Here lies one whose name was writ in water
-Epitafio en la tumba de John Keats

Archivo de Septiembre, 2008

Mimosos se fruncían los borogovios

Lunes, Septiembre 29th, 2008 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | 9 comentarios »

El aburrimiento del sábado tiene a veces estas consecuencias. En el video-club tienen pilladas todas las pelis que te apetece ver (sí, algunos todavía vamos al video-club de la esquina de vez en cuando) y acabas alquilando algo de lo que no estás muy seguro, algo que sospechas que te va a gustar y algo que estás convencido de que te parecerá un truño. Pero es eso o ver lo que ponen en la tele. Así que te arriesgas.

El resultado es que te quedas viendo una película llamada Mimzy que, en principio, parece una de esas cosas con niños y para niños, llena de fantasía tonta y momentos vistosos que seguro que no van a ninguna parte.

Y, para tu sorpresa, resulta que no. Que es una peli de ciencia ficción bastante decente. Vale, no pasará a la historia del séptimo arte, seguro, pero es una película bien hecha, en general bien llevada, con un guión decente y bien construido y cuyas pretensiones no van mucho más allá de contarte una historia interesante y entretenerte durante horita y media.

Y lo consigue. Sin necesidad de meter “morcillas” para ganarse al público palomitero y siendo coherente todo el rato con lo que se nos está contando.

Como digo, nada quizá del otro jueves, pero resulta una sorpresa bastante agradable. Lo que cuando yo era más joven llamábamos “una serie B apañada” y que, parece, ha dejado de hacerse hace ya unos cuantos años. 

Me dejó con ganas de leer el relato original en el que está basada: “All mimsy were the borogoves”, de Lewis Padgett (el seudónimo conjunto formado por el matrimonio de escritores Henry Kuttner y C. L. Moore) y cuyo título remite a uno de los más famosos poemas de Lewis Carroll. Lo que en su momento leí de Kuttner y Moore (ya fuera en solitario o conjuntamente) siempre me pareció interesante, y seguro que este relato también lo es. Lo cual, ya que estamos, hace que me pregunte qué posibilidades hay de ver publicado en castellano algún día el grueso de la obra de estos dos interesantísimos autores de los años cuarenta y cincuenta. Pocas, supongo, teniendo en cuenta que sobre todo escribían relatos.

Una sorpresa agradable, como he dicho. De esas que tienen lugar de vez en cuando.

POSTDATA: En cuanto a las otras dos películas de este sábado…

Una fue Leones por Corderos, del último gran rojeras que queda en Hollywood (con permiso de Tim Robbins y señora) ahora que se nos ha muerto Paul Newman. Tal como suponía, me gustó, y una vez más me hizo maravillarme de las contradicciones de la cultura norteamericana. Sobre todo por esa extraña convivencia de lo crítico y lo patriótico que, especialmente a los españoles, no nos termina de encajar del todo.

La otra fue una cosa llamada Gabriel. Lo peor de la noche. Una premisa interesante (siete ángeles y siete demonios compitiendo por ver quién controla el Purgatorio) resuelta con no demasiado brío, una estética robada directamente de El Cuervo (incluido algún plano que otro, por no mencionar ciertos decorados) y que degenera rápidamente en una cosa sin chicha ni limoná, con pretensiones de resultar super trascendente y que se vuelve previsible a los pocos minutos de metraje.

© 2008, Rodolfo Martínez
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Victoria por abandono

Viernes, Septiembre 26th, 2008 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | 10 comentarios »

Así que vas y condesciendes a bajar de tu elevado pedestal y a hablar con los simples mortales como si fueras uno de ellos. Les has lanzado tu brillante idea a la cara y ahora la defiendes ante ellos, demostrando de paso lo enrollado que eres y dejando bien claro que no te importar departir de tú a tú con toda esa gandalla que no te llega a la suela de los zapatos. Tu magnanimidad y bonhomía se desbordan.

Claro que hablar con esos asnos que no saben ver lo evidente por más que tú lleves veinte años tratando de hacérselo ver tiene el pequeño problema de que te te discuten las cosas, no están convencidos de que tengas razón y algunos hasta tienen la osadía de pensar que lo que propones es una trivialidad que no lleva a parte alguna. Cómo se atreven, después de todo lo que estás haciendo por ellos.

Así que te retiras del campo de batalla. Y en una maniobra que los desconcierta por lo brillante, lo haces de tal forma que les robas toda posibilidad de victoria. Has ganado por abandono. Por tu propio abandono y los has dejado con tres palmos de narices preguntándose qué ha pasado.

Y vuelves a tu elevado pedestal a contemplar el mundo desde las alturas. Cómo los compadeces. Aunque eres un optimista y no pierdes la esperanza de que un día, tarde o temprano, vean la verdad evidente e indiscutible que tú intentas hacerles ver.

Entretanto, has ganado una vez más. Y lo has vuelto a hacer, como de costumbre, negándote a luchar.

Eres un genio.

© 2008, Rodolfo Martínez
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Dábale arroz a media ele

Miércoles, Septiembre 24th, 2008 Pertenece a Horizonte de sucesos, Para leer | 12 comentarios »

—¿Un programa que localice palabras palíndromas? Eso está tirado —dijo Javi, mientras el camarero terminaba de servirnos los vinos y volvía a la barra.

—Lo sé, lo sé —respondí—. Hasta tú podrías hacerlo.

—Claro que sí. Y puede que incluso tú pudieras. —Pareció dudar de pronto—. Aunque no sé.

—Pero eso no es lo que me interesa. Tengo tiempo de sobra y escribir el programa no me llevará más de un día o dos. Es el concepto mismo. Imagináoslo. Una palabra simétrica, que en cierta forma es el inverso de sí misma.

—Bueno —intervino Pedro—. Eso ocurre también en la naturaleza. Existen partículas que son su propia antipartícula. Y hay determinados grupos químicos de los que podríamos decir algo parecido.

—¿No hay un cuento de Clarke sobre ese tema? Un tío al que lo invierten o algo así.

Pedro asintió.

Error Técnico —dijo—. Está en Reach for Tomorrow. Pero es un tema distinto. Al tipo ese lo invierten completamente: su brazo izquierdo es ahora el derecho, los empastes que tenía en un lado de la boca los tiene en el otro y todo eso. De hecho, para alimentarlo, tienen que buscar compuestos estereoisómeros.

—¿Qué? —dije yo. Cuando Pedro se ponía a soltar palabros raros no había quien lo entendiese.

—Son compuestos de carbono que tienen dos formas, la dextrógira y la levógira, y una es la imagen especular de la otra. Tienen exactamente los mismos átomos, pero situados de forma simétrica unos de otros, como dos guantes. Es bastante común en ciertos azúcares. Aunque son casi el mismo compuesto, las diferencias son suficientes para que uno pueda ser metabolizado por el cuerpo humano y su simétrico no. Al individuo ese del cuento de Clarke lo que le pasa es que se está muriendo de hambre, porque al haber sido invertido, ya no puede asimilar los alimentos: sus átomos están ordenados en la forma equivocada. Tienen que buscar estereoisómeros para alimentarle.

—Pero eso no está relacionado con lo que dije. Él no era su propio reflejo.

Pedro asintió.

—No, había cambiado completamente. No tiene nada que ver con los palíndromos —señaló a Javi—. Pero él preguntó.

Y, claro, Pedro no podía evitar darle respuesta, sobre todo si de paso se le daba la oportunidad de soltar una mini conferencia. Decidí que era mejor no seguir hurgando en aquello.

—Vale. Pero lo fascinante de los palíndromos es cómo aumenta su dificultad a medida que son mayores. Es fácil encontrarlos de una letra, y no muy difícil de tres, o incluso de cuatro, pero a medida que aumenta el número de caracteres se va haciendo cada vez más difícil.

Pedro se encogió de hombros.

—No sé qué tiene eso de extraño. Es pura lógica. Ley de probabilidades.

Asentí con la cabeza.

—Sí, sí. Pero pensando en eso se me ocurrió una idea.

Javi aprovechó entonces para intervenir; llevaba un buen rato sin hacerlo:

—Me lo temía. Tarde o temprano íbamos acabar llegando a esto.

Fingí no haberlo oído.

—Imagináos un cuento palíndromo —dije—. Mejor todavía, una novela.

—Imposible —bufó Pedro.

—¿Por qué?

—Tú mismo lo acabas de decir. Con mayor número de caracteres la dificultad aumenta. —Lo pensó unos segundos—. No estoy muy seguro, pero creo que lo hace exponencialmente. Escribir un cuento de una página o dos sería una tarea de chinos. Escribir una novela… qué va. No hay mente humana capaz de algo así.

Sí, ya lo sé, no me van a creer, pero es cierto: Pedro había acabado apenas de hablar y una voz dijo a nuestras espaldas:

—Y sin embargo se ha intentado.

Tuve miedo de volverme, pero como hubiera dicho Borges, la curiosidad pudo más que el miedo y acabé haciéndolo. Allí estaba. Vestía de forma distinta a la última vez que lo habíamos visto, aunque en un principio no pude decir por qué. Luego, me di cuenta de que se trataba del color: había cambiado los tonos grises que solía llevar por un traje negro. Por lo demás, su ropa seguía pareciendo sacada del guardarropa de alguna serie de época, y su aspecto era tan nítidamente decimonónico como en las dos ocasiones anteriores.
Javi casi saltó de su silla al verle.

—Vaya, mira quién está aquí —dijo, casi gritando—. ¿Qué? ¿A qué nos va a invitar hoy?

Pareció extrañado.

—Detecto un ligero matiz irónico en sus palabras, mi querido muchacho, y, ciertamente, no sé muy bien a qué puede referirse.

—Me refiero —dijo Javi, recalcando la palabra—, a la forma en que se arregló para que le pagásemos su coñac. ¿Le suena el tema?

—Oh. Así que fueron ustedes tan amables de abonar mi consumición. Créanme que se lo agradezco, aun cuando no fuera necesario. Yo mismo habría efectuado el pago, más tarde o más temprano. De cualquier forma, su intención les honra y me siento profundamente agradecido.

—Oiga —empezó a decir Javi. Pero no pudo seguir hablando: Pedro le tiraba de la manga y lo obligó a sentarse—. ¿Qué pasa?

—Déjalo.

—Pero…

—Déjalo, coño. Qué más da.

—Muy bien. Pero esta vez se lo pagas tú. Yo no apoquino un duro.

Pedro se encogió de hombros.

—Bien. Visto que el tema parece haber quedado resuelto, me pregunto si les importa que me siente unos momentos con ustedes.

Pedro y yo asentimos. Javi dijo:

—Siéntese. —Su voz lo era todo menos amistosa.

—Muchas gracias.

Tomó asiento y aguardó al camarero. Le pidió una copa de coñac y, con ella en la mano, nos miró, sonriendo apenas.

—Veo que les interesa el tema de los palíndromos —dijo.

—Y apuesto a que tiene una historia que contarnos sobre el asunto —dijo Javi.

Pareció genuinamente sorprendido.

—Así es. Su intuición es verdaderamente aguda.

Javi alzó la vista al techo, dudando entre aporrearle y dejarle en paz. Se decidió por lo último y dijo en voz muy baja:

—Gracias.

—De nada. Efectivamente, me ha ocurrido no hace mucho algo relacionado con ese tema. Como ya habrán notado por mi indumentaria, más severa de lo habitual, en este momento guardo luto por un querido amigo. Quizá hayan oído hablar de él pues, aunque no exactamente famoso, sí era conocido en determinados círculos intelectuales. Se trata de Epifanio Ruiz de Vega.

Asentimos. Yo había leído la noticia de su muerte en los periódicos hacía una semana. En el telediario habían hablado de él un día y luego se habían olvidado del asunto para siempre. Era escritor, pero tan poco conocido que ni siquiera su muerte consiguió que sus libros se vendieran. No es que fuera malo (tenía por casa un par de libros suyos y no me habían desagradado), pero resultaba demasiado esotérico y experimental y, en algunos casos, excesivamente caótico e ininteligible. Un estilo rico y recargado podría haberle salvado: a los críticos les chifla el barroquismo y seguramente habrían apoyado sus libros en ese caso; pero tenía una forma de escribir demasiado seca y concisa: decía demasiado con muy pocas palabras. Todos esos factores juntos lo habían condenado a pasar completamente desapercibido en el panorama literario español. Mientras otros compañeros de generación como Cela, Delibes o Torrente Ballester cosechaban triunfos y, alguno, el Nobel, Ruiz de Vega había conseguido publicar con increíbles esfuerzos poco más de ocho libros en más de cincuenta años. Evidentemente, jamás podría haber soñado en vivir de lo que escribía: era profesor Literatura en un Instituto de Salamanca. No es que yo fuera un profundo conocedor de su biografía (creo que nadie lo era), todo esto lo saqué de la solapa de uno de sus libros.

—¿Ese no es el escritor que se suicidó? —dijo Javi.

Nuestro invitado pareció ofendido.

—Hablar de suicidio es más bien inexacto, mi querido amigo. Aunque, sin duda, fue su propia mano la que dio fin a su vida, no fue más que el arma ejecutora. Yo calificaría su muerte de homicidio; involuntario, eso es evidente, pero homicidio al fin y al cabo. Fue el mundo quien lo mató. O, mejor dicho, la incomprensión de éste.

—Vamos, eso se puede decir de cualquier suicidio —dijo Pedro, despectivo.

—Quizá. Pero en este caso es cierto. Fue la incomprensión del mundo, o para ser más correctos, de la parte de éste representada por los editores, lo que lo llevo al estado de desesperación necesario para interrumpir su vida.

—Acabáramos —dijo Javi—. Se suicidó porque no le publicaron una novela.

—Impresionante, muchacho, su agudeza se afina por momentos. Ciertamente la causa inmediata de la muerte de Epifanio fue la no publicación de lo que él consideraba su obra maestra.

—Un imbécil —dijo Pedro en un susurro.

Nuestro anónimo narrador se volvió a él.

—¿Usted cree? —Pareció considerar la cuestión unos instantes—. Me temo que no puedo sino estar de acuerdo con usted. Sin embargo, ha de reconocer que todos, en determinadas circunstancias somos, como usted ha expresado tan gráficamente, imbéciles. El problema de Epifanio es que escogió un momento un tanto inadecuado para dejar salir su imbecilidad y luego ya no pudo volverse atrás.

Javi sonrió, socarrón:

—Sí, la muerte es algo bastante irreversible.

—Bueno. —Sus ojos se entrecerraron, como si recordara algo—. Yo no me atrevería a ser tan categórico. Recuerdo algún caso… Sin embargo, es cierto, en la mayoría de las ocasiones la muerte resulta más bien irreversible. Es una pena que no se nos permita contemplar el resultado de nuestros actos antes de llevarlos a cabo; de esa forma habría muchas estupideces que jamás habríamos cometido.

—¿Y de qué iba esa novela? —pregunté yo.

—Como nuestro querido amigo ya habrá adivinado —señaló a Javi con una sonrisa, y éste se removió en su asiento, incómodo—, era una novela palíndroma.

—Imposible —dijo Pedro, como era de esperar. Aquella tarde todos nos encontrábamos muy predecibles, no sé por qué.

—Le aseguro que no. Estadísticamente improbable, desde luego, pero la estadística solo trata con incertidumbres. La posibilidad de que una estrella de neutrones colisione con el sol es mínima, pero puede suceder, quién sabe, quizá ya ha sucedido, lo sabremos en unos ocho minutos en todo caso. En cuanto a escribir un libro palíndromo, es mucho menos improbable: se puede hacer, se ha hecho, en realidad.
Pedro no respondió. Estaba ceñudo.

—Epifanio comenzó a escribir su novela en 1943. Tenía entonces veinticuatro años y aún no había publicado nada. Por esa época, huelga decirlo, yo no le conocía, pero él me ha hablado en tantas ocasiones de ese día que es casi como si yo hubiera estado presente en aquel momento. «Tuve una visión», solía decirme, «vi una novela, y la novela era el universo». Me temo que a Epifanio le gustaba hablar de una forma un tanto petulante, lo que no deja de ser curioso si tenemos en cuenta la sobriedad de su estilo literario. —Se encogió de hombros—. Epifanio acababa de descubrir en aquellos días la teoría del Big Crunch que no dudo que nuestro amigo —señaló a Pedro— puede explicar mejor que yo, pero que consiste básicamente en que el universo, tras un período de expansión, se contraerá hasta una gran implosión final.

—Bobadas. La teoría del Big Crunch cada vez tiene menos adeptos. —No hace falta aclararlo, era Pedro quien acababa de hablar, claro—. La mayoría de los físicos se decantan por un universo abierto.

—Sin duda, pero en aquel tiempo los tenía. Es una teoría elegante que, además, llevada a sus extremos, tiene la peculiaridad de poder prescindir de la presencia de Dios para explicar el universo: un cosmos eternamente oscilante, muriendo y renaciendo desde siempre, eterno, sin creador. «No hay relojero para este reloj», solía decir Epifanio. Cierta o no, la idea no deja de tener su atractivo. Lo que a Epifanio le fascinaba de ella, sin embargo, no eran sus implicaciones teológicas, sino el hecho de que describía, en cierto modo, un universo simétrico, desde un punto de vista temporal. Un universo palíndromo, en cierta forma, que resultaría idéntico tanto si se le tomaba en el sentido de avance del tiempo, como en el inverso.

—Tonterías, tonterías. —Pedro parecía realmente ofendido. Supuse que la explicación debía estar en contradicción con algún punto de la física. Pedro solo se enfadaba de verdad en esos casos. Uno podía llamarle idiota con toda impunidad, pero como se te ocurriera poner en duda la fuerza nuclear débil o algo así, su ira caía sobre ti casi inmediatamente—. El universo solo sería simétrico en un sentido expansión/contracción. El segundo principio de la termodinámica no se invertiría aunque el universo se comprimiese. Los potenciales seguirían igualándose y la entropía aumentando: cuando la contracción llegara el cosmos estaría muerto y solo existiría un caos frío y sin sentido, incapaz de producir un ergio de energía.

Nunca había visto a Pedro tan poético.

—Cierto, muy cierto. Pero tenga en cuenta que la formación científica de Epifanio no era, digámoslo eufemísticamente, todo lo buena que sería deseable. Sólo era capaz de ver el universo en el sentido de la expansión y la contracción: para él términos tales como entropía o termodinámica eran tan incomprensibles como si pertenecieran a un idioma extranjero. Comprenda, mi querido muchacho, que estoy tratando de hacerles ver lo que pensaba Epifanio. En ningún momento he dicho que comparta sus opiniones.

—De acuerdo —dijo Pedro a regañadientes—. Siga.

—Cómo no. Su idea, como ya he expresado era escribir un libro que reflejara el universo, no solo argumental o estilísticamente; las palabras, independientemente de su estilo o técnica narrativa, debían expresar esa simetría que mi amigo veía en el cosmos. La solución obvia es que el libro tenía que ser palíndromo. Tanto si se leía comenzando por la primera página, como si se hacía desde la última, el libro debía ser idéntico, su propio reflejo, su propia antipárticula, aunque dudo que Epifanio conociera algo de mecánica cuántica.

Pedro parecía a punto de decir «y usted tampoco», pero se lo pensó mejor y guardó silencio.

—No era un libro para escribir en un año, o en dos. De hecho, Epifanio dudaba que consiguiera terminarlo en el plazo de una vida. Pero, a pesar, de todo, emprendió la tarea. Diseñó cuidadosamente el argumento durante casi cinco años, estructurando cada parte de él, deshaciéndolo y recomponiéndolo una y otra vez, hasta que se ajustase a lo que deseaba. No era una tarea fácil, ni algo a lo que pudiera dedicar sus esfuerzos de forma continuada. Así que, mientras tanto, escribió y publicó su primera novela, LA NOCHE ABISMAL que quizá ustedes conozcan. —Ninguno respondió—. Fue por esa época cuando Epifanio y yo trabamos contacto. Yo había leído el libro y, sabiendo dónde trabajaba, acudí a verlo, aprovechando un viaje de negocios que me llevó cerca de Salamanca. Portaba conmigo un ejemplar de su obra, con la esperanza de que lo firmara. Algo pueril, ya ven, pero a lo que no he podido escapar. Aquél fue el primero de muchos encuentros a lo largo de más de cincuenta años y, durante ellos, puedo decir que se cimentó entre ambos una estrecha amistad, aun cuando nos viéramos solo de forma esporádica y la mayor parte de nuestra relación fuera epistolar. De hecho, creo poder decir sin temor a equivocarme que yo fui el único al que Epifanio habló de su libro palíndromo, su Obra, como él la llamaba. El tiempo transcurrió y yo me iba enterando de detalles acerca de sus progresos. Comenzó a escribirlo. Avanzaba lentamente, pues cada palabra que ponía en el papel debía servir, no una, sino dos veces. Lo escrito en el primer capítulo, debía servir para el último, y el segundo para el penúltimo y así hasta llegar la mitad. Otro hombre hubiera abandonado tal tarea, se habría dado por vencido, pero no Epifanio. Siguió con ella, mientras para descansar, escribía y publicaba otros libros, con no pocos esfuerzos y escasa aprobación por parte de crítica y público, desgraciadamente. Un día me llamó por teléfono. Había descubierto que se le había olvidado un detalle importante, no sabía si su libro tendría un número par o impar de capítulos. Aquello no era, en absoluto, banal. Como comprenderán, caso de tener un número par, digamos cincuenta, el capítulo veinticinco y el veintiséis serían simétricos, mientras que si eran impares, cincuenta y uno, por poner un ejemplo, el veintiséis debía ser simétrico con respecto a sí mismo. Hablamos del tema durante varias horas (eran otros tiempos y las tarifas telefónicas no habían alcanzado aún los precios abusivos de hoy en día) y, finalmente, Epifanio se decidió por un número impar de capítulos, algo que, conociéndolo, yo había aventurado ya que haría. Le parecía una solución más elegante: en cierta forma, el capítulo central sería un modelo a escala del resto del libro. Una especie de imagen fractal, aunque finita.

—Una imagen fractal es infinita por definición. —Pedro seguía hosco y hostil.

—Lo sé, lo sé, por supuesto. A lo que íbamos. Se me hace tarde y no quiero aburrirles en demasía. —Le lancé una mirada asesina a Pedro y le aseguré que no nos aburría, pero él no pareció oírme—. Para resumir, les diré solo que terminó el libro hace unos dos años. No lo corrigió, pues no había, lógicamente, nada que corregir, cada palabra había sido cuidadosamente seleccionada antes de pasar a formar parte de la obra. Se lo envió a su editor y aguardó. El manuscrito le fue devuelto una semana más tarde, con una larga carta del editor en la que el hombre, básicamente, le preguntaba a Epifanio si le estaba tomando el pelo. No podía publicar aquello, nadie lo publicaría. Era un libro incompleto, que terminaba repentinamente a mitad de una frase, sin que el argumento llegara a ninguna conclusión. Curiosamente, en una posdata, lo felicitaba por el estilo: ese era el que debía haber adoptado en sus obras anteriores. No es extraño que pensara esto, pues frente a la sobriedad de sus otros libros, su lenguaje en éste era increíblemente rico y complejo. Epifanio se desanimó un poco, pero se recuperó enseguida (no habría escrito un libro así de no haber sido un hombre paciente y curtido ante la adversidad) y probó con otros editores. Todos le devolvieron el libro. La novela pasó por todas las casas editoriales de este país y la mayoría de las de Hispanoamérica y todas consideraron que no era publicable. Algún editor llegó a preguntarle a Epifanio, en su carta de rechazo, qué clase de broma de mal gusto era aquella. Finalmente, como único recurso, Epifanio financió una edición privada de su obra de doscientos ejemplares, y se la envió a los críticos más importantes del país, y a varios extranjeros. La mayoría no respondieron. Los que lo hicieron fue en un tono hiriente y mordaz, insultando a la novela y a su autor, burlándose de ambos. Me temo que eso fue ya más de lo que el pobre Epifanio pudo soportar. Una semana después lo encontraron colgado en su apartamento. Una muerte horrible, sin duda.

—No lo entiendo —dije—. ¿Por qué el libro les parecía tan malo?

—No, no es eso. Malo no es la palabra. Les parecía inconcluso. Como si el autor se hubiera detenido a mitad de camino. Pobre Epifanio. —Lanzó un profundo suspiro—. Si me hubiera enviado un ejemplar yo le habría explicado lo que ocurría. Desgraciadamente no lo hizo y no pude leer la novela hasta después de su muerte.

—¿Qué ocurrió entonces?

—Es tan simple. Epifanio no escribió la novela completa, por supuesto, lo consideraba una estupidez. Escribió exactamente la mitad. Era lógico. Cuando uno llegaba al final no tenía más que seguir leyendo desde la última página hasta acabar en la primera. Y entonces el libro tendría sentido, llegaría a su término, no parecería inconcluso. Pero nadie hizo eso, nadie sabía que el libro era un palíndromo, sólo Epifanio y yo, y yo no pude leer el libro hasta hace poco tiempo.

—Pero, ¿por qué no les dijo a los editores lo que ocurría?

—Porque a él le parecía evidente como debía ser leído el libro, y nunca pensó que nadie lo pudiera leer de otra forma. Es triste, sin duda. Cincuenta años de trabajo tirados por la borda por un error estúpido.

—Pero, en todo el libro, ¿no había ninguna advertencia?

—En realidad sí, había dos, pero tan esotéricas que nadie reparó en ellas. Una era el propio título que, como el libro era un palíndromo, aunque nadie lo vio así. Al igual que en su novela, Epifanio solo escribió la mitad del verdadero título; la otra mitad se conseguía leyéndolo al revés.

—¿Cuál era?

Él ata.

Lo repetí en voz baja y le di la vuelta, poniendo una coma entre ambas mitades para que tuviera sentido. Él Ata, átale. Me pareció bastante pueril y se lo dije.

—Ciertamente lo es, del todo, incluso un niño que apenas ha empezado a balbucir debería ser capaz de hallar algo más apropiado. No deja de sorprenderme que después de cincuenta años dedicados a escribir una novela como esa, el palíndromo que servía de título fuera tan simple. Demasiado simple, de hecho, pues nadie lo vio como tal palíndromo. Aunque sin duda, para Epifanio tenía perfecto sentido pues, tal y como lo comprendía, era una clara referencia al carácter cerrado del universo: ataba y estaba atado. Pero a nadie se le ocurrió buscar significados tan oscuros en un título tan sencillo y directo. En cuanto a la otra pista, podía ser leída en la misma dedicatoria que, por otra parte, no estaba incluida en la palindromía de la novela. Epifanio consideraba la dedicatoria como algo ajeno al libro y, por tanto, no se tomó el trabajo de hacerla encajar en su esquema. La recuerdo perfectamente: «Este libro refleja el universo y, como él, no tiene fin». Para él, de nuevo eso era una referencia perfectamente clara a la imagen simétrica y eterna que Epifanio tenía del cosmos. Para editores y críticos no era más que un comentario sobre el carácter inconcluso del libro. Epifanio hablaba de una cosa y los demás entendían otra completamente distinta. Por eso he hablado de incomprensión, en un sentido plenamente literal. Ahora —dijo levantándose— debo irme, ya es algo tarde. En cuanto al coñac…

—Tranquilo —dijo Javi, con un tono de voz que era la imagen misma de la amabilidad—. Lo pagamos nosotros.

Su rostro se iluminó.

—¿De veras? Les estoy profundamente agradecido. Buenas tardes.

Se fue y allí nos dejó, mientras la tarde envejecía y la noche iba cayendo sobre la ciudad. Cuando llegó la hora de irnos y, mientras nos levantábamos a pagar, Javi le dijo a Pedro, sonriente y triunfal:

—Acuérdate de pagar el coñac.

Pedro le miró inexpresivo. Pareció a punto de lanzar un taco, cerró la boca y, volviéndose al camarero, dijo:

—Cóbreme dos vinos y un coñac.

Javi esperó a que Pedro terminara y luego, sin decir palabra, pagó su vino.

Publicado originalmente en BEM nº 37, 1994.
Recogido posteriormente en Callejones sin salida (Berenice, 2005)

© 2008, Rodolfo Martínez
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Un poco harto, la verdad

Lunes, Septiembre 22nd, 2008 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle, Y sobre esta piedra | 8 comentarios »

Es la enésima vez que veo u oigo el asunto. En esta ocasión ha sido mientras ojeaba el periódico y ni siquiera recuerdo de qué iba la noticia. Sólo que en algún momento, alguien lo comentaba como la cosa más natural del mundo.

¿A qué me refiero? A esa idea que intentan vendernos una y otra vez (y no creo que haga falta decir desde dónde) de que una sociedad laica es, por definición, una sociedad sin valores morales.

Una de esas mentiras que se repiten machaconamente a ver si por la simple fuerza de su repetición acaban quedando como una verdad evidente en la mente de quien las oye.

Y sí, como decía en el título de la entrada, empiezo a estar un poco harto de esa manipulación tan burda y malintencionada.

No es que haya mucho que pueda hacer, ciertamente, más allá de decir, cada vez que vea y oiga algo como eso, que no es cierto, y que no lo ha sido nunca.

Fueron un puñado de laicistas los que, entre otras cosas, alumbraron la Declaración Universal de Derechos Humanos. Los mismos que parieron el concepto de separación entre Estado e Iglesia, ya que estamos. Y a lo mejor es precisamente por ahí por donde van los tiros y es lo que realmente molesta y escuece, vete tú a saber.

© 2008, Rodolfo Martínez
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Por delante de su tiempo

Viernes, Septiembre 19th, 2008 Pertenece a Horizonte de sucesos, Para leer | 9 comentarios »

—Imposible. Eso es imposible —decía Pedro.

—No —afirmó Javi con un brusco gesto de la cabeza—. Querrás decir que tú no puedes imaginar la forma de hacerlo, que es distinto.

—Ni yo ni nadie.

—Ni tú ni nadie de aquí y ahora —replicó Javi, casi saltando en el asiento. Siempre lo hacía cuando estaba convencido de haber acorralado al contrario—. Pero eso no significa que no se puede hacer. Hace menos de cincuenta años, sesudos ingenieros escribieron verdaderos tomos de ecuaciones para demostrar que era imposible llegar a la Luna. Y hemos llegado.

—Bueno. Eso no está tan claro —intervine yo.

—Tú cállate, esto es una conversación para personas inteligentes —dijo Javi.

—Entonces no sé qué haces tú en ella.

Me miró unos segundos. Dudó sobre contestarme y finalmente decidió que no hacerme caso era lo mejor que podía hacer. A mí no me importaba. Estaba disfrutando con la discusión entre él y Pedro y solo había metido baza para exacerbar un poco más los ánimos.

—A lo que íbamos. Que hoy la ciencia sea incapaz de encontrar una forma de hacerlo no significa que no se pueda hacer.

—Javi, métetelo en la cabeza, no se puede. No lo digo yo. Lo dice el segundo principio de la termodinámica. Y eso no es discutible. No se puede invertir la tendencia a la entropía. No puedes reconstruir una vaca a partir de un camión de hamburguesas.

—Pues claro que no. Eso solo sería posible si las hamburguesas tuvieran algo que ver con las vacas —era yo otra vez.

—Aunque tuvieran que ver tampoco podría hacerlo —dijo Pedro, sonriendo apenas—. Mejor dicho, puedes hacerlo, pero solo habrás disminuido la entropía a nivel local, y la energía necesaria para hacerlo habrá sido tal que, en última instancia habrás aumentado la entropía total del universo.

—Bobadas. Se puede hacer.

—No se puede.

—Si me lo permiten, yo diría que no podemos correr el riesgo de ser tan categóricos —dijo una voz junto a nuestra mesa.

Nos volvimos. Era él, lo supe incluso antes de verlo. Aquella voz engolada y pedante sólo podía ser suya. Lo habíamos visto una vez, hacía poco más un mes, y nos había contado una historia ridícula sobre un científico chiflado que se había hecho invisible. Lo curioso es que, con aquella forma que tenía de hablar, más propia del siglo pasado que de este, había conseguido que nos tragásemos un cuento que a cualquiera de nosotros nos habría parecido rebuscado de haberlo oído en cualquier otra parte.

No había cambiado mucho desde aquella vez. No sé si vestía el mismo traje pero, en cualquier caso, seguía pareciendo salido directamente de algún serial televisivo estilo Fortunata y Jacinta (sí, ya sé, queda más culto si uno cita el original literario, pero vivimos en la era de los audiovisuales, qué le vamos a hacer) con su chaleco, la cadena de plata del reloj, el bastón de puño labrado y, sobre todo, los bigotes puntiagudos, la perilla canosa y la cabeza calva. Lo cojonudo era que, con aquella pinta, era capaz de hablar de mecánica cuántica como si la hubiera inventado él mismo.

—¡Hombre! —dijo Javi en cuanto lo vio—. Supongo que esta vez no se irá sin pagar.

—Francamente, mi querido amigo, que no sé muy bien a que se está refiriendo. En todo caso, de haber omitido yo el pago de alguna consumición previa, puedo decirles que se trató de un lapso de memoria y no, como usted parece dar a entender, un acto volitivo por mi parte. Y curioso que me lo recuerde. —De pronto se detuvo, y una sonrisa asomó a su cara. Era extraño verle sonreír, como si sus facciones no hubieran sido diseñadas para ello—. Sí, curioso, en efecto, porque la misma palabra recordar viene a cuento. Es la historia de mi amigo…

—Ah, no, un momento, antes de soltarnos un cuento de los Viudos Negros, díganos qué quiso decir con eso de ser tan categóricos —era Pedro, claro. No le importaba que se le mentase a la madre, pero cuando alguien ponía en duda el segundo principio de la termodinámica se lo tomaba por lo personal.

—Bueno, en realidad, ambas cosas están relacionadas.

—Me lo temía —dijo Javi, tapándose la cara con la mano.

—¿Puedo tomar asiento?

—Claro —dije yo. No lo voy a negar, estaba entusiasmado. Aquel individuo ya me había proporcionado material para un cuento, y había abundantes posibilidades de que ahora estuviera a punto de hacer lo mismo, así que no lo iba a dejar escapar—. Hablaba usted de su amigo… —añadí, tratando de hacerlo entrar directamente en la historia.

Pedro no me dejó. Era de temer, claro.

—No. Primero lo de ser categóricos.

—A ello voy, a ello voy, mis queridos amigos. En realidad, como acabo de decir, ambas cuestiones son una y la misma, pues la historia de mi infortunado amigo Reinnjhard Gregorovius se relaciona más que estrechamente con el segundo principio de la termodinámica o, más exactamente, su violación.

Pedro soltó algo parecido a un bufido. Javi miraba interesado a nuestro narrador, quien parecía a punto de ponerle en una bandeja los medios para derrotar a Pedro. Javi siempre había sido un firme partidario de aquello de no mirarle los dientes a los caballos regalados.

—Imagino —dijo nuestro anticuado amigo mientras alzaba una mano para llamar al camarero— que ninguno de ustedes ha oído hablar de Reinnjhard Gregorovius, doctor en biología, en ciencias de la computación, en ciencias exactas y en física, especialidad en mecánica cuántica. Lo cual no es extraño, por otra parte —añadió, anticipándose a Pedro, que ya abría la boca para replicar algo—. Después de su… en realidad no se puede calificar de fracaso, habría que hablar tal vez de excesivo éxito, el asunto ha sido rápidamente silenciado y, aparte de sus dos polémicos, aunque me temo que excesivamente oscuros, artículos en el Monthly Scientific, ningún rastro queda en el mundo de su trabajo. Creo que, en cierta medida, por suerte. Cuando el doctor Gregorovius tuvo… éxito, estaba pensando en ofrecer al gobierno sus descubrimientos. Sin duda eso habría sido terrible.

En ese momento el camarero llegó a nuestra mesa.

—Ah, mozo. Sí, desearía una copa de Le Courvisier, si es usted tan amable —miró a Javi—. Y puede usted olvidar su preocupación, mi querido amigo, el importe de mi bebida saldrá de mi bolsillo.

—Eso espero —dijo Javi.

El camarero volvió, sirvió el coñac y se fue.

—Bien. Verán, conocí al doctor Gregorovius hace unos tres años, en una visita al MIT. Un lugar impresionante, por otra parte. No cabe duda que cuando esos gringos —gringos, pensé, tratando de poner cara de póquer con no demasiado éxito, les llama gringos. La pucha, hombre— se deciden a gastarse los cuartos en tecnología, saben emplearlos más que bien. Quizá sean un pueblo sin talento, como he oído decir en más de una ocasión, pero, al fin y al cabo ¿quién necesita tener talento cuando puede comprarlo? Algo así le había pasado al doctor Gregorovius, natural de no recuerdo muy bien cuál país centroeuropeo. Era un hombre joven y vital y enseguida simpatizamos. Por aquel entonces él trabajaba en las temperaturas Kelvin negativas que, como mi buen amigo sabrá —señaló a Pedro con un gesto— tienen cierta relación con el segundo principio de la termodinámica.

—Sí, pero no son una violación de él. Salvo parcial. Y en última instancia…

—Sí, sí, lo sé, por supuesto —agitaba la mano, como quitándole importancia al asunto—. Jamás me atrevería a decir lo contrario. Sin embargo eso solo fue el principio de sus investigaciones.

—Un momento —alcé la mano—. ¿Qué es eso de temperaturas Kelvin negativas? ¿Cómo puede haber algo por debajo del cero absoluto?

—Los temperaturas Kelvin negativas no están bajo el cero absoluto, por supuesto. De hecho, para ser estrictos habría que considerar que están por encima de infinito —dijo Pedro.

—Anda ya.

—No, en serio.

—No entiendo una mierda.

—Mira, la temperatura, en última instancia no es más que una medida de la entropía de un cuerpo, ¿no es cierto? Cuanta mayor energía reciba un sistema, pongamos, una masa de gas, sus partes se mueven con mayor velocidad, de una forma más caótica, tienen más entropía. A eso le llamamos aumentar la temperatura. En realidad es un eufemismo. Como tantas otras cosas en física. La fuerza centrífuga, sin ir más lejos…

—Vale, vale, me lo creo. —Me encantaba Pedro cuando se ponía didáctico.

—Bien. Normalmente, cuanta más energía, generalmente en forma de calor, apliques, mayor entropía tienes. Siempre. Sin límites. Aumenta una y aumenta la otra. Pero en ciertos sistemas que no pueden ir más allá de un determinado tope, si sigues aumentando la energía llega un momento en que la entropía del sistema disminuye.

—Pero eso es justo lo que yo decía —intervino Javi.

—Para nada. Repito, eso es una violación puramente local. Y, además, no es estable. Si le dejas de suministrar energía, se vuelve a lo que podríamos denominar un estado normal. Aunque esa expresión no es precisamente muy acertada. —Se encogió de hombros, incómodo consigo mismo. No le gustaba no ser lo suficientemente preciso en sus explicaciones.

—Excelente, yo mismo no habría podido expresarlo mejor —dijo nuestro invitado quien, durante la explicación de Pedro no había apartado la vista de su copa—. Sin embargo, lo que el doctor Gregorovius intentaba era precisamente hacer que tal estado fuera estable.

—Imposible. Y además, ¿para qué?

—Para adivinar el futuro, por supuesto.

—Para adivi… —Pedro quedó varios minutos con la boca abierta. Me encantó, hacía tiempo que nadie le pillaba tan fuera de juego. Al fin fue capaz de decir—. Claro. Siga, siga. —La historia estaba empezando a interesarle a él también.

—Cómo no, mis queridos amigos. No deseo otra cosa que proseguir, créanme. El doctor Gregorovius sostenía la teoría, apoyada por no pocos físicos, de que el fenómeno que llamamos tiempo no es más que una manifestación de la entropía o, al menos, está fuertemente ligado a ella. De ahí que podamos recordar acontecimientos en un solo sentido, el que llamamos pasado, pero no el futuro, pues la entropía avanza del pasado al futuro y el tiempo con ella. Supongo que nuestro buen amigo —volvió a señalar a Pedro—, lo habría explicado con bastante más rigor que yo, profano (aunque no completamente ignorante) en tales materias, pero creo que la explicación ha sido suficientemente clara. —Todos asentimos—. El argumento del doctor Gregorovius consistía en que si, en un determinado sistema la entropía disminuía, en lugar de aumentar, en el sentido pasado-futuro, tal sistema sería capaz (caso de poseer la capacidad del recuerdo, es más que evidente) de rememorar el futuro como algo ya pasado, y perdónenme el juego de palabras, más casual que otra cosa, les aseguro que no estaba en mi ánimo hacer un chiste de esta situación, nada jocosa, como enseguida verán.

—Pero entonces… Absurdo. Quería provocar temperaturas Kelvin negativas en un cuerpo humano —dijo Pedro.

—Podemos verlo de esa forma.

—Eso es imposible. El cuerpo humano nunca puede ser un sistema que…

—Claro —le interrumpió Javi—. Ahora lo comprendo. Entonces las pitonisas y los visionarios, realmente…

—Me temo que no, mi buen muchacho. Les ruego me dejen proseguir con la historia y yo les aseguro que todas sus dudas encontrarán respuesta. —Todos asentimos. La historia se iba volviendo más interesante por momentos—. La verdad es que yo no veía muchas posibilidades de que, a partir de la teoría de Gregorovius, se pudiera llegar a nada concreto. Reconozco que no carecía de cierto atractivo y que, expresada por él, parecía elegante, e incluso hermosa. Pero, claro, como bien saben, eso no la convierte en cierta, como tuvo ocasión de comprobar el bueno de Kepler. —Estuve a punto de preguntarle si también había conocido a Kepler, pero decidí no hacerlo. No quise arriesgarme a que respondiera que sí—. No volví a ver a Gregorovius hasta tres meses más tarde. Y entonces me dijo que lo había conseguido. Era capaz de provocar que la entropía disminuyera en un ser vivo sin que, cosa harto importante, el ser vivo en cuestión dejara de estarlo o disminuyera alguna de sus capacidades, ya fuesen motoras o intelectivas.

—¿Cómo?

—Eso, me temo, nunca lo sabremos. Yace en la mente de Gregorovius. O, mejor dicho, no yace.
—No lo entiendo.

—Lo entenderán, mis queridos muchachos. Gregorovius cometió el mismo error que cientos de científicos antes que él: experimentó consigo mismo. Y los resultados fueron fatales.

—¿En qué sentido?

—En el sentido más aterrador: tuvo éxito. Recordaba el futuro, más aún, lo recordaba con una nitidez pasmosa. Era capaz de acordarse de cómo había muerto, dentro de setenta años, tras tropezar bajando una escalera. Lo recordaba todo, hasta el más mísero detalle que le hubiera pasado en el futuro.

—Pero eso… —dije—. ¿Qué hay del libre albedrío? Si sabemos lo que va a pasar, ¿qué nos queda?

—El libre albedrío no queda modificado, mi querido amigo. Usted sigue siendo muy libre de tomar cualquier decisión que desee. De hecho, así será. Simplemente, si usted recuerda el futuro, recuerda cuándo y cómo tomará esas decisiones. Pero seguirá siendo usted quien lo haga.

Fruncí el ceño, no muy convencido.

—Bueno, bueno, todo eso del libre albedrío está muy bien, pero ¿qué hay de malo en todo este asunto? —intervino Javi—. Hombre, reconozco que saber la forma y el momento de tu muerte puede ser traumático, pero por lo demás, también tendría sus ventajas.

—Ya, me imagino que se refiere a cosas como recordar la combinación ganadora de la lotería primitiva de dentro de tres semanas, o algo así.

—Sí. Eso suena razonable.

—Y quizá Gregorovius la conociera. Suponiendo que él en el futuro fuera a asistir de alguna forma al sorteo. Pero ¿no ven que eso no le servía de nada?

—Por qué no.

—Porque recordaba el futuro, pero en el momento en que este se convertía en presente y después en pasado, lo olvidaba, se desvanecía completamente de su memoria. Sus recuerdos avanzaban de acuerdo a su propia entropía, no la del universo, del futuro al presente, y ahí morían, igual que lo hacen los nuestros del pasado al presente. De la misma forma que no somos capaces de recordar el futuro porque nuestra flecha personal del tiempo avanza hacia él, Gregorovius no podía recordar el pasado. A medida que sus recuerdos sucedían, los olvidaba.

Ninguno dijo nada durante un buen rato. Una idea me rondaba la cabeza, pero no me atrevía a exponerla en voz alta. Sin embargo, como nadie más parecía dispuesto a hacerlo, me decidí:

—¿No se podía revertir el proceso?

—No. Tal vez Gregorovius lo supiese. O mejor, lo había sabido, pero esa parte de su memoria ya no existía. Su estado era, o es, pues hasta donde sé sigue con vida, estable, así que a menos se que produzca un milagro termodinámico y revierta espontáneamente a su condición pretérita, podría seguir así para siempre. O hasta su muerte. Lo que, desde la perspectiva de Gregorovius viene a ser poco más o menos lo mismo.

—Absurdo. Un estado así nunca puede ser estable —dijo Pedro.

—Entonces, le aconsejo que visite el Crickhollow Asylum, en Massachussets y que hable con el hombre que es capaz de decirle lo que cenó dentro de una hora y no puede saber lo que pasará hace cinco minutos cuando usted le dará la mano. —Miró a Pedro retadoramente. Luego, sin prisas, terminó el brandy y se levantó—. Como siempre, ha sido un placer hablar con ustedes, queridos amigos. Por desgracia no puedo demorarme más aquí. Mi presencia es requerida en otros lugares y, dado que no poseo el apreciable, aunque temo que inexistente, don de la ubicuidad, debo irme.

Dejó la mesa y se acercó a la barra, de donde, tras unos segundos de charla con el camarero, se fue también. Su anacrónica figura cruzó la puerta del local y se perdió en la calle, donde empezaba a anochecer. Nosotros tres nos mirábamos sin decir nada, ninguno se atrevía a ser el primero en hablar. Al fin, Javi pudo decir:

—Bueno, esta vez sí pagó, al menos.

—Monthly Scientific, ¿eh? —murmuró Pedro—. Eso tengo que verlo.

Yo miré mi reloj.

—Es tarde —dije—. Tendremos que ir marchando, supongo.

Nos levantamos y fuimos a pagar nuestras consumiciones. Yo tenía la vaga esperanza de que nuestro extraño amigo (y, maldición, seguíamos sin saber su nombre) nos hubiera invitado. No hubo suerte. El camarero nos dijo:

—El señor de su mesa nos ha dicho que ustedes pagaban su coñac.

Una pena no haber tenido entonces una cámara de fotos. El rostro de Javi era pura épica hecha carne.

Publicado originalmente en BEM nº 19, 1992.
Recogido posteriormente en Callejones sin salida (Berenice, 2005)

© 2008, Rodolfo Martínez
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Newcomer

Miércoles, Septiembre 17th, 2008 Pertenece a Para leer, Poemas | 15 comentarios »

Se te caen borbotones de palabras
que nosotros, repudiados hijos de Babel,
exploramos con asombro y desconcierto.

Tus ojos hacen suyo el territorio hostil de los adultos.

Y el toque irrefrenable de tus manos
(la primera línea de tu cuerpo)
reduce el universo a una escala comprensible.

Enjambres de ideas sin domar crean laberintos en tu sueño.

Torbellino.
Esponja.
Maravilla.

El mundo es tu patio de juegos.

© 2008, Rodolfo Martínez
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Diccionario Parrado-español (I)

Lunes, Septiembre 15th, 2008 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real, General | 8 comentarios »

Mi amigo Jesús Parrado (coordinador, entre otras cosas, del ciclo de cine Peor… ¡imposible!) tiene la costumbre de ponerle motes a los actores de cine (bueno, y también a los directores, ocasionalmente). De hecho, como hace Sawyer en Perdidos, nunca los llama por su nombre, sino que usa siempre el mote y, para colmo de males, lo hace sin dar ninguna explicación, de forma que la primera vez que lo oyes hablar no tienes ni idea de a quién se refiere.

Con el tiempo, no sólo te acostumbras, sino (lo que es mucho peor) acabas cayendo en la costumbre de usar los motes inventados por él en lugar de los nombres reales. De ese modo, no es infrecuente que en nuestras reuniones de los viernes en el Trisquel, todos acabemos hablando de “la última película de Servando” o comentando “lo bien que está el Xatu en Boston Legal” o expresiones similares que, a cualquiera que se pase por allí, tienen que parecerle un auténtico galimatías.

Para, eso espero, disfrute de propios y extraños, ahí va a continuación una breve entrega de los distintos motes con su correspondiente traducción al lenguaje que usa el resto de los mortales:

James Bond:

Conerí: Así, con acento en la “i”.

El mi amigu: George Lazenby, segundo Bond (en Al servicio Secreto de su Majestad) y al que Chus llegó a conocer en un festival de cine hace unos años.

La Mura: Roger Moore, por supuesto

Tímoti: Dalton, quién si no. La mención de su nombre suele ir seguida de una serie de rápidas invectivas acerca de su inclinación sexual, empezando por sus verdaderas intenciones hacia Flash Gordon cuando fue el príncipe Barin, y siguiendo por sus disimuladas miradas al paquete de Benicio del Toro en Licencia para matar. De él afirmaba Chus al principio era un tanto “borrosu” (es decir, sus preferencias sexuales no estaban nada claras) pero parece ser que con el tiempo (sobre todo tras verlo en Scarlet y comprobar cómo prefería mirar a los esclavos en vez de al escote de Escarlata) han quedado totalmente aclaradas.

Raulito: Pierce Brosnan. ¿Por qué “Raulito”? Al parecer por un amigo de Chus que se parece a Brosnan, o eso dice él (nunca he tenido muy claro si quien lo dice es Chus o su amigo).

Servando: Daniel Craig. Todo empezó a raíz de los primeros trailers de Casino Royale. Chus juraba y perjuraba que ese no era James Bond. Que era un tipo de Vegadeo llamado Servando. No me preguntéis por qué.

Generales:

El francés burru: Luc Besson.

La burra: Arnold Schwarzenegger.

La Heston: No necesita traducción. Nótese, por otro lado, que el “la” no tiene ninguna intención de poner en duda su virilidad (que la Heston era el tío más macho del cine, por Dios, o como diría el propio Chus: “esi era un paisanu”), sino que es una simple manía en el idiolecto de Chus. La mención a “la Heston” suele ir acompañada casi siempre por un comentario admirativo referente al hecho de que nadie en todo Hollywood se subía a un jeep como él, con ese garbo, salero y prepotencia.

El Ciruelu: Alec Baldwin. Sin explicación, simplemente es el Ciruelu. Punto.

El Xatu: William Shatner. Para los foráneos, “xatu” es como se llama en asturiano al ternero. Visto cómo se ha ido poniendo con los años el capitán Kirk, el mote parece cada vez más adecuado.

La negra que se menea: Mote múltiple que puede ser aplicado a cualquier actor negro (léase afroamericano si uno ha caído en la enfermedad de lo políticamente correcto) especializado en cine de acción y que recae con cierta frecuencia en Wesley Snipes. Como antes, la feminización del mote carece de matiz peyorativo alguno.

Cobúrn: James Coburn. Suele ir seguido de un ”qué bien se meneaba”, ya sea en Flint o en La gran evasión. El meneo, en este caso como en el anterior, no tiene ninguna connotación sexual. De hecho, cuando Chus afirma que en una película “hay meneo”, no está hablando de cine porno, sino de que en pantalla hay ostias a mansalva, tiros por un tubo y unas cuantas explosiones. Por tanto, cuando un actor “se menea” o bien quiere decir que tiene una gran presencia en pantalla o que entra en la escena como un elefante en una cristalería. O ambas cosas.

(¿continuará?)

© 2008, Rodolfo Martínez
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Visibilidad nula

Viernes, Septiembre 12th, 2008 Pertenece a Horizonte de sucesos, Para leer | 4 comentarios »

La primera vez que vi el sitio me pareció perfecto. Iba con bastante prisa, pero no pude resistir la tentación de entrar a echarle un vistazo. Por dentro era aún mejor: tranquilo, anticuado, acogedor. En cuanto llegué aquella noche a casa, descolgué el teléfono y llamé a Javi:

—Oye, a qué no sabes lo que acabo de descubrir.

—Yo qué sé. Que Cervantes y Joyce eran íntimos.

—Ah no, eso no lo sabía.

—Bueno, qué has descubierto.

—El sitio perfecto para nuestras reuniones.

—¿Y eso?

—Es una especie de tasca, o una taberna, o algo parecido. La encontré por casualidad en una bocacalle de Sueve. Adivina como se llama.

—Y a mí qué me cuentas. ¿Tasca Encontrada por Casualidad en una Bocacalle de Sueve?

—Estás simpático esta noche.

—Yo, siempre. ¿Cómo se llama?

Horizonte de Sucesos.

—No jodas.

—En serio.

Me preparé para un nuevo chiste telefónico que, por suerte, no llegó nunca. Me pasé los minutos siguientes tratando de convencerlo de que no me estaba quedando con él y luego llamé a Pedro para darle la noticia. Quedamos en vernos allí al sábado siguiente.

Y eso fue lo que hicimos. Durante cerca de dos meses, todos los sábados, de cuatro a ocho, los tres nos reuníamos allí, y nos pasábamos la tarde con una botella de tinto. Nos leíamos, nos criticábamos, comentábamos ideas para nuevos cuentos. Como ya he dicho, el lugar era perfecto: anticuado, mal iluminado, sin televisor ni hilo musical. Perfecto.

Supongo, sin embargo, que era inevitable que, llamándose como se llamaba, acabara pasándonos lo que nos pasó. Menuda frase, pero ya está escrita y es inútil que me lamente.

A mí se me había ocurrido una idea para una historia de ciencia ficción y la estaba comentando con Javi y Pedro.

—Así que un tío que se vuelve invisible —me dijo Javi—. Muy original. Aparte de H. G. Wells, Julio Verne y medio centenar de escritores más, no creo que nadie haya tocado nunca el tema, por no hablar de películas, comics, series de televisión, dibujos animados y supongo que hasta barajas pornográficas sobre la cuestión.

—Vale, ya lo sé. Pero lo que me interesa es el aspecto científico del asunto.

—Ah, ya.

—No en serio. Analiza todo lo que se ha escrito sobre el tema. O bien la cosa de la invisibilidad se soslaya por completo, o bien le dan explicaciones completamente absurdas: un suero que te hace transparente, una capa mágica y otras chorradas por el estilo.

—La magia no es ninguna chorrada —apostrofó Javi, muy en su vena de gurú de lo desconocido.

—Lo que digas. Yo quiero tratar la invisibilidad desde un punto de vista estrictamente físico. ¿Cómo puede conseguirse que un cuerpo sea invisible a cualquier espectro de la luz?

—Muy simple. Escóndelo en la leñera —dijo de nuevo Javi. Ahora la vena dominante era la de payaso.

—Ja. Hablo en serio.

—Sí, ya me suponía algo así. Ahora dínos, ¿cuál es tu idea genial para hacer que la invisibilidad sea algo plausible?

—Ahí está el problema, que no tengo ninguna.

—Joder. Acabáramos.

—Oye, si supiera como resolver la cosa no os lo preguntaría, escribiría el cuento y os lo leería.

—Bueno, dentro de lo malo, todavía somos afortunados.

—Que te den.

—¿Y por qué no te olvidas de los aspectos científicos y te vuelcas en los psicológicos? —dijo Pedro—. Por ejemplo, en la película clásica de Claude Rains dirigida por James Whale hay una secuencia…

—Sí, eso de los aspectos psicológicos es muy buena idea —lo interrumpió Javi—. Por ejemplo, un tío que es invisible puede defenestrar a su suegra con toda impunidad. Eso sí es un tema interesante.

—Es curioso que hayan comentado la defenestración en relación con la invisibilidad —dijo una voz a nuestras espaldas.

Nos volvimos. En una mesa junto a la nuestra había un individuo maduro de rostro redondo que nos miraba inexpresivo.

—¿Decía usted…? —le preguntó Pedro.

El hombre se levantó. Vestía un traje que debía estar pasado de moda por los tiempos de Pelayo. Su bigote, engominado y retorcido, parecía un puro alambre canoso. Tenía aspecto de llevar ligas en los calcetines y ponerse una redecilla al irse a dormir todas las noches, aunque esto último no lo necesitaba demasiado, teniendo en cuenta el poco pelo que le quedaba.

—Disculpen ustedes, pero no he podido evitar escuchar su conversación —dijo, viniendo hacia nosotros—. Si no he oído mal, hablaban de la posibilidad física de hacerse invisible. —Sin saber por qué, encontré algo de británico en su forma de expresarse. No tenía ningún acento extranjero que lo pudiera identificar como tal, pero su forma de separar las palabras y la pronunciación remilgada con que hablaba me trajeron enseguida a la mente la idea de un squire inglés. Era de esos individuos que pronuncian las equis como equis y las des finales como des y no como zetas, que es lo que haría cualquiera que no viviera al sur de los Picos de Europa, o sea, que no fuese un bárbaro—. También les he escuchado decir algo referente a la defenestración. —Otra cosa más, el amigo nunca decía les oí, sino les he oído; exasperante—. Y eso me ha traído a la cabeza la historia del desgraciado profesor Arístides Iguarán.

No pude evitar una sonrisa al oír aquel nombre, que parecía salido directamente de una novela de García Márquez.

—¿Me permiten que me siente?

Pedro hizo como que no había oído nada y Javi masculló algo que nadie pudo entender. Yo, intrigado, asentí.

—Verán —nos dijo mientras se sentaba—. El profesor Iguarán resolvió realmente los problemas de la invisibilidad —aquí se permitió sonreír—, sin necesidad de echar mano de sueros decolorantes o capas mágicas. Aunque podríamos decir que precisamente lo que inventó fue una capa, aunque no mágica, desde luego, a no ser que hablemos de magia en el sentido en que lo hace Arthur Clarke cuando afirma que…

—La tecnología avanzada es para el profano indistinguible de la magia —citó Pedro con voz monótona.

—Eso es. Me alegra estar entre gente bien informada.

Javi cogió la botella de vino y nos llenó los vasos. Pareció dudar unos momentos y luego miró inquisitivamente a nuestro invitado.

—Si no les importa, preferiría una copa de brandy.

Javi se encogió de hombros.

—Beba lo que quiera, pero paga usted.

Pedro le pegó un codazo, pero Javi ni se inmutó. Nuestro amigo, por otra parte, sin dar muestras de haber oído, se dirigió a la barra. Volvió con una copa de cognac (así lo escriben los franceses, si serán raros, con lo fácil que es escribir coñac) en la mano. Se sentó de nuevo, bebió un trago mínimo y nos miró.

—Sí. Un hombre interesante, el amigo Arístides. Lástima que tuviera un fin tan desagradable.

—¿Qué tal si nos lo cuenta desde el principio? —sugerí.

—Por supuesto. Verán, Arístides Iguarán era un individuo muy curioso: un millonario con inquietudes intelectuales cosa que, quizá frecuente en otros países, coincidirán conmigo que no se da muy a menudo en nuestra querida patria. —Todos coincidimos con él—. Estudió ciencias físicas por su cuenta y, aunque jamás pisó una universidad, alcanzó un grado de conocimiento tal que tenía poco que envidiar al de muchos doctores en esa disciplina. Yo le conocía desde niños, habíamos estudiado juntos en el mismo colegio privado —por la forma que hablaba parecía que el colegio en cuestión fuera Eton o Rugby— y, aunque no puedo decir que fuéramos grandes amigos, el carácter de Arístides no se prestaba a las efusiones de esa clase, sí mantuvimos una relación cordial. Después, ya saben como son esas cosas, nos perdimos la pista hasta que un día me lo encontré por la calle. Nos intercambiamos tarjetas, charlamos sobre trivialidades un rato y luego nos despedimos. Ya supondrán que no esperaba tener noticias suyas en mucho tiempo, así que pueden imaginarse mi sorpresa cuando, a la semana siguiente, me llamó. Estaba muy agitado. Me explicó que necesitaba contarle a alguien lo que había descubierto y que yo era la única persona cuyo teléfono había encontrado. El azar es una deidad caprichosa, sin duda. Me pidió que fuera a su casa y, como aquel día ningún asunto urgente reclamaba mi atención, así lo hice. Estaba intrigado, a que negarlo. Quizá conozcan la casa de Arístides. Está a las afueras de la ciudad y, aunque un tanto descuidada, me atrevería a decir que no carece de cierta clase.

—Ya. La casa de Lovecraft —dijo Javi.

—¿Cómo?

—Sí, verá —explicó Pedro—, conocemos la casa. Siempre nos ha recordado el lugar donde debió vivir H. P. Lovecraft.

—Sí, ciertamente, nunca lo había pensado, pero sin duda el caballero de Providence se habría sentido a gusto en ella. Es cierto. —Bebió un nuevo trago de brandy—. Pues bien, tomé un taxi, y llamé a la puerta. Me abrió el propio Arístides, vestido con una bata blanca un tanto sucia y con aspecto algo desaseado. Su barbilla reclamaba un buen rasurado a gritos y no parecía haberse peinado en varios meses. Supongo que, absorto en su trabajo, no se había preocupado de tales asuntos mundanos.

—Lógico —dijo Javi con sorna.

Nuestro remilgado narrador no pareció haber escuchado el comentario y siguió adelante con la historia.

—Me llevó a su laboratorio, en el segundo piso de la casa. Una habitación, por qué no decirlo, curiosa en extremo, y sin duda la causa del infortunado desastre que acabó con su vida. Verán, parecía más un pasillo que una verdadera habitación, con una puerta en un extremo y otra más, acristalada, y que daba al jardín, en el otro. En las paredes se apilaban extraños circuitos y varias jaulas llenas de conejillos de indias que el bueno de Arístides utilizaba en sus experimentos. Le pregunté cuáles eran éstos y me dijo que estaba buscando un material que volviera invisible a quien lo llevara. No soy un técnico en la materia, pero mis inquietudes culturales me han llevado a estudiar un poco de aquí y un poco de allá, con lo que adquirí una cierta, y yo diría que no despreciable, cultura autodidacta, lo que enseguida me permitió ver que lo que pretendía Arístides era poco menos que imposible. Así se lo hice notar, pero él no se amilanó en absoluto ante mi comentario. Me contó que las escasas investigaciones hasta el momento llevadas a cabo sobre aquel tema, habían seguido un camino equivocado. Lo que él había ideado, y espero saber hacérselo comprender, era algo absolutamente revolucionario en ese aspecto. Se trataba de una tela, si así la podemos llamar, altamente conductora y unida a un microprocesador. Cuando un fotón incidía sobre ella, el microprocesador recogía la información y emitía un nuevo fotón, en el extremo opuesto de la tela, justo en la dirección, sentido y frecuencia, que habría tenido el fotón, llamémosle de entrada, de haber atravesado el material sin haber encontrado obstáculo alguno. En otras palabras, la luz no atravesaba la tela, pero fingía hacerlo. No les negaré que me mostré escéptico ante su explicación hasta que me lo demostró allí mismo. Cogió un trozo de su material invisible, que a simple vista no se asemejaba muy distinto de un plástico común y transparente en forma de bolsa, y encerró dentro a uno de sus conejillos de indias. Luego, unió la bolsa al ordenador, conectó éste y… En fin, por más que lo intentase, no podría hacerles compartir mi asombro ante lo que ocurrió. El conejillo de indias, o más exactamente, la bolsa con él dentro, se desvaneció ante mis ojos sin dejar rastro. Seguía estando allí, como pudimos comprobar ante los grititos de la criatura, que a mí se me antojaron de un cierto carácter agónico, y su frenético raspar de la bolsa que la cubría. Le pregunté a mi amigo a qué se debía tal estado de agitación. Arístides no pareció darle demasiada importancia y respondió que sin duda se trataba de la lógica desorientación del animal al no poder ver su cuerpo. Acepté su explicación sin pensarlo más, y ojalá no lo hubiera hecho así, pues quizá habría evitado el triste destino que le aguardaba. Luego, me explicó que estaba construyendo una versión mayor de la bolsa, para que lo pudiera llevar un ser humano, como ya habrán, sin duda, imaginado. Eso no representaba mayor problema. Sin embargo, había una cierta dificultad. Y se trataba del microprocesador que controlaba el proceso, perdónenme ustedes la redundancia. Naturalmente, quien llevara puesto el… llamémosle traje, sería invisible pero, al tener que llevar el ordenador a cuestas, este se haría evidente al cualquier espectador al flotar, aparentemente, en el aire sin que nada le sujetara. Una solución consistía en meter el ordenador dentro del traje invisible, con lo cual este tampoco se vería, pero resultaría más bien incómodo para el portador, al no permitirle apenas libertad de movimientos. En lo que ahora trabajaba Arístides era en miniaturizar todo el complejo programa en un solo circuito integrado que pudiera coser en el interior del traje. Como no dudo que ustedes ya saben, un chip apenas ocupa espacio, con lo que, una vez puesto en acción todo el equipo, el hipotético hombre invisible podría moverse a su antojo sin ser visto.

—Un momento, eso tiene un fallo —dijo Javi.

—¿Cuál?

—La energía. Podría miniaturizar el procesador, pero ¿qué hay de las baterías?

—Oh, bueno, si he pasado por alto ese detalle es simplemente porque lo consideraba tan trivial que no me pareció que fuera merecedor de su atención. Como les dije, el material del traje era poseedor de propiedades superconductivas. La propia luz incidiendo sobre él le proporcionaba casi toda la energía necesaria para poner el sistema en movimiento. El resto de la energía (algo se disipa siempre, como no ignoran, por bien que se transmita) podía ser proporcionada con una vulgar pila de reloj que, como saben, ocupa poco más espacio que el propio chip. Así que eso no era problema. —Miró a Javi retadoramente, pero éste no le devolvió la mirada. Estaba demasiado ocupado escrutando su vaso de vino—. Arístides calculaba que, en un par de meses, tendría el sistema a punto y podría ofrecerle al mundo una demostración.

—¿Y qué pasó? —pregunté.

—Algo terriblemente desgraciado. Arístides poseía esa clase de genio capaz de desentrañar lo más difícil y, sin embargo, no reparar en lo evidente. Hace una semana se lo encontró muerto, envuelto en su traje, en el jardín de su casa, bajo la puerta-ventana de su laboratorio. Lo que ocurrió, tal y como lo imagino, fue muy simple. Arístides se puso el traje y el sistema entró en acción. Se volvió invisible. Pero, claro, la invisibilidad tenía sus contrapartidas. La luz que llegaba a él era absorbida y, por decirlo de una forma vulgar, reemitida en la dirección adecuada. ¿Se dan cuenta? A sus ojos no llegaba luz alguna. Era invisible, eso sin duda, pero también estaba ciego. Ese era el motivo de los frenéticos pataleos de los conejillos de indias. Si mi amigo les hubiera prestado más atención, quizá todo se habría evitado. Al encontrarse ciego y desorientando, lo que yo supongo es que trató de salir de la habitación, pero escogió la puerta equivocada. En lugar de tomar aquella que daba al pasillo, salió por la del jardín. Su laboratorio estaba en el segundo piso, como creo haberles hecho notar ya. El pobre Arístides se precipitó al vacío como una piedra y según el dictamen oficial, se partió el cuello. Al menos, no sufrió mucho. Con la caída, la pila se rompió, con lo que el sistema dejó de tener la energía suficiente para seguir y el cuerpo se hizo visible. Gracias eso lo encontraron. No quiero imaginarme qué habría pasado de haber continuado funcionando la pila. El pobre Arístides se habría ido pudriendo lentamente en su jardín sin que nadie le viera. —Un nuevo trago de brandy. Nos miró y suspiró—. Ese es el motivo por el que su comentario sobre la defenestración en relación con la invisibilidad me haya traído a la memoria tan desgraciado asunto.

—No, no, no. No me lo creo —otra vez Javi—. No tenía más que apagar el sistema y ya estaba, todo volvería a la normalidad.

—Usted también se ha dado cuenta, ¿verdad? Sí. Pero como dije antes, el genio sin par de Arístides fallaba en lo más evidente. No se le ocurrió instalar un interruptor en el traje. Una vez conectado el sistema, este continuaba en funcionamiento mientras tuviera energía. Una auténtica desgracia. —Del bolsillo de su chaleco sacó un viejo reloj de plata labrada—. ¿Es ya tan tarde? Les ruego me disculpen, pero he de acudir ineludiblemente a una cita.

Se levantó y se fue, sin que nosotros le dijéramos nada. Durante un buen rato, no se cruzó una sola palabra entre los tres. Luego, empezamos a hablar casi a la vez, discutiendo la historia una y otra vez, buscando puntos débiles en ella. Al fin, cuando llegó la hora de marchar, nos levantamos y fuimos a pagar el vino.

El tipo en cuestión (nunca supimos su nombre) se había ido dejando a deber el brandy.

Publicado originalmente en BEM nº 19, 1992.
Recogido posteriormente en Callejones sin salida (Berenice, 2005)

© 2008, Rodolfo Martínez
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El hermano de las moscas

Miércoles, Septiembre 10th, 2008 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 1 comentario »

Debo el haberme acercado a esta novela a los buenos oficios de Cristina Macía. Ella fue quien me dijo que podía interesarme y, de hecho, apuntó la posibilidad de que podría ser un buen candidato para el premio Celsius 232 del año 2009.

Poco sé del autor, más allá de lo que se cuenta en la solapa del libro. Joven, asturiano y reciente ganador del Premio Asturias Joven de narrativa, El hermano de las moscas parece ser su primera novela.

La premisa no puede ser más sencilla: un hombre vuelve de Asia con lo que él cree que es un principio de malaria, visita a su hermano, que está a punto de tener un hijo, se acomoda en el cuarto de invitados de su casa… y se convierte durante diez días en un enjambre de moscas.

Tras ese arranque, narrado en un tono lacónico y desapasionado, casi de crónica, que será dominante en casi toda la novela, Bilbao va construyendo una historia que se desarrolla sin prisas ni sobresaltos y en la que apenas hay espacio para la sorpresa.

Sí para el horror, sin embargo. Un horror cotidiano comparable en muchos aspectos al que sentimos al asomarnos a la obra de Kafka. No es casual, creo yo, que Grego comparta nombre con el Gregorio Samsa que se transforma en escarabajo en La metamorfosis, ni tampoco lo son las evidentes intenciones del autor de trazar un retrato, y por momentos casi diría que hacer un despiece, de la cotidianidad a través de la perturbación que de ésta supone la transformación de Grego.

Como he dicho, el tono de la novela es desapasionado y distante, como si el narrador contemplase a los distintos personajes desde una altura imposible y se limitase a presentar los que pasa ante nuestros ojos, sin emitir juicios ni opinar sobre ello. Eso, que puede ser un escollo para la lectura en algunos momentos (no hay el menor interés por parte del narrador en apasionarnos o implicarnos en la historia), tiene al mismo tiempo la consecuencia de volverla más real y creíble y, en cierto modo, oculta el horror que yace bajo toda la situación.

Por otra parte, Bilbao es capaz de adentrarse en uno de los lugares más comunes de la literatura fantástica (lo que tiene su aquel de osadía) y salir con la cabeza bien alta por el otro lado, cosa que no es en absoluto desdeñable. Quizá la longitud de la novela se hace un poco excesiva y creo que habría ganado aligerándola ligeramente y recortándola aquí y allá. No mucho, sólo lo bastante para hacerla un poco más compacta y, eso me parece, más redonda.

Lo fuerte del autor no son los diálogos; de ahí, tal vez, que haya pocos en la novela y que en ocasiones no terminen de sonar del todo naturales. De hecho, y por mencionar un momento concreto, nadie que no sea un actor americano doblado por un incompetente diría “Estoy jodidamente bien”, como hace el personaje de Grego en el arranque de la historia.

Son pequeños detalles que estoy seguro de que el tiempo y el trabajo se encargarán de pulir, sin duda. Mientras tanto, como primera novela, El hermano de las moscas es más que satisfactoria y augura una carrera sólida para su autor.

© 2008, Rodolfo Martínez
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Inevitabilidad

Lunes, Septiembre 8th, 2008 Pertenece a Para leer, µ | 7 comentarios »

Alguien camina sobre mi tumba.

Anda, se detiene, gira, baila, zapatea, a veces se sienta y en ocasiones se tumba. Corre y salta. Camina de puntillas. Da una patada.

Soy yo. Una y otra vez soy yo mismo, dando los pasos que me llevarán al lugar en el que estoy y del que ya no volveré.

Pienso en advertirme. Pero sé que es inútil. Al fin y al cabo, sean cuales sean mis pasos acabaré donde estoy.

 

© 2008, Rodolfo Martínez
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