¿Bond, James Bond?

Acabo de terminar La esencia del mal (traducción poco afortunada del original Devil May Care, mucho más bondiano) donde Sebastian Faulks toma el relevo de Ian Fleming y vuelve a la Guerra Fría para contarnos una nueva aventura de James Bond, agente 007 al servicio secreto de Su Majestad.

Ya desde la portada del libro (que proclama “Sebastian Faulks es Ian Fleming”, de nuevo una traducción poco afortunada del original “Sebastian Faulks writing as Ian Fleming”) queda manifiesta la voluntad de regresar a los orígenes del personaje y tratarlo tal como lo habría hecho su autor original de haber seguido narrando sus aventuras allí donde las dejó.

Y sin duda Faulks tiene éxito en su empeño. Su novela podría pasar por uno de los libros de Fleming, no sólo por su respeto al estilo de las novelas originales (Faulks escribe mejor que Fleming -lo que tampoco es muy difícil, seamos sinceros- pero se las apaña para hacer compatible con el original su forma de narrar) sino por el modo en que ha mimetizado con total fidelidad las claves que hicieron del Bond literario lo que era: los personajes, situaciones, juegos de palabras y peripecias varias de esta novela podrían haber salido perfectamente de la pluma de Ian Fleming.

El resultado es que uno lee La esencia del mal con la sensación de que alguien ha rescatado de un polvoriento desván una nueva novela del creador de Bond y se ha limitado a pulir un poco su estilo narrativo antes de publicarla. Una novela, por otro lado,  que no es de las mejores de la serie pero no desentona en general con el tono y la calidad de ésta.

De hecho, lo más memorable que tiene es precisamente eso: que no desentona. Porque, por lo demás, no aporta gran cosa nueva al personaje y a su entorno. Es, sin duda, más de lo mismo. Un más de lo mismo realizado con cuidado y habilidad innegables y sin duda con evidente cariño por la creación de Fleming.

A los fans del Bond origjnal no creo que les desagrade. Los que, por el contrario sólo conozcan a 007 por sus adaptaciones fílmicas quizá se sientan defraudados al no encontrar el agente secreto que esperan: ni es un superhombre, ni se rodea de ingeniosos gadgets tecnológicos ni es un hambriento depredador sexual.

La traducción al castellano no terminó de convencerme del todo. Sin encontrar en ella nada del todo incorrecto, hay momentos donde me chirría y me resulta algo torpe. Aunque confieso que no pude evitar un pequeño momento de entusiasmo cuando vi que el Commander Bond que siempre se había traducido como “Comandante Bond” (rango que no existe en la armada española) era por fin traducido correctamente como “Capitán de Fragata Bond”.

(Y ya que estamos, el dia que vea un Major traducido correctamente como “Comandante” y no como “Mayor” -de nuevo un rango que no existe en el ejército de tierra español- también tendré mi momentito de entusiasmo. Sí, soy un maníatico, qué le vamos a hacer)

EDITANDO:

escribe mejor que Fleming -lo que tampoco es muy difícil, seamos sinceros-, digo en este post. Y me temo que he sido injusto.

Y es que la memoria a veces juega malas pasadas. Me leí las novelas de Fleming hace ya unos años y lo hice de un modo bastante apresurado, centrándome sobre todo en la peripecia y obviando el resto.  La impresión que quedó entonces en mi mente fue que la forma de escribir de Fleming era seca y más bien plana, incluso algo ramplona -digamos, ese tipo de “escritura mecánica” que preside muchos best-sellers– y que las novelas resultaban interesantes a pesar de cómo estaban escritas.

Ayer, releyendo Goldfinger (no me preguntéis por qué, simplemente descubrí que me apetecía hacerlo) me di cuenta de mi error. Que Fleming escribiera casi tres capítulos de su novela narrando un enfrentamiento golfístico entre Bond y su enemigo, que lo contara con todo lujo de detalles y que consiguiera volver toda esa secuencia no sólo interesante sino emocionante, dice mucho a su favor. No era un gran escritor, sin duda, pero desde luego sí que se trataba de un narrador eficaz, que no es poco.

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