Tres libros (II): Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos

Seguimos con el rescate de los tres textos que escribí para el especial que cYbErDaRk.NeT publicó sobre mi obra en el año 2004.

Ahora le toca el turno a la primera de mis novelas holmesianas. Y, por aquel entonces, la única, aunque por poco tiempo:

Cuando tenía poco más de dieciséis años escribí una serie de historias en las que un descendiente de Sherlock Holmes que vivía en la España del futuro (no recuerdo la fecha, probablemente mediados de este siglo XXI) investigaba y resolvía una serie de casos criminales. Uno de ellos, lo recuerdo bien, copiaba, con cierto desparpajo pero sin demasiado éxito, la trama de «El problema del puente de Thor», uno de los relatos canónicos holmesianos. Otro de ellos lo llevaba a resolver un asesinato bastante aparatoso en el Valle de los Caídos (lo que no deja de resultar curioso, pues la idea de relacionar el monumento franquista con Sherlock Holmes ha vuelto recientemente a mi cabeza, si bien por cauces completamente distintos). No recuerdo casi nada de los demás, aunque tengo la sensación de que había un cierto hilo conductor en cada una de las historias y que al final se descubría que ese Holmes del futuro se había estado enfrentando, todo aquel tiempo, a una mente maestra criminal que había permanecido en las sombras en cada relato y que resultaba ser, por supuesto, uno de los personajes secundarios aparecidos previamente. Creo que un inspector de policía, aunque a estas alturas no estoy demasiado seguro.

Lo mejor que se puede decir de esos relatos es que ya no existen y que, por suerte, fueron leídos por muy pocas personas. No me arrepiento de haberlos escrito, por supuesto: como todo lo demás, fueron parte del proceso de aprendizaje y la poca o mucha calidad que pueda tener mi obra actual se debe a un buen montón de material que se quedó por el camino, de esbozos inacabados e intentos fallidos que sirvieron, si no para otra cosa, para enseñarme en qué fallaba y en qué debía mejorar. Entre esos esbozos a medio terminar y esos intentos literarios que se quedaron en nada podríamos mencionar varias continuaciones de Star Wars, de la Trilogía de las Fundaciones y de 2001 escritas entre los trece y los diecisiete años; una interminable novela tolkieniana que me tuvo ocupado entre los dieciséis y los diecinueve y que abandoné cuando llevaba más de trescientas páginas escritas, numerosos apéndices lingüísticos e históricos preparados y un par de lenguajes y de alfabetos diseñados; varios intentos de literatura autobiográfica escrita en la adolescencia, cerca de mil poemas escritos antes de los veinte años… y, como he dicho, estos relatos holmesianos. En un sentido estricto, nada de eso ha pasado a mi obra posterior; en un sentido más amplio, sin embargo, todos esos intentos fallidos se las han apañado para sobrevivir (terriblemente deformados, a menudo despojados de todo lo no esencial) en cuanto he escrito a partir de entonces.

Hacia 1984, más o menos, se me ocurrió una nueva idea para una historia de Holmes, pero ahora directamente de Sherlock, sin misteriosos descendientes de por medio o «contubernios» para conquistar el mundo desde el Valle de los Caídos. Le dí el título de «La aventura del asesino fingido» pero no me atreví a escribirla usando la voz de Watson. Había pasado buena parte de mi adolescencia imitando las voces de otros autores (Asimov, Clarke, Alan Dean Foster —aunque entonces no lo sabía— en Star Wars, Tolkien, García Márquez…) y sin embargo algo me hizo desistir de usar la voz del doctor Watson. Así que decidí seguir a Borges y, tal como él hizo en «El acercamiento a Almotásim» (donde escribe un comentario y realiza el análisis de una novela inexistente), me embarqué en el más tópico de los juegos metaliterarios: fingí haber recibido un folleto y el cuento que escribí adoptaba la forma de un resumen y posterior análisis del relato holmesiano que había llegado a mis manos.

Pasó el tiempo, y un día, allá por 1989, decidí volver sobre aquella idea y escribirla con la voz de Watson. El resultado distó mucho de ser satisfactorio y el cuento acabó perdiéndose para siempre.

Entretanto, y supongo que influido por la moda de enfrentar a Holmes con figuras, reales o ficticias, del sigo XIX (el doctor Freud o el Fantasma de la ópera en las novelas de Nicholas Meyer, Jack el destripador en la película Asesinato por decreto) se me ocurrió que el detective de Baker Street bien podía unir sus fuerzas con el profesor Van Helsing y luchar contra el más famoso de los vampiros. De este modo nació «Desde la tierra más allá del bosque» y en ella utilicé no sólo la voz del doctor Watson, sino la de otro doctor, Jack Seward, uno de los personajes del Drácula de Stoker. Rematé la historia a principios de 1991, aunque no quedé satisfecho del todo con los resultados. Me pareció que había dado con una idea prometedora pero que no había sabido exprimirle todo el jugo: el relato funcionaba narrativamente y no resultaba fallido, pero siempre tuve la sensación de haberme quedado a mitad de camino de mis intenciones. Cuando, años más tarde, leí El año de Drácula, de Kim Newman comprendí lo que había intentado hacer y que no había tenido la capacidad suficiente de conseguir.

Por cierto, y para quien se pueda preguntar a qué viene el título, qué es eso de una tierra más allá del bosque, recordar tan sólo que esa sería la traducción al castellano de Transilvania.

Como he dicho, «Desde la tierra más allá del bosque» no me dejó del todo satisfecho, pero el resultado me gratificó lo bastante para intentar una nueva historia holmesiana. Así, un año más tarde, en 1992, escribí la tercera, y ahora ya definitiva, versión de «La aventura del asesino fingido» y creo que comprendí en ese momento lo fácil que me resultaba adoptar la voz del doctor Watson, casi tanto como si fuera la mía propia. El relato no pasaba de ser trivial, pero era una trivialidad compartida con muchas de las historias originales escritas por Doyle y me pareció que, tanto el tono como el desarrollo, no desentonaban con ellas.

Así, un año más tarde, llegó el momento definitivo. Embarcado en la relectura del material holmesiano original me encontré con lo que Holmes le cuenta a Watson que estuvo haciendo entre 1891 y 1894, los tres años que median entre su aparente muerte en las cataratas de Reichenbach y su reaparición pública en el caso de la casa deshabitada. Holmes le dice a su cronista:

Me dediqué a viajar durante dos años por el Tibet y me entretuve visitando Lhasa y pasando unos días con el Gran Lama.(…) Después atrevesé Persia, me detuve en la Meca y realicé una breve pero interesante visita al Califa de Jartum

Aquello me llamó la atención inmediatamente. ¿Holmes interesado por lo religioso? Aquello no encajaba con lo que sabía del personaje al que suponía, como poco, agnóstico y, desde luego, un racionalista casi fanático. ¿Qué interés podía tener Holmes en lo sobrenatural? Recordé de pronto que Conan Doyle se había vuelto hacia el espiritismo a raíz de la muerte de su hijo y me acordé también de que en aquella época, a finales del XIX, la secta ocultista llamada Amanecer Dorado tuvo su momento de esplendor.

Religión, ocultismo… Aún estaba dándole vueltas a aquello y pensando en cómo podía involucrar a Holmes en un caso que girase alrededor del mundo ocultista cuando la trama completa de lo que se iba a convertir en La sabiduría de los muertos apareció frente a mí como salida de la nada. Difícilmente puedo explicarlo de otro modo: evidentemente algo se había estado cociendo en la parte de atrás de mi cabeza y cuando cristalizó, lo hizo en una historia casi completa en todos sus detalles. Ya sabía cuál podía ser el hilo conductor de la historia, por supuesto qué otro que el grimorio más famoso de la literatura fantástica, el infame Necronomicon. Y además resolvería los tres casos inconclusos que Watson mencionaba en «El problema del puente de Thor»: el de Isadora Persano y el gusano desconocido para la ciencia, el de James Phillimore y su paraguas y el del barco Alicia y su desaparición. No contento con eso haría que Conan Doyle fuese un personaje más de la novela e introduciría un elemento fantástico en la trama que sólo al final sería desvelado.

Así, sin encomendarme ni a Dios ni al Diablo, sin ser consciente de que me enfrentase a reto alguno, con conocimientos del Londres victoriano que se limitaban a lo que había leído en las historias de Holmes y lo que podía haber visto en alguna película o serie de televisión, me lancé a escribir La sabiduría de los muertos.

En una semana la había terminado.

Fue una semana totalmente febril: la historia estaba en mi cabeza, llamándome una y otra vez con insistencia y exigiendo ser contada. Los pocos detalles aún oscuros que había en la trama se iban desvelando por sí solos a medida que avanzaba la historia. El tono de voz de Watson me resultó natural, casi inevitable, y los acontecimientos narrados en las historias originales parecían haber sido escritos ex profeso para que yo los usara en mi historia: incorporarlos a ella fue tan fácil que aún hoy me maravilla. Creo que nunca, ni antes ni después, las palabras han fluido con tal facilidad de mi mente al teclado.

Tenía escrita una novela cuyo protagonista era Sherlock Holmes y que estaba narrada con la voz del doctor Watson. Y no sabía qué hacer con ella. De hecho, ni siquiera estaba muy seguro de que intentar publicar algo así fuera legal. No tenía la menor idea de cómo estaban las cosas respecto a los derechos de autor de Conan Doyle, o si el personaje podía ser marca registrada. Pocos meses más tarde, un comentario de Asimov en una antología de cuentos holmesianos me aclaró el asunto y, para mi alivio, supe que los derechos de Holmes estaban libres.

La novela provocó una reacción entre los más allegados, aquellos que seguían regularmente mi obra, que no pudo por menos que sorprenderme. Demonios, pensaba, he escrito cosas mejores y, desde luego, he escrito cosas que me han supuesto un esfuerzo mucho mayor. No puede ser que algo que me ha llevado tan solo una semana de trabajo precedida de una llamarada de inspiración esté despertando tanto entusiasmo.

Pero lo estaba haciendo.

Presenté la novela (por consejo de mi amigo José Luis Rendueles) al premio Asturias, que convocaba la Fundación Dolores Medio. Entre tanto, el tiempo fue pasando, conseguí publicar mi primera novela, La sonrisa del gato, y ya casi me había olvidado de todo el asunto cuando, una tarde de diciembre, alguien llamó por teléfono y me preguntó si yo era Rodolfo Martínez. Dije que sí, y el otro lado del hilo me comunicaron que estaba hablando con el presidente del jurado del premio Asturias y que mi novela La sabiduría de los muertos era la ganadora aquel año. Recuerdo perfectamente que por un instante creí que alguien me estaba tomando el pelo.

Pero no. A la tarde siguiente se hizo público el fallo del jurado, conmigo presente en la sala, y comprendí que aquello era real. Había ganado un premio con mi pequeño divertimento holmesiano e iban a publicar la novela.

Recuerdo que el presidente del jurado me preguntó si había vivido en Londres. Confesé que no. Y me dijo que cómo me las había arreglado para que mis indicaciones geográficas en la novela fueran tan precisas. En realidad había sido muy sencillo: cuando mis personajes tenían que moverse a alguna parte, buscaba una historia de Conan Doyle en la que hubieran hecho un viaje al mismo lugar (por suerte tengo buena memoria y recuerdo con bastante claridad los pormenores de la mayoría de los relatos holmesianos) y copiaba el itinerario, si bien no la descripción del mismo, evidentemente. Cuando no tenía referencias me limitaba a ser impreciso. Con un truco tan sencillo conseguí ambientar la novela lo bastante bien para que alguien me preguntara si había vivido en Londres.

Bien. Cobré mi dinero. Asistí a la presentación de la novela el Día del Libro del año 1996 y, poco a poco, me fui olvidando del asunto. No del todo, por supuesto, porque alrededor mío había personas que seguían insistiendo en que La sabiduría de los muertos era mi texto, quizá no más conseguido, de más calidad, pero sin duda sí el más asequible, el que más posibilidades tenía de interesar a un público amplio. Una de esas personas era Luis G. Prado, por aquel entonces editor del fanzine El fantasma (posteriormente Artifex), quien llegó a decirme que, si algún día se dedicaba profesionalmente a la edición, le gustaría reeditar mi novela holmesiana.

Los años fueron pasando y, para mí, La sabiduría de los muertos estaba casi olvidada, sumergida en el pasado: había intentado su reedición varias veces —desafortunadamente la edición original apenas se distribuyó—, pero con poca fortuna, así que para entonces había tirado la toalla al respecto. Pero Luis se convirtió en editor profesional, lanzó a la calle su colección Bibliópolis Fantástica y me dijo que, si la cosa funcionaba y la colección encontraba su hueco en el mercado, quería reeditar mi novela holmesiana.

Casi al mismo tiempo Rafael Marín me confesó que él mismo estaba escribiendo una novela con Sherlock Holmes como protagonista, usando una idea que me había comentado unos años atrás. Rafael remató su empeñó y consiguió lo que, sin la menor duda, es uno de los mejores pastiches holmesianos de todos los tiempos.

Estos dos acontecimientos me estimularon para que, casi diez años después de haberla escrito, volviera sobre La sabiduría de los muertos. Al releerla comprendí que había conseguido, sin proponérmelo, algo muy difícil y que, seguramente, de haber intentado hacer de forma deliberada habría fracasado en el empeño: una novela en la que el ritmo no decaía en ningún momento y en el cada acontecimiento estaba encadenado con el anterior y el siguiente de un modo tan natural que casi parecía inevitable.

Creo que fue entonces cuando entendí el entusiasmo que había despertado la novela. Especialmente aquella referencia a que tenía posibilidades de ser, de todas mis obras, la que alcanzase un público más amplio. De algún modo me las había apañado para dar con una historia interesante, asequible y con elementos que podían satisfacer a paladares muy distintos. Y, sin saber lo que estaba haciendo, me las había arreglado para contarla sin que el ritmo narrativo se resintiera.

Así, cuando Luis me anunció su deseo de reeditar la novela no pude evitar la idea de revisar el texto original. Con infinito cuidado de no entorpecer su ritmo, decidí que podía incluir ahora en ella elementos que, en su momento, no me atreví a incorporar, fundamentalmente porque por aquel entonces mi documentación sobre la época era demasiado fragmentaria. De este modo, Aleister Crowley hizo su entrada en escena, y lo que en principio había sido un inexistente tío de Howard Philips Lovecraft, se convirtió en su padre, una vez me hube asegurado de que su estancia en Inglaterra en 1895 no entraba en contradicción con lo que se sabía de su vida.

Al mismo tiempo, no pude evitar responder afirmativamente a la propuesta que me hizo Rafael Marín de hacer que nuestras dos novelas holmesianas fueran consistentes entre sí. Él estaba por aquel entonces revisando la suya, con vistas a conseguir una longitud más adecuada para su publicación, y me hizo varias sugerencias que acepté encantado. De este modo, aunque ni Elemental, mi querido Chaplin (la novela de Rafael) es una continuación de La sabiduría de los muertos, ni mi novela una «precuela» de la suya, ambas comparten ciertos acontecimientos, pequeños indicios que, una vez leídas ambas historias, cobran sentido por completo.

Aproveché también la oportunidad que Luis me ofrecía para convertir la publicación de La sabiduría de los muertos en Bibliópolis en la edición definitiva de mis trabajos holmesianos. En 1996, cuando fue publicada por primera vez, incluí, junto a la novela, el relato «La aventura del asesino fingido». Decidí revisar e incorporar «Desde la tierra más allá del bosque» a esta nueva edición, además del inicio de un relato inconcluso que terminaría apareciendo en las notas finales del traductor.

Y en realidad, no todo ha acabado, ni mucho menos. Volver sobre mis textos holmesianos para revisarlos y actualizarlos con destino a la edición de Bibliópolis, ha hecho que vuelva a sentirme tentado por la idea de escribir otra historia donde el genial y excéntrico detective de Baker Street sea uno de los personajes. No sé si lo haré o no, aunque en estos momentos, media docena de ideas parecen estar confabulándose dentro de mi cabeza para cristalizar en una historia holmesiana. El tiempo dirá si lo consiguen o no.

Evidentemente, el tiempo dijo “sí”. Y dijo “sí” muchas más veces de lo que entonces creía.

13 comentarios

  1. Me ha enternecido este relato, esta historia tras la historia. Es algo así como los extras del DVD. La verdad es que ha gustado esa parte de “con 16 años escribí una especie de Señor de los Anillos que tras 300 páginas abandoné”, más que nada, porque también me ha pasado y ahora me siento menos solo cuando pienso en si retomar esa historia o no.

    Por cierto, reitero la invitación de Juanma (y la mía) de que vistiten Los Alcantilados de la Locura… Y dejen sus comentarios!

    http://los-acantilados.blogspot.com/

  2. Mi primer pseudopastiche holmesiano tuvo una historia parecida, que sería demasiado larga para plasmar aquí… al final, en resumen, se convirtió en un cortometraje sobre un pariente de Holmes (sobrino nieto de Violet Sherrinford) que desentrañaba una trama relacionada con Amanecer Dorado, Stoker, Doyle y más gente… cuando tiempo después vi de qué trataba La sabiduría de los muertos, lógicamente, me lancé a por ella. Digamos que los hechos que se narran en ambas obras podrían perfectamente coexistir en una misma continuidad. Lo cual me hizo disfrutar el doble la novela, que mentalmente enmarcaba en el mismo universo que mi peliculita.

  3. Como curiosidad, no se si sabras que en uno de sus relatos de “El mundo del rio y otras historias”, Philip Jose Farmer hace que el ladrón de guante blanco Raffles, a quien convierte en pariente lejano de Holmes, solucione los mismos 3 enigmas, aunque les da una explicacion mas “ciencia-ficcionera”.

  4. Hmmm… recuerdo haber leído algo parecido en una antología llamada Sherlock Holmes a través del tiempo y del espacio, compilada por Asimov, en un cuento que, me suena que era de Farmer, titulado “El problema del puente dolorido (entre otros)”.

    Quizá sea el mismo relato que me comentas. Por lo que recuerdo era una historia un tanto “ida de pinza”, bastante absurda por momentos, aunque divertida.

  5. Hablando de pastiches, estoy dudando si comprarme una novela llamada “Houdini y Sherlock Holmes”, de Daniel Stashower, que La Factoría de las Ideas ha publicado hace poco. Por un lado me atraen la ambientación de principios de siglo y la idea de ver a Holmes formando equipo con el famoso escapista, pero por otro temo que el libro no esté a la altura de una premisa tan impactante a priori, no sé si me explico. ¿Alguien lo ha leído? ¿Alguna recomendación?

  6. Si creo que el cuento era el mismo. Yo al final no he comprado la de Houdini, porque he visto que es la primera de una serie de novelas de Houdini, y estoy algo escamado de tantas series. Ademas, no me convence lo de Houdini convirtiende en ectoplasma.

    ¿Te leiste la antologia “Sombras sobre Baker Street”?Si es asi, ¿que te parecio?

    Yo la encontre simpatica, adjetivo poco adecuado cuando HP anda de por medio, pero salgo algún relato, muy fallida. Y hablando de pastiches, juraria que una libreria de segunda mano, vi una novela titulada algo asi como “Sherlock Holmes contra Fu-Manchu”. Mi alma de friki se emociona al recordarlo, aunque, decididamente, no tenia buena pinta.

  7. Llevo bastante tiempo oyendo hablar de esa antología pero, no sé muy bien por qué, no me la he leído. Sí que me leí el cuento de Gaiman incluido en ella (salió en algún otro lugar, no recuerdo dónde) y no me pareció gran cosa.

    Hay una novela en la que Conan Doyle y Julio Verne deben resolver un misterio alrededor de la figura de Shakespeare. Como te pasó a ti con lo de Fu-Manchú, la idea me resultó interesante. Sin embargo, la información que me llegó después sobre el libro fue que era bastante malo, así que decidí no arriesgarme. Y sin embargo, a veces todavía me lo pienso. Al fin y al cabo, la premisa, como tú dices, hace que mi alma de friki se emocione.

  8. Pues, me temo que no entra en mis planes escribir nada sobre ese temible doctor chino de origen manchú. Aunque nunca se sabe, claro.

  9. A mí el ‘Estudio en esmeralda’ de Gaiman me encantó. El resto de relatos del volumen, irregulares (qué apropiado el término), pero algunos eran bastante entretenidos.

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