Here lies one whose name was writ in water
-Epitafio en la tumba de John Keats

Archivo de Octubre 8th, 2008

Sintonía previa

Miércoles, Octubre 8th, 2008 Pertenece a Horizonte de sucesos, Para leer | 4 comentarios »

—Bueno, recapitulemos —dijo Javi—. ¿Con qué contamos exactamente?

Pedro se aclaró la garganta y comenzó a exponerlo, en su tono pausado y ligeramente pedante:

—Primero. Existió un tal Arístides Iguarán, que era propietario de la casa de Lovecraft y que fue encontrado con el cuello roto dentro de una bolsa de plástico a la que había cosida una pequeña oblea de silicio, posiblemente un chip, aunque tras el golpe resultaba bastante irreconocible. No he encontrado ningún indicio de que el individuo en cuestión fuera científico, aficionado o no, y ninguna revista de divulgación ha publicado jamás algo suyo. —Bebió un trago de vino y siguió hablando—. Segundo. En el número 123 de marzo de 1.989 de Monthly Scientific apareció un artículo titulado “Under Zero?” firmado por el doctor Reinnjhard Gregorovius que, efectivamente hablaba de temperaturas kelvin negativas y disminución de la entropía, aunque de una forma bastante oscura. Con mucha imaginación uno puede llegar a relacionar lo que se dice en el artículo con la precognición, pero no estoy seguro de que se trate de una impresión objetiva y que mi mente no se haya visto influida al saber de antemano lo que buscaba.

—Vale, vale. Sigue —dijo Javi.

—Tercero. Sobre el escritor que se suicidó, hasta ahora nada. Existió, desde luego, pero eso ya lo sabíamos. Sin embargo, no he podido encontrar el menor rastro de la novela palíndroma. Ni su editor ni sus herederos han contestado a mis cartas. Le he escrito a un amigo mío que se dedica a la crítica literaria (sí, ya sé, pero uno no puede evitar ciertas amistades no muy recomendables) y nunca recibió tal novela. Para terminar: cuarto. Es cierto que el doctor Latierra trabajaba para el gobierno por las fechas de las maniobras de Almería, pero respecto a lo que hacía allí, nadie dice nada. That’s all, folks.

—O sea, que no tenemos nada —dije yo.

—Absolutamente nada válido. Todas las cosas que nos ha venido contando el tipo ese pueden ser fantasías, o pueden ser verdad. Son improbables, pero no del todo imposibles.

—Cojonudo. ¿Queréis otro vino?

Los tres asentimos y Javi fue hacia el mostrador, a por otra jarra. Volvió casi enseguida y nos sirvió. Tardamos bastante en volver a hablar. El asunto aquel nos hacía sentirnos incómodos. Por una parte no queríamos reconocer como ciertas aquellas historias del Narrador Inverosímil (como yo lo llamaba) por temor a quedar como ingenuos. Por otra parte, estaban contadas con una plausibilidad tan encantadora que éramos incapaces de afirmar que fueran completamente falsas. Los datos que Pedro había podido recopilar durante aquellos meses no contradecían la posibilidad de que fueran ciertas; de hecho algunos de ellos corroboraban puntos concretos de las historias. Claro que eso tampoco quería decir nada: un buen embustero sabe cómo trenzar la suficiente realidad en sus fantasías para que el auditorio no sepa muy bien a qué atenerse.

Finalmente, Pedro se decidió a romper el silencio:

—¿Habéis leído lo de Smoot? —preguntó.

Javi y yo asentimos. Todos habíamos visto la noticia en la tele o lo habíamos leído en los periódicos: al fin se había podido ver el momento inmediatamente posterior al big bang.

—Un momento decisivo para la historia de la ciencia, ¿no? —dije yo.

Reconozco que no fue algo muy original, pero se trataba de decir algo para romper el hielo. Y desde luego, el hielo se rompió; justamente bajo nuestros pies.

—Trivial, absolutamente trivial, en realidad.

¿Hace falta decir que nos volvimos y a quién vimos al volvernos? No, pero como uno tiene la loca esperanza de que le paguen por palabras lo diré: allí estaba, anacrónico, anticuado, viejísimo y sonriente. Se apoyaba en un bastón oscuro y austero y se acariciaba ligeramente su perilla llena de canas.

—En realidad ver el big bang no tiene nada de particular. Era simplemente cuestión de tiempo, mis queridos amigos.

Ni siquiera esperó a que lo invitáramos a sentarse. Cogió una silla, con unas manos tan delicadas como blancas y se dejó caer sobre ella como si apenas pesara.

—¿Un coñac? —preguntó Javi, sonriendo de oreja a oreja.

—Le estoy tremendamente agradecido por su ofrecimiento, mi querido muchacho, y sería de muy mal gusto por mi parte rechazarlo.

—Vale. Creo que le entiendo.

Javi llamó al camarero con una seña de la mano y le pidió una copa de brandy. Poco después nuestro narrador, tan inverosímil como anónimo, cerraba suavemente sus manos alrededor de ella y bebía un lento trago de su contenido.

—La verdad —dijo Pedro ceñudo—. Yo no lo considero algo tan trivial.

—¿De veras? Piense en ese caso en lo siguiente. Después de décadas de controversia toda la comunidad científica parecía aceptar la hipótesis del big bang como un modelo probable: las únicas discrepancias existentes eran acerca del tipo concreto de big bang. El actual descubrimiento de Smoot no ha hecho más que corroborar la tesis inflacionaria. No creo que a eso se le pueda llamar «un momento decisivo para la historia de la ciencia», como creo que fueron sus palabras. —Me señaló con un gesto mínimo de su rostro.

—Muy bien —dije yo, algo picado—. ¿Qué consideraría usted un momento decisivo, entonces?

—Ah, me lo pone usted tan fácil, mi joven amigo. Lo que para mí resultaría ciertamente decisivo sería el conocer, por fin, si en el momento justamente anterior al big bang existía, o no, una singularidad.

—Bueno, claro que la hubo.

—Eso no está tan claro —intervino rápidamente Pedro—. Algunos científicos, entre ellos Hawking, piensan que es posible que el big bang no partiera de ninguna singularidad.

—Vamos.

—No, es cierto. La teoría de las cuerdas permite soslayarla.

—Venga, a quién le pueden convencer un puñado de espaguetis infinitos.

Nadie me respondió, pero tuve la impresión de que no era por la aplastante lógica de mis razonamientos. Pedro, haciendo un tremendo esfuerzo por ignorarme, le preguntó a nuestro narrador:

—¿Y por qué eso sería tan importante para usted?

—Ah, muchacho, porque entonces podría llegar a discernir si lo que captó el doctor Rameses Rushdie tenía algún sentido.

—¿Rushdie? —preguntó Pedro—. ¿El físico que quedó catatónico?

—Ese mismo y no otro. —Suspiró profundamente—. Una de las personas más magníficas, vitales y entusiastas que yo haya tenido el privilegio de conocer jamás. Trabamos contacto allá por 1985, durante el primer, y por desgracia único, simposio de física de Oriente Medio. Yo había acudido allí como observador oficioso de nuestro país y no pude evitar quedarme prendado, perdonen la expresión, quizá no exenta de cursilería, ante su conferencia sobre los nuevos métodos para la detección de microondas, métodos que, por desgracia, jamás fueron tomados en consideración por este occidente nuestro, tan pagado de sí mismo como cercano a la asfixia intelectual.

—Vamos, eso no es cierto en este caso. Lei en su momento algo sobre los métodos de Rushdie y la verdad… La palabra método no es precisamente muy adecuada para describirlos. Daba saltos puramente intuitivos, sin justificación posible, y luego pretendía hacer aparecer sus resultados como objetivamente válidos. No me dirá…

—Le digo. Y de hecho usted mismo acaba de decírmelo. Intuición, esa es la palabra que ha utilizado, ¿no es cierto? Dígame, ¿qué es un investigador sin ella? Nada. Los científicos occidentales, simplemente, jamás aceptaron que la intuición de un físico tercermundista pudiera ser mejor que la suya.

Pedro no dijo nada. Parecía deseoso de hacerlo pero, por algún motivo, guardó silencio.

—Sin embargo, no es que eso importe ya mucho. Una de las más brillantes mentes de nuestro siglo ha sido malograda por completo y eso es algo que ya no puede ser cambiado. Puede gustarnos o no, pero nos vemos impelidos a aceptarlo sin remedio. Como recuerdo haber oído hace años en una de esas tonadas tan trivialmente metafísicas a las que son tan dados los modernos juglares llamados cantautores: «Nunca es triste la verdad, / lo que no tiene es remedio».

Bebió un nuevo trago de brandy. Esta vez permaneció un largo rato sin decir nada, con la vista clavada en la mesa. Alzó de pronto la cabeza y nos miró, intentando sonreír.

—Pero no es momento para dejarnos abatir por la melancolía. Ustedes no quieren un cuento triste, y yo no se lo daré. Olvidemos por un momento la destrozada mente de Rameses. Hablemos solo sobre lo que descubrió o creyó descubrir. ¿Conoce usted hacia dónde se orientaban sus últimos trabajos?

—Vagamente. Creo recordar haber leído algo acerca de una clasificación temporal de las radiaciones que llegaban a la Tierra. O algo parecido.

—Sí, es una forma de verlo. Como sabe, tras ser emitido un fotón por un cuerpo, a medida que pasa el tiempo va perdiendo energía, aunque sin llegar a ser cero nunca, y eso se traduce en una disminución de su frecuencia, en un aumento de la longitud de onda. Un fotón emitido como rayos gamma se convertiría tras varios miles de años en rayos X, pasaría a ser luz ultravioleta, se transformaría en luz visible, en infrarroja, en microondas y, finalmente, en ondas de radio. De hecho, toda la radiación que hemos captado de momentos cercanos al big bang ha llegado hasta nosotros en forma de microondas, aunque originalmente fuera emitida como luz visible o, lo que es más probable, en frecuencias aún más altas. Tendrían que pasar varios miles de millones de años para que su longitud de onda fuese superior a varios metros pero, tarde o temprano llegaría a ese estado. Y no se detendría ahí. La radiación se iría volviendo más tenue.

—Sí, la longitud de onda tendería a infinito.

—O su frecuencia a cero, pero jamás alcanzaría ninguno de ambos valores. Rameses intentaba clasificar de esa forma las radiaciones. Por supuesto era consciente de que un fotón emitido como ondas de radio no tenía por qué tener millones de años de existencia, podría haber sido creado tres minutos antes de que lo captara. Su propósito era construir un emisor capaz de separar tales ondas, creadas ya con esa determinada frecuencia, de las que la habían alcanzado después de haber perdido paulatinamente su energía después de millones de años de viaje.

—¿Cómo?

—Ah —sonrió nuestro narrador—. Ahí es donde entra la famosa intuición que usted ha rechazado anteriormente. ¿Aceptará mi palabra si le digo que el método de Rameses funcionaba? Lo que su aparato definía como radiación, llamémosla primitiva, lo era en verdad, comprobado y confirmado de otras formas más… eh… tradicionales.

Pedro asintió.

—De acuerdo, en ese caso. Su propósito, una vez determinada cuál era la edad de cada radiación que recibía, no era otro que el de tratar de descubrir cuál era la menor frecuencia que podía tener la radiación más antigua. Algo muy simple, si conocemos la longitud de onda más corta que se puede generar en nuestro universo o, para ser más exactos, la que pudo generarse en sus primeros momentos de existencia, y la edad de este, el resto es un cálculo de lo más sencillo. Ahí es donde, inesperadamente, se topó de narices con lo que no buscaba.

—¿El qué? —pregunté yo. Apenas había hablado durante toda la historia, cada vez más cautivado por ella.

—A eso vamos, muchacho, no se me impaciente. Supongamos, y estoy improvisando, pues no conozco las cifras de Rameses, que la mayor longitud de onda que podía tener la radiación más antigua de nuestro universo, fuera de… no sé, pongamos quince centímetros. En realidad ignoro si podría ser más o menos, pero dejemos esta cifra como punto del cual partir. Ahora supongamos que uno encuentra radiación con longitud de onda de algo más de un metro y que, indiscutiblemente, es más vieja que cualquier otra. ¿Qué puede pensar?

—Claro —dijo Javi. También había estado muy silencioso durante los últimos minutos—. La edad de nuestro universo había sido mal calculada.

—De eso nada —intervino Pedro—. El descubrimiento de Smoot es prácticamente concluyente. El momento del big bang ha sido fijado casi con toda exactitud.

—Me temo que no puedo sino estar de acuerdo con usted. Además, Rameses ni siquiera se planteó tal cuestión. De nuevo su intuición, tan denigrada por nuestros físicos. No, él llegó a la conclusión de que esa radiación era más tenue de lo que podía ser de haber sido emitida en nuestro universo por una razón muy simple: no había sido emitida en él. Era anterior al big bang.

—Absurdo. Completamente absurdo.

—¿Por qué? —pregunté, tratando de sonar lo más ingenuo posible.

Pedro suspiró resignadamente y dijo:

—Mira. Imagínate una estrella que colapsa para convertirse en un agujero negro. En ese momento, todos los rayos de luz que estén bajo su ámbito quedan atrapados por debajo del horizonte de sucesos y viven confinados para siempre al interior de éste, circundando la singularidad, tratando de escapar eternamente, pero sin conseguirlo jamás. Solo la luz emitida antes del colapso y que ya haya «escapado», digámoslo así, aunque no es que sea muy ortodoxo, de la influencia gravitatoria de la estrella cuando esta implosiona, puede seguir su camino.

—¿Y?

—Ahora imagínate que es el universo entero el que colapsa para convertirse en una singularidad. Toda la luz, toda la radiación que en ese momento circule dentro de él (es decir toda, porque fuera del universo no hay nada) está dentro de su ámbito, está sometida a su influencia gravitatoria, así que toda se queda dentro cuando se crea la singularidad, nada escapa. No puede.

—Ya —dije yo. Parecí muy ocupado tratando de rumiar lo que acababa de escuchar. Dije luego, como si se me acabara de ocurrir—. No sé qué he oído antes sobre que a lo mejor el big bang no había partido de ninguna singularidad. No sé, a lo mejor lo imaginé.

—Eh… —Pedro se quedó con la boca abierta—. Sí… bueno… claro.

—Eso es, mi querido muchacho, lo ha expresado usted meridianamente. —Me miraba aprobador y no pude evitar enrojecer ligeramente. Qué demonios, no iba a ser siempre Pedro el que recibiera todos los elogios—. Ahí está el meollo de la cuestión. Si el big bang partió de una singularidad no podría haber luz anterior a él y por tanto, o bien la edad del universo había sido mal calculada, o bien los datos de Rameses eran erróneos. Pero en el segundo caso… Ah, en el segundo caso. ¿Lo comprenden ahora?

Pedro y yo asentimos. Javi parecía muy ocupado con alguna especie de plan maquiavélico que lo tenía completamente ensimismado.

—¿Y la catatonía del doctor Rushdie? ¿O no tuvo nada que ver con su descubrimiento? —pregunté al cabo de un rato.

—Sí que tuvo que ver, por desgracia. Su mente era demasiado inquieta para detenerse ahí. Después de haber captado, de haber sintonizado digamos, una emisión anterior al nacimiento de nuestro actual universo, el paso siguiente era tan obvio que no pudo resistir la tentación de darlo: quería decodificar esa emisión, descifrarla, contemplar, en una palabra, como había sido ese universo que había existido antes de que el nuestro fuera creado, quería ver cómo había sido la anterior oscilación del péndulo, la anterior encarnación del cosmos.

—¿Y la vio?

—¿Si la vio? Me temo que sí. Decodificó la radiación emitida y el resultado fue algo tan extraño, tan insidiosamente ajeno a todo lo conocido que su mente no fue capaz de resistirlo: recuerden que las leyes que rigen nuestro universo dependen de lo que ocurra en los primeros segundos tras el big bang; imaginen ahora que lo sucedido entonces fuera distinto, que la constante de Plank fuera cero, que la carga del electrón resultara distinta. Piensen en las consecuencias: ¿un universo sin entropía? ¿Quizá uno que desde un grado infinito de entropía se fuera reduciendo hasta cero? ¿Uno en el que la fuerza nuclear fuerte y no la gravedad fuera la goma cohesiva? ¿Algo mucho más extraño, más ajeno a lo que somos capaces de imaginar? Su mente —sonrió apenas— colapsó, no lo pudo resistir y se cerró sobre sí misma, en una implosión silenciosa y letal que acabó con uno de los más brillantes intelectos que he visto jamás.

Calló y terminó el brandy. Alzó la vista y la clavó en algún lugar indefinido más allá de nosotros.

—A veces pienso, sin embargo, si no vería algo distinto. Si en lugar de contemplar un universo anterior, hubiera percibido que no había universo alguno antes del big bang, que no había nada… salvo el relojero de este reloj, solo e infinito en mitad de la nada. Y si lo vio, si pudo contemplar, aunque fuera mínimamente, al inquietante constructor de la delicada gema que llamamos universo, ¿no es acaso lógico que enloqueciera?

Se levantó, sin añadir nada más y, lentamente, apoyándose apenas en su bastón, fue hasta la salida. Lo vimos perderse más allá de la puerta, tragado por la oscuridad de la calle, devorado lentamente por las sombras.

—¿Ya se ha ido? —preguntó de pronto Javi, saliendo de su ensimismamiento—. Mierda, ahora que se me había ocurrido una forma para que me pagara el vino. —Al ver que nosotros no contestábamos, añadió—. Claro, como a vosotros ya os invitó la otra vez.

Ni Pedro ni yo contestamos. En realidad, apenas creo que lo oyésemos.

Publicado originalmente en BEM nº 39, 1994
Recogido posteriormente en Callejones sin salida (Berenice, 2005)

© 2008, Rodolfo Martínez
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