lo que me atrajo de la historia fueron una serie de elementos bastante dispares: por un lado esa tierra devastada, condenada a una suerte de feudalismo. Por el otro, la figura del joven Kal: fue la primera vez que me atreví con un adolescente como personaje central, y la verdad es que estoy bastante satisfecho con los resultados. Añadamos a eso la figura de Shamael y su paradójico destino, y el modo en que aporta, poco a poco, los elementos fantásticos a una trama que empieza siendo ciencia ficción, y creo que habremos dado con las claves de lo que me interesó de «Territorio de pesadumbre» como escritor.

Y que, en cierto modo, todavía me interesa. Y es que a veces me encuentro ante posiciones literarias muy incómodas, cuando narraciones que ya creía terminadas, insisten en llamar una y otra vez mi atención y en pedirme que vuelva sobre ellas. Decía Hemingway que, para él, un libro publicado era un «león muerto»: una tarea concluida sobre la que ya no merecía la pena volver. Siempre he estado de acuerdo, en principio, con esa idea, pero a menudo la realidad ha insistido en llevarme por otros caminos.

Con el añadido de los tres primeros capítulos creí que había rematado para siempre «Territorio de pesadumbre»: la historia había cristalizado en su estado definitivo y no tenía sentido volver sobre ella, como no fuera para corregir, aquí y allá, algunos elementos de estilo. Así fue presentada en la primera Beca Pepsi-Semana Negra de novela corta, y así se la presenté a Domingo Santos cuando me pidió algo para el segundo número de «El doble de ciencia ficción» de ediciones Robel.

Y sin embargo, la historia no me ha dejado tranquilo. De vez en cuando «Territorio de pesadumbre» vuelve a mi memoria, se enfrenta conmigo y me pide que la remate, ahora de verdad, que termine de contarla, que la complete. ¿Completar qué?, me digo. La respuesta a menudo es borrosa e imprecisa y posiblemente por eso no me he puesto todavía con ello. Pero, borrosa e imprecisa como es, existe. Así que me temo que tarde o temprano no me quedará más remedio que volver sobre «Territorio de pesadumbre» y rematar la historia con todo aquello que le falta y que, en realidad, aún no sé lo que es.

Pero lo sabré. Espero. 

El tiempo ha pasado y sigo sin saberlo. Intenté continuar “Territorio de pesadumbre” más allá de su final evidente y llegué a escribir un par de capítulos más hará dos o tres años. Pero ahí se quedó. Y es posible que ahí se quede.

Y sin embargo… la historia sigue llamándome de vez en cuando. Y quién sabe, tal vez algún día…

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