Sherezade

Como mi ignorancia en el terreno musical es bastante grande (y si hablamos de música clásica podríamos calificarla de “casi total”) desconozco si Nicolai Rimski-Korsakov es considerado un compositor de primera fila o simplemente una medianía con un par de obras destacables. Y sí, ya sé que resolver esa duda me llevaría un máximo de cinco minutos buscando un poco por la red. Pero a la ignorancia se une la pereza y acaba pasando lo que acaba pasando.

Además, confieso que no me importa demasiado la consideración crítica de Rimski-Korsakov. Como decía Jack Nicholson, parafraseando a los Rolling Stones, en el primer Batman de Tim Burton: “No sé si es arte, pero me gusta”.

Me gusta lo que conozco, claro, que es más bien poco. Fundamentalmete su Sherezade, una suite de cuatro poemas sinfónicos basados en Las mil y una noches que oí por primera vez… pues confieso que no lo recuerdo con exactitud, pero sin duda siendo adolescente. Sí, vamos, que ya ha llovido desde entonces (en algunas partes más que en otras, todo hay que decirlo).

Por aquella época yo era un fan de John Williams y su épico tachín-tachín, y lo sigo siendo, en realidad. Así que la música de corte sinfónico me iba. No necesariamente por su parte más épica, pues la banda sonora de Williams que más me gustaba entonces no era su grandilocuente creación para Star Wars, sino la que había compuesto para Encuentros en la 3ª Fase. Me gustaba  más porque tenía un tono más íntimo, menos épico, sin tanta fanfarria y metal atronador, y resultaba bastante más emotiva.

Solía leer la novelización de la película de Spielberg (era un tiempo anterior al al DVD, al DIVX, al VHS, y en realidad a casi todo, no lo olvidemos) con la banda sonora de fondo, y si me era muy fácil sentir las mismas emociones que Roy Neary no se debía a las virtudes narrativas del libro (que eran más bien escasas, por lo que recuerdo), sino al fondo sonoro que lo acompañaba. Hoy en día me pasa algo parecido: la banda sonora de Williams que más me gusta es la de La lista de Schindler, precisamente por los mismos motivos que me gustaba la de Encuentros en la 3ª fase.

Pero estoy divagando. Y más que lo voy a hacer, me temo.

Como he dicho, la música de corte sinfónico me iba, aunque lo que más conocía de ella eran las bandas sonoras de algunas películas. Y, aunque yo no lo sabía (o, mejor dicho, no sabía cómo se llamaba), una de las cosas que más me gustaba era el uso del leit-motiv que solían hacer esos compositores: asignar un tema a un personaje o grupo de ellos e ir usándolo una y otra vez a lo largo de la película, variando el ritmo o el tempo o como se llame (ya he os he hablado de mi ignorancia en esas cuestiones, ¿verdad?), los instrumentos usados y todo lo que hiciera falta para que reflejase con precisión distintos estados emocionales o momentos de la narración. Así, el personaje, o más exactamente el tema que lo representa, se convertía en el hilo conductor de toda la composición.

Como digo, ni idea de que a eso se le llamaba leit-motiv, y mucho menos de que era una fórmula que se usó con profusión en los poemas sinfónicos del siglo XIX y que Wagner acabaría llevando al paroxismo (era alemán, no lo olvidemos). Sabía que, se llamase como se llamase, John Williams la usaba prácticamente siempre y lo mismo hacían buena parte de los compositores que me gustaban.

Y ahora, después de un buen montón de años (sí, esos años durante los que ha llovido más en unos sitios que en otros) he vuelto a hacerme con el Sherezade de Rimski-Korsakov y en cuanto volví a oírlo me di cuenta de que me gustaba precisamente por eso: por su utilización del leit-motiv para narrar una historia. O, a un nivel más básico, porque se parecía a las bandas sonoras que estaba acostumbrado a escuchar y que me gustaban. De hecho, me resultaba fácil imaginarme una película basada en Las mil y una noches que usara esa música como acompañamiento.

En esta última semana debo haberlo escuchado unas cinco o seis veces. Y ha vuelto a ser mágico cada vez, como lo era cuando lo escuchaba en mi lejana adolescencia (cuando había llovido menos, sobre todo en algunos sitios): ha bastado que suenen los primeros compases (o como se diga), ese momento en el que el violín arranca solo antes de que se le una el resto de la orquesta, para visualizar con total nitidez a Sherezade iniciando su lucha por sobrevivir y tejiendo una historia tras otra para el sultán Schahriar y, en el fondo, para ella misma.

Recuerdo (y sí, seguro que estoy divagando de nuevo) un momento de Misery de Stpehen King, cuando el personaje principal se da cuenta de que ya no escribe para su psicópata admiradora y, por tanto, para que no le mate, sino que escribe para él. Escribir sigue siendo un acto de supervivencia, pero ya no depende de factores externos: es él quien quiere saber cómo acaba la historia. En ese momento se define como un “Sherezade de sí mismo”. Creo que nunca he oído mejor definición de lo que es un escritor.

Y sé que mientras leía la novela, cuando llegué a esa parte, recordé la composición de Rimski-Korsakov. Igual que ahora, cuando la oigo, veo a la princesa narrando los viajes de Simbad o la historia del príncipe Calender y pienso que, de elegir una santa patrona de los escritores, debería ser ella. Porque en el concepto que hay tras Las mil y una noches está quizá el meollo de toda narrativa: esa idea del narrador entretejiendo una historia tras otra para seguir vivo y, en el proceso, contándosela no sólo a su público (de quien depende para sobrevivir, en el caso de Sherezade de un modo literal) sino a él mismo. Convirtiéndose así en narrador y público al mismo tiempo.

Cada vez que oigo la suite sinfónica de Rimski-Korsakov pienso en eso. Al menos durante los primeros minutos. Luego, me dejo llevar simplemente por la música. Y siempre que llego al final tengo la impresión de que ha sido demasiado corto.

Quien dijo aquello de “lo bueno, si breve, dos veces bueno” no tenía la menor idea de lo que decía.

6 comentarios

  1. Cuando tenía 13 años solía ponérmela en el walkman (sí que ha llovido, sí), tumbarme en la cama, apagar la luz, cerrar los ojos e imaginar películas de dibujos animados al estilo de “Fantasia”. ¡Dios, las veía con tanta claridad en la cabeza! Qué tiempos y qué recuerdos… a buscar en la mula pero ya.

  2. Rimski Korsakov no es una medianía con dos obras destacables, es una de las mayores (o la mayor, no lo sé, pero si es que el que tiene mas renombre aparentemente) figuras de la escuela nacionalista rusa del XIX.
    Yo escuchaba Sherezade también de adolescente, soñando con historias románticas llenas de arabescos y velos, aunque apenas ha llovido desde entonces, porque sonaba para mí en un ordenador.

  3. “Cuando tenía 13 años solía ponérmela en el walkman…”
    Que extraño, yo hacía lo mismo, pero con el Romeo Julieta de Tchaikovsky. Estaremos locos o qué?

    Este me lleva a pensar una cosa. Las nuevas generaciones, con el acceso tan rápido e inmediato a las imágenes, ¿se estarán perdiendo algo?
    Porque cuando yo imaginaba películas protectadas en el reverso de mis párpados era porque ir al cine y verlas en color no lo podías hacer todos los días.

  4. Había muchas cosas de “El Nota” que no tenían mucho sentido para mi, y lo mismo pienso de la ciudad donde vivía, tal vez sea esa la razón por la que aquel condenado lugar me pareciera tan interesante, lo llaman la ciudad de Los Ángeles.
    Bien pues esta historia que les voy a contar, tuvo lugar a comienzos de los 90, eran los días de nuestro conflicto con Sadam y los iraquies, lo menciono solo porque a veces hay un hombre, no diré un héroe, porque, ¿que es un héroe? Pero a veces, hay un hombre, y aquí me estoy refiriendo al Nota, a veces hay un hombre que es el hombre de ese momento y ese lugar, esta en su sitio, y ese es el Nota, en Los Ángeles. Y aunque sea un autentico vago, y el Nota ciertamente lo era, seguramente el hombre más vago del condado de Los Ángeles, lo cual le convierte en favorito para el título de hombre más vago del mundo. Pero a veces hay un hombre, a veces hay un hombre… vaya, he perdido el hilo. Pero que demonios, ya lo he presentado bastante.

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