El jardín de senderos que se bifurcan

La memoria
se va desmenuzando en instantes inconclusos,
el tiempo es un juguete abandonado
y el pasado,
un engaño susurrado a media voz.

En añicos de momentos repetidos,
multitudes con mi rostro y ademanes
viven vidas que me son ajenas.

En algunas
el brillo impenetrable de un cuchillo
traza surcos de deseo
en las pieles
—temblorosas—
que pueblan el terreno, feroz e ingobernable, de mis sueños.

En otras
hay sólo oscuridad.

En otras, el silencio es un arma empuñada con temor.

Hay muchas
tan idénticas a las trampas que me tiende la memoria
que sólo los detalles las convierten en mentiras.

En una
tus ojos sacian en los míos su deseo,
es mi cuerpo el que recorre tu tibieza
y tu boca la que, ansiosa,
despierta mi animal agazapado y somete su inquietud a tu capricho.
Allí tus muslos carecen de misterio,
y en el terco territorio de tu rostro
ya no yacen alambradas
de distancia.

En secreto,
sin moverme,
sin pensar,
sin detenerme
devoro historias que nadie tomará por ciertas,
pueblo mis ojos de mentiras,
de ficciones,
de caminos que jamás recorreré,
abiertos laberintos en los que no pude perderme,
girar,
desorientarme,
espacios imposibles a punto de nacer,
proyectiles errados por distancias invisibles
y tactos que jamás me conocieron.

Las vidas ante mí desparramadas
se disuelven.
Y el tiempo
—eternamente—
recompone sus añicos en un único reflejo.

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