Horizonte de sucesos: un balance

Han pasado cerca de dieciocho años desde que escribí el primer relato de la serie Horizonte de sucesos. Y unos dieciséis desde su primera publicación en la revista no profesional BEM.

Estas últimas semanas, mientras los revisaba someramente a medida que los preparaba para publicarlos en Escrito en el agua, no pude por menos de darle vueltas a cuantas cosas. Pero antes, permitidme que comparta con vosotros lo que dije sobre esta serie en las notas finales de Laberinto de espejos, mi segundo libro de relatos:

Sería inútil negar que el modelo más evidente para los siete cuentos que he agrupado bajo el título genérico de Horizonte de sucesos son los Cuentos de la taberna del ciervo blanco, de Arthur C. Clarke. Más inútil aún sería tratar de ocultar mi gusto por el ciclo de los Viudos Negros, de Isaac Asimov, o mi fascinación por el plausibilísimo embustero Trafalgar Medrano, inmortalizado por la gran Angélica Gorodischer.

Y sí, es cierto que tenía todo eso en mente cuando me senté a escribir los primeros cuentos de Horizonte de sucesos: la atmósfera general debía tanto a Clarke como a Asimov, y la personalidad del luego llamado Narrador Inverosímil estaba sin duda en deuda con Gorodischer.

Curiosamente, por primera vez desde que había empezado a escribir relatos cortos, me sentía cómodo, en un territorio del que conocía las reglas y en un lugar familiar. Si alguna vez la expresión «el cuento se escribió solo» ha tenido algún sentido ha sido precisamente con estas historias. Tuve alguna dificultad con el primero y el segundo, supongo que porque son los relatos donde se establece la atmósfera, el tono general y la actitud de cada uno de los personajes. Pero, a partir de ahí bastaba con que alguien me soltara una frase mínimamente intrigante para que el proceso se desencadenara por sí mismo y los cuatro personajes empezaran a conspirar en busca de una nueva historia.

El tercer cuento surgió de la sugerencia: «¿por qué no escribes algo sobre palíndromos?»; el cuarto de la frase: «¿qué tal algo sobre campos de fuerza?»; el quinto fue desencadenado por «¿qué hubo antes del Big Bang?»; y el sexto nació de un: «venga, escribe algo sobre la teleportación». En cuanto el último, terminó apareciendo de un modo casi inevitable, como conclusión del ciclo.

Pocas veces he disfrutado más escribiendo. Y pocas veces he recibido reacciones más encontradas a algo que haya escrito. He oído decir «venga, esto te lo han publicado por puro amiguismo, porque es infamemente malo» seguido casi sin solución de continuidad por «entonces, ¿no vas a seguir la serie? Qué lástima». En cualquier caso, supongo que hubo el número suficiente de personas a las que les gustó el ciclo de Horizonte de sucesos, al menos lo bastante nutrido para que «Castillos en el aire» se llevará el premio Ignotus al mejor cuento en el año 1996.

Aunque he de confesar que «Castillos en el aire», pese a ser el único relato galardonado de la serie, no ha sido nunca mi favorito. Éste es, sin ninguna duda, «Sintonía previa». Por varios motivos: porque me gusta la melancolía que impregna buena parte de la historia, porque me gusta la idea científica que hay detrás y, sobre todo, porque el paso final, el último giro de tuerca del argumento se me ocurrió sobre la marcha, mientras estaba escribiendo y cuando ya creía tener rematado el cuento. De pronto me dije: “¿y si…?” y de ahí nació esa idea del físico volviéndose catatónico no porque hubiera contemplado un universo extraño, sino porque había visto a Dios. Es lo más parecido que he escrito nunca a una historia religiosa; cierto que, como buen ateo, he tratado la religión abundantemente en mi obra, pero no es lo mismo. En cierto modo, dar con el final adecuado del relato fue como una revelación. No diré que alguien me cegó camino a Damasco, pero la sensación, mientras la idea se aparecía ante mí, nítida y precisa y yo murmuraba un “pues, claro” lleno de asombro y fascinación… bueno, supongo que es lo más parecido a una epifanía que he tenido en mi vida. Y que tendré, seguramente.

¿Y el balance final de estos cuentos? Bueno, positivo. Pero si lo pienso un poco, el balance de cualquier cosa que haya escrito es siempre positivo. No importa lo malo que sea, o el poco éxito que haya tenido. Cada línea que escribo es útil, parte de un proceso de aprendizaje que, en realidad, no termina nunca.

Pero, incluso teniendo eso en cuenta, me alegro de haber escrito estos relatos. No son gran cosa, cierto: pequeñas historias-enigma que juegan con algunas ideas (espero que interesantes) y que intentan crear una atmósfera. Es lo más parecido a la ciencia ficción “dura” que he escrito nunca y, en ese aspecto, me siento bastante satisfecho del modo en que integré ideas científicas “reales” (más o menos) en una estructura narrativa.

En cuanto a los personajes, me gustan los cuatro. Me gusta, por supuesto, el Narrador Inverosímil, pero también los demás: ese trasunto mío que es quien cuenta los cuentos, al igual que los otros dos, ligeramente inspirados en Javier Cuevas y Pedro Jorge Romero. De hecho, fue Pedro quien me soltó uno de los mayores cumplidos que se me han hecho como escritor. Tras leer «Por delante de su tiempo», el segundo de los relatos, me dijo que le había pillado el tranquillo a su personaje a la perfección.

Para terminar, y como anécdota, comentar que lo más curioso de esta serie es que la escribí casi íntegramente mientras estaba haciendo la mili. Salvo los dos primeros cuentos, el resto fueron escritos durante mi estancia en el Ejército de Tierra (ya sabéis: «yo serví en la Infantería / donde sirven los valientes: / con una birra en la mano / y un canuto entre los dientes») y, de hecho, fueron prácticamente lo único que escribí en aquellos nueve meses.

12 comentarios

  1. Sin querer meterme en cuestiones tales como “hasta que punto la cerveza y el canuto entre los dientes tienen que ver con la creatividad de la que se valen estos relatos”, sí quiero decir que estos relatos (como sus libros de Holmes y este mismo blog) han sido la inspiración de ciertos proyectos literarios, unos personales, otros mano a mano (cachete con chachete) con ese otro personaje local que es el Señor Don Juan Manuel Ruiz. De ahí, que le esté agradecido, por eso, y pro los buenos ratos pasados leyendo.

    Por otra parte, si bien no llegué a Empatizar del todo con la clientela del Horizonte de sucesos, sí que le he cojido un cariño a ese narrador inverosímil, que en mi mente se dibuja como un ya anciano (aunque vital) Peter Cushing, que no por casualidad, recuerda a cierto detective londinense de impresionantes dotes deductivas.

    Dicho esto… ¿Ahora qué?

    ¿Qué nos espera en este blog a partir de ahora?

  2. Por lo que recuerdo, en mi mente el Narrador Inverosímil no se parecía gran cosa a Peter Cushing (era más bien calvo), pero no me parece mala idea, por otro lado.

    En cuanto a qué nos espera en este blog… bueno, ni idea, la verdad. Como dijo una vez Henry Jones Jr. cuando le preguntaron cómo iba a apañárselas para quitarles el Arca de la Alianza a los nazis: “No lo sé, improviso sobre la marcha”.

    Me alegra, por otro lado, que lo que yo haya podido hacer os haya servido de estímulo. Siempre es gratificante oír eso.

  3. El truco para “pillarle el tranquillo” a alguien supongo (al menos para mí) que está en hacer precisamente lo contrario de lo que parece obvio: no fijarse y dejarte llevar.

    A mí, al menos, me funcionó a la hora describir a aquel Pedro al que se le podía mentar la madre con total tranquilidad pero se ponía como loco si alguien ponía en duda el segundo principio de la termodinámica (que así es como se le describe en alguna ocasión en los relatos, si no recuerdo mal).

  4. Chemari-Wan, lo de “cachete con cachete” ha sonado, cuanto menos, raro.

    He de decir que yo he disfrutado con el Narrador Inverosímil, con su audiencia y con el propio local de reunión. De algún modo, estos cuentos conseguían, además de engancharme con la historia, crear un ambiente concreto. Y, además, tenían lo mejor de Michael Crichton (y gracias a Dios carecían de lo peor): conseguían que los fundamentos científicos no fueran obstáculos insalvables para un lector profano en ciencia. Echaré de menos a Javi, Pedro, el narrador y el Narrador.

    Y ya que estamos, permítanos el anfitrión invitarle al recién inaugurado rincón de cuentos e historias que Chemari-Wan y un servidor hemos creado: http://los-acantilados.blogspot.com

  5. De hecho, creo que inluso solicitamos esas críticas (despiadadas o no) y esos comentarios de todo tipo (Juanma, ¿seguro que de TODO tipo?)

    Por cierto, ¿no está feo usar este blog para promocionar el nuestro?

  6. Bueno Juanma, animo con tu sitio, ya veremos en que queda.

    Al hilo de lo que decia Chemari-Wan, es curioso como a veces nuestra imaginación se empeña en ponerle rostros a los personajes, aunque no tengan nada que ver con la descripciones que hacen de ellos los autores. Y no siempre se trata de rostros de peronas reales, yo tengo en mi cabeza algunos “personajes”, que de repente veo asociados a los que estoy leyendo por algú capricho del subconsciente.

    Como curiosidad, a tu personaje, “el vaquero”, no me lo imagino con la misma cara en “La sonrisa del gato” y en “Un jinete solitario”, pero curiosamente en esta última me lo imagino con la misma que el informatico aficionado a la ciencia ficcion de “El abismo te devuelve la mirada”.

  7. Curioso… jamás se me habría ocurrido lo de Vaquero y el informático de El abismo…. Aunque tiene sentido, porque tienen ciertos “tics” similares y el Vaquero de “Un jinete solitario” es un personaje más joven que el de La sonrisa del gato, más cerca en edad seguramente a Mario, el informático de El abismo….

    Y lo que dices, por otro lado, también me pasa. Pero me pasa más con lugares que con personajes: si el autor está describiendo, pongamos, una plaza del pueblo, termino pasando de su descripción y usando pues una plaza de pueblo que conozca.

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